La Revolución Conservadora

Hace días leí un artículo publicado por un diario digital de la competencia titulado “La revuelta de los niños bien” y parece que a algunos les molesta u ofende que haya personas que se manifiestan y toman las calles en algarabía, como si el derecho de protesta fuera un privilegio exclusivo de la progresía. Los participantes corean gritos de libertad, piden la dimisión del Gobierno, ondean banderas españolas; pero no he oído que reclamen prebendas económicas ni nada parecido; sin embargo, irrespetuosamente se habla de la “revolución de los palos de golf”, de la “revuelta de las cucharitas de plata” o del “motín de los bolsos de Louis Vuitton”. El Nobel de Literatura Thomas Mann no sólo es conocido por haber escrito novelas tan famosas como Muerte en Venecia (de la que tanto se ha hablado durante la pandemia), sino también algunos ensayos y artículos, entre ellos Antología rusa, publicado en 1921. En este último, el escritor alemán fue el primero en crear el sintagma Konservative Revolution, que dio nombre a un movimiento político que tuvo su desarrollo en Alemania durante las primeras décadas del siglo XX y terminó de forma abrupta con la llegada del nazismo. Fue un movimiento intelectualmente muy potente en el que participaron, además de Mann, otros insignes autores como Ernst Jünger, Carl Schmitt, Hugo von Hofmannsthal y Edgard Julius Jung (asesinado por la Gestapo, en julio de 1934, durante la “Noche de los cuchillos largos”). Todos ellos tomaron la inspiración de la obra de otro conocido autor alemán: el autor es Oswald Spengler y la obra, La decadencia de Occidente. El Futurismo, encabezado por el poeta italiano Filippo Marinetti, cuyo manifiesto publicó Le Figaro en 1909, puede incardinarse en este mismo movimiento, de manera que todos ellos consiguieron, por primera vez, que lo moderno, lo vanguardista, lo revolucionario fuera de derechas.

…consiguieron por primera vez que lo moderno, lo vanguardista, lo revolucionario fuera de derechas

Dos ideas principales pueden ser detectadas en aquella Revolución Conservadora: la palingenesia o espíritu de regeneración que, a su juicio, necesitaba Europa; y la yuxtaposición de la tradición con la técnica. Aunque pueda parecer que se trata de dos puntos muy distantes, acaso sea la misma pulsión la que empujó entonces a aquellos intelectuales europeos y ahora a quienes piden libertad y ondean banderas por las calles de España. Al igual que a la Revolución Conservadora alemana, a estos manifestantes españoles les mueve un espíritu de regeneración nacional (y democrática). Son conscientes de que el irregular Estado de Alarma ha sido aprovechado por el Gobierno para imponer su relato y su discurso, incluso de manera opresiva, suspendiendo derechos fundamentales que nada tienen que ver con la contención de una epidemia. El mero discurso pseudojurídico (y leguleyo) que trata de justificarlo, lo diga quien lo diga, ¡no nos engañemos!, es un síntoma más de la necesidad de regeneración técnico-democrática que precisa nuestra sociedad. ¡Qué necesario, el trabajo de Elisa de la Nuez y de otros juristas a través de la Fundación “Hay Derecho” y de otras entidades parecidas! Por otra parte, estos españoles, como aquellos alemanes e italianos, también reclaman la restauración de la ciencia y de la técnica (incluida la jurídica) sobre la política, puesto que sólo las dos primeras son garantía de salvar vidas y de progreso social, frente al confinamiento, la muerte y el empobrecimiento.

A los conservadores españoles les cuesta salir a manifestarse

Aunque cada día hay más que lo hacen, a los conservadores españoles les cuesta salir a manifestarse y ello tiene varias explicaciones. La primera es que la corrección política es una fábrica de cobardes. Llevamos varias décadas bajo la influencia de esta perniciosa enfermedad social, tan peligrosa para la gangrena nacional como una pandemia, y que no afecta sólo a la Izquierda, sino también y muy agudamente a la Derecha. La segunda tiene que ver con los fundamentos morales del pensamiento derechista, entre los cuales se encuentran la autoridad, la lealtad y la defensa del capital moral de la nación. A los conservadores les supone mucho esfuerzo rebelarse contra la autoridad de sus gobernantes; ello va contra su base moral, anclada, como digo, en el principio de autoridad. Así como la Izquierda recela de la Policía y, sobre todo, de la Guardia Civil, por considerar que son cuerpos represores, la Derecha siente simpatía por los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad, porque se supone que sirven al interés general de la nación y la fortalecen. A algunos conservadores les parece que criticar al Gobierno, aunque sea por enormes errores y negligencias, podría ser interpretado como una falta de lealtad con el grupo y podría dañar la comunidad nacional. A los derechistas les importa mucho la nación y la consideración que de ella se tiene, tanto dentro como fuera del territorio; cosa que tiene generalmente sin cuidado a los izquierdistas.

La corrección política es una fábrica de cobardes

Por eso, a los falsos “progresistas” no les cuesta ningún esfuerzo, más bien al contrario (está en sus genes), atentar y rebelarse contra la autoridad de los Gobiernos que no sean de izquierdas, porque ni creen en este principio ni tienen el menor sentimiento de culpa por traicionar la lealtad de la nación a la que pertenecen. En realidad, se consideran ciudadanos del mundo y redentores de la opresión internacional. Un falso progresista, antes se mostrará solidario con la causa de un refugiado o de un inmigrante ilegal que con su desafortunado vecino del séptimo, a cuyo respecto no tiene ningún empacho en exhibir su supuesta superioridad moral, llegado el caso de que sea de derechas o de centro (que para él es lo mismo). Durante el confinamiento no hemos visto a ninguna ONG de ayuda internacional reconvertirse para crear un banco de alimentos para ciudadanos españoles, mientras que Cáritas y otras organizaciones tradicionales han intensificado su función social.

A lo anterior hay que añadir otra cuestión que no es baladí. Jean Delumeau, en su obra El miedo en Occidente, entre otras cosas nos describe cómo fueron recibidas las pandemias y la peste por los ciudadanos europeos entre los siglos XIV y XVIII. El confinamiento de las poblaciones (en ciudades y villas, la mayoría amuralladas y con entradas y salidas estrechas y controladas) provocaba el pánico de los vecinos que, por falta de recursos o por no haberlo sabido a tiempo, quedaban atrapados. En aquellas poblaciones terminaba pereciendo el veinte, el treinta e incluso un cuarenta por ciento de los primitivos moradores. Los testimonios documentados de la época ponen de relieve dos tipos de actitud ante el miedo generado por la peste: la acobardada de la gran mayoría, frente a la valiente e incluso heroica de algunos ciudadanos.

En los actuales tiempos de la corrección, la segunda actitud es poco probable. Mención aparte merecen los médicos, enfermeros, celadores, agentes del orden y el ejército, junto con algunos voluntarios, que han puesto en peligro su vida para salvar a los demás. Como, por ejemplo, los monjes capuchinos que atendieron con abnegación—a diferencia de otras órdenes religiosas que prefirieron huir— a las gentes de París durante la peste que se desarrolló entre 1580 y 1581. Nuestro gobierno sabe de lo que hablo y, por eso, seguirá apelando a “estar unidos”, que equivale a exigir la lealtad de los ciudadanos. A los izquierdistas ya los tiene, por motivos ideológicos; pues, por rematadamente mal que lo haga, seguirán siendo incapaces de verlo. Las ideologías, como señala Revel, impiden juzgar con objetividad. Así pues, el Gobierno se aprovecha y apela a los fundamentos de lealtad y autoridad de los derechistas, para evitar que se revuelvan.

Una nueva moral está naciendo. La empezamos a tener en nuestras mentes

Sin embargo, los ciudadanos no izquierdistas deben abrir los ojos. La otra parte está cegada: la ideología prevalece sobre la Constitución. La lealtad con la nación no tiene obligatoriamente que coincidir con la adhesión a su gobierno, máxime si se trata de un Gobierno inepto que, además, abusa de las normas jurídicas para imponer su política. Ha llegado el momento de abandonar las actitudes resbaladizas. Como ya escribí en otro lugar, una nueva moral está naciendo. La empezamos a tener en nuestras mentes. Cayeron los palos del sombrajo. Parafraseando a Marinetti, “el coraje, la audacia y la rebeldía serán elementos esenciales de la nueva poesía”. Es una auténtica revolución.

Juanma Badenas, Catedrático de Derecho Civil de la UJI y miembro de la Real Academia de Ciencias de Ultramar de Bélgica. Su último libro es La Derecha. La imprescindible aportación de la Derecha a la sociedad actual (Almuzara).

Artículo*: ElManifiesto.com

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