RITOS Y PROCESOS MASÓNICOS (Jean Tourniac)

JEAN TOURNIAC:RITOS Y PROCESOS MASÓNICOS
I. SIGNOS Y SÍMBOLOS
El tesoro de la herencia masónica comprende tres clases de símbolos:
– Los símbolos “figurados” (Tablas de Logia, decoraciones, joyas, etc.).
– Los símbolos “sonoros” (Palabras de paso, palabras sagradas, leyendas de grados, etc.).
– Los símbolos “actuados”, que son, propiamente hablando, los ritos.
Si los símbolos figurados se desarrollan generalmente en el espacio, como todo arte pictórico, los símbolos sonoros se desarrollan, por el contrario, en el tiempo. Pero los ritos tienen, como campo de expansión, a la vez:
– El espacio: Del oriente al occidente, del norte al sur, del Zénit al Nadir.
– El tiempo: De mediodía a medianoche, lo que, dicho sea de pasada, confiere a la Masonería de los tres primeros grados un carácter bastante aparente de “cosmología sagrada” (2).
¿En qué consisten los ritos? Esencialmente en “gestos” a los que la Masonería da el nombre de “signos” (3). Sin necesidad de recurrir a la “Teoría del gesto”, propia de las doctrinas hindúes, se observa en las lenguas occidentales un doble significado de la palabra “gesto”: en primer lugar, el de acción o acto, tales como los “Gesta Dei per Francos” de san Gregorio de Tours, y luego el de “generación” o creación, como puede constatarse en la palabra “gestación”, derivada de “gesto”. Así, el rito aparece como un acto creador o, al menos, como un retorno a un gesto o acto creador primordial, arquetipo que manifiesta la Omnipotencia del “Gran Arquitecto Divino”, ordenador del mundo.
Basándonos en las instrucciones o lecturas del primer grado del Rito inglés, versión “emulación”, comprobamos que estos signos son “sin número”, pero se “reducen” a cinco: el gutural, el pectoral, el manual, el vocal y el pedestre.
Observemos además que el gutural sirve para hacer el signo de reconocimiento, el pectoral para hacer el signo de fidelidad, el manual el toque, el vocal para comunicar la palabra, y el pedestre para efectuar la marcha. Estas definiciones están extraídas, es cierto, del Rito de York, pero son de un alcance general.
El signo de fidelidad, especialmente conocido en la Masonería inglesa, cierra, por así decir, los “trabajos”, mientras que el signo de reconocimiento los abre. Hace alusión a la Ley del Secreto y corresponde, en cierta medida, al juramento de silencio “pitagórico” de los ritos latinos, con el cual no entra sin embargo en competencia.
En cuanto al signo vocal, no es la palabra de grado. Designa la manera de pedir y de dar la palabra. Este proceso, bastante complejo, está por otra parte siempre ligado al toque y varía con cada grado. Al parecer, está relacionado con la “Ciencia de las letras”, conocida en otras tradiciones, y, desde el momento en que permite constituir la palabra reuniendo sus letras, se hace eco de la exhortación masónica de “reunir lo disperso”.
Se observará ahora que el vocal utiliza el sentido del oído, y el manual el del tacto. El toque es en efecto definido como un conjunto de signos manuales por medio de los cuales un Hermano puede hacerse reconocer por otro Hermano, no sólo en la claridad del día, sino también en las “tinieblas de la noche”. En cuanto a los restantes signos, su revelación requiere del sentido de la vista.
La importancia de la audición, de la visión y de la sensación es señalada por el propio san Juan, en su Primera Epístola, a propósito del Conocimiento divino, cuando escribe:
“Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído,
lo que hemos visto con nuestros ojos,
lo que contemplamos y tocaron nuestras manos
acerca de la Palabra de vida…” (4).
Por otra parte, la importancia del signo vocal y la superioridad del sentido del oído sobre el de la vista se desprenden de las palabras de Cristo a Tomás tras la Resurrección: “Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído” (5). Palabras que por otra parte son retomadas en el Rito Escocés Rectificado en la iniciación, en el momento de la prestación del juramento sobre el Evangelio de san Juan.
¿Qué debe entonces comprenderse por la definición según la cual si los signos masónicos se reducen a cinco, son no obstante “sin número”? La frase expresa de hecho la idea de que los signos están “más allá del número”, de modo que todo en la Masonería parece estar “signado” y, en consecuencia, nada debería carecer de significado.
Así, para dar un ejemplo, cuando la luz se hace al candidato, en el primer grado del Rito Emulación, los Hermanos baten sus manos al unísono con el mallete del Venerable Maestro. Para asegurar la simultaneidad, es costumbre que el Venerable Maestro ejecute tres movimientos con su mallete antes de dar el golpe final, de tal manera que los Hermanos puedan contar visualmente 1-2-3; gesto banal, se pensará, y sin embargo, reflexionando sobre él, ¿no traza en el aire el desplazamiento del mallete una línea quebrada en tres trazos, como la letra “Z”, y evoca así el rayo? Podría haber aquí como un equivalente del “trueno” de los rituales latinos que, en la iniciación, marca la cualidad de “hijo del trueno” conferida al nuevo “Hermano de san Juan”.
Si bien nada carece de significado en la Orden Masónica, es preciso decir que esta afirmación debe ser tomada al pie de la letra, no sólo en lo concerniente a lo que es “entendido, visto u oído” en el Templo, sino quizá también en lo que atañe a las experiencias y a los acontecimientos de la vida del masón. La Logia es en efecto el símbolo del mundo, pero el mundo es un Templo universal (6).
Volviendo a los signos, notemos además que los Masones de habla inglesa hacen corresponder los signos que hemos enumerado con las virtudes cardinales. De este modo, la marcha corresponde a la Justicia, y nada más normal si recordamos las citas bíblicas en las que se trata de marchar en los “senderos de la Justicia” y de ciertos justos, como Hénoch, por ejemplo, “que marchaba en presencia de Dios”. El toque del signo manual corresponde a la Prudencia, el pectoral corresponde a la Fuerza, el gutural a la Templanza, que debe ser aquí tomada en el sentido de “disciplina de la garganta”, tal como la entendían los pitagóricos, es decir, como una moderación de la palabra y un consentimiento al silencio.
Podemos ahora preguntarnos por qué el signo vocal es dejado aparte en la relación que acabamos de citar. La razón consiste en que, si hemos hablado de una primacía del vocal sobre los demás signos, así como de una primacía del sonido y del oído entre los cinco sentidos humanos -y recordemos a este respecto que el grito es la primera manifestación del recién nacido y que precede a la vista, mientras que el oído es el último signo vivo en el moribundo-, igualmente podemos decir que el “vocal” corresponde al conjunto de las virtudes teologales que dominan excelentemente a las virtudes cardinales.
En efecto, la “voz” está en relación con el “Verbo”, con la “Palabra”, es decir, con el “Théos” o Dios. Y a lo largo de los sucesivos grados de la jerarquía masónica, el “vocal” constituye una especie de aprendizaje de la pronunciación de esa “Palabra” que es el propio Nombre de Dios.
Desde otro punto de vista, es conveniente observar que el signo de fidelidad es propio del grado de aprendiz. Los otros cuatro signos varían según el grado y su revelación constituye siempre uno de los puntos esenciales del Ritual de recepción de los diferentes grados, llamado “comunicación de las palabras de reconocimiento”.
Ignorando por el momento la marcha, el toque y el signo vocal, desearíamos emitir algunas reflexiones sobre el primero de los signos enumerados al principio de este estudio, y que se llama indiferentemente “signo de reconocimiento” -ligado al gutural, en el primer grado- o signo de penalidad, porque alude al “sufrimiento” que constituye “la imprecación” o la tercera parte del juramento de cada grado.
II. LA SUPERACIÓN DEL DOMINIO CÓSMICO
Notemos en primer lugar que este signo de reconocimiento, denominado a veces simplemente el “signo del grado”, a causa de su importancia y de la frecuencia de su ejecución, responde a la definición general de los signos masónicos, que, por alusión a la escuadra, al nivel y al hilo de plomo, emblemas de los tres principales oficiales de la Logia, precisa que los signos se ejecuten por “Escuadra, Nivel y Perpendicular”. En estas circunstancias, el “Nivel” se encuentra trazado a la altura de la garganta en el primer grado, del corazón en el segundo y de las caderas en el tercero.
Es entonces gutural en el grado de aprendiz, cordial en el grado de compañero y umbilical en el grado de Maestro.
Por otra parte, este signo es manifiestamente umbilical en la Maestría, sobre todo en el Rito Escocés Rectificado y en ciertas variantes del Rito inglés. Sin embargo, en los demás ritos, la ejecución del signo, al hacerse de una cadera a la otra, pasa necesariamente por el ombligo. Estamos pues obligados a realizar una extraña constatación: y es que la parte del cuerpo humano ligada al signo de reconocimiento es más inferior a medida que se progresa en la Masonería “azul” de los tres primeros grados del oficio (“craft masonry”).
Como fácilmente se puede imaginar, el problema no ha dejado de intrigar a algunos de los autores que han estudiado los rituales masónicos. Si puede admitirse que la garganta y el corazón corresponden a dos de los centros sutiles del organismo humano descritos en la tradición hindú y que son particularmente puestos en acción en el Tantrismo, no es sorprendente que estos autores hayan podido establecer relaciones, muy interesantes por lo demás, entre los ritos masónicos y los ritos orientales. Pero si debiéramos creer en todas sus conclusiones, la Masonería de los tres primeros grados constituiría finalmente una especie de “descenso a los infiernos”, lo que no puede ser admitido sino en una medida muy limitada. De hecho, es cierto que los signos de la Masonería simbólica revelan un descenso, pero indican, al mismo tiempo, un ascenso de otro orden, “macrocósmico”, de tal modo que se puede, con razón, comparar la vía masónica con el viaje de Dante.
Para la justa comprensión de esta tesis, recurriremos a la teoría astrológica según la cual los planetas tienen su correspondencia en los órganos internos del cuerpo, mientras que los signos del Zodíaco están relacionados con las partes externas. Así, Aries corresponde a la frente, Tauro a la garganta, Géminis a los brazos, Cáncer a la región de los senos, Leo al plexo solar, Virgo a la parte superior del abdomen, Libra a la parte sub-umbilical, Sagitario a los muslos, Capricornio a las rodillas, Acuario a las pantorrillas y Piscis a los pies.
Señalemos en primer lugar que el ombligo está visiblemente en relación con Libra. Representa el eje de la balanza, y las caderas las extremidades del astil. Recordemos el papel que desempeñan las caderas y el centro del abdomen en los movimientos de balanceo de la mitad superior y de la mitad inferior del cuerpo, movimientos que constituyen la esencia misma de la danza tradicional, como puede comprobarse en nuestros días en oriente, en la liturgia cristiana de Etiopía, y quizá también en la liturgia católica mozárabe usada en la catedral de Toledo. El balanceo rítmico centrado sobre el ombligo sigue en la liturgia católica a cada “Gloria”, y en la liturgia ortodoxa acompaña, en forma de “letanía”, la invocación del Nombre de Jesús (7).
La tabla de correspondencias que acabamos de esbozar muestra también que los signos zodiacales están en mayor número en el centro del cuerpo que en sus extremidades. Pero la idea de abundancia, de plenitud, está ligada a la de centro, mientras que, a la inversa, el empobrecimiento o la debilidad es subyacente a la extensión y está ligado a la idea de circunferencia.
Limitando ahora nuestra investigación, observemos que los signos de reconocimiento de los tres primeros grados se ejecutan sobre las partes del cuerpo situadas en los signos zodiacales de Tauro, Cáncer y Libra.
Tauro es un signo de tierra, Cáncer un signo de agua, y Libra un signo aéreo, según los datos del hermetismo. Se comprueba entonces que el descenso corporal de los signos en la masonería “azul” condiciona una elevación cada vez más sutil en el orden de los elementos cósmicos. Es, pues, lógico que tras “la muerte de Hiram” y la elevación a la Maestría, los signos sean, por un brusco retorno, ejecutados en dirección a la parte superior de la cabeza. Desde el momento en que se efectúa el paso “from square to arch”, los signos tienden hacia la “clave de bóveda” y corresponden a una superación del dominio cósmico, agotado en sus elementos. Se trata entonces de un “pasaje solar”, que está indicado por los signos de los “side degrees”, complementarios o superiores a la Maestría, signos puestos en relación con el oído, la vista y el “lugar del cráneo”.
Tal es el sentido de la progresión en la Masonería. Hemos indicado que los acontecimientos de la vida masónica constituían igualmente signos “cargados de sentido”. Deben entonces señalar las etapas de una progresión análoga a la de los signos.
De hecho, el ejemplo más notable en esta materia es el que ofrece el sistema practicado en las Logias masónicas británicas, que consiste en conferir sucesivamente a los Hermanos los diferentes “oficios”, desde el de Maestro de Banquetes hasta el de Venerable Maestro que “gobierna con la Escuadra”. Así, el oficio terminal es también el oficio central, lo que nos conduce a las ideas de “centro del cuerpo”, de ombligo (pues la escuadra evoca por lo demás el cuerpo plegado en dos).
En esta perspectiva, la Logia puede ser concebida como una rueda, como un ciclo horizontal del que el Venerable Maestro es el cubo y los oficiales los rayos. Cuando el Venerable Maestro instala a su sucesor en la “Silla del Rey Salomón” y recibe él mismo los secretos de “Pasado Maestro Inmediato”, deja el cubo y pasa al eje vertical recorrido antes que él por sus predecesores. El cubo en el centro de la rueda es, de este modo, la “huella del eje vertical” sobre el plano de la Logia. En el momento en que el Venerable Maestro, que continuaba participando en la rotación de la rueda, acaba de instalar a su sucesor, ha terminado su obra maestra, verdaderamente ha concluido su periplo simbólico en la Logia y encuentra el reposo o la paz sabática. Su presencia en la Logia es desde entonces una acción de presencia, no actuante. Ayuda a determinar la rotación de la rueda y la acción de su sucesor, pero ya no actúa directamente, y progresa en las funciones verticales en el seno de la “Gran Logia”.
Se comprende desde ahora que el acceso a los capítulos de la “Santa y Real Arca de Jerusalén” haya sido antaño reservado sólo a los “Maestros Pasados” de las Logias. Era necesario que los Venerables Maestros que gobiernan con la Escuadra alcanzaran por su “Huella” ese eje vertical de los “Maestros Pasados”, que recibieran el triángulo de Pitágoras desarrollado, para ser “exaltados” y remontados, gracias a un cierto cordón, a la clave de bóveda. Así, el proceso de las funciones en la Masonería anglosajona es propio para dar a cada masón, por el cumplimiento de los ritos, una posibilidad de “realización” latente, despertando aquello que puede ser despertado.
Cada rito tiene su valor y sus razones suficientes, sus particularidades, pero el fin es el mismo… no es otro que el retorno consciente al Origen uno y eterno.
III. LA BÚSQUEDA DE LA PALABRA
Hemos visto anteriormente que el “signo vocal” puede ser considerado como un “aprendizaje” en la pronunciación de la “Palabra”. Es decir, que el “Nombre divino”, o la “Palabra”, desempeña un papel esencial en la Masonería, por lo que nos parece útil dedicar algunas líneas a este asunto.
En realidad, la Masonería incorpora en sus rituales numerosos “Nombres divinos” del Antiguo o del Nuevo Testamento (8), pero especialmente se refiere al “Dios Omnipotente”, el “Potente”, implicando así la idea de medida cósmica, y designando, por ello, al Ordenador del Universo, el “Gran Arquitecto Divino”.
Simbolizado por el número de letras hebreas de las “palabras sagradas” de los tres primeros grados, por la escuadra del Venerable Maestro en el Rito Escocés, por el triángulo de “Past Master” en el Rito inglés, claramente “revelado” en ciertos “side degrees” o altos grados de la Masonería británica (9), comunicado abiertamente por un lado, aunque igualmente “enmascarado” por el valor numérico de la fórmula trinitaria “Padre, Hijo y Espíritu” en los Ritos de la “Santa y Real Arca de Jerusalén” y puesto entonces en concordancia con la función “profética” del “Triple Poder” (10), este Nombre divino es, si no el más elevado y el más empleado, al menos uno de los más misteriosos que conoce la Masonería de Salomón y Zorobabel. Bajo la forma simplificada del “Potente”, el Nombre es sugerido por las tres rosetas y las catorce bellotas del mandil de Maestro en el Rito inglés, y por la divisa -“curiosamente” extraída del Salmo 115- de tres palabras y catorce letras de los Rituales Templarios.
Se observará que, en el Judaísmo, el “Dios Omnipotente” es principalmente y sobre todo una teofanía patriarcal (11). Nombre evocado por el oráculo de Balaam (12), se aplica por un lado al aspecto devastador del Juez divino, en el “Día del Señor” (13), pero por otra parte designa al “Trueno de la Voz Divina”, en el pasaje de la “Gloria” (14).
También el Nombre es puesto en concordancia con la “Piedra de Israel” y aplicado a la bendición de José (15). Reducido a la calificación de “Potente”, es citado más de treinta veces por Job, profeta no judío y no prosélito, aunque “surgido de la raza idumenea, nacido y muerto en esta región” (16). Bajo esta misma forma se lo encuentra aún en el centro del Magen David, o Sello de Salomón, e impuesto como una marca sobre la frente y las manos de los judíos piadosos y sobre los dinteles de las puertas de sus casas. En fin, si bien es velado por los tres nombres del “Schéma” (Adonaï, Elohenou Adonaï) referidos a las tres ramas del Schin y compuestos por catorce letras hebraicas, se descubre en el valor de las letras iniciales de esa oración central del Judaísmo que es el Schema Israël, “Adonaï Alohenou, Adonaï Echad”, y que Cristo retoma en la definición del primero de los Mandamientos (17).
Es necesario ahora observar que la Masonería conoce en otros grados, templarios o rosacruces, el monograma de Cristo “I H S”, el Nombre de Cristo Emmanuel (al que hace referencia la Pax Profunda o Amén), así como por otra parte el nombre hebreo de “Salvador”, de donde provienen el Nombre “Jesús” (18) y la “llamada” del Hosana en el Sanctus de las misas latinas (19).
Pero es verdad que hay, entre todos estos Nombres divinos, “relaciones” que traducen las equivalencias numéricas o las analogías numéricas de las letras. Es así que el Dios Altísimo, El Elyon, tiene el mismo valor que el Nombre de Cristo “Emmanuel”, es decir, ciento noventa y siete (20). Pero en “segundo grado”, se puede decir que El Elyon = Emmanuel = Yeschouah = diecisiete, mientras que en “tercer grado”, El Elyon = Emmanuel = Yeschouah = Shaddaï = Y H W H = ocho, la cifra de las Beatitudes (21) y de la letra hebrea de la vida y de la misericordia: Heth.
Es oportuno señalar además que la “diferencia numérica” que subsiste entre el nombre contraído de Jesús y el de “Dios Omnipotente” corresponde al nombre de Elie, “Mí Dios”, tal como fue pronunciado por Cristo en la cruz. Las letras Schin, Iod y Daleth pueden también designar en hebreo el símbolo de las “Tres manos” unidas, lo que hace pensar en un “secreto” relativo a la técnica de la invocación de los Nombres, secreto comunicado y empleado en la “Santa y Real Arca de Jerusalén”, así como en ciertas representaciones medievales de la “Santa Trinidad en un solo Dios”. Las mismas letras, por otra parte, son dibujadas por la posición de los dedos en el gesto de bendición de la Iglesia de Oriente.
Nos vemos entonces llevados a plantear la siguiente cuestión: el “Dios Omnipotente”, en el Cristianismo, cuando no es aplicado al Padre, ¿se refiere a Cristo o a la Trinidad? Cuestión ésta que no carece de importancia, en muchos aspectos, para un masón cristiano.
De hecho, en la liturgia católica, la bendición del Omnipotens Deus es referida al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, y san Agustín ha escrito: “…Trinidad a causa de la propiedad de las personas, un solo Dios a causa de la divinidad inseparable de la Omnipotencia; y sin embargo cada Persona en particular es Dios y Omnipotente, y todas juntas no son ni tres dioses, ni tres omnipotentes…” (22).
Ahora bien, ¿no debería encontrarse como una alusión al “Omnipotente” en esas “tres veces catorce generaciones” que separan la genealogía de Jesús en san Mateo y que forman puntos de unión alrededor de los Templos de Salomón (23) y Zorobabel, y aquel que no está construido por manos humanas y que será reedificado en tres días? Estas tres veces catorce generaciones quieren “decir algo” (24), y unen los dos Testamentos y los Templos para desembocar en la Clave de Bóveda.
¿No es también una alusión al Omnipotente la que se encuentra en la curiosa disposición de los prósforos sobre la patena en la misa bizantina? Ciertamente, esta “búsqueda” simbólica, basada en los números, si bien es admitida por las tradiciones orientales, ciertamente podrá sorprender a algunos desde el instante en que se aplica al Cristianismo. Pero bastará recordar la patrología griega, que ha visto en los trescientos dieciocho servidores de Abraham una prefiguración del Nombre de Jesús, y también las conclusiones de san Agustín respecto a las predicciones de la sibila de Erythra (25), para comprobar que no se trata en absoluto de una vana especulación.
Volviendo al tema de la personalización de la “Omnipotencia”, no debemos olvidar las propias palabras de Cristo, en san Mateo, XXVIII, 18-20, precisamente retomadas en la liturgia de la Celebración de la Santa Trinidad: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra”; y, ¿cómo no citar en fin la oración del Hermano Aymeri, de la diócesis de Limoges, el día de la comparecencia de los templarios ante los procuradores, en 1310? (26): “Señor Jesús, Cristo Santo, Padre Eterno y Dios Omnipotente… Redentor, Salvador clemente y misericordioso… Dios Omnipotente y Eterno que tanto amabas al bienaventurado Juan el Evangelista, tu Apóstol, y le permitías reposar sobre tu corazón en la Cena; que le revelaste los secretos celestiales, y, desde la Cruz en que yacías por la salvación del mundo, le recomendaste a Tu santa Madre y Virgen, en cuyo honor fue fundada nuestra Orden… Dios Omnipotente y Eterno que ha iluminado al Bienaventurado Jorge, tu valiente caballero y santo martir… por la Gloriosa y bienaventurada Virgen María, Tu Santísima Madre, en cuyo honor se fundó nuestra Orden… Tú, que siendo Dios vives y reinas, por los siglos de los siglos, Amén” (27).
Esta “oración de los templarios en prisión”, fundamentalmente cristocéntrica, pone lo suficientemente el acento en la “Omnipotencia”, encarnada en el Señor Jesús, como para responder a la cuestión que planteábamos antes y para indicar así cuál es el “Puente” entre la Masonería y el Cristianismo, cuál es la “Cúspide” del edificio y, al mismo tiempo, cuál es el fin del proceso espiritual de los “Constructores” (28).
NOTAS:
1.Cap. II de “Symbolisme maçonnique et tradition chrétienne”, París, Dervy-Livres, 1965, 1982.
2. Cf., sobre este tema, “Propos sur René Guénon”, caps. VI y VII.
3. Lucas, XXIV, 16, y Juan, XX, 19. Los discípulos reconocen al Señor en una “Palabra” o en un “Signo”.
4. 1ª Epístola de san Juan, I, 1.
5. Juan, XX, 28-29.
6. Según la conocida fórmula, “Los Hermanos de la Rosa- Cruz se reúnen en el Templo del Espíritu Santo, que está en todas partes”.
7. En el Cristianismo, la “Dabar” o Palabra Divina, que estaba en el principio, es hecha carne. Es personificada, corporalmente personificada. Desde entonces, el “rito central” del Cristianismo es, en “memoria” o “recuerdo del Verbo”, la comunión con la Carne y la Sangre del Señor. Pero también puede decirse que la Exhortación de Cristo durante la institución de la Cena : “Haced esto en memoria mía”, si bien es imperativo y “esencial”, no excluye sin embargo a la invocación del Nombre, como puede comprobarse por los textos siguientes: – Hechos, IX, 21: “¿No es éste el que en Jerusalén perseguía encarnizadamente a los que invocaban ese nombre (el de Jesús)?”. – Hechos, IX, 14: “…y que está aquí con poderes de los sumos sacerdotes para apresar a todos los que invocan tu nombre (el de Jesús)”. – Filipenses, II, 9-11: “Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos”. – Romanos, X, 8-13: “Entonces, ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra: en tu boca y en tu corazón… si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo… pues uno mismo es el Señor de todos, rico para los que le invocan. Pues todo el que invoque el nombre del Señor se salvará”. – Hechos, IV, 8-12: “…ha sido por el nombre de Jesucristo, el Nazoreo… Él es la piedra que vosotros, los constructores, habéis despreciado y que se ha convertido en piedra angular. Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos”. – Liturgia de la Comunión, Misa latina: “…Yo tomaré el Cáliz de Salvación e invocaré el Nombre del Señor”. Es interesante notar que, entre las reformas litúrgicas introducidas desde hace una veintena de años en la misa latina, figura la pronunciación “activa” del Amén, por parte del comulgante en respuesta al anuncio, por el sacerdote, del Cuerpo de Cristo. Amén es, en efecto, uno de los Nombres divinos de Cristo en el Judeo-Cristianismo (cf. “Les Tracés de Lumière”, cap. IV).
8. Además de los veintiún Nombres divinos de los antiguos “Talleres”, existen en los rituales otros
nombres hebreos, latinos o griegos.
9. Y en el grado 32 Escocés, bajo la forma simplificada de “Shaddaï”… En este grado figura también la divisa “Ad Majorem Dei Gloriam”, que es la de la Compañía de Jesús.
10. Se sabe que el ritual de la “Real Arca” hace corresponder a cada uno de los “Poderes” una parte de la triple exclamación angélica “Gloria a Dios en lo más alto de los Cielos, Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”, dando preeminencia a la “función real”, según la perspectiva del “Arte Real”, pero reservando un lugar “central”, entre el Sacerdocio y la Realeza, a la “función profética”. Volveremos sobre estos diferentes puntos en la tercera parte de la presente obra. En cuanto a las cuestiones que conciernen a la invocación de los Nombres divinos en la Franc-Masonería, cf. “Les Tracés de Lumière”, caps. II y III.
11. Cf. Génesis, XVII, 1; XVIII, 3; XXXV, 11; XLVIII, 3; y especialmente Éxodo, VI, 2.
12. Números, XXIV, 4 y 16.
13. Isaías, XIII, 6.
14. Ezequiel, I, 24, y X, 4. Este “doble aspecto” de un Nombre a la vez destructor y vivificante, justificado metafísicamente en el complementarismo de Justicia y Misericordia, ya está esbozado por las raíces del Nombre que designan tanto la fecundidad, los campos, los pechos, como la devastación y la ruina, incluso los “demonios”. Es la fuerza “doble”.
15. Génesis, XLIX, 24-26.
16. San Agustín, “La Ciudad de Dios”.
17. Marcos, XII, 29 (cf. Deuteronomio, VI, 4, 5, y Levítico, XIX, 18).
18. En la Iglesia, se podría ver una alusión al “314”, bajo la forma de la “gloria divina”, en ciertos ritos del “Oficio de las Tinieblas” del Jueves Santo. Hasta ahora, la liturgia situaba en efecto en medio del coro un candelabro triangular, sobre el que se encontraban quince cirios encendidos, que eran apagados uno tras otro, -salvo el último y más elevado-, tras la recitación de cada uno de los catorce salmos del oficio. No quedaba entonces, al final del oficio, más que este último cirio encendido, que era ocultado tras el altar (a oriente) y que representaba la Luz Eterna, triunfante de la muerte. “En ese momento que nos recuerda la muerte del Salvador, cuando las tinieblas reinaban alrededor de la cruz, el sacerdote da algunos golpes sordos en las sillas del coro, que significan los temblores de tierra en la noche del Gólgota o en la mañana de la Resurrección, simbolizada por el cirio encendido que, en ese instante, es situado sobre el altar” (Misal Vespertino Romano, Dom Garpard Lefebvre, 1931). Las catorce luces sobre el candelabro triangular se aplicarían así a la gloria visible de Cristo, y no a la “totalidad divina” del Emmanuel.
19. “Hoschiya-na”, es decir: “¡Da la Salvación!” – “Ven Salvación”, fórmula extraída del Salmo 118, el mismo que, en el verso 22, especifica que “…la piedra que los constructores desecharon en piedra angular se ha convertido”. Se recordará también que los Nombres de “Jhésus-Maria” constituían la invocación de san Bernardo y de santa Juana de Arco, y que el Nombre de Jesús era invocado sin cesar por san Ignacio de Loyola. La misa hebrea de Jerusalén ha retomado para el triple Kaddosch (Sanctus) de Isaías, VI, 3, la fórmula de los Evangelios en hebreo (Marcos, XI, 9, 11): “hoschana, Ba Merômim”.
20. Cf. René Guénon, “Le Roi du Monde”.
21. Es curioso notar que la suma de los diecisiete primeros números enteros da “ciento cincuenta y tres”, número de los “AVE” del Rosario y número también de los “peces” de la pesca milagrosa y, en consecuencia, número de las invocaciones de Jesús y María en el Rosario completo. En cuanto al número “ocho”, Orígenes lo definió como conteniendo la virtud de la Resurrección y como símbolo del mundo futuro, y san Agustín ha visto en el octavo Día eterno el reposo, no sólo del espíritu, sino también del cuerpo. En lo que respecta al “3.1.4.”, número de “Schaddaï”, también puede descubrirse según los procedimientos de la gematría en el ensamblaje de tres letras que tengan individualmente el mismo valor “entero”. Así ocurre con las tres letras “madres” del alfabeto hebreo: “Aleph. Mem. Schin.”: 1.4.3., o también con las letras “Aleph. Lamed. Mem.” = 1.3.4., que forman la raíz del nombre “Almanah”, la Viuda. Se conoce el papel que desempeña la Viuda, tanto en la Biblia hebrea, con la historia de la Viuda de Sarephta, para el profeta Elías el tesbita (1, Reyes, XVII, 21), como en el Evangelio, con el hijo de la viuda de Naïm (Lucas, VII, 12, 13). En ambos casos, se trata de una resurrección de los muertos antes de que sea demasiado tarde, y de un “renacimiento de Hiram”, en términos masónicos.
22. “La Ciudad de Dios”, lib. XI, 24.
23. Mateo, I, 17. Se observará que tres veces catorce es cuarenta y dos (3 x 14 = 42), número formado por las letras hebreas Mem y Beth que figuran en el mandil del tercer grado escocés antiguo y aceptado.
24. El Canónigo Crampon explica en sus notas que san Mateo quiso encerrar toda la genealogía de Jesús en un marco sistemático, en el que cada período compuesto de catorce generaciones reproduce dos veces el número siete, sagrado entre los judíos… Citemos también a Orígenes, que precisa que las 42 estaciones que los hebreos pasaron en el desierto antes de llegar al Jordán, en busca de la Tierra prometida, representan un doble misterio: “Cristo descendió hasta nosotros a través de 42 antepasados según la carne, como por otras tantas estaciones, y es a través del mismo número de estaciones que los Hijos de Israel ascendieron hasta el lugar en que comienza la herencia prometida” (“27ª Homilía sobre los Números”). Ver a propósito de ello y relativamente a la disposición de los prósforos sobre la patena (misa del rito bizantino), “Les Tracés de Lumière”, cap. II.
25. “La Ciudad de Dios”, lib. XVIII, 23. Señalemos que la Santa Virgen representa con respecto a Cristo la “Omnipotencia Suplicante”.
26. A título de curiosidad, se notará que la alianza entre Escocia, simbolizada por el rey Robert Bruce, “protector de la Orden Benedictina”, y los templarios, se remonta según la leyenda a la victoria de Bannockburn, que tuvo lugar el día del solsticio de verano del año… 1314, que puede leerse, como el 515 de Dante, “uno trescientos catorce”.
27. Albert Ollivier, “Les Templiers”, Ed. du Seuil, 1958 (cf. el texto publicado en apéndice de la p. 171).
28. Debemos todavía hacer notar que el “fin de la construcción”, el Templo acabado, es, en su orden, el equivalente a la “posesión de la Tierra prometida”. El largo trabajo de edificación, lleno de dificultades y de obstáculos, corresponde a la marcha de las tribus en el desierto. Ahora bien, es interesante observar que no es Moisés -cuyo nombre tiene el valor numérico del Dios Omnipotente- quien alcanza a penetrar en Tierra Santa (“Tú no pasarás este Jordán… Será Josué quien pasará delante de ti”, Deuteronomio, XXXI, 2-3), sino José, hijo de Nun, el “hombre en quien está el espíritu” (Números, XVII, 18), y que “estaba lleno del espíritu de sabiduría” (Deoteronomio, XXXIV, 9), aquel que, en Gabaón, detuvo el sol y la luna (Josué, X, 10-15) prefigurando la victoria de Jesús en la Cruz, bajo el sol y la luna inmóviles. Pero precisamente el hijo de Nun se llamaba “Salvador” – Hoschea-, y su nombre se cambió en Josué, Yoschoua, forma hebrea del Nombre de Jesús (Números, XIII, 16-17). El número de este Nombre -391- es también el de la palabra “Liberación” en hebreo, y está formado por la suma de los números de “Dios Omnipotente” y de “Mi Dios”, en hebreo, es decir, El Schaddaï y El Yah, 345 y 46.

– Artículo*: Zurraquín –

Más info en psico@mijasnatural.com / 607725547 MENADEL Psicología Clínica y Transpersonal Tradicional (Pneumatología) en Mijas y Fuengirola, MIJAS NATURAL

*No suscribimos necesariamente las opiniones o artículos aquí enlazados

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