El beso de Dios: la muerte de Moisés (o como debió haber sido la de Adán)

Finalmente la hora de la muerte de Moisés, prevista por Dios, ha llegado. Dios envía a Gabriel, pero éste dice (45): ¿Cómo podría yo tener la arrogancia de presentarme ante aquél que vale como seiscientas mil personal [el número de israelitas que salieron de Egipto] y tomar su alma? Entonces Dios se dirige a Sammael, el jefe de los acusadores o de los satanes. Es muy interesante la visión de este midrás, que concuerda con antiguas creencias judías, de que el acusador es parte de la corte celestial de Dios. La vida y la muerte están delante de Dios. Sammael recibió con gran alegría la misión de darle muerte a Moisés. Con rapidez Sammael salió con gran alegría de la presencia del Santo, bendito sea, armado con espada y ceñido de crueldad, y fue donde Moisés con grande rabia (46)….Cuando Moisés alzó la vista y vio a Sammael, supo que venía por él. Inmediatamente losojos de Sammael se eclipsaron ante el resplandor del reostro de Moisés, cayó sobre su rostro y le agarró un dolor como de parturienta, tal que no podía hablar con su boca…”Ha llegado tu tiempo de salir de este mundo. Entrégame tu alma”. Le dijo: “¿Quién te ha enviado a mí?” Le contestó: “Quien creó el mundo y las almas. Todas las almas me han sido entregadas desde la creación del mundo y están en mi mano” (47)….Pero incluso esta misión para Sammael le resulta imposible. Y así se lo hace saber a Dios: “Señor del universo, si tú me mandas volver del revés el infierno, desde el escalón más alto al más bajo, yo puedo hacerlo. Pero con el hijo de Amram no puedo, ni siquiera mantenerme en pie ante él, pues la luz de su rostro se asemeja a los serafines de la Mercabá, y son chispas de fuego las que salen de su boca; además el resplandor de su rostro se asemeja a la Sekinah. Te ruego, pues, no me envíes donde él, ya que no puedo ni mantenerme en pie en su presencia” (48). Entonces Dios mismo toma la misión de dar muerte a Moisés. Tres ángeles fueron con el Santo, Miguel, Zagziel y Gabriel. Gabriel preparó el lecho de Moisés, Miguel extendió un vestido de púrpura y Zagsiel dispuso vestiduras de lana a la cabecera del lecho…Le dijo el Santo [a Moisés] bendito sea: “Cruza tus manos y ponlas sobre el pecho; cierra tus ojos”. Y así lo hizo (51). Inmediatamente el Santo, bendito sea, llamó a su alma y le dijo: “Hija mia, Yo decreté que moraras en el cuerpo de este justo ciento veinte años. No tardes, hija mía”. El alma respondío, “…Tú me creaste y me pusiste en el cuerpo de este justo, ¡hay en el mundo un cuerpo tan inocente, puro y santo como éste, en el que nunca se vieron moscas ni putrefacción? Prefiero estar aquí”. Le dijo el Santo bendito sea: “No tardes, hija mía. Tu fin ha llegado. Te voy a sentar conmigo en el trono de mi gloria, junto al trono de serafines, ofanim, ángeles y querubines”…(53)Cuando el Santo, bendito sea, vio esto, tomó el alma con un beso de su boca, como está dicho: Murió, pues, allí Moisés, servidor de Yhwh [en el país de Moab] por boca de Yhwh (Dt 34,5).

– Artículo*: Tomás García-Huidobro –

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