LOS PREDICADORES DEBEN SUAVIZAR EL SABOR AMARGO DE SU DOCTRINA

1. Se pasaba hambre en aquella región, y los hijos de los profetas estaban sentados junto a Eliseo, que les mandó cocer un caldo. Cuando lo probaron exclamaron: ¡Profeta, este sabe a veneno! Y no pudieron tragarlo. Entonces Eliseo ordenó: traedme harina. La echó en la olla y dijo: sírvelo a la gente. Lo comieron y el caldo ya no sabía amargo.

El hambre de la tierra es la escasez de la Palabra de Dios en el espíritu humano. Los hijos de los profetas son los discípulos de los predicadores. Profeta es sinónimo de “vidente”. Y no es un despropósito llamar profetas a los predicadores, pues contemplan los secretos de los misterios de Dios y aplican los remedios oportunos a las diversas conductas de los hombres.

Eliseo quiere decir “salvación de Dios”, nombre muy propio de cualquier prelado o doctor de la Iglesia, porque su palabra persuasiva anuncia la salvación del Señor y al anunciarla la transmite. En el desempeño de su oficio prepara una gran olla a sus discípulos, repleta de hierbas silvestres; es decir, los amonesta con palabras severas, saturadas de amargura, pero cocidas con el fuego del Espíritu Santo. Los discípulos se horrorizan ante la dureza de sus palabras y gritan: Esto sabe a veneno. Y son incapaces de tormarlo.

2. Entonces el administrador sabio, en vez de traer él mismo la harina, la manda traer, porque no es él quien distribuye el amor, sino quien exhorta a procurárselo. Y con ese aderezo lo que antes resultaba amargo se torna dulce. El predicador puede proclamar los consejos de la salvación a los oídos de quienes le rodean; pero solamente Dios es capaz de infundir el sabor del amor en el paladar del corazón. Lo dice muy bien S. Gregorio: “Si el Espíritu no enseña en el interior, es inútil todo lo que intenta hacer desde fuera la lengua del maestro”. El sabor del cielo es muy distinto al de la tierra. Y mientras buscamos los sabores de nuestra cocina, somos incapaces de apreciar el sabor del cielo. En el desierto hay codornices y maná; es decir, en el lugar de la disciplina hay preceptos de mayor y menor importancia. Cuando los israelitas vieron el maná preguntaron: ¿Manbu? ¿Qué es esto? Pues no sabían lo que era. Moisés les dijo: es el pan que el Señor os da para comer. El contenido misterioso de este hecho se revela perfectamente en el Evangelio de Juan, cuando dice el Señor: Os aseguro que, si no coméis la carne del hijo del hombre…Muchos discípulos dijeron al oírlo: Este modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir eso? Desde entonces muchos se alejaron de él. Lo mismo ocurre con ciertas personas muy simples que desean abrazarse a la conversión, y les espanta el rigor de la Regla. Cuando se les habla de despreciar el mundo, de la incompatibilidad entre las virtudes y los vicios, o se les exige ser diligentes en las vigilias, perserverar en la oración o practicar el ayuno, murmuran y dicen: ¿Qué es esto? ¿Quién es capaz de tantas y semejantes cosas? Desconocean por completo el espíritu de la Orden en la que ingresan. Incumbe entonces al pastor decirles unas palabras de aliento e insistirles en que se procuren la harina.

RESUMEN:

Hambre: escasez de la Palabra de Dios en el espíritu humano.

Profeta: vidente

Eliseo: “salvación de Dios”

Hierbas silvestres: palabras severas. La Palabra de Dios a veces resulta dura y difícil de asimilar. Es como una comida silvestre a la que es necesario añadir un aditivo. Para endulzar lo que no se entiende, lo que resulta duro, cada uno tiene que buscar dentro de su propio espíritu, pues es necesario hacer más asequible el discurso, pero no valen palabras ajenas sino que el remedio tiene que surgir del interior de cada uno y es también diferente para cada persona. El discurso ajeno sólo será un estímulo para activar la búsqueda interior.

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– Artículo*: noreply@blogger.com (Sermones San Bernardo de Claraval) –

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