Las dos Puertas del Corazón.- Louis-Claude de Saint-Martin (1.743-1.803)

“No olvides que en el corazón del hombre hay dos puertas: una inferior, por la que puede dar al enemigo el acceso a la luz elemental, de la que no puede disfrutar más que por este medio; la otra es la superior, por la que puede dar al espíritu que se encierra en él el acceso a la luz Divina que sólo se puede comunicar aquí abajo mediante este canal. Si, en vez de abrir la puerta superior para consolar al amigo que está encerrado contigo en tu prisión, abres la puerta inferior y dejas que entre en ti tu adversario, te conviertes en un campo de batalla en el que tu amigo fiel, ya en inferioridad de condiciones por el amor que te tiene, queda expuesto unas veces a un combate cruel y otras a ataques desgarradores, cuando ve que te declaras también contra él, y está siempre en una situación lamentable por el horrible vecindario que le has proporcionado y por la desgraciada necesidad que tiene, por tu negligencia o por tus crímenes, de permanecer junto a su enemigo y al tuyo, encontrarse encerrado en el mismo recinto, ver todos los días cómo te corrompe con su infección y estar obligado a respirar sus influencias pestilentes.

Piensa, en cambio, lo que ocurriría si, después de haber dejado que entre en ti este enemigo de toda verdad, abrieses de inmediato la puerta superior de tu ser y fuese la propia verdad la que bajase a ella, siguiendo su vertiente natural. Apartemos la vista de este cuadro o, por lo menos, no lo contemplemos más de lo que sea útil y necesario para acumular en nosotros una fuerza mayor que la que nos quedase todavía, después de los perjuicios tan grandes que ya le hubiésemos producido a nuestro fiel amigo. Invoquemos esta fuerza superior para que venga a unirse a la de este amigo fiel y a la nuestra, para que este poder triple caiga como un rayo sobre el predador y el funesto enemigo que hemos dejado entrar en nosotros, para que les haga volver a sus abismos y cierre después de un modo seguro esta puerta inferior que jamás deberíamos haber abierto.

Ésa es, en realidad, la obra del hombre nuevo durante su permanencia en el desierto: conseguir de lo alto una llave poderosa para atar al enemigo en sus cavernas tenebrosas, separar lo puro de lo impuro, como se le había ordenado a los hebreos, devolver la respiración del aire celeste y Divino a este amigo fiel, a quien el primer hombre hace respirar continuamente un aire infecto desde el crimen. Finalmente, es su misión arrancar de las manos del enemigo las partes de los tesoros Divinos y las chispas de la propia verdad que en otras ocasiones le hemos dejado robar, cuando hemos abierto imprudentemente nuestra puerta superior, si tomar la precaución de ahuyentar al enemigo a sus abismos y cerrarle con cuidado la puerta inferior.

Ésa es la labor que nos queda por cumplir desde que la debilidad del hombre primitivo dejó que entrase la iniquidad en nuestros dominios. Cuando él comió del árbol de la ciencia del bien y del mal, juntó, uno al lado del otro, a su ser que habitaba en la luz y a su adversario que moraba en las tinieblas. Ésta era la reunión monstruosa que quería impedir la sabiduría Divina, advirtiéndole que no comiese de este árbol de la ciencia del bien y del mal, que habría de darle la muerte. Lo que tenemos que hacer nosotros ahora es la ruptura de esa asociación, si queremos estar en condiciones de comer los frutos del árbol de la vida, sin cometer la más abominable de las profanaciones.

Lo repito: este último cuadro sería demasiado lamentable y demasiado desesperante para los que no tuviesen todavía los ojos, la edad y la fuerza del hombre nuevo, y no podrían considerar, sin peligro, las horribles prostituciones a que han estado expuestos los frutos del árbol de la vida, por la iniquidad de los mortales; pero el hombre nuevo se dedica especialmente a la expiación y la abolición de estas prostituciones. Por eso es por lo que no puede tener ni un solo momento de descanso, ya que el enemigo no sólo se defiende en todo momento, por miedo a volver a los abismos, sino que, por el contrario, siempre que puede, procura que le abran la puerta superior del corazón del hombre, para multiplicar cada vez más las abominaciones que acaban inundando la tierra, lo mismo que la inundaron antes del diluvio”.

El Hombre Nuevo, 33

– Artículo*: Diego GEIMME –

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