Cabellera de Berenice

Eratóstenes dice que el grupo de siete débiles estrellas que forman un triángulo por encima de la cola de Leo es llamado Cabellera de Berenice. Esta denominación, que le fue dada al parecer por el astrónomo Conón de Samos, alude a la virtuosa esposa del faraón Ptolomeo III Evérgetes en cuyo honor el poeta Calímaco compuso una elegía con el mismo nombre. El poema cuenta que Berenice realizó un voto de que si su marido regresaba victorioso de una campaña en Asia se cortaría la cabellera y la ofrecería a Venus, y que tras cumplir su promesa los cabellos de la reina fueron fijados por la diosa en la bóveda celeste.

La Cabellera de Berenice junto a las constelaciones del Boyero y los Lebreles.
La cola de Leo asoma por la esquina inferior derecha.
Johann Ehlert Bode, Berlin, 1805

Cornelius menciona una asociación más tardía de esta constelación con el mito de los amantes Píramo y Tisbe que Ovidio narra en el libro IV de sus Metamorfosis. Los jóvenes Píramo y Tisbe vivían en Babilonia, en dos casas adosadas. Los padres de ambos habían prohibido su relación pero ellos burlaban el veto hablando a escondidas a través de una rendija del muro que los separaba. Un día resuelven escaparse para reunirse secretamente al pie de una morera que crecía junto al sepulcro del fundador de la ciudad, en un lugar allende sus límites. Tisbe llega primero, mas enseguida ve acercarse a una leona y huye, atemorizada, a ocultarse en una cueva perdiendo su velo en la carrera. La leona husmea el velo con su hocico ensangrentado y lo destroza. Poco después es Píramo quien llega al punto convenido; no habiendo encontrado a Tisbe, sigue el rastro de sus huellas y acaba dando con el velo hecho jirones y manchado de sangre. Desesperado al pensar que Tisbe ha muerto, hunde su espada en su pecho tiñendo con sangre las moras del árbol cuya sombra había de acoger el abrazo de los jóvenes. Llega entonces Tisbe y halla a su amante moribundo. Píramo la mira, cierra los ojos y expira; y Tisbe toma su espada, la apunta contra sí y se lanza sobre el metal muriendo cruentamente. Según esta tradición astrológica, la Cabellera de Berenice sería el cataterismo del velo hecho jirones y manchado de sangre de Tisbe, que Zeus-Júpiter elevó a los cielos “para que los padres recordaran que no debían interferir en el amor de los jóvenes”.
Pero la pequeña constelación tiene una significación aún más alta, pues ella alberga al Polo norte de nuestra galaxia, el ápice septentrional de un eje en torno al cual la Vía Láctea gira en sentido horario con un período de unos 225 millones de años. Es este, pues, un polo de polos, y por lo tanto un símbolo que transmite la idea de un Centro Inmutable que se espeja en todos los centros -uno de ellos, el polo galáctico- y vertebra un “collar cósmico” de ruedas como el que describe el profeta Ezequiel en su visión:
“Miré entonces a los seres y vi que había una rueda en el suelo, al lado de ellos, de los cuatro. El aspecto de las ruedas era como el fulgor del crisólito. Tenían las cuatro la misma forma y parecían dispuestas como si una rueda estuviese dentro de la otra. Avanzaban en las cuatro direcciones y no se volvían en su marcha. Su circunferencia parecía de gran diámetro, mientras yo las miraba, y las llantas de las cuatro estaban llenas de ojos, todo alrededor. Y cuando los seres avanzaban, avanzaban las ruedas junto a ellos, y cuando los seres se elevaban del suelo, se elevaban las ruedas. Donde el espíritu les hacía ir, allí iban, y las ruedas se elevaban juntamente con ellos, porque el espíritu de los seres estaba en las ruedas. Cuando avanzaban ellos, avanzaban ellas, cuando ellos se paraban, se paraban ellas, y cuando ellos se elevaban del suelo, las ruedas se elevaban juntamente con ellos, porque el espíritu de los seres estaba en las ruedas. Y sobre las cabezas de los seres había una especie de bóveda resplandeciente como el cristal, extendida por encima de sus cabezas, y bajo la bóveda sus alas estaban rectas, una paralela a la otra; cada uno tenía dos que le cubrían el cuerpo.

Y oí el ruido de sus alas, como un ruido de grandes aguas, como la voz de Sadday, mientras caminaba; ruido de multitud, como ruido de batalla; cuando se pararon, replegaron sus alas, y se produjo un ruido.

Por encima de la bóveda que estaba sobre sus cabezas, había algo como una piedra de zafiro en forma de trono, y sobre esta forma de trono, por encima, en lo más alto, una figura de apariencia humana. Vi luego como el fulgor del electro, algo como un fuego que formaba una envoltura, todo alrededor, desde lo que parecía ser sus caderas para arriba; y desde lo que parecía ser sus caderas para abajo, vi algo así como fuego que producía un resplandor en torno, semejante al arco iris que aparece en las nubes los días de lluvia: tal era este resplandor, todo en torno. Era algo como el aspecto de la forma de la gloria de Yahveh. A su vista yo caí rostro en tierra y oí una voz que hablaba.” (Ez, 1, 15-28)

– Artículo*: Marc García –

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