Como el polvo y las estrellas – Letra Viva. Una Utopía Hermética

COMO EL POLVO Y LAS ESTRELLAS
Los astrólogos de Ur escrutaban constantemente el cielo. Conocían el número de planetas, sus nombres y las pautas temporales derivadas de sus revoluciones. Conocían las constelaciones zodiacales y las influencias de los astros sobre la tierra. Edificaron sus centros sagrados en consonancia con los diagramas celestes. Aplicaron las leyes de arriba para construir sus ciudades abajo. La geografía que habitaban era un reflejo del modelo arquetípico del firmamento.
Un hombre de Ur de Caldea partió hacia Canaán; errante y sin descendencia confiaba en las rutas estelares que lo guiaron hasta la encina de Moré donde levantó un altar a la deidad; luego descendió a Egipto y cargado de bienes y saberes regresó posteriormente a la tierra prometida.
Alza tus ojos y mira desde el lugar en donde estás hacia el norte, el mediodía, el oriente y el poniente. Pues bien, toda la tierra que ves te la daré a ti y a tu descendencia por siempre. Haré tu descendencia como el polvo de la tierra: tal que si alguien puede contar el polvo de la tierra, también podrá contar tu descendencia. Levántate, recorre el país a lo largo y a lo ancho, porque a ti te lo he de dar (1).
Como geómetra vivo ubicado en el centro del mundo, este hombre trazó los límites de sus dominios con sus propios pasos y guerreó en diversas oportunidades para defender sus comarcas; pero su compañera seguía sin procurarle los herederos que habían de poblar ese territorio geometrizado. Tuvo un encuentro secreto con el sacerdote-rey del Dios Altísimo (2), y estableció una alianza indestructible con las altas instancias de Sí Mismo, quedando adherido por siempre al eje que une cielo y tierra. Transformado él mismo en pilar polar, la deidad le indica ahora:
“Mira el cielo, y cuenta las estrellas si puedes contarlas”. Y le dijo: “Así será tu descendencia” (3).
Lo de abajo debía ser igual a lo de arriba y lo de arriba igual a lo de abajo, para obrar los milagros de una sola cosa.
Cuenta la historia sagrada que Abram yació con una sierva de su esposa y le dio un hijo varón, Ismael, del que descenderían 12 príncipes y sus respectivos pueblos nómades, mientras Sarai seguía siendo estéril. Ya a las puertas de la vejez,
… cuando Abram tenía noventa y nueve años, se le apareció Yahveh y le dijo: “Yo soy El Sadday, anda en mi presencia y sé perfecto. Yo establezco mi alianza entre nosotros dos, y te multiplicaré sobremanera” (4).
Alianza que se tradujo en el cambio de los nombres de la pareja: Abram pasó a llamarse Abraham, y su mujer Sarai se denominó en adelante Sara. Una letra, la hé, les insufló el hálito de vida, la fuerza de la creación por la palabra; además, la circuncisión del varón selló el pacto de la sangre y la pertenencia al linaje espiritual por él encabezado. Sara concibió tras la visita de Yahveh y alumbró a Isaac. Abraham, “padre de multitud”, tuvo que llegar incluso a entregar en sacrificio a su primogénito, pero salvada esta durísima prueba, de Isaac nacerán dos gemelos (Jacob y Esaú), y del primero de ellos los 12 patriarcas de las 12 tribus de Israel. Lo que en un principio fue concebido en el pensamiento de aquel geómetra conocedor de la ciencia de los números y las letras, se extendió posteriormente sobre un espacio-tiempo, y las 12 tribus que nacieron de su simiente simbolizaron en adelante el despliegue ordenado de una cosmogonía viva que se habría de perpetuar hasta el fin de este ciclo cósmico (5).
¿Qué ciencia aplicó Abraham en su alma para devenir al mismo tiempo piedra angular y de fundamento? ¿Cómo llegó Abraham a hacerse geómetra, colaborador en la obra del Gran Geómetra del Universo?
Una tradición más escondida atribuye a Abraham la autoría de un pequeño opúsculo teúrgico en el que se vuelcan las claves de la formación del Universo, el Sefer Yetsirah, en cuyo capítulo VI leemos:
Y cuando Abraham nuestro padre, que descanse en paz,
miró, vio, entendió, escrutó, grabó, talló,
tuvo éxito en la creación tal y como está escrito,
“y las almas que habían hecho en Harán” (Gén. 12, 5).
De inmediato se le reveló el maestro de todo,
sea su Nombre bendito por siempre,
y le puso en su seno, y le besó en la cabeza,
y le llamó “Abraham mi amigo” (Isaías 41, 18).
Hizo una alianza con él
y con sus hijos después de él por siempre,
como está escrito.
“Y él creyó en Dios y Él se lo tuvo por justicia” (Gén. 15, 6).
Hizo alianza con él entre los diez dedos de la mano
–ésta es la alianza de la lengua,
y entre los diez dedos de los pies
–ésta es la alianza de la circuncisión.
Y ató las 22 letras de la Torah a su lengua
y le reveló su misterio.
El las sumergió en aguas,
las inflamó con fuego,
las agitó con aliento,
las quemó con los siete planetas,
las dirigió con las doce constelaciones (6).
Así es cómo Abraham adquirió los conocimientos de sí mismo y del Todo emprendiendo su labor magico-teúrgica para su tiempo y su descendencia. Se puso manos a la obra al haber edificado en su interior el cosmos, copado con todos los nombres de la deidad, dejando que la Providencia proveyera; la Providencia fue generosa, y una multitud nació y se multiplicó portando en sí la simiente para recrear el gesto de un Geómetra que sigue escondido en su propia creación.
Parado en el umbral, asombrado por esta revelación, llamo y me abro. Redigo tus Nombres en este espacio oculto y a cubierto. La serpiente duerme; al oír la vibración de tus numeraciones comienza a desenroscarse, se sacude violentamente y casi envía la obra al traste, más la armoniosa melodía ejecutada por el tañedor áureo la domina y endereza. Gabriel, Miguel, Rafael y Uriel guardan los cuatro confines del universo mientras la partícula El resuena por doquier evocando todas tus reminiscencias en el interior de la caverna. Treinta y un senderos contenidos en tu nombre El (7) que desembocan en el gran mar de El Elion, El Altísimo, El Elevadísimo, análogo en su numeración a Emmanuel. Juego con este último nombre, y descubro que contiene de nuevo a El y a la partícula “conmigo o en mí”, y entonces me pregunto: ¿Quién es en mí o conmigo, El? Sin duda alguna Manu, el Legislador Universal, el Rey del Mundo. Caigo rostro en tierra y me repliego cual semilla en el seno de la madre Gea, donde escucho el discurrir de las aguas primordiales, depositadas en este cuenco pétreo, el centro espiritual del mundo, el Agartha.
Notas
1 Gén. 13, 15-17. Aquí Abram realiza un gesto cosmogónico, análogo al del demiurgo, que un autor cristiano explica con estas palabras: “Clemente de Alejandría dice que de Dios, ‘corazón del universo’, parten indefinidamente las direcciones, extendiéndose una hacia arriba, otra hacia abajo, ésta a la derecha, aquélla a la izquierda, una hacia adelante y otra hacia atrás; dirigiendo su mirada hacia estas seis direcciones como si se tratara de un número siempre igual, Él realiza el mundo; Él es comienzo y final (alpha y omega), terminando en Él las seis fases del tiempo, siendo de Él de quien ellas reciben su indefinida extensión; y tal es el secreto que encierra el número siete”. Citado por R. Guénon en El Rey del Mundo, Paidós Orientalia, Barcelona, 2003.
2 Melki Tsedek es el rey de Salem, aludiendo su nombre a la justicia y a la Paz, dos de los atributos del “Rey del Mundo”, personaje asociado a Manu, es decir, al Principio espiritual suprahumano que transmite la ley o dharma en cada período cósmico y que se encarna en ciertos seres humanos, tal el Melki-Tsedek bíblico, conocedor de El Elion (el Dios Altísimo), un aspecto muy elevado de la deidad, superior al nombre con el que Abram invoca a la divinidad, esto es, Sadday (el Todopoderoso); de ahí que Abram le diera el diezmo de todo cuanto había tomado a Melki Tsedek, recibiendo la bendición de éste, pues le era superior.
3 Gén. 15, 5.
4 Gén. 17, 1-2.
5 El doce, que es el número de las constelaciones zodiacales, lo es también el de los representantes del poder espiritual, tal los 12 apóstoles, los 12 caballeros de la Tabla Redonda, “y a este propósito debemos recordar que el número de los adeptos rosacruces era de doce, al igual que el de los miembros del círculo más interno del Agarthha, conforme a la constitución común de tantos otros centros espirituales formados a imagen y semejanza de ese centro supremo”. (René Guénon, El Rey del Mundo, op. cit.)
Y en otro momento explica Guénon: “Y añadiremos todavía que los doce miembros del consejo interior del Agarthha, desde el punto de vista del orden cósmico, no representan únicamente los doce signos del zodíaco, sino también (incluso estamos tentados de decir ‘antes bien’, aunque ambas formas no sean excluyentes) a los doce adityas, que son otras tantas configuraciones del sol, en relación con estos mismos signos zodialcales*: y naturalmente, como Manu Vaivaswata es llamado ‘hijo del sol’, el ‘Rey del Mundo’ dispone también del sol entre sus emblemas característicos. (*nota: Se dice que los adityas (salidos de Aditi o de lo ‘invisible’) fueron primeramente siete antes de ser doce, y que su jefe era por entonces Varuna. Los doce adityas son: Dhâtri, Mitra, Aryaman, Rudra, Varuna, Sûrya, Bhaga, Vivaswat, Pûshan, Savitri, Twashtri, y Vishnu. Son manifestaciones de una única e indivisible esencia; se dice también que estos doce soles aparecerán simultáneamente al final del ciclo, recuperando entonces la unidad esencial primordial propia de su común naturaleza. Para los griegos, los doce grandes dioses del Olimpo están asociados también a los doce signos del zodíaco.)
6 Aryeh Kaplan, Sefer Yetsirah. Teoría y práctica, Equipo difusor del libro, Madrid, 2002.
7 Treinta y uno es el valor numérico de El (alef=1; lamed=30, traducido como Dios), número vinculado con los 31 senderos del Árbol sefirótico, senderos que sólo se completan al integrarse El en El Elion (cuyo valor es 197; este nombre de la deidad significa Dios Altísimo, y se compone de El=31 y Elion=166=13=4=1, con lo que sumando 31+1 nos da los 32 senderos de la Sabiduría de los que habla la Cábala, que resultan de sumar las 10 sefiroth del Árbol de la Vida más las 22 letras del alfabeto hebreo), o sea que los 32 surgen al incorporarse El en el Dios Altísimo, El Elion, equivalente además éste último en su numeración a Emmanuel. A su vez, Emmanuel (que traducido es Dios en nosotros) está conformado al principio por la partícula que significa “conmigo o en mí”, escrita con ayin mem, por El al final, y en el centro por manu (men, nun, vav).
– Artículo*: Letra Viva. Una Utopía Hermética –

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