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La locura de la sabiduría y de la santidad es ya no tomar en serio los espejismos del mundo; es aceptar los salivazos y dar las gracias porque lavan, y recibir los golpes con agradecimiento porque abren; es respetar el barro y clavetearse las sandalias con el oro; es sonreír frente al absurdo y enseñar a los demás a llorar por ello. Es presentir, más allá de toda razón, la libertad perfecta y el reposo absoluto en el seno luminoso del Único.

Soportar las injusticias, injurias y vejaciones personales no impide contestar a las que se hacen a los débiles y a los santos. / “El tentador y el tentado se reunirán un día en el que tienta, como el amante y la amada subsistirán finalmente en el Amen.” / “Sólo oímos el eco de tu voz, sólo percibimos el reflejo de tu claridad, y henos aquí del todo estupefactos, cegados y sin fuerzas ante tu grandeza”.

El primer versículo se refiere a algo más que a una resignación ciega. Para comenzar describe las dos realidades de la creación: la exterior y la interior. Hablar de los santos y sabios locos es una propuesta para acceder a la realidad interior que, en el lenguaje tradicional, sería divina. Emmanuel d’Hooghvorst escribió en diversas ocasiones que había escuchado a su amigo Cattiaux repetir en muchas ocasiones al final de su vida la sentencia de cierto maestro sufí que decía: No pido más que un campo donde la locura pueda retozar libremente.[1]

En la locura de los hombres santos y sabios brilla la conciencia del ser-de-Dios; así lo expresa el Mensaje en otro versículo: La mayor inteligencia en uno mismo es como la mayor sabiduría en el mundo y como la mayor locura en Dios. La mayor inteligencia en Dios es como la mayor sabiduría en Dios y como la mayor locura en el mundo.[2]

El loco que actúa como un espejo del Creador es aquel que vive y se comporta de manera distinta al hombre normal, pues su conducta está dictada por valores ajenos al mundo caído. Su universo físico y mental es ya el del mundo-por-venir, por eso, en muchas tradiciones, este loco es el médium transmite las palabras divinas a los demás hombres, pues permite que el alma del mundo se exprese.

La locura de la sabiduría y de la santidad es una locura de amor que se sobrepone a la razón exterior y provoca un proceder insensato; leemos en otro versículo del Mensaje: Quien ama a Dios más allá de la razón humana hace brillar la inteligencia divina que ilumina los mundos y que hace brillar los corazones purificados;[3] el loco de amor está poseído por la inteligencia divina y le da existencia.

Al ya no tomar en serio los espejismos del mundo, por saberlos absurdos, invierte el orden socialmente aceptado y, ¡qué imagen tan alquímica!, clavetea sus sandalias con el oro. Este loco se da cuenta que lo inferior, que está cubierto de barro y podredumbre, es lo que realmente tienen valor: Los pies de la humanidad aún están sanos, pero la cabeza está podrida y ciega. Así pues, hay que sembrar en lo que está abajo a fin de que lo que está arriba sea curado y renovado, como antiguamente lo que estaba abajo fue salvado y blanqueado por lo que brillaba arriba en la pureza.[4] Antiguamente, es decir, cuando el saber de los hombres seguía el proceder divino, pero cuando lo que cuenta es solo la inteligencia humana, una cabeza que está podrida y ciega, entonces sólo queda aquello que se ha ocultado bajo la vileza y el menosprecio. En el hipógrafe del libro 6, es una cita del maestro Kung Tse en la que se dice: Descuidar la raíz y cuidar las ramas es imposible.

En lo más bajo de la creación, en el lugar donde germinan las raíces, se han ocultado los signos divinos de la creación. Emmanuel d’Hooghvorst describe esta realidad analizando la carta del Tarot “La Maison Dieu” y afirma: Los dos personajes, que podrían parecer haber sido precipitados de lo alto de la torre, son en realidad dos locos que bailan cabeza abajo como niños alegres. […] se podrá interpretar diciendo que andan cabeza abajo para leer mejor los signos inscritos en esta tierra filosófica o Santo Egipto. Uno es el maestro y el otro, el discípulo…[5]El Mensaje Reencontrado está dedicado precisamente a la gloria de Dios y al servicio de los hom­bres que lean con los ojos del es­píritu y del corazón los sig­nos inscritos en la carne del mundo.

Los locos que bailan cabeza abajo pueden leer estos sig­nos inscritos en la carne del mundo, lo que en el versículo que estudiamos equivale a que son capaces de presentir más allá de toda razón, la libertad perfecta y el reposo absoluto en el seno luminoso del Único, pues los signos inscritos en el mundo describen la realidad del Único. Presentir: es decir, sentir antes de percibir propiamente, algo que ya sería una experiencia. El diccionario de la Real academia de la lengua define presentir como sigue: Intuir o tener la impresión de que algo va a suceder. La naturaleza de esta intuición o impresión es fundamental en la búsqueda espiritual, puesto que se dirige directamente a la naturaleza del sensorium del que habla Karl von Eckartshausen (1752-1803) en “La nube sobre el santuario” (Hay que señalar que en una carta Cattiaux se refiere a este libro: Te envío en especial un pequeño tratado que acaba de aparecer y que perfectamente podría haberlo escrito yo, ya que corresponde poco más o menos a mi conocimiento del mundo[6]). Por medio del sensorium el hombre loco según el mundo es capaz de presentir el santuario divino que se esconde detrás de la nube de la realidad temporal, como si se tratara de la maravillosa isla de Ávalon.

En la primera carta de “La nube sobre el santuario” se refiere al sensorium y comienza así: El ojo del hombre de los sentidos no es apto en absoluto para alcanzar la base absoluta de todo lo que es verdadero y trascendental. De la misma manera, la razón, que ahora queremos elevar al trono legislador, sólo es la razón de los sentidos, cuya luz difiere de la luz trascendental, como la fosforescencia del árbol podrido difiere del esplendor del sol. La verdad absoluta no existe para el hombre de los sentidos, sólo existe para el hombre interior y espiritual, el cual posee un sensorium propio, o, dicho más claramente, posee un sentido interior para percibir la verdad absoluta del mundo trascendental, un sentido espiritual que percibe los objetos espirituales tan natural y objetivamente como el sentido exterior percibe los objetos exteriores. [7]

Eckartshausen explica también que el sentido interior del hombre espiritual, o sensorium, se refiere al reino de Dios. Al final del versículo prima que estudiamos, se dice: Sólo oímos el eco de tu voz, sólo percibimos el reflejo de tu claridad, y henos aquí del todo estupefactos, cegados y sin fuerzas ante tu grandeza.

Se lamenta este autor de que en su época, la segunda mitad del siglo XVIII, la razón sólo responde a las llamadas de lo objetivamente sensible, es decir, lo exterior, sin poder acceder a las verdades trascendentes pues, como aparece en las Escrituras, hay que tener ojos para ver… La realidad sutil requiere de su sensorium que está cerrado para la mayoría de los hombres, por lo que el autor concluye: En la apertura de este sensorium espiritual está el misterio del Hombre nuevo, el misterio de la Regeneración y de la unión más íntima del hombre con Dios; éste es el fin más elevado de la religión aquí abajo, de esta religión cuyo fin más sublime es unir a los hombres con Dios, en Espíritu y en Verdad.

Pero el sensorium no es tan sólo un órgano de percepción, sino que también es emisor, es decir: aquello con lo cual es posible ver y tocar a Dios, también es donde se alberga Dios en el hombre y, de él surge el cuerpo de luz. Según Henry Corbin, el gran filósofo e islamólogo francés, en este órgano espiritual reside el misterio último de la Obra alquímica, pues, el sensorium en palabras de Eckhartshausen, o la imaginatio vera en palabras del propio Corbin, es a la vez: el órgano y el fruto de su propio hierurgia: debe producir el cuerpo transfigurado de la Resurrección, al que la alquimia china llama «cuerpo de diamante». El alumbramiento y la perennización del cuerpo espiritual psíquico es el nacimiento del hombre pneumático.[8]

El final del versículo de Cattiaux se referiría pues al presentimiento de la completitud y la perfección de la creación o el Hombre nuevo que experimenta: la libertad perfecta y el reposo absoluto en el seno luminoso del Único.

La locura de la sabiduría y de la santidad sería a nuestro parecer la nueva visión. Varios versículos aluden a ello, por ejemplo: Por su visión desnuda y por su desapego inhumano, el santo es un motivo de escándalo para los que permanecen sometidos a las apariencias y entregados a los lazos de este mundo.[9] O, también, una cita de su “Física y metafísica de la pintura” donde Cattiaux recoge una frase de Oscar Wilde en la que dice: Los locos de hoy dan forma a la visión de los hombres de mañana.[10]

Todas las tradiciones enseñan que no sólo existe la realidad que ve nuestros sentidos exteriores, sino que existe otra, a la que el Mensaje ha llamado presentir.

En la tradición hindú, y concretamente, en el pensamiento de Shánkara (788- 820) el gran sabio creador del advaita vedanta, recogido y expuesto por Òscar Pujol se encuentra la separación de las dos visiones: …la ordinaria y la trascendental. La visión ordinaria es la externa, la de los ojos. La visión tras­cendental es la interna, la de luz de la conciencia interior que ilumina y percibe esa visión externa. La visión externa capta los objetos, pero hay una visión interna que los ve. La visión externa es impermanente y depende de factores ma­teriales. Una enfermedad, por ejemplo, puede privar tem­poralmente de la vista. La visión interna es eterna y nunca se apaga. Por eso, si a una persona le arrancan los ojos con­tinúa viendo imágenes en sus sueños.[11]

La visión ordinaria es la visión de la mente y la visión interna o trascenden­tal, la visión de la conciencia. La visión de la mente es la que captura los objetos externos y crea representacio­nes mentales de esos objetos, que son contemplados por la visión interna. La visión externa depende de una serie de procesos psicofísicos y es, por tanto, una visión material. La visión de la conciencia –explica Pujol– es la que contempla el mismo acto de ver y la que es consciente de ver un objeto determi­nado, es la que contempla la visión. Además, la visión ordinaria depende del estado de los objetos exteriores y por lo tanto es impermanente. La visión trascendental, en cambio, escribe Pujol: no es una acción, sino la naturaleza misma del átman, su luminosidad intrínseca, como la luz o el calor no son acciones del fuego, sino su misma esencia. Esta luminosidad del átman no es como la llama del fuego que necesita de combustible. El átman está siempre encendido y su visión no precisa ni de la mente ni de los objetos de los sentidos. En consecuencia, esta visión trascendental es el mismo átman que brilla por sí mismo.

El átman corresponde en la tradición occidental a la realidad divina, al sí-mismo-de-Dios-y-el-hombre. En el versículo prima encontramos la siguiente (y sorprendente) afirmación: El tentador y el tentado se reunirán un día en el que tienta, como el amante y la amada subsistirán finalmente en el Amen, una afirmación que se llena se sentido cuando entendemos la correspondencia entre el órgano de visión y el objeto visionado; en el mundo exterior serían el tentador y el tentado, mientras que en la trascendencia se convertirían en el amante y la amada.

Cuando comentemos una Escritura santa, un rito o un símbolo, añadamos para los oyentes y para nosotros mismos: “He aquí una de las numerosas interpretaciones de la verdad Una. Dios es el único dueño de la vestidura y de la desnudez” (El Mensaje Reencontrado 15, 4).

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INFORMACIÓN LIBRO

NOTAS

[1] E. d’Hooghvorst, “El mensaje profético de Louis Cattiaux” en Creer lo increíble o lo antiguo y lo nuevo en la historia de las religiones, Arola, Tarragona 2006, p. 81.

[2] El Mensaje Reencontrado, § 38, 54.

[3] El Mensaje Reencontrado, § 27, 47.

[4] El Mensaje Reencontrado, § 15, 23.

[5] El Hilo de Penélope, Arola, Tarragona 2000, p. 234.

[6] Florilegio epistolar, Arola, Tarragona 1999, p. 156.

[7] La nube sobre el santuario, Obelisco, Barcelona 1992, pp. 23-25.

[8] El hombre y su ángel, Destino, Barcelona 1983, p. 44.

[9] El Mensaje Reencontrado, § 14, 41.

[10] Física y metafísica de la pintura, Arola, Tarragona 2012, p. 51.

[11] Òscar Pujol, La ilusión fecunda. El pensamiento de Shánkara, Pre-texto, Valencia 2016, pp. 170-172.

– Artículo*: ArsGravis –

Más info en psico@mijasnatural.com / 607725547 MENADEL Psicología Clínica y Transpersonal Tradicional (Pneumatología) en Mijas y Fuengirola, MIJAS NATURAL

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