Amaya Prado aborda “las relaciones sociales de mi hijo/a adolescente”. Proyecto “Psicología para la Educación” del COP Madrid

Cuando llegan a la adolescencia los jóvenes tienen necesidad de distanciarse del entorno familiar para desarrollarse como personas e integrarse en la sociedad como individuos. Las amistades suponen un gran apoyo y son las que mejor les comprenden y ayudan ya que tienen los mismos sentimientos, problemas y ansiedades y el mismo deseo de alcanzar la autonomía personal (…)

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Amaya Prado aborda “las relaciones sociales de mi hijo/a adolescente”. Proyecto “Psicología para la Educación” del COP Madrid

Cuando llegan a la adolescencia los jóvenes tienen necesidad de distanciarse del entorno familiar para desarrollarse como personas e integrarse en la sociedad como individuos. Las amistades suponen un gran apoyo y son las que mejor les comprenden y ayudan ya que tienen los mismos sentimientos, problemas y ansiedades y el mismo deseo de alcanzar la autonomía personal (…)

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Más cerca del atlas funcional del cerebro

Esquizofrenia, depresión, miastenia… Un gran número de enfermedades neurológicas tienen su origen en el mal funcionamiento de un receptor neuronal. Estas proteínas, también conocidas como neuroreceptores, son las encargadas de enviar y detectar neurotransmis …

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Bibliografía académica sobre el Cactus Sagrado

Bibliografía académica sobre el Cactus Sagrado [en desarrollo]
Por Carlo Brescia

Anotaciones: Las bibliografías en la lista abajo buscan recopilar estudios desde la farmacología, etnohistoria, arqueología, antropología y botánica, entre otras disciplinas, de los siguientes cactus visionarios en Sudamérica:
– Trichocereus bridgesii, Echinopsis lageniformis, Echinopsis bridgesii
– Trichocereus pachanoi , Echinosis pachanoi
– Trichocereus peruvianus, Echinopsis peruviana
– Trichocereus terscheckii

Nombres comunes:
Gigantón, lapituq, tsuna, watsuma, wachuma, huachuma, achuma, san pedro, aguacolla, waytuq, wankay

Principios activos en Trichocereus pachanoi / Echinopsis pachanoi:
Mescalina (87% del total de alcaloides), hordenina, tiramina, lophophina, lobivina, 3,4-dimetoxifeniletilamina, 3-metoxitiramina, 3-4-dimetoxi-beta-feniletilamina, 3-4-dimetoxi-4-hidroxi-beta-feniletilamina, 3-4-dimetoxi-5-hidroxi-beta-feniletilamina, anhalonidina, Ep-AMP1 (péptido),
Saponinas, triterpenos (pachanol A, pachanol C, bridgesigenina B), esteroides, mucílagos, compuestos fenólicos, catequina.

Principios activos en Trichocereus peruvianus / Echinopsis peruviana:
Mescalina, otros alcaloides, saponinas, triterpenos, esteroides, mucílagos, compuestos fenólicos, catequina.

En la medicina tradicional andina y amazónica, las plantas son seres vivos con espíritu al igual que las enfermedades. Este espíritu de la planta no es bueno ni malo y puede ser utilizado para curar una enfermedad de origen espiritual, psicológico o físico como también para generar daño intencionalmente a otras personas (magia negra) y servirse de las energías de otros para obtener poder, dinero y sexo. En el curanderismo norteño, el espíritu del cactus es considerado tanto masculino como femenino.

En el uso chamánico, la potencia o activación del cactus no depende solo de la cantidad de alcaloides presentes en la decocción sino también de la predisposición y el contexto (set and setting) de la toma, especialmente del origen del cactus y su forma de cosecha, del lugar, de la persona que ofrece la bebida y de la intención con la que uno toma.

Usos culturales:
Medicinales (antiinflamatorio y antiséptico externo, purgas en combinación con otras plantas), rituales (Mesa norteña, ofrendas: Huaca Paraíso), adivinatorios, neochamánicos, recreativos, depurador hídrico (coagulante natural), artesanías, ornamentales.

BIBLIOGRAFÍA (EN ORDEN CRONOLÓGICO)

DOBKIN, Marlene
1968. «Trichocereus pachanoi—A mescaline cactus used in folk healing in Peru». En Economic Botany (en inglés) 22 (2): 191-194. ISSN 0013-0001. doi:10.1007/BF02860562.

CROSBY, D. M.; MCLAUGHLIN, J. L.
1973. «Cactus alkaloids. XIX. Crystallization of mescaline HCl and 3-methoxytyramine HCl from Trichocereus pachanoi». En Lloydia 36 (4): 416-418. ISSN 0024-5461. PMID 4773270.

TAKIZAWA, Takaomi; KINOSHITA, Kaoru; KOYAMA, Kiyotaka; TAKAHASI, Kunio; KONDO, Norio; YUASA, Hiroshi; KAWAI, Ken-Ichi
1993. «A New Type of Triterpene from Trichocereus pachanoi». En Journal of Natural Products (en inglés) 56 (12): 2183-2185. ISSN 0163-3864. doi:10.1021/np50102a024

KINOSHITA, Kaoru; TAKIZAWA, Takaomi; KOYAMA, Kiyotaka; TAKAHASHI, Kunio; KONDO, Norio; YUASA, Hiroshi; KAWAI, Ken-Ichi
1995. «New Triterpenes from Trichocereus pachanoi». En Journal of Natural Products (en inglés) 58 (11): 1739-1744. ISSN 0163-3864. doi:10.1021/np50125a016

FLORES GARCÉS, José Augusto
2000. «Estudio químico del cactus san pedro (Echinopsis pachanoi Britton y Rose)». (Trabajo de titulación de Licenciado en Ciencias con mención en Química). Universidad Nacional de Ingeniería, Lima – Perú.

SHARON, Douglas
2001. «Ethnoarchaeological Evidence for San Pedro (Trichocereus pachanoi) Use in Peru». En: Eleusis, n.s., vol. 5, pp. 13-59.

BRUHN, Jan G.; EL-SEEDI, Hesham R.; STEPHANSON, Nikolai; BECK, Olof; SHULGIN, Alexander T.
2008. «Ecstasy analogues found in cacti». En Journal of Psychoactive Drugs 40 (2): 219-222. ISSN 0279-1072. PMID 18720674. doi:10.1080/02791072.2008.10400635

OGUNBODEDE, Olabode; MCCOMBS, Douglas; TROUT, Keeper; DALEY, Paul; TERRY, Martin
2010. «New mescaline concentrations from 14 taxa/cultivars of Echinopsis spp. (Cactaceae) (“San Pedro”) and their relevance to shamanic practice». En Journal of Ethnopharmacology (en inglés) 131 (2): 356-362. doi:10.1016/j.jep.2010.07.021.

PADRO, Julian e Ignacio Maria SOTO
2013. «Exploration of the nutritional profile of Trichocereus terscheckii (Parmentier) Britton & Rose stems». En Journal of the Professional Association for Cactus Development 15: 1-12. ISSN 1938-663X.

ARMIJOS, Chabaco; COTA, Iuliana; GONZÁLEZ, Silvia
2014. «Traditional medicine applied by the Saraguro yachakkuna: a preliminary approach to the use of sacred and psychoactive plant species in the southern region of Ecuador». En Journal of Ethnobiology and Ethnomedicine 10 (1): 26. ISSN 1746-4269. PMC 3975971. PMID 24565054. doi:10.1186/1746-4269-10-26.

BALDERA-AGUAYO, Pedro Alexis y Víctor M. REYNA PINEDO
2014. «Phytochemical study of Echinopsis peruviana». En Rev Soc Quím Perú 80 (3): 202-210.

MANDUJANO, Mario y Angélica MANDUJANO
2014. «El cactus San Pedro ayer y hoy. Un enfoque etnobotánico». En Cactáceas y suculentas mexicanas (en inglés) 59 (4). ISSN 0526-717X.

ABOYE, Teshome L.; STRÖMSTEDT, Adam A.; GUNASEKERA, Sunithi; BRUHN, Jan G.; EL-SEEDI, Hesham; ROSENGREN, K. Johan; GÖRANSSON, Ulf
2015. «A Cactus-Derived Toxin-Like Cystine Knot Peptide with Selective Antimicrobial Activity». ChemBioChem (en inglés) 16 (7): 1068-1077. doi:10.1002/cbic.201402704

RISCO AGUINAGA, Pompeyo Clovis
2015. «Principios activos (alcaloides) en las plantas míticas del Perú». (Trabajo de titulación de Licenciado en Ciencias con mención en Química). Universidad Nacional de Ingeniería, Lima – Perú.

CASTILLO VEINTIMILLA, Paola Maribel
2017. Estudio fitoquímico y evaluación antineoplásica y antihelmíntica de la especie Echinopsis pachanoi. (Trabajo de titulación de Magíster en Química Aplicada). UTPL, Loja – Ecuador.

CHOQUE QUISPE, David; CHOQUE QUISPE, Yudith; SOLANO REYNOSO, Aydeé M.; RAMOS PACHECO, Betsy S.
2018. «Capacidad floculante de coagulantes naturales en el tratamiento de agua». En Tecnología Química 38 (2): 298-309. ISSN 2224-6185.

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Escolios a un texto implícito 16 (Nicolás Gómez Dávila)

— Llamar obsoleto lo que meramente dejó de ser inteligible es un error vulgar.

— El poder corrompe más seguramente al que lo codicia que al que lo ejerce.

— Para lo que se necesita atrevimiento hoy es para no contribuir a ensuciar.

— Las ideas liberales son simpáticas.

Sus consecuencias funestas.

— La revolución parece ya menos técnica de un proyecto que droga para fugarse del tedio moderno a ratos perdidos.

— No esperemos que un éxito cualquier resulte sino de imprevisibles coincidencias.

— Más vale ver insultado lo que admiramos que utilizado.

— Desconfiemos del que no sea capaz, en determinadas circunstancias, de sentimentalismo fofo.

— Al fin y al cabo,

— ¿qué llama “Progreso” el moderno?.

Lo que le parece cómodo al tonto.

— Frente a los asaltos del capricho, la autenticidad necesita asirse a principios para salvarse.

Los principios son puentes sobre los repentinos desbordamientos de una vida.

— Con las categorías admitidas por la mente moderna no logramos entender sino simplezas.

— La eficacia de una acción inteligente es hoy tan problemática que no vale la pena disciplinar nuestras quimeras.

— El Olimpo, para una mente moderna, es simple picacho entre nubes.

— El profeta no es confidente de Dios, sino harapo sacudido por borrascas sagradas.

— Nada patentiza mejor la realidad del pecado que el hedor de las almas que niegan su existencia.

— El único atributo que se puede sin vacilación denegarle al hombre es la divinidad.

Pero esa pretensión sacrílega, sin embargo, es el fermento de su historia, de su destino, de su esencia.

— Admirar únicamente obras mediocres, o leer únicamente obras maestras, caracterizan al lector inculto.

— Todo esplendor terrestre es labor de manos atónitas, porque ningún esplendor depende de la voluntad humana.

Porque todo esplendor refuta la aserción radical del pecado.

— El nacionalismo literario selecciona sus temas con ojos de turista.

De su tierra no ve sino lo exótico.

— Reeducar al hombre consistirá en enseñarle de nuevo a estimar correctamente los objetos, i.e: a necesitar pocos.

— Sin la influencia de lo que el tonto llama retórica, la historia no hubiese sido más que un tumulto sórdido.

— El pecado radical relega al pecador en un universo silencioso y gris que deriva a flor de agua, náufrago inerte, hacia la insignificancia inexorable.

— No es porque existan épocas “superadas” por lo que ninguna restauración es posible, sino porque todo es mortal.

El hijo no sucede a un padre superado, sino a un padre muerto.

— Lo que descubrimos al envejecer no es la vanidad de todo, sino de casi todo.

— El hombre emerge de la bestia al jerarquizar sus instintos.

— La precisión en filosofía es una falsa elegancia.

En cambio la precisión literaria es fundamento del acierto estético.

— Del encuentro con dioses subterráneos cuidémonos de regresar dementes.

— Los hombres no suelen habitar sino el piso bajo de sus almas.

— La historia auténtica es transfiguración del acontecimiento bruto por la inteligencia y la imaginación.

— El individuo no busca su identidad sino cuando desespera de su calidad.

— El que le niega sus virtudes a la burguesía ha sido contaminado por el peor de sus vicios.

— Desconfío del sistema que el pensamiento deliberadamente construye, confío en el que resulta de la constelación de sus huellas.

— El absolutista anhela una fuerza soberana que sojuzgue a las otras, el liberal una multitud de fuerzas débiles que se neutralicen mutuamente.

Pero el mandamiento axiológico decreta jerarquías de fuerzas múltiples, vigorosas y actuantes.

— Ser estúpido es creer que se puede fotografiar el sitio que cantó un poeta.

— Las ideologías son ficticias cartas de marear, pero de ellas depende finalmente contra cuáles escollos se naufraga.

Si los intereses nos mueven, las estupideces nos guían.

— A la interpretación fisiológica recurre el que le tiene miedo al alma.

— Sin rutinas religiosas las almas desaprenden los sentimientos sutiles y finos.

— El apologista de cualquier causa cae fácilmente en la tentación de exceder su propio convencimiento.

— En las elecciones democráticas se decide a quiénes es lícito oprimir legalmente.

— Los errores nos distraen de la contemplación de la verdad induciéndonos a que los espantemos a gritos.

— La Iglesia evitó su esclerosis en secta exigiéndole al cristiano que se exigiese perfección a sí mismo, no que se la exigiese al vecino.

— Desaparecida la clase alta, no hay ya dónde refugiarse de la suficiencia de la media y de la grosería de la baja.

— Optemos sin vacilar, pero sin esconder que los argumentos que rechazamos equilibran con frecuencia los que acogemos.

— No parece que las ciencias humanas, a diferencia de las naturales, lleguen a un estado de madurez donde las necedades automáticamente sean obvias.

— De los barrios bajos de la vida no se regresa más sabio, sino más sucio.

— Todo rueda hacia la muerte, pero sólo lo carente de valor hacia la nada.

— Los “grandes hombres” son espectros luminosos que se desvanecen en la luz divina y en la noche plebeya.

— Viviendo entre opiniones se olvida la importancia de un simple acento entre ideas.

— Las cuatro o cinco proposiciones filosóficas invulnerables nos permiten tomarles el pelo a las demás.

— El público contemporáneo es el primero al cual se le vende fácilmente lo que ni necesita, ni le gusta.

— Los que decimos lo que pensamos, sin precaución ni reticencia, no somos aprovechables ni por quienes piensan como nosotros.

— El progresista sueña en la estabulación científica de la humanidad.

— La condición suficiente y necesaria del despotismo es la desaparición de toda especie de autoridad social no conferida por el Estado.

— Toda verdad nace entre un buey y un asno.

— El más desastroso desatino en las letras es la observancia estricta de la regla estética del día.

— Los sueños de excelencia no merecen respeto sino cuando no disfrazan un vulgar apetito de superioridad.

— El pueblo quiere lo que le sugieren que quiera.

— El especialista, cuando le inspeccionan sus nociones básicas, se eriza como ante una blasfemia y tiembla como ante un terremoto.

— Entre el hombre y la nada se atraviesa la sombra de Dios.

— El ritualismo de las conversaciones cotidianas nos oculta misericordiosamente el moblaje elemental de las mentes entre las cuales vivimos.

Para evitarnos sobresaltos evitemos que nuestros interlocutores “eleven el debate”.

— Debemos desconfiar de nuestro gusto pero creer sólo en él.

— Una población escasa produce menos inteligencias medias que una población numerosa, pero puede producir un número igual o superior de talentos.

Las fuertes densidades demográficas son el caldo de cultivo de la mediocridad.

— El paladar es el único laboratorio idóneo al análisis de textos.

— La claridad es virtud de quien no desconfía de lo que dice.

— La sinceridad se vuelve pronto pretexto para decir boberías.

— Los libros de que no quisiéramos despedirnos suelen ser aquellos a que rehuíamos acercarnos.

— La literatura no es droga psicológica, sino lenguaje complejo para decir cosas complejas. Un texto melodramático o cacofónico, además de feo, es falso.

— El error camina casi siempre con más garbo que la verdad.

— Cuando la inteligencia de una sociedad se aplebeya, la crítica literaria parece más lúcida mientras más burda.

— No es la grandeza del hombre lo que me empeño en negar, sino la pretendida omnipotencia de sus manos.

— Una ambición extrema nos protege del engreimiento.

— De la vulgaridad intelectual sólo se salva el que ignora lo que está de moda saber.

— El socialismo nació como nostalgia de la integración social destruida por el atomismo burgués.

Pero no entendió que la integración social no es compactación totalitaria de individuos, sino totalidad sistemática de una jerarquía.

— Llámanse progresos los preparativos de las catástrofes.

— El descalabro de expertos es siempre espectáculo simpático.

— El individualismo no es antítesis del totalitarismo sino condición. Totalitarismo y jerarquía, en cambio, son posiciones terminales de movimientos contrarios.

— La compasión, en este siglo, es arma ideológica.

— Finalmente tan sólo defendemos y atacamos con ahínco posiciones religiosas.

— El individualismo pregona las diferencias, pero fomenta las similitudes.

— El católico actual mira las “ideas científicas” con veneración estúpida.

— Sólo pocos admiran sin preocuparse de que su admiración los desacredite o acredite.

— La libertad es derecho a ser diferente; la igualdad es prohibición de serlo.

— En las almas bien nacidas las normas se naturalizan.

— El liberalismo pregona el derecho del individuo a envilecerse, siempre que su envilecimiento no estorbe el envilecimiento del vecino.

— Cada nueva generación, en los dos últimos siglos, acaba mirando con nostalgia lo que parecía abominable a la anterior.

— Al individuo auténtico no es posible sumarlo, sólo es posible ordenarlo.

— La dictadura es la tecnificación de la política

— Los lectores del escritor reaccionario jamás saben si conviene aplaudirlo con entusiasmo o patearlo con rabia.

— Entre la dictadura de la técnica y la técnica de la dictadura el hombre ya no halla resquicio por donde escabullirse.

— Esperar que la vulnerabilidad creciente de un mundo crecientemente integrado por la técnica no exija un despotismo total, es mera tontería.

— La fortuna desmoraliza sin remedio cuando carece de función política adjunta.

Hasta la plutocracia es preferible a la riqueza irresponsable.

— No engañemos a nadie: el diablo puede suministrar los bienes materiales que promete.

— Los conflictos rara vez estallan a propósito de las verdaderas discrepancias.

— El tonto muere de tedio sin preocupaciones económicas.

— Las historias nacionales interesan hasta que el país se “moderniza”.

Después bastan las estadísticas.

— Austeridad, resignación, modestia, según el dogma moderno, son servidumbres ideológicas.

— La homogeneidad de una sociedad crece con el número de sus participantes.

— La mentalidad moderna ignora que en el nivel meta-económico de la economía la intensidad de la demanda crece con la intensidad de la oferta, que el hambre allí no aumenta con la carencia sino con la abundancia, que el apetito se exacerba allí con la saciedad creciente.

— Hoy pretenden que perdonar sea negar que hubo delito.

— Buscamos inútilmente el porqué de ciertas cosas porque debiéramos buscar el porqué de las contrarias.

— Las reformas son las rampas de acceso a las revoluciones.

— El reaccionario neto no es soñador de pasados abolidos, sino cazador de sombras sagradas sobre las colinas eternas.

— Como el aparato intelectual de nuestros contemporáneos es únicamente sensible a ideas de frecuencia autorizada por los dogmas modernos, las democracias astutas comprendieron la superfluidad de la censura.

— Ante la Iglesia actual (clero – liturgia – teología) el católico viejo se indigna primero, se asusta después, finalmente revienta de risa.

— El más impúdico espectáculo es el de la palpitación voluptuosa con que una muchedumbre escucha al orador que la adula.

— El intelectual emancipado comparte con sus coetáneos el “gusto personal” de que se ufana.

— Escamado por la vehemencia con que el artista le recuerda sus célebres desatinos, el crítico camina con pasos aprensivos, temiendo que patentes fealdades resulten insólitas bellezas.

No es para admirar para lo que se necesita hoy intrepidez, es para reprobar.

— La compasión que les manifestamos a los unos nos sirve para justificar la envidia que nos despiertan los otros.

— El encomio de la justicia nos embriaga, porque nos parece apología de la pasión, justa o injusta, que nos ciega.

— Si se aspira tan sólo a dotar de un número creciente de artículos a un número creciente de seres, sin que importe la calidad de los seres, ni de los artículos, el capitalismo es la solución perfecta.

— Los partidos políticos contemporáneos han acabado confluyendo hasta en la misma retórica.

— El profesional nunca confiesa que en la ciencia que practica abundan verdades insignificantes.

— Aún para la compasión budista el individuo es sólo sombra que se desvanece. La dignidad del individuo es impronta cristiana sobre arcilla griega.

— El que se cree original sólo es ignorante.

— La auténtica superioridad le es insoportable al tonto. Sus simulacros, en cambio, lo embelesan.

— Sobre los verdaderos resultados de una revolución previa consultemos a los revolucionarios que preparan la siguiente.

— El escritor debe saber que pocos lo verán por muchos que lo miren.

— El hombre sale menos a caza de verdades que de escapatorias.

— El que no pregona panaceas no adquiere el compromiso de contestar preguntas para las que no tiene respuestas.

— Toda sociedad nace con enemigos que la acompañan en silencio hasta la encrucijada nocturna donde la degüellan.

— Mientras más grande sea un país democrático más mediocres tienen que ser sus gobernantes: son elegidos por más gente.

— El olor del pecado de soberbia atrae al hombre como el de la sangre a la fiera.

— La humanidad localiza usualmente el dolor donde no está la herida, el pecado donde no está la culpa.

— De la riqueza o del poder debiera sólo hablar el que no alargó la mano cuando estuvieron a su alcance.

— El que quiera saber cuáles son las objeciones graves al cristianismo debe interrogarnos a nosotros.

El incrédulo sólo objeta boberías.

— Las supuestas “leyes sociológicas” son hechos históricos más o menos extensos.

— Nuestra herencia espiritual es tan opulenta que hoy le basta explotarla al tonto astuto para parecerle más inteligente al tonto lerdo que un hombre inteligente de ayer.

— La instrucción no cura la necedad, la pertrecha.

— La suficiencia colectiva llega a repugnar más que la individual. El patriotismo debe ser mudo.

— El diablo patrocina el arte abstracto, porque representar es someterse.

— Asistimos hoy a una proliferación exuberante de muchedumbres no-europeas, pero por ninguna parte asoman civilizaciones nuevas, amarillas, cobrizas o negras.

— Las historias nacionales han venido a desembocar todas en un occidentalismo degenerado.

— El demócrata compulsa como textos sacros las encuestas sobre opinión pública.

— El demócrata se consuela con la generosidad del programa de la magnitud de las catástrofes que engendra.

– Artículo*: Zurraquín –

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The theological presuppositions of technocracy (Christos Yannaras)

What interests us here is to note, even if briefly, the cultural expression of a different cosmology, equally theological but at the opposite pole to the Byzantine, which completely negated Byzantine culture as a mode of life and approach to using the world. This was the cosmology that arose from Western theology and was embodied historically in the technological culture of the West.

The development of a different cosmology in the West appears to be founded on the Byzantine teaching of the human person as a microcosm.[86] This teaching was transferred to the West in the ninth century through John Scotus Eriugena’s Latin translations of Maximus the Confessor and Gregory of Nyssa. [87] But it only became widely disseminated in the first decades of the twelfth century, that is, with the renaissance of learning that accompanied the appearance of scholasticism in the West (the rediscovery of classical antiquity, the entry of Aristotelian epistemology into the field of theology, the rationalistic organization of human knowledge, and the utilitarian objectivizing of truth).[88] It is the century of the “awakening” of Western theologians to the potentiality of logic and of their appreciation of the first rationalistic conclusions of scientific observation and the systematic organization of knowledge.

Early scholastic thought set the doctrine of man-microcosm and world-macroanthropos in the context of the cognitive possibilities of the analogous syllogism, that is to say, it interpreted the microcosm-macrocosm relationship with the help of a rationalistic comparative epistemology. [89] The world was treated as an object along the lines of the human microcosm as mental concept, sensory observation and measurable size. Its objective truth was defined, measured and subjected by the human intellect and its material embodiment to human tools.[90]

Thus the doctrine of man as microcosm was developed in the West as a basis for the construction of an anthropocentric world-view, a humanism,[91] which saw in the human microcosm and its “interior life” the possibility of an intellectual and mechanical influence on the macrocosm.[92] Within the context of the mental concept, the sensory observation and the measurable relations, knowledge of the world becomes autonomous, is a knowledge with its own structure and organization, which is no longer expressed by the “semantic” terminology of aesthetic theory and personal relationship, but by an objectively articulated scientific method, which can predict events in nature and account for them causally. [93]

The objectivizing of the truth of the world and its subjection to the understanding of the individual, and also more generally the introduction of intellectualism into Western theology, is not an isolated symptom in the general development of Western Christianity. In the first place, one should note that in the context of historical phenomenology, the rationalistic structuring and systematization of knowledge in the medieval West is drawn primarily from jurisprudence, and is first introduced into theology, and then from there into cos-mology and the natural sciences [94] — without in consequence there failing to be a reverse influence: on theology from the natural sciences. [95] But the historical causes which provoked the generation of theological rationalism are much deeper, and should rather be sought in the need for the objective imposition of the authority of the Roman Church on the peoples of the West — a need which appears to have its roots not only in purely historical and sociological [96] conditions but also in the underlying monarchianism of Roman theology, from as early as the time of Sabellius [97] and Augustine. [98]

The objective strengthening of truth, which a clear and unambiguous authority lent to its institutional bearer, the Church, led Western theologians to separate faith from theology [99] and to organize the latter as an independent science [100]. This organization of theology as a science demands an apodictic methodology which objectifies the truth under examination and subjects it to the thinking and principles (“regulae, axiomata, principia”) of the human intellect. [101]An apodictic theological methodology took shape largely in the second half of the twelfth century, when the logica nova, the second part of the Aristotelian Organon,[102] appeared in the West. This became the basis of a theory of knowledge and a technique of probability. [103]

The next step was the transfer of Aristotelian methodology from systematic theory to experiential reality, that is, to cosmology and physics — and it seems to be the naturalist doctor-philosophers of Toledo who led the way.[104] Science thus opened up a path for the systematic organization of knowledge in all fields of rational enquiry, that is, for the restriction of knowledge to the bounds of mental conception and intellectual expression, leading finally to the subjection of truth to the human intellect, and consequently to the subjection of the world to human will and human desire.[105]

When theology, as an apodictic methodology, objectified knowledge, when it took truth to be an object of the intellect and excluded truth as a fact of personal relation, it also excluded the possibility of a personal approach to the world. It ruled out a personal relation with the logos of things, with the disclosure of God’s personal energy in creation. (The rejection of the distinction between the essence and the energies of God by Western theologians in the fourteenth century was the formal consequence of an intellectualist theology and completed the exclusion of truth as personal relation.) And when knowledge of the world is not realized as personal relation, when it does not aim at the reception and study of the logos of things, the only motive that can stimulate human interest in knowledge of the world is its usefulness.

And the criterion of usefulness implies the subjection of the world to humanity’s will and desire. Thus the knowledge of nature began to serve technology alone. The criterion of usefulness transformed the world into an impersonal object. It forced nature to subject it to human need and desire.[106] The world lost its personal dimension. The world’s logos ceased to be the disclosure of God’s personal energy. God was radically set apart from the world by the boundary that separates created ontic essence from uncreated ontic essence, the experientially known from the experientially unknown, sensible and measurable reality from intellectual hypothesis (suppositio). The field was left clear for humanity’s endeavor to secure sovereignty over as much of the realm of truth as was accessible to it through its intellectual and technical abilities, to interpret and subject the reality of the world to its individual mental capacity.

The theological presuppositions of technocracy

This subjection of the world to man’s intellectual and technical capacity (what we call today our technological culture) finds its first expression as early as the Middle Ages in Gothic architecture. The builders of Gothic edifices were not interested in the logos of the material of the construction. They did not seek to coordinate and harmonize this logos to bring out its expressive possibilities. On the contrary, they subjected the material to given forms, and gave the stones a deliberate a priori shape with the intention of realizing the ideological objective that was envisaged by the construction. [107]

Erwin Panofsky, in his very interesting study, Gothic Architecture and Scholasticism,[108] has drawn attention to the attempt of both scholastic thought and Gothic architecture [109] to explore the truth intellectually and to the fact that both arose at the same time: [110] “It is a. connection … more concrete than a mere `parallelism’ and yet more general than those individual ‘influences’ which are inevitably exerted on painters, sculptors or architects by erudite advisors: it is a real relationship of cause and effect.” [111] Gothic architecture, following soon after scholasticism, is the first technological application of scholastic thought. It sets out in visible form the scholastic attempt to subject truth to the individual intellect, drawing on the new logical structures introduced by scholastic theology. In the thirteenth century, for the first time a truth is arranged and discussed systematically, under a num-ber of sub-divisions. A complete work is divided into books, the books into chapters, the chapters into paragraphs, and the paragraphs into articles. Each assertion is established by the systematic refutation of objections, and phrase by phrase, the reader is gradually brought to a full intellectual clarification of a given truth. [112] It is “a veritable orgy of logic,” as Panofsky says of Thomas Aquinas’ Summa Theologiae.[113]

In an analogous manner the technique of Gothic architecture is based on a structure of small cut stones of uniform shape. The stones form columns, and the columns are sub-divided into ribbed composite piers, with the same number of ribs as those in the vaulting above them.[114] The arrangement of the columns and the division of the ribs create a rigid skeleton which neutralizes the weight of the material by balancing the thrusts of the walls. Here again, thesis is reinforced by the systematic refutation of antithesis, “the supports counter the weights placed on them,” and the weight of the material is neutralized by balances arranged on rational principles.

This technique conceals “a profoundly analytic spirit, relentlessly dominating the construction. This spirit considers the forces, analyzes them in terms of static diagrams and petrifies them in space” [115] forming a unity which is not organic but mechanical, a monolithic framework. “Our sense of stability is satisfied but we are perplexed, because the parts are connected no longer organically but only mechanically: they look like a human frame stripped of flesh.”[116] We see here technology, i.e., human will and logic, taming matter. The structure manifests the intellectual conception and will of the craftsman rather than the potentialities of the material — the moral obedience of matter to spirit, not the “glory” of matter, the revelation of God’s energies in the logos of material things.

Gothic architecture is historically the first striking example of the cultural and, more specifically, the technological extensions of the anthropocentric cosmology of European theologians in the Middle Ages. On this cosmology was founded the whole structure of Western technological culture. However strange it may seem, the principle which refers the genesis of technocracy to theology is not an arbitrary one.[117] The development of technology in the West is not simply a phenomenon of steady scientific progress. At the same time it is also the specific embodiment of a particular attitude towards the world, which recapitulates all the phases of Western man’s evolution: the subjection of truth to the intellect, the denial of the distinction between God’s essence and energies, and consequently the sharp divide between the transcendent and the immanent, the transformation of the personal relation with the world into an attempt to dominate nature and historical reality. The development of Western technology expresses a particular ethos, that is, the principles of a specific cosmology (since, as we have seen above, humanity’s relation with the world is the fundamental moral problem), [118] both as a phenomenon of the organic detachment of humanity from the whole rhythm of the world’s life, and as a phenomenon of history’s being caught up in a nexus of threatening impersonal powers, which make it impossible for the uniqueness of personal human existence to be presupposed — such as the appearance of the capitalist system and its socialist counterparts, which alienate human life within the context of an impersonal economy trapped in the rationalistic balancing of production and consumption.

This is not the place for an extended discussion of all the historical consequences of Western cosmology and the problems surrounding each of them. Perhaps the most important stage in the historical evolution of the new relationship of humanity with the world initiated by the scholastic theology of the Middle Ages is the problem of the pollution of the environment, which in our time has become an increasing threat. The poisoned atmosphere of industrial zones, lands turned to desert wastes, waters made toxic, and the assertions of statisticians that in twenty-five years or less large areas of the globe will be rendered uninhabitable — all these reveal in a direct way some fault in humanity’s relation with the world. They demonstrate the failure of humanity in its effort to subject the reality of nature to its individual needs. This subjection has been achieved by the power of the human mind materialized in the machine, but proves today to be the tormenting of nature and its corruption, which is unavoidably also a tormenting of human kind and the threat of death. For human life and human truth cannot be separated from the life and truth of the world which surrounds us. The relationship is a given and is inescapable. Any falsification, any violation of this relationship is destructive of the existential roots of human kind.

Within the context of today’s technological culture, the culture not of relation or use but of consumption of the world, which is imposed on the multitude with systematic tech-niques of persuasion and the total subjection of human life to the ideal of an impersonal and individualistic comfortable life – within the context of this culture the Orthodox theological view of the world does not represent simply a truer or better theory of nature, but embodies the converse ethos and mode of existence, the potentiality for a culture at the opposite pole to consumerism. Orthodox cosmology is a moral struggle which aims at bringing out, by the practice of asceticism, the personal dimensions of the cosmos and humanity’s personal uniqueness. Within the context of Western culture this could become a radical program of social, political and cultural change. With the proviso that such a “program” cannot be objectivized in terms of an impersonal strategy. The possibility always remains of personal revelation, that is, of repentance, as also the content of the Church’s preaching and the practice of Orthodox worship. In opposition to the messianic utopia of consumer “happiness,” which alienates humanity, turning people into impersonal units, and which is organized in accordance with the needs of the mechanistic structures of the social system, the Church sets the personal uniqueness of the human person, as attained in the fact of an ascetic, that is, a personal, relationship with the world.

From the book Person and Eros by Christos Yannaras

87 See M. A. Schmidt, “Johannes Scotus Eriugena,” in Die Religion in Geschichte and Gegemvart, vol. 3, cols. 820-21; Chenu, La theologie au XIIe siècle, 40, 50; also Gilson, La Philosophie au Moyen Age, 202.

88 “It is in this context of renaissance — where inspiration takes precedence over imitation, where also the resources of antiquity nourished new spiritual initiatives — that there developed the literary, aesthetic and doctrinal theme of the relations of humanity with nature: the human being is a ‘microcosm” (Chenu, La theologie au XIIe siècle, 37). See also Gilson, La Philosophie au Moyen Age, 327-28; Chenu, La theologie comme science au XIlle slick, 101: “Between the two great crossroads of the Carolingian renaissance and that of the Quattrocento, the twelfth and thirteenth centuries mark a stage characterized by the recovery of the capital of Antiquity.”

89 “the first attempts at a microcosm-macrocosm parallelism were of a rational, we might even say of an early scientific, type” (Chenu, La theologie au Xlle siecle, 41). See also Gilson, La Philosophie au Moyen Age, 327: “… reasoning by analogy, which consisted of explaining a being or fact by its correspondence with other beings or other facts. A method this time legitimate and which all science makes use of …. The description of the human person as a universe in miniature, that is to say, as a microcosm analogous to a macrocosm, is a classic example of this kind of reasoning.”

90 “Confronted by the universe, the human person not only accepts the exterior world, but changes it, and seeks with its tools to compose a human world …. The thinking of the men of the twelfth century … perceived all that art, in forcing nature, could reveal about humanity” (Chenu, La theologie comme science au XIIIe siecle, 49).

91. See ibid., 40.

92 “The ‘interior life’ calls in the microcosm, in the very name of its nature, for the intellectual and mechanical domination over the macrocosm” (ibid., 42).

93 See ibid., 314: “There is an autonomous knowledge of this world and of the human person, valuable in its own order, actually helpful for speculation and action, which is transferable to theological science.”And on p. 48: “The order is no longer simply the schema of an aesthetic imagination or a religious conviction; it is proved, sustained by a method.”

94 See ibid., 16: “In its earliest state, theology is normally a commentary, and throughout the course of its development it evolves in constant reference to structures related to the teaching of law. In the Middle Ages above all, canonists and theologians work in constant collaboration in analogous and interchangeable forms.” Further research would be useful on the historical development of the legal-juridical spirit of the Roman Church even from the time of Tertullian and Augustine (who were both very well versed in legal matters). The same legal-mindedness calls for the objectivizing of particular cases, and the monarchical understanding of objective authority.

95 See ibid., 315: “In the organic construction of its wisdom, theology takes account of objects which furnish it with rational disciplines, sciences of the universe and its laws, sciences of humanity and its faculties.” And on p. 51: “It is the same Alan of Lille (d. 1203), this master of nature, who is also the theoretician of the ‘rules of theology,’ that is to say, of the method by which, as in every mental discipline, the knowledge of faith is organized and built up, thanks to internal principles which give it the appearance and value of science.”

96 The Roman Church is the only Western Medieval institution which preserves an unbroken cultural tradition and can meet the need for unity of the various nations living together in Western Europe. The exploitation of the need for such an institution had already arrived at a complete religious organization of the Western communities by the tenth and eleventh centuries. For the religious structures of the Western Medieval communities and their expression in the religious art of the eleventh century, see the extremely interesting study of Georges Duby, Adolescence de la chretrenté occidentale (Geneva: Skin, 1967). See also Robert Fossier, Histoire sociale de l’Occident medieval (Paris: Colin, 1970), esp. 43-44, 54-56; Jean Chelini, Histoire religieuse de I ‘Occident medieval (Paris: Cohn, 1968; and J. Le Goff, La civilisation de l’Occident medieval (Paris: coll. “Les grandes civilisations,” 1964).

97 “The West made the unity of God (one God) a clear and firm basis (for the dogma of the Trinity) and tried to conceive of the mystery of his threeness. A fundamental formula was ‘one substance, one hypostasis.’ From such a formula there was a danger of arriving at one person (Monarchians, the monarchianizing bishops of Rome Victor, Zephyrinus and Callixtus). The formula favored monarchianism and assisted in the battle against Arianism” (Basil Stephanidis, Ekklesiastike Istoria, 169). The monarchian spirit of the West was revealed very clearly by the rejection of the distinction between Essence and Energies and by the relevant works which tried to support this rejection, mainly in the fourteenth century. The pro-Latin opponents of St. Gregory Palamas defined the hypostasis as a referential essence which “differs from the simple essence because the one is referential, the other detached …. The detached differs from the referential only conceptually” (John Kyparissiotes, How the Hypostatics in the Trinity Differ from the Essence, ed. E. Candal, Orientalia Christiana Periodica 25. [1959]: 132, 140, 142). St. Grego-ry Palamas judged from the beginning that the denial of the uncreated Energies of the Trinity conceals a hidden denial of the hypostases and their identification with the essence (see On the Divine Energies 27 [ed. P. Chrestou, 2:115]). And Matthew Blastares accuses the antipalamites of wanting “to contract the divine nature into one hypostasis,” introducing into Christianity the Jewish “poverty,” that is, Jewish monotheism (see On the Divine Grace or On the Divine Light, Cod. Monac. 508, fol. 150, cited by Amphilochios Rantovits, To mysterion tes Agias Triados kata ton agion Gregorion Palaman [Thessalonica, 1973], 25, 27).

98 See Stephanidis, Ekklesiastike Istoria, 198-99n: “In the West the (monarchianizing) phraseology of Western Theology has through the influence of Augustine endured to the present day.” See also F. Loofs, Dogmengeschichte (1906), 363ff. Also Chenu’s conclusion (La theologie comme science au XIIIe siecle, 95): “Augustine’s theology … is a fine piece of intellectualism” in conjunction with Stephanidis’ observation (Ekklesiastike Istoria, 166): “The solution the Monarchians gave was based on rational argumentation, such that given the premises those were the ideas they would arrive at.” See also N. Nissiotis, Prolegomena eis ten theologiken Gnosiologian (Athens, 1965), 178-79.

99 “Theology is decidedly distinct from faith (and Scripture) in the leading scholarly circles” (Chenu, La theologie comme science au XIIIe siecle, 26; see also 55, 79, 83).

100 See ibid., 26-27: “The ‘scientific’ regime which now established itself … was the right of reason to install itself at the heart of the deposit and light of faith, and work there according to its own laws.” See also 85-86: “Faith admits of … a capacity for rational elaboration, exposition and proof, according to the philosophical sense of the word argumentum …. Even the definition of faith opens itself from now on, as if on a smooth horizon, to a rational expansion of a scientific nature.”

101 See ibid., 42: “… to accept the objectivizing of the knowledge of faith in theology …”; and 20: “Gilbert de la Porrée (1076-1154) vigorously enunciated the principle of the transfer to theology of the formal procedures (regulae, axiomata, principia) customary in every rational discipline.” See also 51: “Like every intellectual discipline, the knowledge of faith was organized and built up thanks to internal principles which gave it the appearance and value of science.”

102 The first part comprised the Categories, the De interpretation and the Prior analytics, the second part the Posterior analytics, the Topics, and the Sophistical refutations. In some editions of the Organon the treatises On generation and corruption and On the universe were added.

103 See Chenu, La theologie comme science au XIIIe siecle, 20.

104 Ibid.

105 “Man’s encounter with nature was only accomplished in such a way that man seized this nature and put it to work for him …. To set up Nature in fact put paid to a certain Christian conception of the universe” (ibid., 44, 50).

106 “In this mechanical universe, man … depersonalized his action, be-came sensitive to the objective density and the articulation of things under the domination of natural laws … Human science embraced the knowledge of this mastery of nature” (ibid., 48).

107 Byzantine and post-Byzantine architecture expresses a radically opposite attitude to the material of construction. A comparison of Gothic to Byzantine buildings gives us perhaps the clearest illustration of two diametrically opposed cosmological views which lead to two diametrically opposed technical approaches. See Christos Yannaras, E eleutheria tou ethous (Athens: Ekdoseis Athena, 1970), ch. 13, “To ethos tes leitourgikes technes,” 183ff.: “Every piece of Byzantine architecture is a personal exploration of the potentialities of the physical material …. In Byzantine architecture we not only find a personal use of the material of construction, but also a personal dialogue with the material, the personal encounter of humanity with the logos of God’s love and wisdom, which is revealed in the material creation. This dialogue, which is embodied in Byzantine architecture, conveys the measure of the truth of the entire natural world as communion and Ecclesia …. The material creation is ‘shaped’ as person, the Person of the Logos ….” [Cf. the ET of this work by Elizabeth Briere, The Freedom of Morality (Crestwood, N.Y.: St. Vladimir’s Seminary Press, 1984; based on the Greek of the 2nd ed., 1979), ch. 12, “The Ethos of Liturgical Art.”] See also Olivier Clement, Dialogues avec le Patriarche Athenagoras (Paris: Fayard, 1969), 278-83; P. A. Michaelis, Aisthetike theorese tes byzantines technes, 2nd ed. (Athens, 1972; ET of 1946 ed., An Aesthetic Approach to Byzantine Art [London, 1955]), esp. 85-98; Christos Yannaras, “Teologia apofatica e architettura bizantina,” in Simposio Cristiano (Milan: Ediz. dell’ Istituto di Studi teologici Ortodossi, 1971), 104-12; and Marinos Kalligas, E aisthetike tou chorou tes Ellenikes Ekklesias sto Mesaiona (Athens, 1946).

108 Erwin Panofsky, Gothic Architecture and Scholasticism (Latrobe: Archabbey Press, 1951).

109 Ibid., 27ff.

110 “… this astonishingly synchronous development …” (ibid., 20). See also the diagrams later in the book.

111 Ibid.

112 the construction of a knowledge within faith. From this, theology is established as a science” (Chenu, La theologie comme science au XIIIe siècle, 70).

113 Gothic Architecture and Scholasticism, 34.

114 See Michaelis, Aisthitike theorese, 89-90.

115 Ibid., 90.

116 Ibid. See also Worringer, Formprobleme der Gotik (Munich, 1910), 73 (cited by Michaelis).

117 “Theology is the first great technical science (technique) of the Christian world …. The men who built the cathedrals [also] constructed the summae” (Chenu, Introduction a l’etude de Saint Thomas d’Aquin [Paris: Vrin, 1974], 53, 58).

116 “For according to whether we use things rightly or wrongly we become either good or bad” (Maximus the Confessor, First Century on Love 92 [Palmer-Sherrard-Ware]).

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Il pellegrinaggio verso il corpo sottile: un piccolo-grande libro di Annick de Souzenelle

In “Va’ verso te”, recentemente edito in italiano dalle Edizioni Tlon, convergono, fra le altre cose, il cattolicesimo gallicano, lo gnosticismo alessandrino, la Kabbalah ebraica, i miti greci e la psicologia del profondo come locus privilegiato dell’incarnazione degli archetipi eterni.

di Daniele Capuanocopertina: William Blake, “The Reunion Of The Soul And The Body”

Se volessimo seguire il consiglio di Ivan Illich e scrivere della nostra epoca a un amico di penna contemporaneo di Ugo da san Vittore, dovremmo probabilmente offrirgli la stentata e penosa – e al contempo apocalitticamente tentatrice – visione di una immensa reta magica che, emessa come bava dal nostro più fine ingegno, ci ha intrappolati al punto di atrofizzare, ben più che le membra visibili, le delicate, plastiche e sensibili membra psichiche: un esito cui ci preparavano, da millenni, tutti gli apologhi, umoristici e orripilanti, sui pericoli dell’arte magica, dal Philopseudes di Luciano, al racconto del Golem praghese, ai versi agili dell’Apprendista stregone, al terrore puro di The Monkey’s Paw di Jacobs – come sempre, insegnamenti così noti e diffusi da restare perfettamente inascoltati. Ma in quella lettera impossibile dovremmo anche, a un certo punto, affrontare un tema ben più antico del nostro corrispondente medievale, quello della diagnosi dello specifico male occidentale, sui cui segni e le cui cause quasi ogni testa pensante della nostra cultura è stata, almeno una volta nella vita, un perplesso o arroventato Ippocrate.

Proviamo a dargli l’ennesimo nome, a beneficio del nostro fratello del XII secolo e della nostra sorella psiche del secolo XXI: la perdita di una conoscenza chiara, diretta e articolata della fisiologia sottile e, più radicalmente, del mondo o piano dell’essere/esperienza sottile – quel piano senza il quale l’intelletto diventa progressivamente un contenitore di astrazioni e il corpo visibile e tangibile una macchina. Le arti sono state grande supplenti, nel tempo di questa inesorabile ablazione: ma se l’immaginazione – che è la sostanza di quel piano o mondo mediano e mediatore – non viene riconosciuta nel suo profilo essenziale, nel suo statuto ontologico, se lo spirito non si fa corpo e il corpo spirito nell’immaginazione, e se l’artigianato della meditazione non trova un linguaggio e delle pratiche in grado di nutrirla ed educarla in modo definito e peculiare, è fatale considerarla, prima o poi, una nobile allucinazione, una necessaria (o forse no) illusione dell’animale ragionante.

Sempre in questa vena, stavolta anche con qualche barlume prognostico (e ci si passi l’implicito pun), si potrebbe dire che nel corso del secolo XX molte correnti rimaste a lungo sotterranee sono riemerse in un impressionante concerto di segni e aspirazioni, con polifonici intrecci di destini e itinerari di cui riusciamo oggi, in parte, ad apprezzare il segreto rigore e l’aerea libertà: tradizioni protette per secoli dalle tenebre materne di cripte, scuole e fratrie si sono mostrate, a volte sotto la pressione di catastrofi straordinarie, agli sguardi stupiti del mondo secolarizzato e smarrito; in villaggi e metropoli umili maestri hanno sconvolto e trasfigurato porgendo, apparentemente senza filtri, il verbo di una sapienza che si credeva dimenticata o degradata; i libri di tutte le gnosi sono riaffiorati, in modo sempre imprevedibile e sempre giustissimo, da deserti letterali o meno; migliaia di pellegrini hanno attraversato le terre alla ricerca dei santuari dei loro padri, o dei padri dell’intero esperimento umano.

Sia la vita che l’opera di Annick de Souzenelle fanno pensare a un compendio, dipinto con la punta delle dita, di questi sommovimenti del XX ancora in corso – o forse in una lunga fase di assestamento: il cattolicesimo gallicano assorbito e perduto in famiglia, poi ritrovato, come Massignon, nell’ospitalità abramica della pietà musulmana; l’accostamento alla teologia e all’ecclesialità cristiano-orientale; il recupero dell’esegesi gnostica alessandrina (Origene e Clemente anzitutto) e di quella cabbalistica ebraica; la rilettura dei miti greci e delle grandi scritture dell’Oriente non cristiano; la riscoperta della simbologia; della sofiologia ortodossa (i cui cantori più roventi e geniali sono stati Solov’ëv e Florenskij); la terapia della psiche moderna come locus privilegiato e difficile dell’incarnazione dello studio dei simboli; e non si è certo detto molto, con questo povero elenco, dell’avventura spirituale di questa novantasettenne ancora valorosamente impegnata nella lotta ermeneutica con l’angelo del Libro Sacro. Chi non ha mai gustato la gioia della sua pagina prenda uno dei suoi numerosi libri, giustamente amati e ruminati da un vasto cenobio – soprattutto di “cristiani di frontiera”: potrà iniziare seguendo il soffio dell’inclinazione, perché in essi la progressione del viaggio non è mai disgiunta dalla circolarità dell’apertura meditativa e contemplativa.

La casa editrice Tlön, che è anche una bottega di pensiero critico, di revisioning filosofico hillmaniano pop ed esigente insieme, ha pubblicato nel 2016 Va’ verso te. La vocazione divina dell’Uomo, una delle ultime opere dell’autrice: oltre a segnalare la traduzione competente e sensibile di Antonio Miranda e l’eleganza della veste, invitiamo a una lettura che tenti di riapprendere, beninteso con un ermetico grano di sale, l’antica arte del quieto e paziente assaporamento della parola scritta – un’arte cui la de Souzenelle può di nuovo addestrare i puri di cuore.

L’esegesi biblica dell’autrice mette in opera una cassetta degli attrezzi dalla varietà apparentemente sconcertante: le regole della decostruzione cabbalistica, applicate con giocosa e seria libertà, convivono con un approccio cristiano-orientale in cui la gnosi degli Stromata di Clemente e la teologia ortodossa della theandria (la divino-umanità rivelata in Cristo) non sdegnano di collaborare strettamente; le citazioni di maestri taoisti o iranici, i richiami al mito greco e alla psicologia del profondo, strumenti a volte maneggiati con felice ingenuità e senza riguardo per lo spessore culturale specifico – questa ricchezza sulle prime ubriacante e magari irritante svela presto un disegno unitario, un telos definito, una tensione pienamente consapevole.

Il lavoro sulla lettera del Libro mira ad estrarne, rompendo i sigilli dell’abitudine devota o colta, il mercurio della infinita risonanza simbolica, che matura nell’oro della saggezza: quel simbolismo del corpo umano (titolo dell’opera più fortunata dell’autrice), arcaico e dunque sempre più attuale, sempre più “in atto” di qualunque moderno, che sa vedere nuovamente, nelle membra di carne e in quelle invisibili, impalpabili, della psiche e della mente, la tastiera degli archetipi, il luogo della manifestazione di ciò che un tempo si diceva divino. L’albero della vita e l’albero della conoscenza del racconto della Genesi sono il corpo stesso dell’Adamo, il dispiegarsi e l’incarnarsi dell’alfabeto supremo, quello delle sefiroth cabbalistiche – le dieci emanazioni originarie dell’Assoluto ineffabile, En Sof.

Adamo, universo decaduto a frammento, è il “divino nel sangue” (il nome Adam è costituito dalla lettera Alef, simbolo dell’Unicità divina, e dalla parola dam, “sangue”, sede del soffio vitale animale), il “mutante” della creazione, secondo un’intuizione ermetica che arriva fino a Pico e attraversa tutta la sapienza misterica antica e moderna: la sua trasformazione è trasmutazione alchemica ed escatologica del cosmo stesso, è l’umanazione di Dio simultanea alla divinizzazione dell’uomo, di cui parlano i Padri della Chiesa; e se le parole tante volte ripetute dalla gnosi suonano, con la loro aura ieratica e iniziatica, troppo distanti dal nostro corpo e dalla nostra anima a lungo privati della rugiada del simbolo, la de Souzenelle sa porgerle con la freschezza di un colloquio appassionato tra amici, tra ricercatori: ove riecheggia, come le piacerebbe notare, il significato primo del termine omelia, homilia, associazione di vita, compagnia-comunione, conversatio.

La chiamata di Abramo, il pellegrino di Harran, figlio di un “costruttore di idoli” e padre di tre religioni (in cui la dialettica tra elezione e philoxenia è stata sempre terribile, spesso esaltante) – è modulata dalla voce divina, intima e remota, nelle parole Lekh lekha: “Va’, vattene” – dalla tua terra, dalla tua gente, dalla casa di tuo padre. L’esegesi cabbalistica ha sempre auscultato un’altra lettura: “Va’ verso te”, le-kha. L’esodo dall’identità familiare, sociale, nazionale, il viaggio verso “la terra che io ti mostrerò”, è un viaggio verso il sé, verso un io che, nell’uscita-ritorno, è un tu.

Spogliatosi delle maschere, delle personae necessarie e caduche, il viandante percorre il deserto appeso a una voce – perché il deserto (midbar) è il luogo della parola (dabar). Andando verso la terra della promessa, va verso di sé e torna alla pienezza dell’Adamo, ovvero migra verso la consumazione messianica: recupera la trasparenza al simbolo, nutre gli angeli e ne è nutrito. La tradizione ebraica, la qabbalah, attribuisce ad Abramo il Sefer Yetzirah, il libro che insegna la grammatica della creazione, la grammatica del corpo. Un testo che, volendo, potrebbe insegnarci molte cose sulla nostra epoca, un tempo di alta magia ancora largamente inconscia.

Parole audaci, vive, cordiali come quella della de Souzenelle possono risvegliare molte scintille assopite, e custodire il fuoco centrale della storia al di sopra o al di sotto dei suoi molteplici diluvi.

– Artículo*: daniele capuano –

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Il pellegrinaggio verso il corpo sottile: un piccolo-grande libro di Annick de Souzenelle

In “Va’ verso te”, recentemente edito in italiano dalle Edizioni Tlon, convergono, fra le altre cose, il cattolicesimo gallicano, lo gnosticismo alessandrino, la Kabbalah ebraica, i miti greci e la psicologia del profondo come locus privilegiato dell’incarnazione degli archetipi eterni.

di Daniele Capuanocopertina: William Blake, “The Reunion Of The Soul And The Body”

Se volessimo seguire il consiglio di Ivan Illich e scrivere della nostra epoca a un amico di penna contemporaneo di Ugo da san Vittore, dovremmo probabilmente offrirgli la stentata e penosa – e al contempo apocalitticamente tentatrice – visione di una immensa reta magica che, emessa come bava dal nostro più fine ingegno, ci ha intrappolati al punto di atrofizzare, ben più che le membra visibili, le delicate, plastiche e sensibili membra psichiche: un esito cui ci preparavano, da millenni, tutti gli apologhi, umoristici e orripilanti, sui pericoli dell’arte magica, dal Philopseudes di Luciano, al racconto del Golem praghese, ai versi agili dell’Apprendista stregone, al terrore puro di The Monkey’s Paw di Jacobs – come sempre, insegnamenti così noti e diffusi da restare perfettamente inascoltati. Ma in quella lettera impossibile dovremmo anche, a un certo punto, affrontare un tema ben più antico del nostro corrispondente medievale, quello della diagnosi dello specifico male occidentale, sui cui segni e le cui cause quasi ogni testa pensante della nostra cultura è stata, almeno una volta nella vita, un perplesso o arroventato Ippocrate.

Proviamo a dargli l’ennesimo nome, a beneficio del nostro fratello del XII secolo e della nostra sorella psiche del secolo XXI: la perdita di una conoscenza chiara, diretta e articolata della fisiologia sottile e, più radicalmente, del mondo o piano dell’essere/esperienza sottile – quel piano senza il quale l’intelletto diventa progressivamente un contenitore di astrazioni e il corpo visibile e tangibile una macchina. Le arti sono state grande supplenti, nel tempo di questa inesorabile ablazione: ma se l’immaginazione – che è la sostanza di quel piano o mondo mediano e mediatore – non viene riconosciuta nel suo profilo essenziale, nel suo statuto ontologico, se lo spirito non si fa corpo e il corpo spirito nell’immaginazione, e se l’artigianato della meditazione non trova un linguaggio e delle pratiche in grado di nutrirla ed educarla in modo definito e peculiare, è fatale considerarla, prima o poi, una nobile allucinazione, una necessaria (o forse no) illusione dell’animale ragionante.

Sempre in questa vena, stavolta anche con qualche barlume prognostico (e ci si passi l’implicito pun), si potrebbe dire che nel corso del secolo XX molte correnti rimaste a lungo sotterranee sono riemerse in un impressionante concerto di segni e aspirazioni, con polifonici intrecci di destini e itinerari di cui riusciamo oggi, in parte, ad apprezzare il segreto rigore e l’aerea libertà: tradizioni protette per secoli dalle tenebre materne di cripte, scuole e fratrie si sono mostrate, a volte sotto la pressione di catastrofi straordinarie, agli sguardi stupiti del mondo secolarizzato e smarrito; in villaggi e metropoli umili maestri hanno sconvolto e trasfigurato porgendo, apparentemente senza filtri, il verbo di una sapienza che si credeva dimenticata o degradata; i libri di tutte le gnosi sono riaffiorati, in modo sempre imprevedibile e sempre giustissimo, da deserti letterali o meno; migliaia di pellegrini hanno attraversato le terre alla ricerca dei santuari dei loro padri, o dei padri dell’intero esperimento umano.

Sia la vita che l’opera di Annick de Souzenelle fanno pensare a un compendio, dipinto con la punta delle dita, di questi sommovimenti del XX ancora in corso – o forse in una lunga fase di assestamento: il cattolicesimo gallicano assorbito e perduto in famiglia, poi ritrovato, come Massignon, nell’ospitalità abramica della pietà musulmana; l’accostamento alla teologia e all’ecclesialità cristiano-orientale; il recupero dell’esegesi gnostica alessandrina (Origene e Clemente anzitutto) e di quella cabbalistica ebraica; la rilettura dei miti greci e delle grandi scritture dell’Oriente non cristiano; la riscoperta della simbologia; della sofiologia ortodossa (i cui cantori più roventi e geniali sono stati Solov’ëv e Florenskij); la terapia della psiche moderna come locus privilegiato e difficile dell’incarnazione dello studio dei simboli; e non si è certo detto molto, con questo povero elenco, dell’avventura spirituale di questa novantasettenne ancora valorosamente impegnata nella lotta ermeneutica con l’angelo del Libro Sacro. Chi non ha mai gustato la gioia della sua pagina prenda uno dei suoi numerosi libri, giustamente amati e ruminati da un vasto cenobio – soprattutto di “cristiani di frontiera”: potrà iniziare seguendo il soffio dell’inclinazione, perché in essi la progressione del viaggio non è mai disgiunta dalla circolarità dell’apertura meditativa e contemplativa.

La casa editrice Tlön, che è anche una bottega di pensiero critico, di revisioning filosofico hillmaniano pop ed esigente insieme, ha pubblicato nel 2016 Va’ verso te. La vocazione divina dell’Uomo, una delle ultime opere dell’autrice: oltre a segnalare la traduzione competente e sensibile di Antonio Miranda e l’eleganza della veste, invitiamo a una lettura che tenti di riapprendere, beninteso con un ermetico grano di sale, l’antica arte del quieto e paziente assaporamento della parola scritta – un’arte cui la de Souzenelle può di nuovo addestrare i puri di cuore.

L’esegesi biblica dell’autrice mette in opera una cassetta degli attrezzi dalla varietà apparentemente sconcertante: le regole della decostruzione cabbalistica, applicate con giocosa e seria libertà, convivono con un approccio cristiano-orientale in cui la gnosi degli Stromata di Clemente e la teologia ortodossa della theandria (la divino-umanità rivelata in Cristo) non sdegnano di collaborare strettamente; le citazioni di maestri taoisti o iranici, i richiami al mito greco e alla psicologia del profondo, strumenti a volte maneggiati con felice ingenuità e senza riguardo per lo spessore culturale specifico – questa ricchezza sulle prime ubriacante e magari irritante svela presto un disegno unitario, un telos definito, una tensione pienamente consapevole.

Il lavoro sulla lettera del Libro mira ad estrarne, rompendo i sigilli dell’abitudine devota o colta, il mercurio della infinita risonanza simbolica, che matura nell’oro della saggezza: quel simbolismo del corpo umano (titolo dell’opera più fortunata dell’autrice), arcaico e dunque sempre più attuale, sempre più “in atto” di qualunque moderno, che sa vedere nuovamente, nelle membra di carne e in quelle invisibili, impalpabili, della psiche e della mente, la tastiera degli archetipi, il luogo della manifestazione di ciò che un tempo si diceva divino. L’albero della vita e l’albero della conoscenza del racconto della Genesi sono il corpo stesso dell’Adamo, il dispiegarsi e l’incarnarsi dell’alfabeto supremo, quello delle sefiroth cabbalistiche – le dieci emanazioni originarie dell’Assoluto ineffabile, En Sof.

Adamo, universo decaduto a frammento, è il “divino nel sangue” (il nome Adam è costituito dalla lettera Alef, simbolo dell’Unicità divina, e dalla parola dam, “sangue”, sede del soffio vitale animale), il “mutante” della creazione, secondo un’intuizione ermetica che arriva fino a Pico e attraversa tutta la sapienza misterica antica e moderna: la sua trasformazione è trasmutazione alchemica ed escatologica del cosmo stesso, è l’umanazione di Dio simultanea alla divinizzazione dell’uomo, di cui parlano i Padri della Chiesa; e se le parole tante volte ripetute dalla gnosi suonano, con la loro aura ieratica e iniziatica, troppo distanti dal nostro corpo e dalla nostra anima a lungo privati della rugiada del simbolo, la de Souzenelle sa porgerle con la freschezza di un colloquio appassionato tra amici, tra ricercatori: ove riecheggia, come le piacerebbe notare, il significato primo del termine omelia, homilia, associazione di vita, compagnia-comunione, conversatio.

La chiamata di Abramo, il pellegrino di Harran, figlio di un “costruttore di idoli” e padre di tre religioni (in cui la dialettica tra elezione e philoxenia è stata sempre terribile, spesso esaltante) – è modulata dalla voce divina, intima e remota, nelle parole Lekh lekha: “Va’, vattene” – dalla tua terra, dalla tua gente, dalla casa di tuo padre. L’esegesi cabbalistica ha sempre auscultato un’altra lettura: “Va’ verso te”, le-kha. L’esodo dall’identità familiare, sociale, nazionale, il viaggio verso “la terra che io ti mostrerò”, è un viaggio verso il sé, verso un io che, nell’uscita-ritorno, è un tu.

Spogliatosi delle maschere, delle personae necessarie e caduche, il viandante percorre il deserto appeso a una voce – perché il deserto (midbar) è il luogo della parola (dabar). Andando verso la terra della promessa, va verso di sé e torna alla pienezza dell’Adamo, ovvero migra verso la consumazione messianica: recupera la trasparenza al simbolo, nutre gli angeli e ne è nutrito. La tradizione ebraica, la qabbalah, attribuisce ad Abramo il Sefer Yetzirah, il libro che insegna la grammatica della creazione, la grammatica del corpo. Un testo che, volendo, potrebbe insegnarci molte cose sulla nostra epoca, un tempo di alta magia ancora largamente inconscia.

Parole audaci, vive, cordiali come quella della de Souzenelle possono risvegliare molte scintille assopite, e custodire il fuoco centrale della storia al di sopra o al di sotto dei suoi molteplici diluvi.

– Artículo*: daniele capuano –

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