La danza: un viaje iniciatico

La danza es un lenguaje universal y un medio de unión universal. En todas las latitudes, el hombre celebra la vida bailando, participando en la magia del movimiento y la empatía con otros seres humanos. El primer gesto que hacemos en cualquier baile popular es darnos la mano y de esa forma la danza se convierte en algo social, político, y sagrado. Al ritmo de la música, la danza hace que el corazón lata fuerte, que el alma se ensanche, y que el cuerpo desee dilatarse. Desde niña siempre me ha gustado bailar, porque las pasiones, pulsiones, muertes y renacimientos, incluso el tiempo, la edad se ajusta a ese ritmo sagrado que nos impulsa a movernos. Algunas danzas tienen incluso mensajes cifrados antiquísimos, y algunas en sus movimientos encierran un lenguaje hipersimbólico.

La danza igual que el Zen, tiene esa actitud corporal, en el tiempo y el espacio, que lo hace sentir diferente a como nos han enseñado en Occidente. Quizás ese es el milagro que nos atrae hacia la música y bailar. Ese vacío benéfico que nos hace vaciar el huevo del mundo, de la creación de todas las escorias y porquerías para llenarlo con la transparencia y pureza de la luz y el sonido, del aire que se mueve en nuestros movimientos y de nuestros pies que sienten la tierra bajo ellos. Si, quien no ha danzado descalzo en casa o en el campo, incluso en la playa, no sabe que se le está escapando una de las cosas más bellas de la vida en un atardecer o una noche de luna llena.

Este verano compartí un curso con aikidotas, dirigido por Carmelo Ríos y jamás he sentido tan claramente esa relación entre la vida, el cosmos, la Fuerza que todo lo sustenta como habría dicho el Maestro Yoda y la danza. En las artes marciales en cierta forma se reintegraba el cuerpo, ese templo en el hombre del que hablaba Carmelo en el curso, con el cosmos. Y ese instante en que encuentras tu centro y sientes como se mueve en espiral, esa firma divina que todo y toda la creación contiene, es simplemente mágico. Y aquí este panda torpe, y anquilosado que olvidó cuidar su cuerpo durante años, jugando entre gráciles gacelas o tigres, pues así sentía a los compañeros…. sintió pese a su torpeza, el deseo de danzar, reír y vivir.

Esos momentos que durante el curso se bailaba o cuando directamente veías a los aikidotas “danzar”, eran una epifanía donde alcanzabas la serenidad, tu centro de gravedad, tu unidad con Dios, con el Universo y contigo misma. Esa es la magia de Oriente, frente a esta anti civilización occidental que hemos creado entre todos, en la que nos convertimos en seres fragmentados, infantilizados, compartimentados y separados de todo, incluso de nosotros mismos.

Según los observaba veía como se reintegraban con el universo, pese a las apariencias no existía combate, ni competición, sino una disciplina interior que simplemente buscaba regular la energía interna, el flujo y reflujo, el yin y el yan, buscaba la unidad.. y a la vez todos los posibles, el movimiento, la transformación. La vida es ritmo, es movimiento y el ser humano forma parte de ese orden universal que nos hace estar activos, descansar, absorber, eliminar, buscar la plenitud, el vacío… en nuestros ciclos.

La gota de lluvia cae, toca nuestro pelo… dentro de un equilibrio dentro del movimiento, porque todo está ligado y es eterna transformación, eterno presente, sin divisiones, sin divagaciones… y sin embargo nos educan para vivir en el futuro o echando de menos el pasado. Pero gracias a Dios, los orientales, eso incluye a árabes, hindúes, chinos, japoneses… tienen esa forma de vivir el presente, el instante, que es lo que me fascina de ellos.

Es increíble ver como para los orientales, una danza, o servir el te, pueden convertirse en algo sagrado, el simple hecho de beber agua, es un instante de dar gracias a Dios por ese milagro que sustenta la vida en nuestro planeta. Bailar, comer, amar, todo es sagrado.. Para mi un Dios que no está eternamente presente en mi vida, no merece ni nombrarlo… pero si, el está ahí, incluso más presente cuando canto, danzo, oigo música…. al fin y al cabo, el mismísimo rey David, danzaba y tocaba el arpa para orar a Dios. La vida sin musica, no es vida.

Y si Dios está en todos nosotros, y en todo lo que hacemos, sentimos y vivimos, que sentido tiene la intolerancia, el fanatismo, la exclusión, el odio, el rencor, cuando Dios nos llama a la unidad, a lo simple, a disfrutar la belleza de la vida y las cosas sencillas esas que son gratis y son las mas valiosas . Oir una canción, una puesta de sol, un beso, una caricia, una sonrisa, un nacimiento, el amor… Y si todo en la vida es sagrado, que mas da que religión profeses, si en esencia todas practicadas con fe y pureza buscan revelarte esa esencia divina interior que te lleva a la Unidad. La lucha de clases, por el poder, por motivos religiosos o del hombre y la mujer por ver quien predomina, no tienen sentido si vives y miras el mundo de esa forma. Y así, he sentido esa evolución en el pensamiento que me llevó a evolución en gustos musicales, del tecno de los 80, a la clásica, a la música armenia, persa, turca, egipcia, jordana, china, japonesa, hindú, de los nativo americanos… como dijo un poeta sufí… ya no soy ni del este ni del oeste, porque en todas partes soy nómada, y allá donde voy, planto mi tienda y danzo. Porque en cierta forma es como si todos estuviéramos afectados de una ceguera pasajera y pasaramos de un umbral a otro de nuestra vida buscando la luz eterna, incluso sin saberlo.

La danza nos hace conectarnos con el entorno del que nos hemos separado. Hemos conquistado espacios abisales, y siderales pero hemos perdido la brújula, el norte, y el contacto real con los que nos rodea y la gente. Basta ver una comida familiar de un domingo, donde todos están pendientes de su móvil y no hablan con los que tienen alrededor. Hemos perdido en nuestras vidas diarias la necesidad de movernos, de caminar, de subir y bajar escaleras… de mil cosas que ahora hacer las máquinas. Y si las sustituimos con jogging, natación, perdemos su sentido con la competición.. y a veces veo que la gente se agita pero no baila, porque han perdido ese sentido de lo sagrado, de lo ludico, del vivir en comunidad y extender la mano que sentí en el desierto entre los beduinos.

La danza es un testimonio de que estamos y pertenecemos al universo, a la gravedad , al silencio y lo sagrado. Danzar es un rito, porque nuestro cuerpo es un templo y es con él, con quien nos relacionamos con el universo, es nuestro vinculo con las energías del cosmos, las fuerzas, las corrientes, los ritmos, es nuestra verticalidad afirmada, es el éxtasis, es la locura de ser uno con el universo es romper la pasividad para empatizar con el creador y su obra, la danza es un mándala perecedero que creamos, aparece y desaparece. Y ahora dime… En esta noche de agosto, ¿no te apetece bailar bajo las estrellas?

Publicado por Mercedes Yzquierdo Muñoz:

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– Artículo*: Mercedes Izquierdo Muñoz –

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