HACIA UNA SABIA Y BREVE FENOMENOLOGÍA DEL «HABITAR EN EL MUNDO»

Reflexiones y anotaciones en torno a ser-y-estar-en-el-mundo y su relación con «nuestra verdadera casa».

Escrito por Leandro Posadas.

En este breve artículo deseo presentar algunas reflexiones sobre el hecho de vivir en el mundo, sobre cómo observar, contemplar, y discernir sabiamente nuestro habitar en el mundo. Para el poeta japonés Matsuo Bashô habitar significa familiarizarse con la finitud que somos[1]; con la «maravillosa limitación (condizionatezza), de ser ser humano en el modo de nuestra representación»[2], es decir en este modo espacio-temporal de ser y estar en el mundo desde la vulnerabilidad de un cuerpo y mente, cuya naturaleza es la cesación y la caducidad.

El maestro Ajahn Munindo nos recuerda que hay dos formas de relacionarnos con el lugar en el que habitamos, con el país en el que vivimos, con la habitación en la que dormimos: Cuando buscamos comprender cómo vivir nuestra vida convendría considerar que el modo en el que vivimos en un lugar produce un efecto sobre nuestro ser. Si consideramos el lugar en el que habitamos y vivimos simplemente como un lugar para obtener beneficios, placeres; un lugar en el que enfrentamos desafíos, enfermedades y problemas, entonces es simplemente un lugar para vivir. Pero si lo habitamos como un lugar de discernimiento, entonces posiblemente construiremos algo que sostiene e impulsa nuestro deseo de vivir sabiamente[3].

El Dhammapada, un texto oriental muy antiguo, hace alrededor de 2500 años, usó una metáfora natural sobre cómo debemos movernos sabiamente en el mundo:

«Como una abeja recogiendo el néctar

no lastima ni daña el color ni el perfume de la flor,

del mismo modo el sabio se mueve en el mundo»[4].

Ajahn Munindo, un discípulo de las enseñanzas de este antiguo texto, comentando dicha estrofa sostiene que la implicación de esta enseñanza es que necesitamos la sabiduría para movernos en este mundo sin perjudicarlo. Una abeja puede recolectar el sustento que necesita sin lastimar la belleza de la flor. Nosotros no nos causamos, ni causaremos aflicción a los otros cuando vemos con claridad lo que está frente a nosotros. Pero, como [frecuentemente] no vemos con claridad, fácilmente percibimos en modo erróneo los sonidos, los olores, los sabores, los contactos, las impresiones mentales y las visiones del mundo, e inmediatamente tendemos a acusar al mundo. No es culpa del mundo, sino de nuestra limitada capacidad de ver la realidad con claridad. Si queremos contribuir a la belleza que nos rodea y no alimentar el caos, debemos buscar y practicar la sabiduría»[5].

Para Martin Heidegger el mundo no es un «objeto» enfrentado a un «sujeto», como lo que está «ahí afuera»; como lo que el «yo» observa desde la «jaula» de su conciencia individual[6]. Frente a este carácter ficticio de la dualidad sujeto-objeto Heidegger sostiene que «esto que somos», este Dasein, es decir este hallarnos siempre en una situación, arrojados en ella y en relación activa con respecto a ella, nos constituye intrínsecamente, pues es «en»[7] nosotros, por el mismo hecho de ser existencia humana, en «donde» puede darse toda relación de un sujeto a un objeto[8]. Por su parte, para la filósofa española Mónica Cavallé, especialista en la filosofía Advaita, el ser humano y el mundo constituyen una unidad, y el ser humano es siempre un ser-humano-en-el-mundo[9]: «los seres humanos tienen conciencia de un mundo porque es la clase de mundo -conocido hasta ahora-, que engendra organismos conocedores, y sólo por eso»[10].

Un anciano maestro, Ajahn Chah, preguntó a sus discípulos: «¿Dónde piensan ir para encontrar la felicidad en el mundo? ¿Esperan que los demás hagan y digan sólo cosas agradables? ¿Es posible? No, no lo es ¿Y si no es posible, hacia dónde irán? Ese es el modo del mundo ¡El mundo es así! Debemos conocer el mundo, conocer la verdad de este mundo. El mundo es algo que debemos comprender con claridad»[11]. Y el anciano para ser aún más preciso sobre nuestra relación y manera de vivir en el mundo, indica: «sentados, en pie, caminando, podemos siempre contemplar las cosas que nos rodean, las contemplamos en modo natural, recibimos todo con apertura; tal cual las cosas son: sonidos, olores, sabores, sensaciones, pensamientos, que surgen y cesan»[12].

Otro sabio maestro, Eihei Dôgen, nos ilustra sobre nuestro caminar en este mundo. Para él caminar significa hacer que también «el sí mismo esté en camino». Es decir el ser humano que «caminando» no habita en ninguna parte, tampoco «en sí mismo», y paradójicamente, de ese modo está en casa: pues está de huésped en sí mismo, renunciando a toda forma de posesión, y de posesión de sí mismo»[13].

Las personas, dice Ajahn Chah, viven en una «casa» (un cuerpo que envejece y muere; un país ambivalente; una salud contingente; unos bienes perecederos, etc.), y para dejar sabiamente la «casa» e ir donde «no hay casa», no saben cómo hacerlo porque han vivido siempre con el devenir, con el enganchamiento: si no sabemos apegarnos a todo, no sabemos cómo ni dónde vivir[14]. Nuestra «verdadera casa» es la sabiduría del dejar ir. Por ello, el filósofo Byung-Chul-Han, conocedor de la filosofía Zen, sostiene que el «sabio no morar en ninguna parte» no implica ninguna huida del mundo […] No morar en ninguna parte es un habitar, es un habitar sin desear, un alegre morar sin el yo firmemente encerrado[15].

Ahora bien ¿Cómo contemplar y existir en el mundo en el que respiramos, sufrimos, nos alegramos, y envejecemos? Yo por mi parte deseo responder a esta interrogante con una citación de Hans Blumenberg en su libro La legibilidad del mundo. El libro como metáfora de la naturaleza, en el cual cita un poema de Goethe: «Mira, la naturaleza es un libro viviente, incomprendido, pero no incomprensible» […] El mundo es un espléndido libro para adquirir más sensatez[16].

El filósofo alemán de origen surcoreano Byung-Chul Han en su ensayo La salvación de lo bello sostiene que al mundo hay que observarlo más allá del vasto campo del deseo indolente, del interés diverso, del gusto inconsecuente: del «me gusta»/«no me gusta» [I like/I don’t][17] de la actualidad. Y para la filósofa francesa Simone Weil la realidad (este mundo que somos y en el que vivimos), exige de nosotros renunciar a nuestra figurada posición como centro. No es que cesemos de estar en el centro de nuestro mundo, sino que perspicaz y voluntariamente cedemos nuestro terreno a las cosas ante las cuales nos hallamos[18]. Pues, cuando el querer se retira y el sí mismo toma distancia se puede contemplar el mundo desde la quietud: desde el sabio demorarse en la realidad misma[19].

Se dice que el sabio es como el pez, que nada con los ojos muy abiertos: atraviesa el mundo fenoménico manteniendo muy abiertos los ojos del conocimiento[20]. El mundo, con sus avatares y tráfagos, también puede ser un gran maestro, un libro para aprender a ver con sabiduría: siempre abierto y disponible. Byung-Chul Han citando a Rilke en los Apuntes de Malte Laurids Brigge, apunta: «Estoy aprendiendo a ver. No sé a qué se debe, pero todo penetra en mí más hondamente y no se queda en el lugar en el que siempre solía terminar. Tengo un interior del que no sabía. Ahora todo va ahí. No sé qué es lo que ahí sucede»[21].

***

Así como el hielo no es sino como agua solidificada, la solidez que atribuimos al mundo no es su realidad última, y sin embargo, como diría Kant, el fenómeno no es la cosa en sí, y al mismo tiempo es nuestra realidad[22].

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_______________________

[1].Cf. Han Byung-Chul, Filosofía del Budismo Zen, Herder, Barcelona 2015, p. 97.

[2] Cf. Blumenber Hans, La leggibilità del mondo. Il libro come metafora della natura, Il Mulino, Bologna 1984, p. 221.

[3] Cf. Ajahn Munindo, La mente condiziona il mondo, [Julio 1988]: http://ift.tt/1x1wXOS. [Traducción del italiano por Leandro Posadas].

[4] Dhammapada, estrofa 49.

[5] Ajahn Munindo, Muoversi nel mondo. Reflexión sobre el Dhammapada, [Sábado 11 de febrero de 2017]: http://ift.tt/1x1wXOS. [Traducción del italiano por Leandro Posadas].

[6] Cf. Cavallé M., La sabiduría de la No-dualidad. Una reflexión comparada entre Nisargadatta y Heidegger, Kairós, Barcelona 2008, p. 501.

[7] «No comprendido como un «sí mismo», sino como sustentado verticalmente por un «no-entre»: la inmediatez de lo abierto»: Cavallé M., La sabiduría de la No-dualidad. Una reflexión comparada entre Nisargadatta y Heidegger, Kairós, Barcelona 2008, p. 508.

[8] Cf. Cavallé M., Op. Cit., p. 501 .

[9] Cf. Ibid., 502.

[10] Idem.

[11] Ajahn Chah, Insegnamenti, Amaravati Publications [Traduzione di Roberto Paciocco], Regno Unito 2016, p. 239. [Traducción del italiano por Leandro Posadas].

[12] Idem.

[13] Han Byung-Chul, Filosofía del Budismo Zen, Herder, Barcelona 2015, p. 100.

[14] Ajahn Chah, Insegnamenti, Amaravati Publications [Traduzione di Roberto Paciocco], Regno Unito 2016, p. 84. [Traducción del italiano por Leandro Posadas].

[15] Cf. Han Byung-Chul, Filosofía del Budismo Zen, Op. Cit., p. 108.

[16] Cf. Blumenber Hans, La leggibilità del mondo. Il libro come metafora della natura, Il Mulino, Bologna 1984, p. 214.

[17] Cf. Han Buyng-Chul, La salvación de lo bello, Herder, Barcelona 2015, p. 43.

[18] Cf. Ibid., p. 69.

[19] Cf.Ibid., p. 75.

[20] Ricard Matthieu, El monje y el filósofo, Ediciones Urano, Barcelona 1998, p. 153.

[21] Han Buyng-Chul, La salvación de lo bello, Herder, Barcelona 2015, p. 42.

[22] Ricard Matthieu, Op. Cit., p. 164.

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– Artículo*: Leandro –

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