EL CAOS SOCIAL

Tradicionalismo

René Guénon

En este estudio no intentamos atenernos e specialmente al punto de vista social, el cual no nos interesa sino muy indirectamente, porque no representa más que una aplicación bastante lejana de los principios fundamentales y, por consiguiente, no sería en este dominio en el que podría, en todo caso , comenzar un enderezamiento del mundo moderno. Este enderezamiento, en efecto, si fuera emprendido hacia atrás, es decir, partiendo de las consecuencias, en lugar de partir de los principios, carecería forzosamente de base seria y sería completamente ilus orio; nada estable podría jamás resultar de él, y todo habría de recomenzar incesantemente, porque se habría descuidado algo fundamental: entenderse ante todo sobre las verdades esenciales. Por esto no nos es posible conceder a las contingencias políticas, ni siquiera dando a esta palabra su sentido más amplio, otro valor que el de simples signos exteriores de la mentalidad de una época; pero, bajo este aspecto mismo, tampoco podemos pasar enteramente en silencio las manifestaciones del desorden moderno en el dominio social propiamente dicho. Como indicábamos hace unas líneas, en el estado presente del mundo occidental, nadie se encuentra ya en el lugar que le conviene normalmente en razón de su propia naturaleza; es esto lo que se expresa al decir que ya no existen las castas, porque la casta, entendida en su verdadero sentido tradicional, no es otra cosa que la misma naturaleza individual, con todo el conjunto de las aptitudes especiales que comporta y que predisponen a cada hombre para el cumplimiento de tal o cual función determinada. Desde el momento que el acceso a cualquier función no está ya sometido a ninguna regla legítima, de ello resulta inevitablemente que cada uno se encontrará impulsado a hacer cualquier cosa, a menudo aquello para lo que e stá menos cualificado; el papel que representará en la sociedad estará determinado, no por el azar, que en realidad no existe (1), sino por algo que puede dar la ilusión de azar, es decir, por el embrollo de toda clase de circunstancias accidentales; lo qu e menos intervendrá en ello, será precisamente lo único que debería contar en semejante caso, nos referimos a las diferencias de naturaleza que existen entre los hombres.

La causa de todo este desorden es la negación de estas mismas diferencias, que entrañan la de toda jerarquía social; y esta negación, en principio quizás apenas consciente y más práctica que teórica, porque la confusión de las castas ha precedido a su completa supresión, o, en otros términos, se ha menospreciado la naturaleza de los indivi duos antes de llegar a no tenerla en cuenta para nada; esta negación, decíamos, ha sido después erigida entre los modernos en pseudo principio bajo el nombre de “igualdad”. Sería demasiado fácil demostrar que la igualdad no puede existir en ninguna parte, por la sencilla razón de que no podría haber dos seres que fueran a la vez realmente distintos y enteramente semejantes entre sí bajo todos los aspectos; y no sería menos fácil hacer resaltar todas las consecuencias absurdas que se derivan de esta idea qui mérica, en el nombre de la cual se pretende imponer por todas partes una uniformidad completa, por ejemplo distribuyendo a todos una enseñanza idéntica, como si todos fueran igualmente aptos para comprender las mismas cosas, y como si, para hacérselas comp render, convinieran a todos indistintamente los mismos métodos. Se puede además preguntar si no se trata más bien de “aprender” que de “comprender” verdaderamente, es decir, si la inteligencia no es substituida por la memoria en la concepción verbal y “lib resca” de la enseñanza actual, en la que no se contempla más que la acumulación de nociones rudimentarias y heteróclitas, y en la que la cualidad es sacrificada enteramente a la cantidad, como se produce por todas partes en el mundo moderno por razones que explicaremos más detenidamente en la continuación: se trata siempre de la dispersión en la multiplicidad. A este propósito, habría muchas cosas que decir sobre los daños causados por la “instrucción obligatoria”; pero no es éste el lugar de insistir sobre ello y, para no salirnos del marco que nos hemos trazado, hemos de contentarnos con señalar de pasada esta consecuencia especial de las teorías “igualitarias”, como uno de esos elementos de desorden que hoy son demasiado numerosos para que se pueda inclus ive tener la pretensión de enumerarlos sin omitir ninguno de ellos. Naturalmente, cuando nos encontramos en presencia de una idea como la de “igualdad”, o como la de “progreso”, o como la de cualquiera de los demás “dogmas laicos” que casi todos nuest ros contemporáneos aceptan ciegamente, y cuya mayor parte comenzó a formularse claramente en el curso del siglo XVIII, no nos es posible admitir que tales ideas hayan nacido espontáneamente. Se trata, en suma, de verdaderas “sugestiones”, en el sentido más estricto de esta palabra, las cuales no podrían, por lo demás, producir su efecto más que en un medio ya preparado para recibirlas; ellas no han creado de pies a cabeza el estado de espíritu que caracteriza la época moderna, pero sí han contribuido amplia mente a nutrirlo y a desarrollarlo hasta un punto que no habría alcanzado sin ellas.

Si estas sugestiones llegasen a desvanecerse, la mentalidad general estaría muy cerca de cambiar de orientación; por ello son tan cuidadosamente sostenidas por todos aquel los que tienen algún interés en mantener el desorden, si no en agravarlo más aún, y también porque, en un tiempo en el que se pretende someterlo todo a discusión, son las únicas cosas que no se permite jamás discutir. Es, por otra parte, difícil determinar exactamente el grado de sinceridad de los que se constituyen en propagadores de semejantes ideas, de saber en qué medida algunos hombres llegan a prenderse en sus propias mentiras y a sugestionarse a sí mismos sugestionando a los demás; e incluso, en una propaganda de este género, los que representan un papel de cándidas víctimas son a menudo los mejores instrumentos, porque ellos aportan a esto una convicción que a los demás les costaría trabajo emular, y que es fácilmente contagiosa; pero, detrás de todo ello, y al menos en el origen, es necesaria una acción mucho más consciente, una dirección que no puede venir más que de hombres que sepan perfectamente a qué atenerse sobre las ideas que lanzan de este modo a la circulación. Hemos hablado de “ideas”, pe ro no es sino muy impropiamente como esta palabra puede aplicarse aquí, porque es de todo punto evidente que no se trata en manera alguna de ideas puras, ni siquiera de algo que pertenece de cerca o de lejos al orden intelectual; se trata, si se quiere, de ideas falsas, aunque mejor aún sería hablar de “pseudo – ideas”, destinadas principalmente a provocar reacciones sentimentales, lo que es en efecto el medio más eficaz y más fácil para actuar sobre las masas.

A este respecto, la palabra tiene además una imp ortancia mayor que la noción que pretende representar, y la mayoría de los “ídolos” modernos no son verdaderamente más que palabras, porque aquí se produce ese singular fenómeno conocido por el nombre de “verbalismo”, en el que la sonoridad de las palabras basta para dar la ilusión de un pensamiento. La influencia que los oradores ejercen sobre las masas es particularmente característica a este respecto, y no hay necesidad de estudiarlo muy de cerca para darse cuenta de que se trata en estos casos de un pro cedimiento de sugestión en todo comparable al del hipnotismo. Pero, sin extendernos más sobre estas consideraciones, volvamos sobre las consecuencias que entraña la negación de toda verdadera jerarquía, y notemos que, en el presente estado de cosas, no solamente un hombre no cumple su función propia más que excepcionalmente y como por accidente, cuando sería el caso contrario el que debería constituir normalmente la excepción sino que ocurre también que el mismo hombre sea llamado a ejercer sucesivame nte funciones completamente diferentes, como si él pudiera cambiar de aptitudes a voluntad. Esto puede parecer paradójico en una época de “especialización” a ultranza, y, sin embargo, es verdaderamente así, especialmente en el orden político; si la compete ncia de los “especialistas” es a menudo muy ilusoria, y en todo caso limitada a un dominio muy estrecho, la creencia en esta competencia es, no obstante, un hecho, y se podría preguntar cómo es posible que esta creencia no represente ya ningún papel cuando se trata de la carrera de los hombres políticos, en los que la incompetencia más completa raramente constituye un obstáculo.

Sin embargo, si se reflexiona en ello, se percibe fácilmente que no hay nada de qué asombrarse, y que ello no es, en resumidas cue ntas, sino un resultado muy natural de la concepción “democrática”, en virtud de la cual el poder viene de abajo y se apoya esencialmente sobre la mayoría, lo que tiene por corolario necesario la exclusión de toda verdadera competencia, porque la competenc ia es siempre una superioridad al menos relativa y sólo puede ser patrimonio de una minoría. En este punto, no serán inútiles algunas explicaciones para hacer resaltar, de una parte, los sofismas que se ocultan bajo la idea “democrática” y, de otra pa rte, los lazos que unen esta misma idea a todo el conjunto de la mentalidad moderna. Por otra parte, es casi superfluo, dado el punto de vista en que nos situamos, hacer notar que estas observaciones serán formuladas fuera de todas las cuestiones de partid os y de todas las querellas políticas, en las que no intentamos mezclarnos ni de cerca ni de lejos. Nosotros consideramos estas cosas de una manera completamente desinteresada, como podríamos hacerlo con cualquier otro objeto de estudio, buscando darnos cu enta, tan claramente como sea posible, de lo que hay en el fondo de todo esto, lo que, por lo demás, es la condición necesaria y suficiente para que se disipen todas las ilusiones que nuestros contemporáneos se hacen sobre este tema. Aquí, también, se trat a verdaderamente de “sugestión”, como decíamos hace unas líneas refiriéndonos a ideas un poco diferentes pero sin embargo conexas, y, desde que se sabe que no es más que una sugestión, desde que se sabe cómo actúa, ya no se puede ejercer; contra cosas de e ste género, un examen algo profundo y puramente “objetivo”, como se dice hoy en la jerga especial que se ha pedido prestada a los filósofos alemanes, resulta más adecuado que todas las declamaciones sentimentales y todas las polémicas de partido, que no pr ueban nada y que no son más que la expresión de simples preferencias individuales. El argumento más decisivo contra la “democracia” se resume en pocas palabras: lo superior no puede emanar de lo inferior, porque lo “más” no puede salir de lo “meno s”; esto es de un rigor matemático absoluto, contra el cual nada podría prevalecer. Es importante hacer notar que se trata precisamente el mismo argumento que, aplicado en otro orden, vale también contra el “materialismo”. No hay nada de fortuito en esta c oncordancia, y las dos cosas son mucho más estrechamente solidarias de lo que podría parecer a primera vista. Es demasiado evidente que el pueblo no puede conferir un poder que él mismo no posee; el poder verdadero no puede venir más que de arriba, y por e sto – digámoslo de pasada – no puede ser legitimado más que por la sanción de algo superior al orden social, es decir, de una autoridad espiritual; si es de otra manera, no se trata ya sino de una falsificación del poder, un estado de hecho que es injustific able por defecto de principio y donde no puede haber más que desorden y confusión. Esta subversión de toda jerarquía comienza desde que el poder temporal quiere hacerse independiente de la autoridad espiritual, y luego subordinársela pretendiendo hace rla servir para fines políticos. Hay una primera usurpación que abre la vía de todas las demás, y así se podría mostrar que, por ejemplo, la realeza francesa, ha trabajado inconscientemente ella misma, desde el siglo XIV, en preparar la Revolución que habí a de derrocarla. Quizá tengamos algún día ocasión de desarrollar como se merece este punto de vista que, por el momento, no podemos más que señalar de una manera sumaria. Si se define la “democracia” como el gobierno del pueblo por sí mismo, esto es u na verdadera imposibilidad, una cosa que no puede siquiera tener una simple existencia de hecho. tanto en la nuestra como en cualquier otra época. No hay que dejarse embaucar por las palabras, y es contradictorio admitir que los mismos hombres puedan ser a la vez gobernantes y gobernados, porque, para emplear el lenguaje aristotélico, un mismo ser no puede existir “en acto” y “en potencia” al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto. Hay aquí una relación que supone necesariamente dos términos en presencia: no podría haber gobernados si no hubiera también gobernantes, aunque fuesen ilegítimos y sin otro derecho al poder que aquel que ellos se han atribuido a sí mismos; pero la gran habilidad de los dirigentes, en el mundo moderno, es hacer creer al pueblo que él se gobierna a sí mismo y el pueblo se deja persuadir tanto más fácilmente cuanto más halagado sea y cuanto más incapacitado esté, además, para reflexionar lo suficiente como para caer en la cuenta de lo que en ello hay de imposible.

Es para crear esta ilu sión para lo que se ha creado el “sufragio universal”: es la opinión de la mayoría la que se supone que hace la ley; pero no se dan cuenta de que la opinión es algo que se puede muy fácilmente dirigir y modificar. Con la ayuda de sugestiones apropiadas, se puede provocar en ella corrientes que vayan en tal o cual sentido determinado. No sabemos quién, ha hablado de “fabricar la opinión”, expresión que encontramos muy justa, aunque es preciso decir, por otra parte, que no son siempre los aparentes dirigentes quienes tienen en realidad a su disposición los medios necesarios para obtener este resultado. Esta última observación da sin duda la razón de por qué la incompetencia de los políticos más en el candelero no parece tener sino una importancia muy relativa; pero, como no se trata aquí de desmontar los mecanismos de lo que se podría llamar la “máquina de gobernar”, nos limitaremos a señalar que esta misma incompetencia ofrece la ventaja de alimentar la ilusión de la que acabamos de hablar. Es sólo en estas co ndiciones, en efecto, como los políticos en cuestión pueden aparecer como la emanación de la mayoría, siendo así a su imagen, porque la mayoría, cualquiera que sea el tema sobre el que sea llamada a dar su opinión, está siempre constituida por los incompet entes, cuyo número es incomparablemente mayor que el de los hombres que son capaces de pronunciarse con perfecto conocimiento de causa. Esto nos lleva inmediatamente a decir en qué la idea de que la mayoría debe hacer la ley es esencialmente errónea, porque inclusive si esta idea, por la fuerza de las cosas, es sobre todo teórica y no puede responder a una realidad efectiva, queda sin embargo por explicar cómo ha podido implantarse en el espíritu moderno, cuáles son las tendencias de éste a las que cor responde y que satisface, al menos en apariencia. El defecto más visible es el que indicábamos ahora mismo: la opinión de la mayoría no puede ser más que la expresión de la incompetencia, ya resulte ésta de la falta de inteligencia o de la ignorancia pura y simple; en este sentido, se podrían hacer intervenir ciertas observaciones de “psicología colectiva”, y recordar especialmente ese hecho bastante conocido de que, en una multitud, el conjunto de las reacciones mentales que se producen entre los individuo s que la componen desemboca en la formación de una especie de resultante que está, no ya siquiera al nivel de la media, sino al de los elementos más inferiores. Sería oportuno hacer notar, por otra parte, cómo algunos filósofos modernos han querido traslad ar al orden intelectual la teoría “democrática”, que hace prevalecer la opinión de la mayoría, haciendo de lo que ellos llaman el “consentimiento universal” un pretendido “criterio de la verdad”.

Aun suponiendo que hubiese efectivamente una cuestión 44 sobre la que todos los hombres estuviesen de acuerdo, este acuerdo no probaría nada por sí mismo; pero, además, si esta unanimidad existiera verdaderamente, lo que es tanto más dudoso, cuanto que hay siempre muchos hombres que no tienen ninguna opinión sobre una cuestión cualquiera y que ni siquiera la han tenido nunca, sería en todo caso imposible comprobarla de hecho, de suerte que lo que se invoca en favor de una opinión y como signo de su verdad se reduce a no ser más que el consentimiento del mayor número, y todavía limitándose a un medio forzosamente muy limitado en el espacio y en el tiempo. En este dominio, aparece aún más claramente que la teoría carece de base, porque es más fácil sustraerse en él a la influencia del sentimiento, que, por el contrario, e ntra en juego inevitablemente cuando se trata del dominio político, y esta influencia es uno de los principales obstáculos para la comprensión de ciertas cosas, inclusive entre aquellos que tendrían, por otro lado, una capacidad intelectual ampliamente suf iciente para acceder sin esfuerzo a esta comprensión; los impulsos emotivos impiden la reflexión, y uno de los más vulgares trucos de la política consiste en sacar partido de esta incompatibilidad. Pero vayamos más al fondo de la cuestión: ¿qué es ex actamente esta ley del mayor número que invocan los gobiernos modernos y de la que pretenden sacar su única justificación? Es simplemente la ley de la materia y de la fuerza bruta, la ley misma en virtud de la cual una masa arrastrada por su propio peso ar rasa todo cuanto encuentra a su paso; es aquí donde se encuentra el punto de unión entre la concepción “democrática” y el “materialismo”, y esto es lo que hace también que esta misma concepción esté tan estrechamente ligada a la mentalidad actual. Es la co mpleta subversión del orden normal, puesto que significa la proclamación de la supremacía de la multiplicidad como tal, supremacía que, en efecto, no existe más que en el mundo material (2); por el contrario, en el mundo espiritual, y más simplemente aún e n el orden universal, es la unidad la que está en la cima de la jerarquía, porque constituye el principio del que surge toda multiplicidad (3); pero, cuando el principio es negado o perdido de vista, no resta ya más que la multiplicidad pura, que se identi fica con la materia misma. Por otra parte, la alusión que acabamos de hacer a la pesantez, implica más que una simple comparación, porque la pesantez representa efectivamente, en el dominio de las fuerzas físicas en el sentido más ordinario de esta palabra , la tendencia descendente y represiva, que entraña para el ser una limitación cada vez más estrecha, y que va al mismo tiempo en el sentido de la multiplicidad, figurada aquí por una densidad cada vez más grande (4); y esta tendencia es la misma que marca la dirección según la cual la actividad humana se ha desarrollado desde el principio de la época moderna.

Además, es oportuno hacer notar que la materia, por su poder de división y a la vez de limitación, es lo que la doctrina escolástica llama el “princi pio de individuación”, y esto relaciona las consideraciones que exponemos ahora con lo que anteriormente hemos dicho sobre el tema del individualismo: esta misma tendencia en cuestión es también, podría decirse, la tendencia “individualizante”, aquella seg ún la cual se efectúa lo que la tradición judeo – cristiana designa como la “caída” de los seres que se han separado de la unidad original (5). La multiplicidad considerada fuera de su principio, y que de esta manera no puede ya ser devuelta a la unidad, es, en el orden social, la colectividad concebida simplemente como la suma aritmética de los individuos que la componen, y que no es en efecto más que esto desde el momento en que no se relaciona con ningún principio superior a los individuos; y la ley de la colectividad, bajo este aspecto, es esa ley del mayor número sobre la cual se funda la idea “democrática”. En este punto es preciso que nos detengamos un instante para disipar una posible confusión. Al hablar del individualismo moderno, hemos considerado c asi exclusivamente sus manifestaciones en el orden intelectual; se podría pensar que, por lo que respecta al orden social, el caso es completamente diferente. En efecto, si se tomara la voz “individualismo” en su acepción más estricta, se podría sentir la tentación de oponer la colectividad al individuo, y pensar que hechos tales como el papel cada vez más invasor del Estado y la complejidad creciente de las instituciones son la señal de una tendencia contraria al individualismo. En realidad, no se trata de esto, porque la colectividad, al no ser otra cosa que la suma de los individuos, no puede ser opuesta a éstos, no más, por otro lado, que el Estado mismo concebido a la manera moderna, es decir, como simple representación de la masa, en que no se refleja ningún principio superior; ahora bien, es precisamente en la negación de todo principio supraindividual en lo que consiste verdaderamente el individualismo tal como lo hemos definido. Luego, si en el dominio social hay conflictos entre diversas tendencias que pertenecen todas igualmente al espíritu moderno, estos conflictos no son entre el individualismo y cualquier otra cosa, sino simplemente entre las múltiples variedades de las que el propio individualismo es susceptible de presentarse; y es fácil darse cuenta de que, en ausencia de todo principio capaz de unificar realmente la multiplicidad, tales conflictos deben ser más numerosos y más graves en nuestra época que lo han sido 45 nunca, porque quien dice individualismo dice necesariamente división; y esta d ivisión, con el estado caótico que engendra, es la consecuencia fatal de una civilización completamente material, puesto que es la materia misma la que es propiamente la raíz de la división y de la multiplicidad. Dicho esto, tenemos que insistir aún sobre una consecuencia inmediata de la idea “democrática”, que es la negación de la élite entendida en su sola acepción legítima; no en vano “democracia” se opone a “aristocracia”, palabra que designa precisamente, al menos cuando es tomada en sentido etimológic o, el poder de la élite.

Esta, en cierto modo por definición, no puede ser más que un número pequeño, y su poder, su autoridad más bien, que procede de su superioridad intelectual, no tiene nada en común con la fuerza numérica sobre la que reposa la “democ racia”, cuyo carácter esencial es sacrificar la minoría a la mayoría, e igualmente y por esto mismo, como decíamos más arriba, la calidad a la cantidad, luego la élite a la masa. Así, el papel director de una verdadera élite y su existencia misma, porque e lla representa forzosamente este papel desde el momento que existe, son radicalmente incompatibles con la “democracia”, que está íntimamente ligada a la concepción “igualitaria”, es decir, a la negación de toda jerarquía: el fondo mismo de la idea “democrá tica” es que un individuo cualquiera vale igual que otro, porque ellos son iguales numéricamente, aunque no puedan serlo nunca más que numéricamente. Una élite verdadera, ya lo hemos dicho, no puede ser más que intelectual; por esto, la “democracia” no pue de instaurarse más que allí donde la pura intelectualidad no existe ya, lo que es efectivamente el caso del mundo moderno. Sin embargo, como la igualdad es imposible de hecho, y como no se puede suprimir en la práctica toda diferencia entre los hombres, a despecho de todos los esfuerzos de nivelación, se llega, a través de un curioso silogismo, a inventar falsas élites, por otra parte múltiples, que pretenden sustituir a la única élite real; y estas falsas élites están basadas sobre la consideración de supe rioridades cualesquiera, eminentemente relativas y contingentes, y siempre de orden puramente material. Es fácil apercibirse de esto advirtiendo que la distinción social que cuenta más, en el presente estado de cosas, es la que se funda sobre la fortuna, e s decir, sobre una superioridad completamente exterior y de orden exclusivamente cuantitativo, la única, en suma, que es conciliable con la “democracia”, puesto que procede del mismo punto de vista. Añadiremos, por lo demás, que aquellos mismos que se sitú an actualmente como adversarios de este estado de cosas, pero no haciendo intervenir tampoco ningún principio de orden superior, son incapaces de remediar eficazmente tal desorden, cuando no corren el riesgo de agravarlo aún más, yendo siempre más lejos en el mismo sentido; la lucha es solamente entre diversas variedades de “democracia”, que acentúen más o menos la tendencia “igualitaria”, como lo es también, según hemos dicho, entre diversas variedades del individualismo, lo que, por otra parte, viene exac tamente a ser lo mismo.

Estas pocas reflexiones nos parecen suficientes para caracterizar el estado social del mundo contemporáneo, y para mostrar al mismo tiempo que, en este dominio, como en todos los demás no puede haber más que un medio de salir del caos: la restauración de la intelectualidad y, como consecuencia, la reconstitución de una élite, que, actualmente, debe ser considerada como inexistente en Occidente, porque no se puede dar ese nombre a algunos elementos aislados y sin cohesión que en cierto modo no representan más que posibilidades no desarrolladas. En efecto, estos elementos sólo tienen, en general, tendencias o aspiraciones, que les llevan sin duda a reaccionar contra el espíritu moderno, pero sin que su influencia pueda ejercerse d e una manera efectiva; lo que les falta es el verdadero conocimiento, son los datos tradicionales, que no se improvisan, y que una inteligencia limitada a sí misma, sobre todo en unas circunstancias tan desfavorables en todos los aspectos, no puede suplir sino de una manera muy imperfecta y en muy pequeña medida. No hay pues más que esfuerzos dispersos y que a menudo se pierden, por falta de principios y de orientación doctrinal: se podría decir que el mundo moderno se defiende mediante su propia dispersión , a la cual ni sus propios adversarios son capaces de sustraerse. Y esto será así en tanto que éstos se mantengan sobre el terreno “profano”, terreno en el que el espíritu moderno tiene una ventaja evidente, puesto que representa su dominio propio y exclus ivo; y, por otra parte, si ellos permanecen en él es porque este espíritu, a pesar de todo, ejerce todavía sobre ellos una gran influencia. Por ello tantas personas, animadas sin embargo de una incontestable buena voluntad, son incapaces de comprender que es absolutamente preciso comenzar por los principios, y se obstinan en malgastar sus fuerzas en tal o cual dominio relativo, social o no, en el que nada real ni duradero puede ser cumplido en tales condiciones. Por el contrario, la élite verdadera no intentaría intervenir directamente en estos dominios, ni mezclarse en la acción exterior; ella lo dirigiría todo a través de una influencia inaprehensible por el vulgo, y tanto más profunda cuanto menos aparente. Si se piensa en el poder de las sugestiones de las que hablábamos más arriba, y que sin embargo no suponen ninguna intelectualidad verdadera, se puede suponer lo que 46 sería, con mayor razón, la potencia de una influencia como ésta ejerciéndose de una manera todavía más oculta en razón de su propia n aturaleza y que bebe en el manantial de la intelectualidad pura; potencia que, además, en lugar de ser aminorada por la división inherente a la multiplicidad y por la debilidad que comporta todo lo que es mentira o ilusión, sería por el contrario intensifi cada por la concentración en la unidad principial y se identificaría con la fuerza misma de la verdad.

NOTAS: (1). Lo que los hombres llaman “azar” es simplemente su ignorancia de las causas; si al decir que cualquier cosa sucede por azar lo que se p retende decir es que no ha habido causa, se trataría de una suposición contradictoria en sí misma.

(2). Basta con leer a Santo Tomás de Aquino para ver que numerus stat ex parte materiae . (

3). De un orden de realidad al otro, la analogía, aquí como en t odos los casos similares, se aplica estrictamente en sentido inverso.

(4). Esta tendencia es la que la doctrina hindú llama tamas, que asimila a la ignorancia y a la oscuridad. Se advertirá que, según lo que decíamos hace unas líneas sobre la aplicación de la analogía, la compresión o condensación de que se trata, está en el punto opuesto de la concentración considerada en el orden espiritual o intelectual, de manera que, por singular que esto pueda parecer en principio, es en realidad correlativa de la división y de la dispersión en la multiplicidad. Y, por otra parte, lo mismo se puede decir de la uniformidad realizada por abajo, al nivel más inferior, según la concepción “igualitaria”, y que está en el extremo opuesto de la unidad superior y principial .

(5). Por ello Dante sitúa la morada simbólica de Lucifer en el centro de la tierra, es decir, en el punto en que convergen de todas partes las fuerzas de la pesantez; desde este punto de vista, se trata de lo inverso al centro de atracción espiritual o “celeste”, que está simbolizado por el sol en la mayoría de las doctrinas tradicionales

democracia

– Artículo*: Tradición Perenne –

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