La rueda y los mitos – Letra Viva. Una Utopía Hermética

LA RUEDA Y LOS MITOS
El frontispicio de la Academia de Platón revelaba la condición del iniciado: “que nadie entre aquí si no es geómetra”. El iniciado es geómetra porque conoce el diseño del Universo, ha escrutado sus Sagradas Proporciones y ha reconocido el Eje o Centro que sostiene su estructura y que le permite ascender a lo más alto, a las alturas de lo incognoscible; sabe que cada trazo de toda figura geométrica conduce a su Centro y desde ahí se accede a lo que está más allá: lo Supracósmico, la pura Potencialidad de lo No Manifestado. El geómetra alcanza lo más recóndito del Centro de esta Geometría cósmica, y logra así adentrarse y fusionarse con esta cara desconocida y misteriosa del Espíritu.
La Rueda es un símbolo geométrico de origen no humano que sintetiza de un modo sublime la relación indisociable entre lo manifestado y lo Eterno, que se simbolizan con la periferia y su Centro. La llanta existe en virtud de un centro que la sostiene y sobre la que gira. De este centro irradia todo y sin embargo está inmóvil mientras la rueda gira sobre él, que actúa de Eje y referencia fija. El punto central es la clave en la Geometría del Círculo.
En el símbolo específico de la rueda cósmica, imagen y modelo de la creación, un eje fijo constituye un centro que irradia su energía hacia el exterior, difundiéndose en proporción directa al cuadrado de las distancias. En la concentración, o retorno al centro interior desde la periferia, la energía recorre de modo inverso ese cuadrado de las distancias. Una y otra energía son exactamente proporcionales entre sí y ambas coexisten permanentemente. La primera expresa la voluntad de la expansión indefinida, y la otra, la contracción necesaria a toda manifestación (1).
Todos los mitos de nuestra Tradición pueden ser explicados a través del simbolismo de esta figura geométrica que es la Rueda. O mejor, todos los mitos evocan la idea de la Rueda, la idea de la peregrinación espiritual de la periferia a su Centro.
Una imagen mitológica muy representativa de este Centro y la periferia es el nacimiento del dios Apolo, el cual es análogo a la sefirah central del Árbol de la Vida cabalístico: Tifereth. Cuando fue alumbrado en la isla de Asteria (que tomó luego tras esta Epifanía el nombre de Delos, ‘brillante’, porque en el momento del parto una capa de oro cubrió el archipiélago), los cisnes sagrados dieron siete vueltas en torno a la isla (siendo 7 el 6 al que se agrega la unidad; además la suma de los dígitos que incluye el 7 es la que sigue: 7+6+5+4+3+2+1= 28= 2+8=10=1, de manera que este número retorna a la Unidad). En efecto, esta danza de los cisnes alrededor del Centro axial que representa esta deidad solar nos ofrece una imagen del Cosmos y el Centro supremo que todo lo irradia. Apolo nació, junto a su hermana melliza Artemis, debajo de una Palmera Sagrada, símbolo también del Eje.
Como sabemos, Apolo es el dios solar por excelencia y uno de sus atributos son las flechas, símbolos del Eje. Gracias a su gran destreza con el arco, muchos son los episodios en que da muerte a sus adversarios merced al poder certero de su puntería. Se le atribuyen el don de la serenidad y de la distancia, distancia ésta que nos recuerda la idea de permanecer en el Centro para no perderse en la periferia. Pero esta distancia desde el Centro no significa negar la periferia, pues como dice William Blake, “por el camino del exceso también se llega al palacio de la sabiduría”. Y cierto es: por el hartazgo de los excesos de la periferia se puede iniciar el retorno al Centro. Y esto último nos lo muestra también la figura de Dionisos, dios del éxtasis, el frenesí y los excesos. Ambos dioses exhiben un antagonismo que revela las dos caras de una misma moneda: Centro y circunferencia, noble distancia y mirada amplia frente a embriaguez extática; sin embargo las dos iniciaciones que ellos auspician apuntan a la salida del Cosmos, pues es evidente que Dionisos no se identifica tan solo con la circunferencia, sino con la totalidad del Cosmos manifestado, de ahí que uno de sus aspectos sea el dios Pan, todo.
También nos detenemos en el mito del viaje de Ulises, que no cuenta sino el periplo del héroe solar hasta llegar a Ítaca, que es este recorrido del iniciado en los Misterios hasta el Centro inmutable, Patria Celeste donde mora el Espíritu, libre y eterno. En la periferia grandes males aguardan al héroe y deberá burlarlos arribando a esta isla central donde permanece inafectado frente a las contingencias ilusorias del contorno de la Rueda.
De igual modo, cuando Hermes roba las vacas a Apolo se puede interpretar (entre otras lecturas, dado el carácter a menudo ambivalente y polivalente de los mitos) que tal fechoría es un gesto despertador para que uno no se adormezca en la periferia ni se apegue a las cosas de este mundo. Este aspecto del mito evoca también las ideas de estrategia y astucia. De hecho, la astucia es una de las cualidades destacadas de Hermes y en el propio mito se cuenta que mientras sustraía el ganado a Apolo, en su huida con las vacas robadas, les hizo a éstas unos zapatos con corteza de árboles y hierba trenzada para no dejar huellas, y luego guió al rebaño a un bosque detrás de la cueva donde acababa de nacer, atándolas a los árboles. Tras un consejo de dioses convocado por Apolo en el Olimpo para dirimir este conflicto entre ambos dioses, Hermes pide perdón a Apolo y le dice que le devolverá todas las vacas menos dos, ya que éstas últimas las sacrificó y las descuartizó en 12 trozos en honor a los 12 dioses olímpicos. Finalmente ambos dioses resuelven su disputa intercambiando la lira de concha de tortuga por el caduceo y Zeus exhorta a Hermes a no robar ni mentir en adelante. El dios iniciador de aladas sandalias promete a su Padre que no robará ni mentirá más, pero inquiriendo un matiz: “a veces es mejor no decir toda la verdad”. El atributo de la astucia debe acompañar siempre al iniciado, para saber burlar y engañar a los falsos brillos y cantos de sirena de la periferia, que pueden hacer naufragar la nave en su viaje hacia el Centro de la Rueda.
Sobre el referido desapego a las cosas de este mundo, la propia Biblia nos advierte: “no acumuléis bienes que pueden ser horadados por el orín y la polilla” (2). También en Lucas 18:24 se nos dice que los ricos no podrán entrar en el Reino de los Cielos porque acumulando riquezas, en el sentido de estar aferrados y atrapados en bienes materiales y/o psíquicos, difícilmente se puede penetrar ese ámbito de la conciencia que el Centro de la Rueda representa, el de lo eterno y lo sagrado, el Reino del Espíritu, lo único real, lo único que nutre el alma y la conduce a su liberación. También en las Sagradas Escrituras se nos recuerda que todo está numerado, pesado y medido. Todo está sujeto, pues, a proporción y todo es pura Geometría Sagrada.
El mito de Dionisos resulta especialmente evocador en varios momentos acerca de la idea de retornar de la periferia al Centro, donde reside el elixir de la inmortalidad. Ya cuando estaba en el vientre de su madre Sémele, que quedó encinta por una infidelidad de Zeus a Hera, ésta quiso truncar su venida al mundo, siendo Hermes, el dios axial que conduce a las almas de lo más bajo a lo más alto y de la perdición de la periferia al origen celeste que es el Centro, el que lo rescata de tal asedio y permite su nacimiento cosiéndolo en un muslo de Zeus. Posteriormente, sigue el cerco de Hera que ordena a los Titanes que lo descuarticen, y es su abuela Rea la que reúne sus restos y lo devuelve a la vida. Este renacimiento iniciático se produce en virtud del acto de “reunir lo disperso” (también presente en el mito de Osiris, descuartizado por su hermano Seth y recompuesto por su esposa Isis), que es esa dispersión de la periferia frente a la concentración que ofrece el Centro como el propio nombre indica.
Otro momento revelador es cuando Dionisos conoce a Ariadna, símbolo de la sabiduría y la tradición, cuyo hilo permite a Teseo salir del laberinto (de nuevo el Centro y la periferia), con la que el dios se casa y tiene descendencia. Dionisos regala a Ariadna como presente nupcial una Corona de oro fabricada por Hefesto. Se une, así, Dionisos con la Sabiduría tras completar todas las posibilidades del Cosmos, como decíamos, pues recordemos que el dios baja a los infiernos en busca de su madre Sémele y, tras extender su culto por el mundo, asciende finalmente a los cielos.
Obsérvese también el mito de Hades, que para derrotar a su padre Crono se sirve de un casco de piel de perro, regalo de los Cíclopes, que lo hace invisible. Este don de la invisibilidad se adquiere morando en el Centro, donde la individualidad “desaparece” al ser integrada en lo supraindividual.
O la gesta de Heracles, que encuentra el fruto áureo del Jardín de las Hespérides. Este fruto, que es el conocimiento de la Ciencia Sagrada, es el que posibilita esta conquista del Centro una vez más, porque no hay sabiduría más elevada que haberse liberado de todo lo perentorio llegando al núcleo.
Por su parte, en el mito del laberinto del Minotauro, el ya mencionado Teseo también logra, partiendo de la periferia, recorrer los entresijos del laberinto gracias al hilo de Ariadna, que es esta Ciencia Sagrada, y arribar al centro del mismo, donde consigue matar al monstruo mitad hombre y mitad toro, que en realidad es un reflejo de su naturaleza todavía no purificada. Luego, guiado de nuevo por el hilo regresará al punto de la periferia, aunque él ya no es el mismo, y seguirá en otro plano un nuevo viaje hacia el Centro verdadero para cumplir con su destino. Del laberinto se sale llegando a su Centro guiado por este Tesoro sapiencial.
Otros símbolos axiales que evocan el Centro están constantemente presentes en los mitos, como el Rayo del propio Zeus, al que pertenece la soberanía del Cielo; o la lanza de Atenea, diosa de la Sabiduría y la claridad e hija predilecta del soberano del Olimpo; o la serpiente, presente en el caduceo de Hermes, en Asclepio, dios de la medicina, o en el propio Apolo, dios de las purificaciones, de las profecías y de la Luz inteligible, también considerado dios de la medicina.
Todos los mitos de alguna forma apuntan la idea que del uno se llega al diez y del diez se vuelve al uno, siendo el modelo del Árbol de la Vida una Geometría Sagrada de la mano de los Números, auténticos dioses liberadores. Desde la periferia, que es el Diez, que es lo disperso y múltiple, en un ejercicio de concentración se retorna al Uno, el Centro de la Rueda. Sin el Centro ninguna figura geométrica es posible. Todo parte de él y todo desemboca en él.
La Geometría abre las puertas del Cielo. El geómetra sabe que la olímpica morada está en el mismísimo Centro de todas las cosas.
Notas
1 Federico González, El simbolismo de la rueda. Ed. Libros del Innombrable, Zaragoza, 2016.
2 Mt 6:19.
– Artículo*: Letra Viva. Una Utopía Hermética –

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