REDES SOCIALES: información no es Conocimiento, percepción no es Consciencia y opinión no es Verdad… Absoluta.

Las redes sociales se han convertido en un fenómeno de interacción social e información muy popular desde hace unos años. Publicidad, noticias y opiniones se entremezclan confusamente. Es (o no) labor de cada cual discernir la calidad, profundidad e intención en esta vorágine ya que, lógicamente, todos tenemos un objetivo al compartir lo que compartimos, seamos conscientes de ello o no. Las complejas interacciones humanas y las pretensiones personales (sociopolíticas, económicas, psicológicas, etc.) han encontrado (o se han encontrado) con un curioso campo de batalla. Prevalece el impacto, la queja, el exhibicionismo (necesidad de valorar lo propio en función de la admiración ajena), la crítica, lo extravagante, así como su aparente opuesto: el pensamiento positivo, el buenismo y demás pseudoespiritualismo new age. Polarización creciente que parece manifestar, en un medio algo más sutil como es el espacio virtual, las tradicionales características negativas de los movimientos en masa, seducida por los deslumbrantes avances tecnológicos. Como dijo un sabio (los modelos a seguir son otros hoy en día): 

“Ciertamente, «el Progreso» y «la Civilización» con mayúsculas pueden hacer un excelente efecto en algunas frases tan huecas como declamatorias, muy propias para impresionar a las masas para quienes la palabra sirve menos para expresar el pensamiento que para suplir su ausencia; a este título, eso juega un papel de los más importantes en el arsenal de fórmulas de las que los «dirigentes» contemporáneos se sirven para llevar a cabo la singular obra de sugestión colectiva sin la que la mentalidad específicamente moderna no podría subsistir mucho tiempo.

Es fácil ver el sofisma inconsciente sobre el que se basa una tal concepción: este sofisma consiste en suponer que la humanidad, en su conjunto, sigue un desarrollo continuo y unilineal; ese es un punto de vista eminentemente «simplista», que está en contradicción con todos los hechos conocidos”. (René Guénon, Oriente y Occidente)

Siendo herramienta de la famosa “globalización” (evolución y progreso), no es sorprendente encontrar incluso como los “antisistema” se convierten en eficaces instrumentos a su servicio al promover la “transculturalización” de los más diversos “ismos” bajo la etiqueta de valores universales y la moral consensuada… por ellos mismos (y subsidiaria del mismo sistema).

La aparente distancia que nos coloca tras la pantalla (y que elimina el cruce de miradas, entre otras cosas, como facilitador de la empatía) es justificación para expresar y expresarse sin reparos. Es fácil observar como alguien comenta en facebook sin siquiera saludar, pregunta desde la exigencia sin la menor cortesía o se cree con el derecho a ofender sin más bajo la excusa de la mal llamada sinceridad que es, en todo caso, franqueza. El que uno diga lo que piensa no convierte el pensamiento en más certero o adecuada su expresión. La delicadeza pasa por hipocresía y el respeto o la prudencia por cobardía. El silencio siempre parece otorgar algo y no pronunciarse no implica más posibilidad que el horizonte del que exige pronunciamientos y posicionamientos o solo ve miedos como causas. Se hace de la opinión propia bandera colectiva hasta el punto de creer y afirmar que lo que uno piensa lo piensan (o deben pensar) los demás: “Todos están de acuerdo con…”, “A nadie le gusta…” y sentencias lapidarias por el estilo azuzadas por la solipsista percepción del gueto virtual (grupos de facebook y similares).

A esta tensión creciente hay que añadir la “movilización” social. Me refiero al uso del móvil como herramienta policial. El Gran Hermano no necesita contratar agentes para supervisar o controlar al personal. Ya lo hacemos nosotros por él. No dudo de la utilidad del medio como denuncia, hablo más bien del uso indiscriminado a lo “far west” del fotodisparo (o, en su defecto, el comentario demoledor) ante la más mínima “irregularidad” (siempre desde la perspectiva personal porque, ya se sabe: “mi opinión vale como la de cualquiera”, todos somos expertos en todo), pasando por alto otras opciones más “amables”, como intentar dialogar con la persona en cuestión, por ejemplo. Pero, de hecho, la aparente facilidad y la ilusión de comunicación que proporcionan las redes no hacen sino fomentar el distanciamiento personal del encuentro directo (véase el aumento de trastornos psicosociales y mentales en general). Con esto no pretendo demonizar un medio que también tiene sus innegables ventajas, pero sí advertir de los riesgos de exclusión social, susceptibilidades crecientes y linchamientos “on line” que pueden llegar a mayores. Quizás haya quien apele a teorías psicoanalíticas o psicodinámicas para considerar que el sacar a la luz las miserias humanas tiene en sí mismo efecto terapéutico, como eso de golpear con un bate de beisbol un muñeco como descarga emocional para aliviar catárticamente la ira. Me temo que alimentar el fuego con fuego solo eleva las llamas o, dicho de otra manera, la libertad no consiste en liberar las pasiones sino en librarse de ellas.

“Dame a un hombre que no sea esclavo de sus pasiones y lo colocaré en el centro de mi corazón, ¡ay! en el corazón de mi corazón.” (Hamlet a su amigo Horacio).

 

Frasco Martín

Psicólogo Col. AO-6454

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Tfno. 607725547 centromenadel@gmail.com

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