Edición Celibidache de EMI (II): sinfonías

Fíjense ustedes si este blog es un caos, que comenté el primer volumen de la edición Celibidache con la Filarmónica de Múnich en EMI allá por enero de 2013 y hasta ahora no la retomo. Bien está, en cualquier caso, si me ha servido para volver a escuchar el glorioso contenido del segundo: las seis últimas sinfonías, el Te Deum y la Misa en fa menor de Anton Bruckner. O sea, una auténtica especialidad de la casa en la que se siguen unas maneras bien conocidas por la mayoría de los aficionados: tempi lentísimos, fraseo muy concentrado, extraordinaria claridad polifónica, concepto orgánico del discurso musical, absoluta reivindicación del legato para obtener una extrema delectación melódica y, ya en lo puramente expresivo, una mezcla prodigiosa entre nobleza, elevación espiritual y grandeza humanística que no se queda en lo meramente contemplativo, sino que incluye también una importante dosis de tensiones y de fuerza dramática, como también de atmósfera y de brumas, hasta el punto de que podemos definir a este Bruckner como “gótico”.

Un Bruckner, pues, construido a base de grandes bloques sonoros, poderoso y concentrado, más organístico que nunca, de belleza suprema pero en absoluto preciosista, de claras resonancias panteístas y por momentos muy visionario, que exige al oyente una atención y una resistencia tan considerables como la que sin duda Celi debió de exigir a los miembros de su orquesta, que a veces se las ve y se las desea para ofrecer la plenitud sonora que la batuta demanda. Y un Bruckner, también hay que decirlo, muy distinto del último que anda ofreciendo Daniel Barenboim, quien frente a la Staatskapelle de Berlín ha sabido restar brumas, aportar luminosidad y responder a la meditadísima construcción celibidachiana con una fluidez, una ligereza bien entendida y una apariencia de espontaneidad que nos dan una muy distinta visión de este maravilloso universo.
La Sinfonía nº 4, registrada en octubre de 1988, recibe una interpretación plagada de momentos mágicos, como el arranque de los movimientos extremos, plenos de misterio, o toda la coda final, un verdadero prodigio de cómo alcanzar la más increíble mezcla entre transfiguración espiritual y fuerza dramática a través de una increíblemente lógica, minuciosa y amplia construcción de las tensiones. Sin embargo, la comparación con el testimonio que nos dejaría Celi al año siguiente (que se extiende hasta unos increíbles 82′:0), comercializado en audio por Sony Classical, relega este registro a un segundo plano; muy particularmente por el increíble Finale, una de las mejores interpretaciones de Bruckner que haya escuchado en mi vida.
Grandísima la Quinta. Aunque algo más lenta que su filmación ocho años anterior (87:40 frente a 84:04), el resultado es, siempre dentro del concepto espiritual y reflexivo pero no por ello precisamente resignado ni escaso de tensión interna, más bien similar. Por eso mismo, lo menos interesante es un primer movimiento dicho con extraordinaria nobleza pero carente de ese espíritu combativo y de esa garra dramática que parece pedir. Lo mejor vuelve a ser un Adagio paladeado al límite y dicho con infinita poesía: la exposición del tema coral resulta sublime e irrepetible. El Scherzo posee fuerza y tensión más que suficientes, si bien el maestro prescinde de sus posibilidades más inquietantes y destila una poesía llena de encanto en sus temas líricos. El Finale es impresionante a pesar de su enorme lentitud –solo superada por Klemperer en EMI–, estando construido con mano verdaderamente maestra –los picos de tensión son abrumadores– y ofreciendo una amplitud y una solemnidad grandiosas sin caer nunca en lo retórico.
La Sexta, al parecer, es la misma interpretación que la editada por Sony en DVD y SACD, solo que aquella corresponde a tres días y esta de EMI solo al último, el 29 de noviembre. Interpretación profunda, humanística y de un admirable equilibrio entre la vertiente épica y la lírica. Eso sí, sorprenden de manera considerable sus tempi moderados, diríase que “normales”, salvo en un Adagio paladeado hasta el límite en el que Celi hace hala de un fraseo noble, cantable a más no poder, lleno de inflexiones tan sutiles como sensibles, y destila una sublime poesía en la que carnalidad humanística y elevación espiritual se dan sorprendentemente de la mano. La claridad es admirable, como también la arquitectura global de la pieza y la total ausencia de pesadez o retórica, por lo hablar de la plasticidad con la que están tratados las diferentes masas orquestales.
La Séptima, de 1994, sufre la tremenda competencia de la suya en con la Filarmónica de Berlín dos años anterior, aquí comentada Los tempi no son ahora tan lentísimos, 79:10 frente a 86:15. Quizá por eso no se consiga la misma increíble elevación poética del primer movimiento, pero a cambio los clímax del mismo son más escarpados y rebeldes. Quizá también los dos últimos movimientos sean aun más convincentes, aunque la orquesta manifiesta unas limitaciones que no tenían los berlineses. A destacar el hallazgo lírico que supone el trío del scherzo y la monumental construcción polifónica del Finale.
La Octava es de 1993. Aquí Celi repide el concepto de su filmación en Tokio dos años anterior, editada por Sony, ahora con unos tempi sensiblemente más lentos en los dos últimos movimientos, aunque con resultados igualmente memorables. Personalmente prefiero un enfoque más rebelde, ominoso y terrible en los dos primeros movimientos, menos espiritual y esencializado que el que adopta aquí nuestrp artista, pero es imposible resistirse ante tan genial muestra de planificación –las tensiones están construidas de manera milagrosa a pesar de la enorme lentitud–, de dominio de la masa orquestal y, en general, de convicción expresiva. El tercer movimiento difícilmente encontrará parangón en la discografía en su perfecta fusión de emotividad y control de la arquitectura, mientras que en el cuarto, pese a resultar poderosísimo y avanzar de manera implacable, se iluminan multitud de recovecos de lirismo que suelen pasan desapercibidos.
En la Novena, por increíble que parezca, el maestro pincha relativamente. Al menos en el primer movimiento, sin duda lo menos logrado de todo el Bruckner de Celi en Múnich. Aquí las lentitudes sí que le juegan una mala pasada. Aunque no es solo cuestión de velocidad, sino también de lógica constructiva, lo que resulta extraño para tratarse de la batuta que se trata: la exasperante parsimonia con la que está paladeado el tema lírico tanto en su primera enunciación como en sus diferentes reapariciones contrasta con el tempo más sensato de otras secciones, de tal modo que el movimiento pierde continuidad y parece trazado a pedazos sin lógica interna. Su final, en cualquier caso, posee una fuerza abrumadora, y todo él está sonado con la asombrosa perfección polifónica esperable. El Scherzo está mucho mejor, ciertamente lento pero no exento de fuerza interna, amén de portentosamente clarificado –qué trabajo más perfecto con las maderas– y ricamente cantado en el trío. El Adagio, aun con algún que otro pasaje más moroso de la cuenta y unos metales que no dan del todo la talla en los momentos más escarpados, sí que ofrece esa magia poética, mezcla de reflexión mística y poesía doliente, que necesita esta música venida del más allá. Y no crean que Celi se queda en la mera contemplación: aunque su enfoque sea en buena medida espiritual, los clímax alcanzan una fuerza visionaria abrumadora. El final, concentradísimo y lleno de belleza, no nos quita el agridulce sabor de boca que nos deja esta recreación.
En la Misa en fa menor se puede hablar más que nunca de un Bruckner catedralicio. Más concretamente, se podría hablar de una catedral gótica. El genial compositor diseña una arquitectura inmensa, pero de una rara perfección en su estructura, con unas líneas tectónicas perfectamente estudiadas que sostienen con firmeza el edificio sin que este dé la sensación de pesadez. La luz se filtra por las vidrieras generando sutilísimos matices cromáticos que contribuyen a que el interior se llene de misticismo al mismo tiempo estremecedor, solemne e inquietante. Celibidache hace aún más grande esa arquitectura, recrea con insólita naturalidad la estructura de fuerzas internas y acentúa la experiencia sensorial de este monumento, trátese de la súplica fervososa –Kyrie–, la exaltación visionaria –Et resurrexit– o la contemplación lírica del encuentro entre lo divino y lo humano –increíblemente bello Benedictus–, bien secundado por una orquesta al borde de sus límites y por un coro, el Philharmonischer Chor de Múnich, que canta con sorprendente unción sagrada. En el cuarteto flojean un Peter Straka un tanto incómodo y un Matthias Hölle monolítico y engolado, pero Doris Soffek y, sobre todo, Margaret Price, son para hincarse de rodillas.
El Te Deum desconcierta un tanto, ya desde un arranque en el que sorprende no encontrar ese fulgor rotundo y visionario al que estamos acostumbrados. Celi va a ofrecer una visión muy personal en la que, aun estando las tensiones muy presentes a través de una lógica, natural y perfectamente organizada planificación horizontal, el arrebato queda en segundo plano para poner de relieve el lirismo al mismo tiempo humanista y altamente espiritual que anida en la obra. Con Celi, las melodías vuelan más lejos que nunca y la belleza trascendida se imponen frente a otras circunstancias, dando como resultado una lectura sin duda discutible por su enfoque –no así en el idioma bruckneriano, sencillamente perfecto–, pero en muchos aspectos reveladora. Funciona muy bien el cuarteto formado por Margaret Price, Christel Borchers, Claes H. Ahnsjö y Karl Helm. Los coros realizan un trabajo muy entregado, aunque las sopranos pasan apuros en las notas más agudas. Por desgracia, se ven relegados por una toma sonora algo problemática, realizada en la Lukaskirche de la capital bávara en julio de 1982.
Los demás registros se realizaron, siempre en directo, con mucho más satisfactoria toma sonora en la Philharmonie de Múnich entre 1987 y 1994. Quien quiera más datos sobre duraciones y otros testimonios fonográficos del maestro, puede acudir a esta extraordinaria web imprescindible para todo bruckneriano que se precie. Por lo demás, la conclusión está clara: volumen obligatorio en cualquier discoteca.

– Artículo*: Fernando López Vargas-Machuca –

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La nueva Atlántida, la isla secreta, que podría haber envenenado el mundo

Francis Bacon

Thomas Flichy de La Neuville

Tradicionalismo

En 1627, se publicó la Nueva Atlántida, un pintoresco cuento de hadas escrito originalmente en latín por Francis Bacon. Fue rápidamente traducido al francés e inglés, y atrajo una considerable atención. El sueño de Bacon puede ser muy entretenido y colorido, no obstante, somos afortunados de que nunca se volviera real. En efecto, la Nueva Atlántida se habría vuelto nuestra pesadilla.

Articulo original

– Artículo*: Tradición Perenne –

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IBN SINA [AVICENA] – (Documental subtitulado al castellano)

Avicena

Islam

Chiismo

Video. Ibn Sina o Avicena (por su nombre latinizado) es el nombre por el que se conoce en la tradición occidental a Abū ‘Alī al-Husayn ibn ‘Abd Allāh ibn Sīnā (en persa: ابو علی الحسین ابن عبدالله ابن سینا; en árabe: أبو علي الحسین بن عبدالله بن سینا; Bujará, Gran Jorasán, c. 980 – Hamadán, 1037) fue un médico, filósofo, científico y polímata persa.1 Escribió cerca de trescientos libros sobre diferentes temas, predominantemente de filosofía y medicina. Sus textos más famosos son El libro de la curación y El canon de medicina, también conocido como Canon de Avicena.

– Artículo*: Tradición Perenne –

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CONSUMACIÓN DE LA UNIDAD (III)

La Consumación de la Unidad

(Comentario al capítulo 106 del Evangelio de Tomás)

TERCERA PARTE

Roberto Pla Sales

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… El Hombre que la conciencia conoce y que denomina el alma, no es sino una representación, una imagen, del hombre esencial, verdadero: el espíritu. El espíritu es el conocedor y el alma es lo conocido; una dualidad que sólo se resuelve en unidad cuando el conocedor descubre la imagen, el alma, como imagen y no como el sí mismo según creyó hasta entonces. A partir de eso, el enigma se levanta y el espejo cesa. Esto es lo que el logion explica como hacer del dos uno. Luego, dice que el uno que queda una vez se ha resuelto la unidad, es el Hijo del hombre. La conciencia de ser, es entonces ser el Hijo del hombre…

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Capítulo primero

LOS MUNDOS DE LOS MUERTOS

1. Ni en el relato elohista, ni en el desarrollo yahvista que sigue, menciona el Antiguo Testamento la creación de algún lugar diferente de los cielos y la tierra que se pueda agregar a éstos. Sin embargo, la tradición testamentaria abunda en referencias a la existencia de algún lugar, independiente de los dos reinos creados, destinado a ser morada de los muertos.

El Nuevo Testamento conoce dos nombres para estos lugares, el Hades, y la géhenna. Por otra parte, es sabido que los LXX se sirvieron en casi todos los casos del vocablo griego Hades para traducir el seolveterotestamentario. De igual manera, la géhenna es el nombre arameo del hebreo Ge Hinon, al que en el Antiguo Testamento se refieren especialmente los profetas. Aunque la identidad de nombres no es demostrativa de identidad de significados, existen sin duda entre los lugares de ambos testamentos importantes coincidencias que deben ser consideradas.

La etimología más significativa del vocablo Hades es el invisible, y en la literatura griega sirve para designar el lugar donde transcurre la existencia de los muertos, los cuales son descritos como Sombras.

Eso mismo se puede decir del Hades en cuanto versión del seol hebreo, pues es el mundo subterráneo que recibe a los difuntos[1]. Lo más llamativo que se puede decir del seol, el mundo de los muertos, es que es un lugar de vivos. Por eso no es posible identificar el seol con el sepulcro terreno, visible, donde se entierran los cuerpos de los muertos y que es sólo un lugar de muertos.

Esta distinción es muy importante, pues por ella es posible esclarecer que las Sombras que viven en el seol son los difuntos que abandonaron su cuerpo a raíz de su muerte corporal. El cuerpo muerto es depositado en el sepulcro y la sombra, viva, invisible -aunque a veces leve y fugazmente perceptible en circunstancias especiales- va a vivir en el seol una vida individual y diferenciada.

Acerca de este vivir diferenciado hay documentación testamentaria. De los hombres de Coré se dice: Bajaron vivos al seol con todo lo que tenían[2], y de los héroes de Egipto: Le hablan (a Yahvéh) en medio del seol los más esclarecidos héroes[3]. Además, los vivos del seol conservan su capacidad de conciencia, pues pueden reconocer el lugar donde se encuentran: Me has echado en lo profundo de la fosa[4]. También pueden lamentarse: Sólo por él se lamenta su alma [5], o incluso implorar: ¿Quién librará su alma de la garra del seol?[6].

Puesto que están vivos los muertos que bajan al seol, -y esto es lo que puede deducirse de los textos­’ no hay duda que estos vivos, sólo son muertos en cuanto al cuerpo hílico que es depositado en el sepulcro, por lo que se puede decir que lo que permanece con vida es su conciencia, cualquiera que sea la denominación, aunque privada de su cuerpo material. Tal conciencia es (según traducen los LXX, el soplo), el alma, que habita en ese lugar o estado de muertos vivientes llamado seol.

Por esa particularidad de ser almas sin cuerpo, invisibles para la mirada de los ojos terrenos, pero visibles a veces, con visibilidad ténue, los habitantes del seol son designados en ocasiones como Sombras, tal como los habitantes del Hades griego. Es cierto que sombras no quiere decir invisibles, sino sólo que son una réplica sutilmente visible de la forma corporal visible que ha sido abandonada.

También sabemos que en el seol había, al menos, dos categorías de Sombras, los refaim, o fantasmas, y los elohim, o espectros de difuntos superiores cercanos a ser dioses. Ejemplos de refaim son aquellos habitantes del seol nombrados en el Libro de Job: Las Sombras (refaim) tiemblan bajo tierra[7], y ejemplo de elohim es el espectro de Samuel, como veremos.

La otra particularidad que es necesario consignar es que el seol, tal como ocurre con el Hades griego o con el Hades neo-testamentario, no es un estado o lugar de duración eterna, sino limitada. Algo que emparenta con el purgatorio cristiano posterior.

Este hecho de ser el seol el reino donde los difuntos habitan sólo transitoriamente, ha sido negado por la exégesis histórica y no han sido pocas las consecuencias que esta opinión ha ocasionado a la doctrina cristiana manifiesta. Es cierto que el secreto que rodeó siempre las concepciones vetero-testamentarias de este orden propició que los doctores se pronunciaran siempre según su propia opinión y no de acuerdo con un conocimiento siempre difícil de cimentar.

El secreto respecto al seol es, en efecto, muy cerrado, y sólo en algunos textos testamentarios cercanos, o ya pertenecientes al judaísmo tardío se revela la no permanencia eterna de las almas en el seol. Como ejemplo, puede contarse el Salmo 49: (Las almas), dice, son pastoreadas por la Muerte y llevadas como ovejas a residir en el seo!. Pero Dios -explica el salmista­ rescatará mi alma; de las garras del seo me recobrará[8] .

La evocación de las ovejas moradoras provisoriamente en el seol, y que para los ojos de los hombres son invisibles, o a veces, tan ténues como sombras, era, como es bien sabido, un acto calificado de nigromancia que se hallaba prohibido -y no sin razón- en la Ley[9] .

Pero la misma Ley que prohibía evocar a las almas del seol, sirve para confirmar que desde los tiempos del Levítico hasta Isaías, era una creencia de fuerte arraigo popular en Israel que los difuntos podían aparecer como Sombras, o Espectros, es decir, vestidos con esa sutil corporeidad muy leve y diferente del cuerpo material que el apóstol denominaría más tarde cuerpo espiritual, en contraposición al cuerpo natural.

Esta comprobación permite desechar por infundada la hipótesis manifiesta, de que el pueblo judío no conocía la idea de un soplo, alma o Yo real, independiente y con capacidad de vida autónoma después de su separación del cuerpo muerto.

La exégesis manifiesta se ha preocupado de dar una explicación al hecho nigromántico y reprobable de la evocación del difunto. En algún caso, como el de Saúl y la pitonisa de Endor que evocaron el espectro de Samuel, la costumbre de esta práctica es muy patente[10]. Pero lo que desde el punto de vista de la exégesis oculta resulta importante no es la catalogación ética de la práctica[11], que el narrador probablemente escenifica como ocurre con tantos otros pasajes de la Escritura, sino la doctrina que ello revela. El narrador da como un saber extendido, participado por todos, que el alma, o difunto, vive en el seo!, sin su revestimiento corpóreo denso, el cual ha sido previamente muerto[12] .

El relato empieza por confirmar que Samuel había muerto; todo Israel le había llorado y fue sepultado en Ramá[13]. Con esa declaración previa queda excluida toda posibilidad de que Samuel se apareciera en su cuerpo mortal, que yacía sepultado. Después, una vez fue evocado el espectro de Samuel, lo que la pitonisa vio fue un elohim, que subía del seol. El espectro o elohim puro que ahora era Samuel, debía ser similar al Samuel vivo, pues era reconocible[14].

La escena de la evocación termina con una declaración de carácter general: Mañana tú (Saúl) –dice el espectro- y tus hijos estaréis conmigo (en el Seol)[15] .

En efecto, Saúl y sus hijos murieron en la batalla contra los filisteos, por lo que fueron al seo, y lo hicieron como huéspedes incorpóreos[16].

2. El heredero neo-testamentario del seol es el Hades[17], aunque no es descartable que también la géhenna difundida en los tiempos de los profetas[18] , sea heredera en buena parte del seol.

Como se sabe, en los textos del Nuevo Testamento aparece nuevamente la palabra Hades, pero eso no autoriza a suponer que la significación que los autores neo-testamentarios dan a ese vocablo es la misma que tenía según los autores del Antiguo Testamento. Por otra parte cabe pensar que la información cualificada de Jesús le permitió aportar motivos de una variación substancial respecto al seol (Hades) tradicional.

Podemos decir en síntesis que con la palabra Hades se designa en los textos neo-testamentarios un lugar o estado en el que las almas a las que la muerte del cuerpo les llegó imperfectamente purificadas, quedan sometidas a un fuego purificador de naturaleza eterna. Una vez que el proceso de purgación ha sido consumado, las almas separadas del cuerpo mortal concluyen su estancia pasajera en el Hades y acceden a la presencia del Juicio de Dios.

Si esta descripción objetiva se ajusta a lo que el Nuevo Testamento apunta en cuanto al Hades -y esto es lo que hemos de revisar ahora en orden oculto–, resultará que el Hades neo-testamentario es en buena medida el antecedente evangélico de ese lugar o estado que fue designado oficialmente con el nombre de purgatorio por el papa Inocencio IV a raíz del concilio I de Lyon (1245).

Esta identidad básica del Hades y el purgatorio hubiera sido -y lo es aún- la prueba testimonial del periodo purificador necesario para las almas que no alcanzaron el conocimiento de Dios durante su vida corporal, pues el Hades está afirmado y explicado por varios textos canónicos del Nuevo Testamento.

Pero cuando en los últimos años del siglo IV dio a conocer San Jerónimo su revisión latina de los evangelios, trabajo llamado a formar parte de la Biblia en latín llamada Vulgata, empleó para el Hades el vocablo latino infernus.

Tal vez tuvo en cuenta Jerónimo para esta decisión, aquella opinión del judaísmo tardío, según la cual las almas de los impíos son castigadas en el Hades. Esto se confirma en el Salmo de Salomón: La herencia de los pecadores es el Hades, la tiniebla y la perdición[19]. Lo cierto es que al emplear el vocablo infierno, para designar el Hades, puso este lugar en paralelo con la condenación eterna, y con ello consumió para el infierno de condenación casi todos los textos neo-testamentarios que testifican la necesidad y la acción del fuego purificador[20].

Las consecuencias fueron muy graves para la unidad de la iglesia manifiesta de Cristo, pues cuando doce siglos más tarde impugnó Lutero la existencia del purgatorio, su objeción más importante en su negación fue que la existencia de éste no es afirmada por ningún texto canónico del Nuevo Testamento[21].

Capítulo segundo

EL HADES Y LA GEHENNA

1. La existencia del Hades es afirmada por Jesús, fuera de toda duda, en el curso de una importante perícopa mateana; es reafirmada por Pedro en su primer discurso de catequesis recogido en los Hechos, en donde, de paso, se autentifica el Hades con una referencia al Salmo 16; y es confirmada varias veces en el Apocalipsis[22].

Los datos que estos materiales proporcionan son la única información neo-testamentaria directa que poseemos acerca del Hades; aunque si agregamos a ellos las fuentes indirectas que hablan del fuego, del azufre, la muerte, etc…, en conexión con el Hades, no será difícil construir una imagen fundada estrictamente en la revelación dada por los textos.

En aquella ocasión en que Simón Pedro muestra reconocer en Jesús al Cristo, el Hijo de Dios vivo, prevé el maestro para él la proximidad temporal de la bienaventuranza de la resurrección -hijo de Jonás, le denomina en forma alegórica-. Al rebautizar a su discípulo con el nombre de Pedro deja patente con ello que la conciencia de Simón está en vías de identificación con el­ Ser-que-es, la piedra angular, cuya presencia acaba de intuir.
Entonces es cuando explica Jesús que sobre esa piedra en su sentido colectivo y universal, sobre la esencia o partícula de luz de todos y cada hombre, habrá de edificar -él, Jesús, en cuanto Cristo oculto, preexistente- la comunidad de los elegidos: Y las puertas del Hades -agrega- no prevalecerán contra ella[23].

Con esto, declara Jesús lo transitorio del paso por el Hades. Quien sea huésped del Hades podrá salir por alguna de sus puertas cuando por identificación de su sí mismo con el Cristo preexistente y universal, haya alcanzado esa unidad con el Hijo del hombre que Jesús pidió en su magna oración al Padre.

Pero no todos han de hacer escala en el Hades, pues según explica Pedro (y hay que suponer que en cumplimiento de aquello que dijo Jesús: hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre venir en su Reino)[24] , ocurrió que Jesús, como primicia de los resucitados, fue librado de los dolores del Hades.

También, según el salmo que Pedro invoca, el rey salmista manifestó la esperanza de que en virtud de su santidad y de haber mantenido con constancia ante sí la presencia del Señor, su alma no recalaría en el Hades[25].

Quien explica más cosas del Hades es el autor del Apocalipsis y hemos de estudiar varios pasajes de su escrito. Cuando el Hijo del hombre se le revela al autor como el Primero y el último, el que vive, le confiesa que tiene las llaves de la Muerte y del Hades[26]. Con ello quiere decir que el que ha alcanzado la unidad con el Hijo del hombre, no se retiene en la Muerte y el Hades, sino que pasa por los caminos de estos jinetes sin detención ninguna.

Según dice también el autor del Apocalipsis: Había un caballo verdoso; el que lo montaba se llamaba Muerte y el Hades le seguía[27]. El color del caballo se explica por el verdor del cadáver y el hecho de ir detrás el Hades, da el orden procesional de las postrimerías: La Muerte, y el Hades y después, la Gloria de la resurrección.

Por último, da el Apocalipsis, en un pasaje muy extenso y muy revelador alguna información acerca de la hora final de los tiempos. Por la dificultad de explicar lo que aborda, se atiene a unas formas míticas de las que no será fácil desprenderse.

El mar devolvió los muertos que guardaba, la Muerte y el Hades devolvieron los muertos que guardaban, y cada uno fue juzgado según sus obras[28].

Al decir el mar, el texto quiere decir, sin duda, el reino de los cielos en su acepción subjetiva de ser las aguas, el elemento asignado a las almas por la Escritura. Los muertos que en ese mar habitan son las almas vivas separadas del cuerpo. Dicho de otra manera; La Muerte y el Hades devolvieron las almas vivas que después de la muerte del cuerpo residían en el Hades, que es el mar psíquico.

Había llegado la hora de la consumación, el final del mundo, la terminación del tiempo. Por eso había advertido el autor del Apocalipsis un poco más arriba que el cielo y la tierra huyeron de su presencia, esto es, de la presencia de Aquél[29]. Con eso quiere decir que los dos reinos que conforman el mundo dejaron de ser, tal como ya lo había anunciado Jesús en el evangelio cuando dijo: Los cielos y la tierra pasarán.

Pero la Muerte y el Hades forman parte de los cielos y la tierra, y en ellos, en el mundo psicofísico, están. Por eso su destino es pasar, terminar en simultaneidad con ellos, con el mundo.

La Muerte pasa porque con el pasar del mundo la Muerte cesa por sí sola. En el mundo está lo viviente que la Muerte separa de la Vida, y lo que ha de quedar cuando el mundo pase es la Vida, lo que no admite la Muerte. Así pues, la Muerte, falta de razón de ser, se desvanecerá como la niebla, puesto que nunca existió en verdad.

En cuanto al Hades, es un lugar sin lugar, invisible, el estadoo manera de ser de las almas. Esto quiere decir que las almas sin cuerpo son almas sólo y su lugar propio es el reino de las almas, el cual por ser puramente subjetivo no está arriba ni abajo, pues no tiene hogar. Tal vez lo más aproximado a su carencia de lugar sea decir que está dentro, a través, pues su substancia consiste en ser un ramo de pensamientos y sentimientos enmanojados.

¿Y por qué iba a necesitar esa substancia de las almas un lugar diferente de los cielos y la tierra creados? En la tierra viven los pensamientos y los sentimientos, la substancia, de las almas con cuerpo, y no se ve porqué razón no puede esa substancia convivir con la substancia de las almas separadas del cuerpo.

Así pues, el Hades no tiene porqué ser un lugar, sino una denominación para referirse al mar psíquico de las almas que viven sin cuerpo y que han de residir allí hasta que consumen la purificación que no concluyeron en su vida corporal.

Si se dice del Hades que tiene puertas es porque cuando las almas están cargadas de contenidos transitorios, lo cual se reputa como impurezas, se dice que entran, y luego, cuando todo lo transitorio, mortal, que hay en ellas, ha sido desechado por la purificación, se dice que salen. Pero de la misma manera se podría decir que cuando lo mortal se aloja en las almas, no salen ellas a la Vida, y sin embargo, si lo mortal es en ellas calcinado, la Vida es reconocida y resplandece.

El proceso de purificación que cumple al alma separada no tiene porqué ser diferente -y no lo es- de la purificación del alma unida al cuerpo. Mientras el alma no ha sido purificada por el espíritu padece la pena de daño que consiste en no ver a Dios; pero esa privación la conocen muy bien muchas almas y otras pasan por ella sin enterarse, y son almas que viven en cuerpo en este vivir terreno, pues ésa y no otra es la pena capital del alma.

De cualquier forma, la obra del alma consiste en la negación de sí misma, la muerte de lo transitorio, hasta el punto de venir a ser sólo la esencia, el espíritu, que cuando ha sido ungido por el Espíritu al que se une, es el Cristo oculto, eterno, preexistente. Por eso se dice que Cristo, la luz inextinguible que queda, tiene las llaves del Hades y abre sus puertas para siempre, pues ése es el Juicio.

La Muerte y el Hades fueron arrojados al lago de fuego -este lago de fuego es la muerte segunda-[30].

La Muerte y el Hades acogen en su seno a las almas separadas, que en conjunto son como un mar, un océano psíquico, y este mar se suele calificar de subterráneo porque sobre él descansa la tierra y sólo puede ser visto en transparencia de materia, igual que la substancia del alma, los pensamientos y sentimientos, sólo son conocidos a través del cuerpo en que se manifiestan. Pues bien, este mar reposa a su vez, sobre el lago de fuego, la raíz, el origen de todo, aquello que sólo puede ser visto a través del alma hecha quieta y transparente por la purificación. Cuando se comprende este misterio de la interpenetración de los Reinos es posible recibir la intuición de la presencia de Dios.

Respecto al fuego sabemos que en el Deuteronomio fue notificado: Tu Dios es un fuego devorador[31]. De ese mismo fuego habla Jesús cuando dijo: He venido a arrojar un fuego sobre la tierra[32]. Incluso, aquellas lenguas como de fuegoque se repartieron y se posaron luego sobre cada uno de los doce renovados apóstoles cuando se reunieron el día de Pentecostés[33], eran, sin duda, vástagos del mismo fuego de Dios.

La opinión expresada a veces por la exégesis manifiesta de que hay dos clases de fuego, uno de purificación y otro de castigo, parece responder a una concepción muy limitada de la realidad del fuego, de este fuego.

El fuego superior es siempre la acción hermosamente destructora que con su destrucción incansable impulsa la Sabiduría de Dios. Al alma, este fuego le llega siempre como conocimiento que viene para aliviarla de su carga de ignorancia de Dios.

Dicho de otra manera: la ignorancia es la paja que el fuego calcina, y de paso, deja el grano desnudo, puro, para la consumación. A la inversa, el conocimiento le descubre al grano la belleza de su desnudez y el grano, después, se desviste y arroja al fuego la paja que le estorba para la consumación.

No son en verdad dos caminos, sino uno y el mismo, lo que describe el fuego. El retorno y la destrucción convergen en ser fuego para consumar la obra de Dios.

Por la misma convergencia de ser un solo camino que parecen dos, hay que entender !a referencia apocalíptica a la muerte segunda provocada por el fuego. El texto testimonial de esta muerte segunda, que es la puerta para la consumación, aparece en las condiciones previas que pone Jesús: Niégate a tí mismo, toma tu cruz y sígueme[34].

La negación de sí mismo es una manera de explicar ese difícil camino que consiste primero en destruir lo que es paja en uno mismo y luego en la generosidad y valor para desprenderse de ella, porque lo fácil es creer que la paja es idéntica a sí mismo.

Esta es una experiencia común y muchos la conocen. Por cada camisade la que el alma se despoja hay llanto y crujir de dientes, porque la muerteque el alma entrega al fuego, parecía ser vida que vestía al grano; parecía ser el grano mismo y no el vestido. Ignoraba el alma, como luego descubre, que su desnudez es el único resplandor verdadero.

Esto es lo que se explica en la parábola de la cizaña: Y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el crujir de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oidos que oiga[35].

La muerte segunda que el Apocalipsis describe, es la muerte del alma, el último tránsito de la negación de sí mismo, que Jesús anuncia cuando dice en su hora de agonía: Mi alma está triste hasta el punto de morir[36]. En verdad, cuando el lago de fuego ha hecho su obra, es llegada la hora decisiva, difícil y generosa de entregar el alma para salvar la Vida.

Esta entrega del alma para resucitar a la Vida, puede hacerse como lo hizo Jesús y lo hacen tal vez, los pocos, los elegidos que llegan al Hijo del hombre antes de gustar la muerte. Pero también hay que hacerla después de la muerte primera, la del cuerpo. En tal caso, reservado a los muchos, la muerte segunda, la del alma, vendrá por inmersión en el lago infinito de fuego eterno que es el Hades.

La misericordia de Dios es la obra eterna de su fuego devorador. Por eso, cuando dice Jesús que el pecado contra el Espíritu no será perdonado[37], ni en este mundo ni en el otro (en el Hades)[38] , lo que explica es que el que no ha recibido la unción ígnea del Espíritu antes de la muerte primera, recibirá este bautismo en Espíritu Santo y fuego[39] después, en un inmenso baño de fuego preparado para su alma en el Hades, y por el que ha de venir su venturosa muerte segunda.

Allí, en aquel océano infinito, recibirá el alma la luz del conocimiento que necesita para saber ver a través del cristal diáfano y ya menguado, de su alma negada a sí misma, el rayo de la presencia de Dios que garantiza su bienaventuranza.

2. La géhenna de los evangelios es una confluencia del seol y el Hades con la tradición del relato de los sacrificios humanos de niños quemados en honor de Moloc, ocurridos en el Valle de Ben Hinón. El profeta Jeremías dedica a estos sacrificios uno de sus más bellos poemas elegíacos[40].

En su vertiente histórica y por su vigencia en el tiempo de Jesús, la géhenna es el Horno (el Tófet) donde fueron quemados los cuerpos del sacrificio, y también el quemadero permanente de las inmundicias residuales de la ciudad de Jerusalén. En este sentido, la géhenna sirve para describir, con gran fuerza dramática, un fuego visible, no eterno, para unos cuerpos hílicos, perecederos, que en él pueden ser inmolados como castigo.

En su otra vertiente, testamentaria, la géhenna es trasunto del Hades invisible en el que un fuego eterno, invisible y purificador, actúa sobre las almas hasta que éstas echan fuera el gusano que nunca muere. Las similitudes de esta vertiente de la géhenna con el Hades son grandes. El lago hirviente del Hades, aparece como un Horno, y el azufre regenerador de las almas que sirve para encender el fuego del lago, se convierte en la sal que da consistencia interior al fuego del conocimiento que no cesa, en la géhenna.

Como se ve, en ninguna de las referencias a la géhenna aparece una declaración que afirme o sugiera la duración eterna de la géhenna, salvo que se interprete como eternidad del lugar lo que allí arde, y que es el fuego invisible que por ser el Espíritu de Dios, no fue creado, ni ha de apagarse. En cuanto al fuego visible, el del Horno, no es eterno sino fácilmente extinguible.

Con todo esto hay motivos para preguntarse ¿cómo ha podido ser que durante tantos siglos, la exégesis manifiesta cristiana, con tantos varones sabios y virtuosos, no haya pensado en discernir la diferencia que va de la eternidad del fuego invisible que hace su obra purificadora en la géhenna invisible, al carácter necesariamente transitorio de un lugar creado, en donde se mantiene un fuego visible natural, que no se refiere a las almas sino a los cuerpos?

Incluso, el símbolo atanasiano, que sienta magisterio, no consigue decir lo que tal vez pretende según la exégesis manifiesta, si es que pretende afirmar un infierno eterno, pues dice: Y los que obraron bien irán a la vida eterna, y los que mal al fuego eterno[41]. Lo que eso significa realmente es lo que sigue: Los que (obraron) mal (irán) a la purificación con el fuego del Espíritu, que es eterno, hasta ser devueltos a la resurrección y la Vida.

En este sentido, resulta importante revisar algunos de los textos escritutarios que la exégesis manifiesta consideró decisivos para fundamentar el dogma de la existencia y eternidad del infierno de condenación eterna. He aquí algunos de estos textos:

a) Antiguo Testamento

1. Humilla hondamente tu alma, que el castigo es. fuego y gusanos [42].

Según la lectura en su sentido oculto, este texto explica que la humildad o anonadación del alma (la negación de sí mismo según el lenguaje de Jesús) es lo único que servirá para evitar la acción dolorosa del fuego purificador antes de acceder a la Vida eterna. Sabemos que el fuego es eterno y que el gusano nunca muere, pero la eternidad del castigo no es mencionada en la perícopa.

Por otra parte, los gusanos de que aquí se habla parecen ser los que engendra el cuerpo putrefacto, el cadáver que se arroja al Tófet de la géhenna visible. Ni en esos gusanos, ni en ese fuego se ven signos de eternidad.

2. Se espantaron en Sión los pecadores, sobrecogió el temblor a los impíos; ¿quién de nosotros podrá habitar con el fuego consumidor?, ¿quién de nosotros podrá habitar con las llamas eternas?[43]

Ningún alma podrá habitar con el fuego eterno, porque las llamas de este fuego cosumen todo lo que en el alma es paja, pecado, impiedad. Consumen toda la paja, y cuando llega a estar el alma desnuda, alcanza la segunda muerte. Entonces el grano, libre, resucita de entre los muertos.

3. Y al salir (de la presencia de Yahvéh), verán los cadáveres de aquellos que se rebelaron contra mí; su gusano no morirá, su fuego no se apagará y serán el horror del mundo[44].

Los que se prosternan para adorar al Señor son las partículas de luz, los granos que obtuvieron su desnudez perfecta. A éstos les es dado contemplar al salir, es decir, si salen de sí mismos, los cadáveres -lo muerto, la paja ya cernida- de las almas que se negaban a reconocer al Señor como su Ser verdadero.

Estas almas recubiertas de paja tuvieron por su Ser verdadero, por su Yo real, al yo psicológico, al Adversario. Si de este gusano se dice que no morirá, es porque nunca existió sino en la falsa interpretación del hombre. Lo que no existe no puede morir, y sólo cuando su no existencia real es descubierta, es echado fuera, a la nada de lo no creado.

Esto es lo que explicó Jesús cuando refiriéndose al gusano que no muere, es decir, a la serpiente antigua, cuya figura y representación fue asignada a Judas por el evangelio, dijo: Ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera[45]. No dijo, ahora morirá, sino ahora será echado fuera. Con eso quiso decir que una vez reconocido como inexistente, ese gusano que no muere, no tiene lugar en el mundo.

¿Pero qué es ser echado del mundo? Porque fuera del mundo, sólo se puede decir del Reino del Hijo, ingénito -que no es del mundo-, o también, del Abismo y las tinieblas sobre las cuales se hicieron los cielos y la tierra -el mundo-, y que fueron reputados como la nada. A esa nada o Abismo, exterior al mundo creado, es echado el gusano que no muere, el príncipe del mundo, cuando su inexistencia es derrotada por el conocimiento del fuego que no se apagará.

Todo esto lo confirma el Apocalipsis, menos mítico en este caso que el profeta y los evangelios: El Dragón, la Serpiente antigua -que es el Diablo y Satanás (uno y lo mismo)-, fue arrojado al Abismo y encadenado por mil años; es decir, por un número casi infinito, incontable, de años, hasta la nueva generación, que tal venga después, una vez que estos cielos y tierra de ahora hayan pasado[46].

4. Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán. Unos para la vida eterna, otros para el oprobio, para el horror eterno.[47]

Si no conociéramos la imagen mateana de la paja y el grano venteados con el bieldo, podríamos pensar que Daniel habla esta vez de hombres enteramente buenos y enteramente malos. Pero Juan el Bautista y quizás también Daniel parecen extraer su imagen del profeta Isaías: Triturarás los montes (los seres humanos) y los desmenuzarás (con el bieldo); y los cerros (los falsos contenidos adheridos) convertirás en tamo. Los beldarás, y el viento (el espíritu), se los llevará, y una ráfaga los dispersará (a todos los agregados de paja que no son el grano desnudo).[48]

b) Nuevo Testamento

1. Apartáos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el Diablo y sus ángeles[49].

Este es el testimonio textual, el más importante, pues fue tomado como guía por la exégesis manifiesta para certificar la condenación eterna. Una vez más, como en el caso del símbolo atanasiano, que en cierto modo reproduce implícitamente este perícopa, lo que aquí se afirma es la eternidad del fuego divino y no la eternidad del castigo. También sabemos por otros textos que este fuego, del conocimiento, fue preparado para que el Diablo y sus ángeles sean echados fuera, al Abismo; para librar así de su maldición de cautiverio a los hijos de la luz.

2. No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed, más bien a Aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la géhen­na91[50]. Ver. en Lc.: No temáis a los que matan el cuerpo y después de esto ya no pueden hacer más. Temed a Aquel que después de matar, tiene poder para arrojar a la géhenna.[51]

Aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la géhenna, es el Adversario de Dios. El cuerpo, será quemado en el Horno de la géhenna visible, y el alma, que para perdición suya no llegó a negarse a sí misma durante su vida en el cuerpo, será arrojada en la géhenna, en donde el fuego invisible y eterno, paralelo a la géhenna invisible y al alma invisible, hará su obra de consumación.

3. Si tu mano te es ocasión de pecar, córtatela (si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo; si tu ojo te es ocasión de pecado, córtatelo … ). Más vale que entres manco (cojo … ) en la Vida,(con un solo ojo en el Reino de Dios … ) que con los dos pies (las dos manos, los dos ojos … ) ser arrojado a la géhenna, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga, pues todos han de ser salados con fuego[52]

El texto marcano alterna con habilidad su referencia a la géhenna visible, de Jerusalén, donde podría ser arrojado el cuerpo de un malvado aunque se mantuviera íntegro, y la gehenna invisible, donde el gusano que no muere puede ser echado fuera del alma para que ésta reciba el baño de fuego purificador, que ahora, carente de sal, necesita.

Ni el gusano que no muere, ni el fuego que no se apaga anuncian una condenación eterna, sea en la géhenna o en el Hades, sino un camino de regeneración para el alma separada de su cuerpo, la cual puede encontrar su purificación definitiva por medio del fuego de Dios convertido en fuente del conocimiento.

Hay que insistir en ello. El infierno de condenación defendido por la exégesis manifiesta vino sólo de una lectura inmadura de los textos evangélicos. A este error histórico, de orden más bien irracional, ayudó bastante la mala lectura que las escuelas manifiestas judías enseñaban en sus textos veterotestamentarios y por la cual anunciaban en ciertos casos un seol o un Valle de Hinón de condenación eterna.

Los tormentos del fuego evangélico, enseñado por Jesús, son los dolores de parto en que está sumida la creación entera, y no el castigo de pecadores sin remedio. Buena prueba, la calificación del fuego de la géhenna en este texto de Marcos, como instrumento para salar.

En los escritos testamentarios se dice que el fuego que trae conocimiento de Dios, debe ser salado en nosotros para mayor consistencia de la purificación propuesta, para persistencia del conocimiento allegado. Según se dice en Mateo, los discípulos de Jesús eran ricos en sal pura y consistente, hasta el punto de que ellos eran sal, la sal del mundo[53]. Ese enriquecimiento en purificación de las almas es lo que busca el fuego de la géhenna.

La sal en las víctimas era Ley según el Levítico: En ninguna de tus oblaciones permitirás que falte nunca la sal de la alianza de (la unidad con) tu Dios[54]. Lucas, siempre profundo, agrega: Tened sal en vosotros. Como si dijera que la consumación directa del hombre no sólo consiste en recibir el fuego de Dios, sino en hacerse uno con ese mismo fuego, pues ése es el propósito del fuego eterno: Lograr una alianza (unidad) de permanencia eterna.

COLOFÓN

SUBIDA AL MONTE DE DIOS

El Hombre que la conciencia conoce y que denomina el alma, no es sino una representación, una imagen, del hombre esencial, verdadero: el espíritu.

El espíritu es el conocedor y el alma es lo conocido; una dualidad que sólo se resuelve en unidad cuando el conocedor descubre la imagen, el alma, como imagen y no como el sí mismo según creyó hasta entonces.

A partir de eso, el enigma se levanta y el espejocesa. Esto es lo que el logion explica como hacer del dos uno. Luego, dice que el uno que queda una vez se ha resuelto la unidad, es el Hijo del hombre. La conciencia de ser, es entonces ser el Hijo del hombre.

La unidad perfecta significa que cuando hay hambre, sed, soledad, desnudez, enfermedad, o cautiverio, siempre es, en todos los casos, el Hijo del hombre el que tiene hambre, sed, soledad, desnudez, enfermedad, o cautiverio.

Esto hay que verlo, hay que saberlo ver, de manera directa, con la consistencia que da al fuego del conocedor la sal añadida. Y hay que verlo, aunque sea en la transparencia de las cosas, pues ésa es, al principio, la presencia de Dios.

Cuando el hombre descubre esa presencia bendita, allí donde pone su mirada, lo que ve es la simple mirada de Dios, es decir, el Hijo del hombre. El hambre, la sed, la soledad, la desnudez, la enfermedad, o el cautiverio que se descubre entonces, es el Hijo del hombre sobre el que se ha puesto la mirada, y también es eso mismo el Hijo del hombre que gobierna la mirada que mira.

Nadie hay en la unidad que sea diferente del Hijo del hombre, pues la unidad es que la creación entera se ha redimido en la unidad, en la consumación de ser uno con el Hijo del hombre.[55]

Sólo así se verá cumplida, cuando llegue la hora decretada de la disolución de lo creado, la magna oración de Jesús al Padre:

Que sean (perfectamente) uno,

como nosotros somos uno:

yo en ellos y tú en mí.[56]

Desvanecidos entonces los cielos, como humareda que son, y desgastada la tierra, abrasada por la acción corrosiva del tiempo, para ya no ser, la creación habrá pasado.

La montaña, el Lugar Santo, recóndito, donde el sí mismo del hombre ha de subir y mirar con ojos de transparencia, para adorar en espíritu y verdad, se desplazará entonces, empujada por el fuego de Dios y cubrirá el mar de las almas.

A esa montaña interior donde siempre reinó y reinará la unidad, con creación o sin ella, quería subir el salmista cuando dijo:

Ya tengo yo consagrado en Sión a mi rey,

en Sión mi monte alto.[57]

*

[Volver a la Primera Parte]

[1] La denominación mundo subterráneo relaciona el seol hebreo con el mundo invisible subterráneo del antiguo Egipto.

[2] Cf. Num 16, 33

[3] Ez 32, 20-21. Ver el pasaje entero: 32, 17 .ss

[4] Cf. Sal 88, 6.

[5] Cf. Jb 14, 22.

[6] Cf. Sal 89, 49

[7] Jb 26, 5b. También, en Is 14, 9: Por tí (Yahvéh) despierta el seol a Las sombras.

[8] Cf. Sal 49, 15-15. A consignar el símil almas=ovejas, tan usado en los evangelios de Mateo y Juan con el mismo sentido. También: Hen (et) 22; 51, 1; 102, 5; 103, 7; 2M 6, 23. Según Josefo, esto era lo que pensaban fariseos y esenios.

[9] Cf. Lv 19, 21; 20, 6; Dt 18. ll.

[10] El relato completo en lS 28, 1-19.

[11] La explicación manifiesta oscila entre: intervención divina, intervención diabólica o superchería de la mujer.

[12] Con su opinión de que lo que ocurrió ciertamente fue que Dios permitió manifestarse el alma de Samuel, la exégesis de la teología manifiesta niega la veracidad de la práctica nigromántica, pero deja intacta la popularidad de la doctrina referente a las almas en el seol.

[13] Cf. !S 28. 3.

[14] Cf. lS 28, 13-15. La interrogación de Samuel a Saúl: ¿Por qué me perturbas evocándome?, es la misma que podrían recibir aquellos nigromantes, o espiritistas que aún quedan en el mundo. En cuanto al hecho de que la sombra o espectro de Samuel fuera reconocido por la pitonisa como un elohim (un dios) y no como un refaim, o sombra común, señala una diferencia importante.

[15] Cf. lS 28, 19. Es de esperar que nadie piense que dijo que estarían con él en cuerpo muerto, sino en Sombra psíquica.

[16] Cf. !S 31. 1 SS.

[17] Con el Hades toma para sí el Nuevo Testamento el nombre griego que ya los LXX habían dado al seol veterotestamentario.

[18] Géhenna es el nombre arameo del Valle de Ben Hinón. Alude al valle de este nombre situado cerca de Jerusalén, en el cual bajo el reinado de Ajaz y Manasés, los judíos habían inmolado sus hijos en los braseros (Tófet) en honor del ídolo Moloc. Josías declaró impuro este lugar y ordenó que se arrojaran allí todas las inmundicias, incluso cadáveres, etc… Esta práctica se continuó, por lo que ese Valle vino a ser la sentina y cloaca de Jerusalén. El fuego permanente consumía aquellas inmundicias y los profetas, especialmente, Isaías y Jeremías tomaron este nombre como figura del seol.

[19] Cf. Sal SI 14, 9.

[20] En rigor, con el nombre común de infierno, mundo inferior, subterráneo, designa la Iglesia varios lugares distintos: El infierno de los condenados, el purgatorio, el limbo de los niños y el limbo de los patriarcas, ya cancelado.

[21] Lutero: Retractationem purgatorii (1530).

[22] Cf. Mt 16, 18; Hch 2, 24 (Sal 16, 10); Ap 1, 18; 6, 8; 20, 13-15; 21, 28. A esto hay que agregar el lamento por la imperfección de Cafarnaúm (Mt 11, 23).

[23] La Iglesia reivindicó para sí la ekklésia edificada por Cristo y no se le negará aquí nada en cuanto Iglesia manifiesta; pero los elegidos en sentido oculto son la comunidad de partículas de luz, el espíritu de cada uno de los hombres.

[24] Cf. Mt 16, 28.

[25] Cf. Sal !6. 8.10 (Hch 2. 25-28).

[26] Cf. Ap 1, 18.

[27] Cf. Ap 6, 8.

[28] Cf. Ap 20, 13.

[29] Cf. Ap 20, 11.

[30] Cf. Ap 20, 14.

[31] Cf. Dt 4. 24.

[32] Cf. Le 12. 49.

[33] Cf. Hch 2, 3-4.

[34] Cf. Mt 16, 24; Me 8. 34; Le 9, 23.

[35] Cf. Mt 13, 42-43.

[36] Cf. Mc 14, 34.

[37] Entiéndase por pecado, falta, carencia.

[38] Cf. Mt 12, 32.

[39] Cf. Lc 3, 16.

[40] Cf. Jr 7, 29-8, 3; 19, 3-9.

[41] Símbolo atanasiano (Quicumque), Denz 40.

[42] Cf. Si 7, 17.

[43] Cf. ls 33, 14.

[44] Cf. ls 66, 24.

[45] CL Jn 12, 31.

[46] Cf. Ap 20, 1-3.

[47] Cf. Dn 12, 2.

[48] Cf. Is 41, 15b-16

[49] Cf. Mt 25, 41.

[50] Cf. Mt 10, 28.

[51] Cf. Lc 12, 4-5.

[52] Versión abreviada de la larga perícopa de Mc 9, 43-39.

[53] Cf. Mt 5, 13.

[54] Cf. Lv 2, 13.

[55] Cf. Mt 25. 31 SS.

[56] Cf. Jn 17, 22-23.

[57] Cf. Sal 2, 6.

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Mulla Sadra

Islam

Chiismo

Mulla Sadra

Sin duda alguna la figura del Mulla Sadra forma parte de una selecta reunión de personalidades que han llegado a ser indiscutible patrimonio para la Humanidad toda. Decía el profesor Corbin de él y su pensamiento que eran ‘rotundamente una cima de la Filosofía’.

– Artículo*: Tradición Perenne –

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Detti dei Padri del Deserto – IV – Dell’umiltà

Detti dei Padri del Deserto – IV

Dell’umiltà

Un fratello interrogò un anziano: «Che devo fare, poiché la vanagloria mi attanaglia?». L’anziano gli rispose: «Hai ragione, perché sei tu che hai fatto il cielo e la terra» Il fratello, toccato dalla compunzione, disse: «Perdonami, non ho fatto nulla»

Un fratello domandò all’abate Poemen se era meglio vivere in disparte o con il prossimo. Il vecchio rispose: «Colui che biasima sempre e solo se stesso può vivere in qualsiasi luogo. Ma se glorifica se stesso, allora non reggerà in nessun luogo».

Un anziano disse: «Non colui che denigra se stesso è umile, ma colui che riceve con gioia le ingiurie, gli affronti e le critiche del prossimo».

L’abate Pastor disse: «L’uomo deve respirare incessantemente l’umiltà e il timor di Dio, come il soffio che inala ed espelle attraverso le narici».

L’arcivescovo Teofilo si recò un giorno al Monte di Nitria e l’abate del Monte gli venne incontro. «Abba», gli chiese l’arcivescovo, «che hai trovato di più vantaggioso in questa via?». L’anziano rispose: «Accusarmi e riprendermi senza tregua». «Non vi è in effetti, altra via», replicò l’arcivescovo.

L’abate Antonio disse all’abate Pastor: «La grande opera dell’uomo è di gettare la colpa su se stesso dinanzi a Dio e attendersi la tentazione sino all’ultimo soffio della sua vita».

Un fratello interrogo’ l’abate Sisoe: «Vedo, esaminandomi, che il ricordo di Dio non mi lascia mai». L’anziano gli disse: «Non è una gran cosa che la tua anima sia con Dio. Sarebbe grande se tu ti accorgessi che sei inferiore a tutte le creature. Questo pensiero unito al lavoro corporale: ecco ciò che corregge e conduce all’umiltà».

Un anziano diceva: «Se noi ci applichiamo all’umiltà, non avremo bisogno del castigo. Molti mali ci vengono causa l’orgoglio. Difatti, se l’angelo di Satana è stato dato all’Apostolo per castigarlo, per paura che egli si sollevi, a maggior ragione, a noi che viviamo nell’orgoglio, è Satana stesso che sarà dato, per farci calpestare sino a che ci umiliamo».

L’abate Antonio scrutava la profondità dei giudizi di Dio; e domandò: «Signore perchè alcuni muoiono dopo breve vita, mentre altri giungono all’estrema vecchiezza? Perché alcuni mancano di tutto, e altri abbondano di ogni bene? Perchè i malvagi sono ricchi, e i buoni schiacciati dalla povertà?». Una voce gli rispose: «Antonio, occupati di te stesso: questi sono i giudizi di Dio e non ti è utile capirli.

L’abate Evagrio disse: «Il principio della salvezza è condannare se stessi».

L’abate Mosè disse al fratello Zaccaria: «Dimmi che cosa devo fare». A queste parole, l’altro si gettò ai suoi piedi dicendo: «Padre proprio tu mi interroghi?». L’anziano riprese: «Credi, Zaccaria, figlio mio, ho visto lo Spirito Santo discendere su di te; per questo sono costretto a interrogarti». Si tolse allora Zaccaria il cappuccio, lo mise sotto i piedi, e calpestandolo disse: «Se non si è così calpestati non si può essere monaci».

Una volta l’abate Teodoro mangiava con i fratelli. Prendevano le coppe con rispetto e senza nulla dire, neanche il consueto «Perdonatemi». Allora l’abate ‘Teodoro disse: «I monaci hanno perduto il loro titolo di nobiltà (eugenia): la parola “Perdonatemi».

L’abate Pastor ha detto: «Prosternarsi davanti a Dio, non darsi alcuna importanza, mandare a spasso la propria volontà: ecco gli attrezzi con i quali l’anima può lavorare».

L’abate Pastor ha detto: «Non darti importanza ma legati a colui che si comporta bene».

L’abate Olimpo di Scete era schiavo. Scendeva ogni anno ad Alessandria a portare il suo guadagno ai padroni. Questi gli venivano incontro per salutarlo, ma l’anziano metteva dell’acqua in una bacinella e la presentava per lavar loro i piedi. «No, Padre, non darti pena!», gli dicevano i suoi padroni. «So di essere vostro schiavo», rispondeva, «e vi ringrazio di lasciarmi libero di servire Dio. In cambio, vi laverò i piedi, e voi riceverete ciò che ho guadagnato». G1i altri insistevano, e poiché non volevano cedere, Olimpo diceva loro: «Credetemi: se non volete prendere il mio danaro, rimango qui a servirvi». Allora i padroni, pieni di deferenza, gli lasciavano fare quello che voleva; e alla sua partenza lo riaccompagnavano con onore e gli donavano il necessario perché distribuisse in vece loro delle elemosine. Tutto questo lo rese celebre a Scete.

L’abate Pastor disse: «Un fratello domandò all’abate Alonio che cosa fosse il disprezzo di sé. L’anziano rispose: “Consiste nell’abbassarsi al di sotto degli animali, e sapere che essi non saranno condannati»

L’abate Pastor ha detto: «L’umiltà è la terra che il Signore ha richiesto per compiere il sacrificio».

Un anziano disse: «Da qualunque prova tu sia colto, non incriminare se non te solo, dicendo: “M’è accaduto per mia colpa, causa i miei peccati”».

Un giorno alcune persone se ne andarono in Tebaide a visitare un anziano. Portavano con loro un uomo tormentato dal demonio, affinché l’anziano lo guarisse. Dopo essersi fatto a lungo pregare l’anziano disse al demonio: «Esci da questa creatura di Dio!». Il demonio rispose: «Me ne vado, ma voglio farti una domanda: “Dimmi: chi sono i capri e chi gli agnelli?”». L’anziano gli rispose: «I capri, sono io; quanto agli agnelli, lo sa Iddio». A queste parole il demonio urlò: «Mi ritiro a causa della tua umiltà!». E subito se ne andò.

Un fratello domandò a un anziano: «Indicami una sola cosa da custodire, perché io ne viva!». L’anziano gli disse: “Se puoi essere ingiuriato e sopportarlo, è una gran cosa, che supera tutte le virtù».

Un anziano ha detto: «La terra sulla quale il Signore ha comandato di lavorare è l’umiltà»

Un anziano ha detto: «Sei giunto a serbare il silenzio? Non credere, tuttavia, di aver compiuto un atto di virtù. Di’ piuttosto: «Sono indegno di parlare”».

Un anziano ha detto: «Se il mugnaio non copre gli occhi dell’animale che gira la macina, questi si volterà e mangerà il frutto del suo lavoro. Così, per una disposizione divina, noi abbiamo ricevuto un velo che ci impedisce di vedere il bene che facciamo, di beatificare noi stessi e di perdere così la nostra ricompensa. È anche per questo che di tanto in tanto siamo abbandonati ai pensieri impuri e non vediamo più che questi; ci condanniamo così ai nostri stessi occhi, e questi pensieri sono per noi un velo che copre il poco bene che facciamo. In effetti, quando l’uomo si accusa, non perde la sua ricompensa».

Un fratello disse a un anziano: «Se un fratello mi rivolge parole profane, mi permetti tu, Abba, di dirgli di non farlo?». L’anziano gli disse: «No». E il fratello disse: «Perché?». L’anziano disse: «Poiché neppur noi siamo capaci di osservare questo, e c’è da temere che, dicendo al prossimo di non farlo, siamo trovati noi in procinto di farlo». Il fratello disse: «Che si deve dunque fare?». L’anziano gli disse: «Se sappiamo tacere, l’esempio basta al prossimo”.

Fu domandato a un anziano: «Che cosa è l’umiltà?». Egli disse: «Che, se tuo fratello pecca contro di te, tu lo perdoni prima che egli ti testimoni il suo pentimento».

Un fratello era assalito da molto tempo dal demone dell’impurità e malgrado molti sforzi non riusciva a sbarazzarsene. Una volta, mentre era alla Sinassi, si sentì come d’abitudine tormentato dalla passione; decise dunque di trionfare sulla macchinazione del demonio e di chiedere ai fratelli di pregare per lui affinché fosse liberato. E, sprezzando ogni vergogna, si mise nudo davanti a tutti i fratelli e mostrò l’azione di Satana: «Pregate per me, padri e fratelli miei», disse, «perché sono quattordici anni che sono così combattuto»; e subito il combattimento si allontanò da lui, grazie all’umiltà che aveva mostrato.

Uno dei padri ha detto: «I Padri entravano nell’interiore attraverso l’austerità, e noi, se possiamo, entriamo nel bene attraverso l’umiltà».

Un anziano che abitava in Egitto diceva sempre: «Non c’è strada più breve che quella dell’umiltà».

L’abate Sisoe ha detto: «Colui che lavora e pensa aver fatto qualche cosa, riceve quaggiù la sua ricompensa».

Disse un anziano: «L’umiltà non è uno dei piatti del festino, ma il condimento che insaporisce tutti i piatti».

Ho udito riferire di un anziano che diceva: «A chi possiede l’umiltà di spirito, è data una corona sulla propria dimora e un coperchio sulla propria marmitta».

L’abate Poemen ha detto: «L’anima non è umiliata in niente se tu non le razioni il pane, cioè se tu non la riduci a nutrirsi solamente del necessario».

Si raccontava di un anziano che viveva nell’esicasmo nelle parti basse del paese e che aveva al suo servizio un laico cristiano. Accadde che il figlio di costui si ammalò. Il padre supplicò per molto tempo l’anziano d’andare a pregare per suo figlio e l’anziano partì con lui. Correndo avanti, il laico entrò nella sua casa e gridò: «Venite incontro all’anacoreta». Quando l’anziano li vide venire da lontano con le fiaccole, gli venne l’idea di togliersi i vestiti, di tuffarsi nel fiume e di mettersi a lavarli restando nudo. Quando il suo servitore lo vide, pieno di vergogna disse alla gente: «Andatevene, perché l’anziano ha perduto il senno». Poi andò da lui e gli domandò: «Abba, perché hai fatto questo? Tutti dicono: “L’anziano ha il diavolo in corpo”». L’altro rispose: «Ecco precisamente quello che volevo».

Un vescovo d’una certa città cadde nella fornicazione per opera del demonio. Un giorno in cui cui si riuniva in chiesa e nessuno era a conoscenza del suo peccato, egli lo confessò davanti a tutto il popolo e disse: «Ho peccato». Poi depose il suo pallio sull’altare e disse: «Non posso più essere il vostro vescovo». Tutti piansero e gridarono: «Che questo peccato ricada su di noi, ma conserva l’episcopato». Egli rispose: «Voi volete che conservi l’episcopato, fate dunque ciò che vi dico». Fece chiudere le porte della chiesa, poi si distese faccia a terra davanti a una porta laterale e disse: «Colui che passerà senza calpestarmi con i piedi non partecipera’ a Dio». Fecero come lui chiedeva, e quando l’ultimo fu uscito, una voce venne dal cielo e disse: «Per la sua grande umiltà, gli ho rimesso il suo peccato».

L’abate Giovanni, discepolo dell’abate Giacomo, disse: «Mio fratello Macario mi ha detto, mentre moriva: “Due cose che ho fatto in questo mondo mi tormentano: ho comprato una stuoia per un fratello e ne ho preteso su due piedi il prezzo, e tessendo ho fatto due paia di tovaglioli che ho lasciato inferiori alla misura, perché mancava un po’ di filo”».

Un fratello interrogò uno dei padri su un pensiero blasfemo: «Abba, la mia anima è oppressa da un pensiero blasfemo, abbi pietà di me e dimmi da dove esso mi viene e ciò che devo fare». L’anziano rispose: «Questo pensiero ci viene perché noi sparliamo, disprezziamo e critichiamo; esso è soprattutto una conseguenza dell’orgoglio, della volontà propria, della negligenza nella preghiera, della collera e del furore, tutte cose che sono, precisamente, i segni dell’orgoglio. Difatti l’orgoglio ci fa entrare nelle passioni che ho enumerato, e da esse nasce il pensiero blasfemo. E se questo pensiero indugia nell’anima, il demone della blasfemia lo consegna al demone dell’impurità. Sovente lo conduce sino allo smarrimento dei sensi, e se l’uomo non li ritrova è perduto»

Si domandò ad abba Elia: «Con che cosa saremo salvati in questi tempi?». Egli rispose: «Ci salveremo per il fatto di non aver stima di noi stessi».

Tratto da: Detti e fatti dei Padri del deserto, Rusconi Libri.

ScienzaSacra

– Artículo*: Pietro –

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PRESENTACIÓN DEL LIBRO “EL CIENTÍFICO Y EL SANTO” DE AVINASH CHANDA, a cargo de Arcadio Rojo

– Artículo*: Revista Mundo Tradicional –

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CSTT Policy Regarding Work with Unprovenanced Antiquities

The following is the text of our policy regarding work with unprovenanced antiquities. The matter is so important that we decided to publish the policy also as a blogpost. I. Preamble The CSTT deplores the looting of archaeological sites, the undocumented removal of material from its context, and the illicit trade in antiquities and cultural … Continue reading CSTT Policy Regarding Work with Unprovenanced Antiquities →

– Artículo*: Ville J Mäkipelto –

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