LA “TIERRA PROMETIDA”

Jacob Boehme. Esfera Filosófica, 1682

Lo primero que experimentamos cuando comprendemos una idea-fuerza, que es una clave del misterio del mundo, es la percepción de acceder a un orden que nos preexiste, que siempre ha estado ahí, pero cuya “estructura” no tiene una forma definida, o más bien diríamos que contiene todas las formas en potencia, pues es lo más parecido a una esfera diáfana y cristalina (como una “pompa de jabón”), o a los círculos ondulatorios del sonido expandiéndose por el éter, o por la superficie serena de las aguas, por utilizar unas imágenes que, por su tenue liviandad, quizás expresan mejor que ninguna otra lo que serían los prototipos o modelos de los que devienen todas las formas, ya fuesen mentales o físicas, siendo ellos, en sí mismos, sin forma.

Ese orden sin formas, es decir “informal”, es lo que en la Cábala se denomina “mundo de Beriyah”, al que se accede tras el “pasaje” por el laberinto de Yetsirah, el mundo de las “formaciones” psíquicas antes de que estas se concreten en sus cualidades sensibles dando lugar al mundo corpóreo, que la Cábala denomina Assiyah. Este es el motivo, precisamente, de por qué el “viaje iniciático” se realiza en sentido contrario al proceso de manifestación, pues de la realidad corporal se pasa al mundo de las formaciones sutiles y de estas al de los prototipos informales, que son, a su vez, la emanación directa del Mundo Inteligible de los Arquetipos y de las Ideas Puras, llamado de Atsiluth, palabra que recordaremos quiere decir tanto “emanación” como “proximidad”, lo cual es para meditar detenidamente, pues lo que desde un punto de vista nos parece lo más lejano o inaccesible, es en realidad lo más “cercano”. Aquella expresión tan conocida de que “Dios está más cerca de ti que tu propia yugular” cobra aquí pleno sentido, y nos habla de la extraordinaria didáctica de la Ciencia Sagrada.

Pero antes de alcanzar esas cimas “tan próximas”, hemos de llegar a Beriyah, paso intermedio imprescindible donde se vivirá la plenitud del estado humano, o sea la “Tierra Prometida”, un mundo nuevo sin dimensiones ni limitaciones pues constituye la parte superior del Alma Universal, iluminada por la luz axial de un Sol inmutable, que no es otro que el Corazón del Mundo, la fuente de donde brota el ritmo que infunde la vida a todas las criaturas manifestadas, ya sean sutiles o corporales. En este sentido, el grabado de Jacob Boehme de más arriba y con el que ilustramos estos pensamientos, expresa precisamente esta idea. Beriyah es un mundo todavía inexplorado y virginal, aunque presentido, pues en algún momento del tiempo inconmensurable nuestra alma estuvo allí, contemplando los orígenes perennes de la Creación y a las criaturas angélicas, o dioses demiúrgicos, colaborando con el Sumo Arquitecto en esa Obra Magna que es la génesis del Mundo, la cual constituye el modelo de todo proceso hermético e iniciático, proceso que no es otra cosa que el “reconocimiento” de esa realidad en nuestra conciencia, coadyuvando así a su universalización. (1)

Esa memoria permanece viva en nuestra alma y por eso siempre existe la posibilidad de actualizarla, y este es fundamentalmente el papel asignado a los símbolos sagrados, cuyo conocimiento tiene la virtualidad de “afinar” nuestra capacidad de comprender, de presentir o de intuir, intelectual y espiritualmente hablando, aquello que la mente racional no puede por sus propias limitaciones. Esa “intuición” es también una “audición”, la audición metafísica, la que permite escuchar las “armonías secretas” que vinculan a todos lo seres creados, y a la Creación misma, con su Principio Increado.

La remembranza de esas realidades superiores es quizás el único anclaje que tenemos para no quedar completamente perdidos en las “aguas inferiores” del mundo yetsirático, sometido al “poderoso influjo lunar”, y donde la alteridad y los cambios son lo único permanente.

Precisamente, en los textos evangélicos se aconseja no acumular tesoros en la tierra, donde se apolillan, sino acumularlos en el cielo, donde ni se apolillan ni hay ladrón que pueda robarlos, y concluye diciendo que allí donde esté nuestro tesoro estará también nuestro corazón. En el caso de los tesoros “terrestres” no se trata tanto de las riquezas materiales, sino de las adherencias y ataduras psíquicas contraídas por el contacto con el mundo profano, y que impiden la permeabilidad y comunicación entre todos los estados del ser. Este es el sentido iniciático de esa otra parábola que enseña que es más fácil que un camello pase por el “ojo de una aguja” que un “rico” entre en la Ciudad Celeste.

Vaciarse de todo eso es imprescindible para que el Intelecto haga “acto de presencia” y llene ese vacío con su verbo inaudible, o ilumine con su luz intangible esa “noche oscura del alma”. Fecundada por el Espíritu, esta se reconocerá de nuevo a sí misma en un mundo significativo y formando parte de la Armonía del Concierto Universal. Francisco Ariza

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(1) Para algunos Beriyah es la meta a conseguir, para otros sin embargo el lugar imprescindible para realizar la travesía por las aguas superiores y adentrarse en los abismos desconocidos de Atsiluth, morada del Ser o de la Tri-unidad divina, a quien entregarás esa plenitud de tu individualidad, es decir tu “yo”, en un supremo “acto sacrificial” en el que simultáneamente serás el sacrificador y la víctima.

– Artículo*: Francisco Ariza –

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