Grillot de Givry – Le Musée des Sorciers, Mages et Alchimistes

L’Alchimiste, années 1640 (David Teniers l’Ancien)

Grillot de Givry – Le Musée des Sorciers, Mages et Alchimistes

– Artículo*: Yahya De Kuyper –

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Grillot de Givry – Le Musée des Sorciers, Mages et Alchimistes

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– Artículo*: Yahya De Kuyper –

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¡LO ADVERTIMOS HACE UN AÑO! ATENTADO TERRORISTA EN BARCELONA

Ya lo advertimos hace prácticamente un año, en septiembre de 2016, en el artículo ¿ESTÁN PREPARANDO UN ATENTADO DE FALSA BANDERA EN BARCELONA? Nuestro artículo de entonces, vaticinaba, en clave conspirativa, la posibilidad de un atentado de falsa bandera en Barcelona y quiénes podrían estar implicados o ser los principales beneficiarios de ello. Y por … Continue reading ¡LO ADVERTIMOS HACE UN AÑO! ATENTADO TERRORISTA EN BARCELONA

– Artículo*: El Robot Pescador –

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El sheikh tiene las llaves de un tesoro

Los buscadores espirituales son en general gente que ha aprendido a cuestionarse la realidad convencional. La mayoría de los buscadores espirituales han experimentado una pérdida de la “fe ciega” y han buscado respuestas a preguntas legítimas. Nuestra cultura post-moderna también ha sufrido una pérdida de fe, el resultado del cual puede ser caracterizado como un cinismo dominante.

El condicionamiento convencional y ortodoxo del mundo post-moderno de un profundo cinismo, dudas, y la inhabilidad para acercarse a la verdad inocentemente. Mientras que uno debe mirar de forma bastante crítica a cualquier camino espiritual o maestro antes de comprometerse, uno no debe permitir que el cinismo dominante y la rebelión de nuestros tiempos eviten que uno vea lo que la humildad y la confianza puede ofrecer.
Una vez que uno ha decidido jugar el juego maestro de la auto-transformación, uno debe hacerlo de todo corazón. En mi propio caso llevó bastante tiempo para que comprendiera el valor de cultivar una relación con un maestro. Aunque no me di cuenta en ese momento, era un producto típico de mi propia cultura, una cultura que tiene una desconfianza y una falta de respeto fundamental por el liderazgo y la autoridad. Quizás era muy rebelde y crítico. Ahora puedo reveer mis propias relaciones con mis maestros con algo de remordimiento por las decepciones y dolor que les causé a través de mi insensibilidad y falta de conciencia. Es fácil olvidar que el sheikh es un siervo más que un maestro.

El sheikh tiene las llaves de un tesoro que el buscador no puede realmente comprender. Él puede ser capaz de abrir el tesoro dentro del corazón del derviche, pero ¿cuán probable es que él pueda hacer esto por alguien que es tibio, desagradecido, o lleno de resistencia, que le falta humildad o respeto? La intención del derviche siempre debería ser permitir que un amor sincero por el sheikh crezca y se profundice. A veces el respeto exterior es lo mejor que puede ser ofrecido, pero debemos darnos cuenta que podemos engañarnos a nosotros mismos más fácilmente de lo que podemos engañar a otros y especialmente a nuestro sheikh.

Lo que se requiere en esta relación es una conexión de amor, rabita, que permite que todo lo que uno tenga pase al otro. Cuando hay amor verdadero entre un sheikh y un derviche, el derviche entra en resonancia con la sabiduría y la luz del sheikh, y el sheikh lleva algo de la carga del derviche. El sheikh debe ser lo suficientemente fuerte para hacer esto y sólo es posible con la ayuda de Dios y el linaje, especialmente el Pir, el Completo Ser Humano del cual deriva la baraka o gracia de la orden sufí particular.

Para que esta conexión individual trabaja a su más alto potencial, el aspirante necesita cultivar una conexión espiritual con el sheikh. El sheikh es un “transformador inalámbrico” conectado a la fuente principal del Pir.

En la versión del libro de la historia del sheikh y el derviche, el derviche se ve envuelto en un período de experiencias supervisadas muy de cerca bajo los ojos vigilantes del sheikh. Mientras que sería fantástico tener tal sheikh en la vida de uno para que escuche los problemas personales y responda a las preguntas propias, tal situación es rara.

Es común que un sheikh sufi tenga una familia y una profesión, y que raramente, tenga tiempo para dar tal atención personal a mucha gente. A menos que uno de alguna forma comparta su misión, trabaje a su lado, o haya alcanzado un alto grado de entrega y pueda dar todo su tiempo al servicio del sheikh, la relación de uno será más a través de ir a las reuniones regulares y mantener la conexión del corazón activa en otros momentos.

Dada la rareza de sheiks verdaderos, especialmente en el mundo occidental, uno debería estar agradecido si uno ha encontrado una conexión incluso a distancia con un linaje sufi efectivo. En verdad, la conexión del derviche está más allá de la matriz tangible de tiempo y espacio, incluso de la mente consciente.

Como dice Yunus Emre:

“Desde que la mirada del maduro cayó sobre mí, nada ha sido un problema.”

Extraído de El Corazón. Un camino sufi de transformación. (The Knowing Heart, A Sufi Path of Transformation)

– Artículo*: Sabiduria Sufi –

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O TEU DISCURSO

Houve um tempo em que os editores, além de publicar livros, preparavam, em certas ocasiões, plaquettes, como esta intitulada ALGOL em que pediam aos poetas que escolhessem treze inéditos, como foi o caso, para uma tiragem numerada especial.Arrumando papéis encontrei uma dessas plaquettes, de 1978, com um desenho do Tóssan, e treze poemas lá dentro de que escolhi um, para um amigo.Foi inspirado no desenho de um cacto japonês da Lourdes de Castro, com a sua flôr única, que ofereci um dia ao meu filho Miguel. É ele que tem o quadro, em casa, eu tenho o poema aqui:O Teu DiscursoO que diriasperante a flôr do cacto japonês?Que é flôre que o ser flôr te perturbae mais aindasó florescer uma vezEnviei o poema a um amigo que já me tinha dito que não era leitor de poesia. Não sei se fiz bem. Sinto que tenho de explicar:Foi da imagem do quadro que o poema surgiu, como interrogação, precisamente para alguém, não de hoje, mas desses anos antigos em que também um amigo não lia poesia. E julgo que até hoje não terá lido o poema.O poema, se não fosse ampliado em vários versos, podia ser um condensado Haiku:O que diriasperante a flôr do cacto japonês?Que é flôr e que o ser flôr te perturbae mais ainda só florescer uma vezAqui, como no quadro, toda a reacção se concentra na imagem da flôr, que só floresce uma vez.A sua beleza reside nessa estranha qualidade, de ser irrepetível o seu florescimento. Flôr de tão grande efemeridade que me leva até ao ideal da Flôr Azul, de Novalis, da busca sem fim a que se entrega, como quem se entrega a um grande amor, impossível.Revela então algum segredo de amor, este pequeno poema? Por que razão a flôr referida perturba? Porque a emoção que desperta, ao ser contemplada, é próxima de alguma evocação amorosa? Na pergunta inicial : ” o que dirias” deixa-se adivinhar que o alguém, o outro é uma presença-ausente.Presença na evocação, ausência na realidade, já que a resposta é imaginada por quem pergunta, e não por quem poderia ter respondido, se ali estivesse presente, com o seu “discurso”.De Novalis, no século XVIII, com a sua flôr azul, uma utopia romântica de um Éden nunca encontrável, podíamos recuar até aos belos versos da Princesa Shikishi, do século XII, no seu Colar de Contas (String of Beads na tradução inglesa). É uma bela colecção de melancólicas reflexões que atravessam as estações, da Primavera e Verão ao Outono e Inverno, como mandavam as regras da composição poética, nelas surgindo ora flores, anónimas, ora o florescer das cerejas, das ameixas e do perfume que ficava no ar, durante as noites de lágrimas e de insónias. Em todos os versos a marca da saudade, da ausência:” Quem dera que houvesse outros meios de consolação além de flores: friamentecaem, friamente observo” ( p.35).Abrindo o Dicionário de Símbolos da Robert Laffont, que uso desde que em Paris, em 1971 um erudito junguiano mo aconselhou, vejo que na entrada de Fleur, há várias indicações para ver outras, como crisântemo, iris, lis, lotus, orquídea, rosa, girassol.Cada uma com o seu simbolismo próprio, arcaico, ligado a antigas culturas e civilizações.Pela sua forma em todas elas o que se acentua é o princípio passivo, o feminino, que o cálice da flôr sugere, como uma taça (mas não chegarei por aqui à taça do Graal, seria demasiado longo o excurso), um receptáculo da actividade celeste do orvalho, ou da chuva. Na flôr se reúnem os dois elementos da terra e da água, e no redondo do cálice a fecundidade que propiciam.São João da Cruz vê na flôr a sublimidade do Espírito, já Novalis procurava um estado de primordial e perpétua pureza da infância (que depois se perdia).Para ficarmos mais perto da bela Shikishi, prefiro, neste caso do cacto japonês, buscar antes o simbolismo taoísta da Flôr de Ouro, de Lu Tsou, tratado chinês de alquimia em que se descrevem as fases, ou os caminhos, para obter um mesmo estado se sublimação espiritual, que a imagem do florir único, em momento único também, representa: o florescer é resultado de uma alquimia interior, união da essência (tsing) e do sopro (k’i), dos elementos água e fogo. A flôr torna-se assim uma espécie de Elixir de vida, o seu florescer o regresso ao centro, à unidade, à energia primordial.Já nas culturas dos Mayas e dos Aztecas, para além de se representarem nas flores o ornamento, a arte, o prazer dos deuses e dos homens, uma outra função lhes era atribuída: a descrição das fases da história cosmogónica, e dos acontecimentos de vida, ordenação dos tempos, (os meses, as estações) renascimento, morte, descritos nos hieróglifos.Mas aqui já estamos longe do nosso cacto japonês e do quadro que levou, na contemplação, à escrita do momento.Um poema é o que é: uma deriva, consciente ou inconsciente, pela subtarrâneo das palavras, também elas florescendo uma vez.

– Artículo*: Yvette Centeno –

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CSTT and Gender #5: Gender and Methodology in Assyriology | Changes in Sacred Texts and Traditions

by Saana Svärd Because of the format of a blog post, I have summarized passages and deleted citations and footnotes. For the full form of the text with appropriate references and bibliography the reader is invited to consult: Saana Svärd: “Studying Gender: A Case Study of Female Administrators in Neo-Assyrian Palaces” In: Brigitte Lion & Cécile … Continue reading CSTT and Gender #5: Gender and Methodology in Assyriology →

– Artículo*: Rick Bonnie –

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NGC 2442: Galaxia en Volans | Imagen astronomía diaria – Observatorio

La distorsionada galaxia NGC 2442 está en la constelación meridional del pez volador, (Piscis) Volans, a unos 50 millones de años luz de distancia. Los dos brazos espirales de la galaxia que se extienden desde una pronunciada barra central tienen un aspecto de gancho en las imágenes de campo amplio. Este primer plano, elaborado a partir de los datos del Telescopio Espacial Hubble y del Observatorio Europeo del Sur, muestra la estructura de la galaxia con un detalle sorprendente. Las bandas de polvo oscurecedor, los cúmulos de estrellas jóvenes y azules y las regiones rojizas de formación estelar rodean un núcleo de luz amarillenta procedente de una población más antigua de estrellas. Los datos de la nítida imagen también revelan galaxias de fondo más lejanas que se ven a través de los cúmulos de estrellas y nebulosas de NGC 2442.
La imagen abarca unos 75.000 años luz a la distancia estimada de NGC 2442.

– Artículo*: Alex Dantart –

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La primera regla de la realidad. Alquimia

Durante una conversación mantenida con su alumna Esther Salaman en torno a 1920, Albert Einstein revelo su propósito definitivo con respecto a su curiosidad de si Dios es la fuerza que ha creado el universo. “Quiero saber cómo Dios creo este mundo-empezó. No me interesa este o aquel fenómeno en el espectro de este o aquel elemento. Yo quiero conocer sus pensamientos. Lo demás son detalles.”

En muchos sentidos, nuestra búsqueda de las reglas describen el funcionamiento de la realidad es como el propósito que Einstein tenía en mente. Podemos buscar sutilezas aquí o allá, y resultan útiles cuando las encontramos, pero lo que realmente estamos buscando es la clave de cómo funciona este mundo. Queremos saber cómo y porque ocurren las cosas. Todo lo demás es el equivalente de los “detalles” de Einstein.

El experimento original de la doble ranura y las variaciones que se han realizado posteriormente confirman la premisa básica de nuestras tradiciones espirituales más valoradas, que mantienen que el mundo que nos rodea es un espejo de nuestras creencias. Tanto en los antiguos Vedas, que según algunos eruditos tienen más de siete mil años, como en los pergaminos del mar Muerto, que tienen dos mil años de antigüedad, hay un tema común que parece sugerir que en realidad el mundo refleja las cosas que ocurren en un reino superior o en una realidad más profunda. Por ejemplo, en su comentario sobre los nuevos exámenes realizados a unos fragmentos de los pergaminos del mar Muerto conocidos como La Canción del sacrificio del Sabbath, los traductores resumen el contenido con estas palabras: “Lo que ocurre en la tierra no es sino un pálido reflejo de esa gran realidad mayor”.

Ambos textos y la teoría cuántica indican que nosotros creamos en el mundo invisible la plantilla de lo que serán nuestras relaciones, profesiones, éxitos y fracasos en el mundo visible. Desde este punto de vista, nuestra realidad funciona como una pantalla cósmica que nos termite ver la en el sillón energía sutil de nuestras emociones y creencias (es decir, nuestra ira, odio y furia, así como nuestro amor, compasión y compresión) proyectadas en el mundo físico.

Tal vez ésta sea la razón por la que se dice que, desde que nacemos, poseemos la fuerza más poderosa del cosmos: nuestro acceso directo al universo. ¿Qué podría ser más fortalecedor que la capacidad de cambiar el mundo y nuestras vidas simplemente modificando lo que creemos en nuestros corazones y mentes? Un poder así parece sacado de los cuentos de hadas. Quizá por eso nos sentimos tan atraídos por los relatos de “fantasía”, pues despiertan el recuerdo dormido de nuestro poder y de nuestra capacidad de hacer realidad el cielo o el infierno de nuestra elección.

Si tenemos alguna duda con respecto a la realidad de este poder en nuestras vidas, basta con examinar las curaciones por el efecto placebo del capítulo 2, el milagro de Amanda Dennison caminando sobre las brasas que se ha descrito al comienzo de este capítulo o la historia de la mujer que, con poco más de 50 kilos, levanto un coche que pesaba 20 veces más. En las mentes subconscientes de quienes experimentaron el efecto placebo y realizaron los actos milagrosos, y en la mente consciente de Amanda Dennison, se nos muestra que somos capaces de definir los límites de nuestra realidad.

En cada ejemplo hay una correlación directa entre lo que la persona creía, lo que sentía con respecto a nuestras creencias y lo que ocurrió realmente en el mundo. Aunque tal vez no entendamos plenamente como se producen estos efectos, al menos debemos admitir su existencia. La correlación inequívoca que nos lleva a la primera regla de nuestra realidad es la siguiente: debemos llegar a ser en nuestra vida aquello que elegimos experimentar en nuestro mundo.

Una vez conocida esta primera regla, las antiguas enseñanzas espirituales adquieren un significado más rico y profundo. En mi caso personal, mi admiración, respeto y gratitud hacia quienes se esforzaron al máximo por preservar este secreto son aún mayores. En las palabras de su tiempo, sin los términos de alta tecnología y los experimentos que exigen nuestras mentes del siglo XXI, los maestros del pasado compartieron el secreto cuántico de la mayor fuerza del universo. Y, cómo vimos en los fragmentos de los pergaminos del mar Muerto citados anteriormente, ¡lo hicieron en presencia de quienes aún creían que una tormenta era la señal de que los dioses estaban iracundos!

Sabiendo que debemos convertirnos en nuestra vida en aquello que elegimos experimentar en el mundo, los maestros, sanadores, místicos y santos de la historia demostraron la primera regla de los milagros y las curaciones. Si bien la mayoría de los espectadores directos malinterpretaron la demostración como un signo de que “eran especiales” y entregaron su poder al obrador de milagros, otros reconocieron el regalo que habían recibido y trasmitieron el secreto de las futuras generaciones.

Ellos sabían que debemos dar a la sustancia de la que está hecha la realidad algo con que trabajar para realizar un milagro. Tiene mucho sentido. Si esperamos que la realidad (o Dios/la matriz/el espíritu/el universo) responda a nuestras plegarias, nosotros mismos debemos convertirnos en modelos o plantillas de las cosas que queremos que los átomos de la realidad formen. Tenemos que dar a la matriz algo con lo que trabajar. Cuando ofrecemos a la primera regla acciones que le permiten servirnos, ocurre algo hermoso y poderoso. Y ese “algo” es lo que hace que la vida merezca tanto la pena.

Gregg Braden, La curación espontanea de las creencias

Dice Glanvil que “hombres tan eminentes como Enrique More aseveran que las almas de los difuntos actúan en vehículos etéreos, según opinaron los filósofos de la antigüedad”. Sobre este mismo particular observa el filósofo alemán Görres que “Dios no formó al hombre con cuerpo muerto, sino con organismo animado, lleno de vida y dispuesto a recibir el divino soplo por cuya virtud salió de las creadoras manos como doble obra maestra. El misterioso soplo penetró en la misma entraña de la vida orgánica del primer hombre (de la primera raza) y desde aquel instante quedaron unidos el alma animal procedente de la evolución terrena y el espíritu emanado del cielo”.

Des Mousseaux repudia esta doctrina por opuesta a la católica; pero esto no es obstáculo para que esclarezca con la luz de la lógica muchos enigmas psicológicos. El sol de la filosofía brilla para todos, y si a los católicos, que forman escasamente la séptima parte de la población total del globo, no les satisface dicha teoría, tal vez satisfaga a los millones de gentes que profesan otras religiones.

Volúmenes enteros podríamos llenar con la descripción de los fenómenos que ocurren entre los adeptos de todos los países; pero baste considerar los que guardan relación con los modernos fenómenos oficialmente atestiguados.

Horst trató de dar idea de algunas entidades espirituales de la religión persa; pero no logró su intento por lo muy embrollado de la nomenclatura, en que figuran las numerosas clases de devas, los darvandas, sadimos, dijinos, duendes, elfos, etc., aparte de los serafines, querubines, iredas, amashpendas, sefirotes, malaquimes y elohimes de la religión judía, con los millones de entidades astrales y elementarias, espíritus intermedios y seres quiméricos de toda clase y coloración.

Los caldeos, a quienes Cicerón diputa por los más antiguos magos del mundo, fundaban la magia en las internas facultades anímicas del hombre y en el conocimiento de las propiedades secretas de minerales, vegetales y animales con cuyo auxilio llevaban a cabo asombrosos prodigios. La magia era entre los caldeos equivalente a religión o ciencia; pero los Padres de la Iglesia y otros expositores adulteraron los mitos mazdeístas en la repulsiva forma descrita por autores ultramontanos, como Des Mousseaux, quien afirma en una de sus obras la existencia de los demonios íncubos y súcubos de la Edad Media, cuya abominable superstición, engendrada por el fanatismo epiléptico, tantas vidas humanas costó en aquella época. Estas quimeras no pueden tener realidad objetiva ni cabe atribuirlas a la perversidad del diablo, so pena de suponer blasfemamente que Dios permite las malignidades del demonio.

El cuerpo astral es un vehículo o entidad distinta y completamente separable del Ego, de modo que puede moverse a gran distancia del cuerpo físico sin que se rompa el hilo de la vida.

Purifique el estudiante de ocultismo su naturaleza inferior de modo que sus pensamientos sean tan elevados como los de los videntes indos, y podrá dormir tranquilamente sin que le molesten vampiros ni demonios íncubos o súcubos. En torno del dormido cuerpo del hombre puro, el espíritu inmortal se escuda contra las malignas asechanzas tan poderosamente como tras un muro de cristal.

Hœc murus œneus esto; nihil conscire sibi, nulla pallascere culpa.

ALQUIMISTA. – Siempre hablas por enigmas. Dime si eres aquella fuente de que habla Bernardo Trevigán.

MERCURIO. – No soy la fuente, sino el agua. La fuente me rodea.

SANDIVOGIO: Nueva luz de Alquimia

Contempla, ¡oh guerrero! La roja cruz señala la tumba del poderoso muerto. Dentro arde maravillosa luz que ahuyenta a los espíritus de tinieblas. Esta lámpara arderá sin consumirse hasta que se haya cumplido la eterna sentencia… No hay llama terrena que tan brillante arda. WALTER SCOTT

Hay gentes incapaces de apreciar la grandeza mental de los antiguos, aun en lo referente a las ciencias físicas, por más que se les demuestre con toda evidencia su profundo saber y admirables descubrimientos. A pesar de que la experiencia de insospechados inventos les debiera haber hecho más cautos, persisten en negar y, lo que todavía es peor, en ridiculizar cuanto no pueden probar. Así, por ejemplo, se burlarán de la eficacia de los talismanes y no sólo les parecerá incomprensible que los siete Espíritus del Apocalipsis simbolicen las siete ocultas potestades de la naturaleza, sino que se reirán convulsivamente si algún mago promete obrar prodigios mediante ciertos ritos cabalísticos. No conciben que nadie dotado de buen juicio atribuya secretas virtudes a una figura geométrica trazada en un papel o grabada en un pedazo de metal u otra materia. Pero quienes se tomaron el trabajo de informarse de estos Por nuestra parte, cuando vemos que el pentáculo sintetiza una profunda verdad de la naturaleza, nos parece tan apropiada representación como en su caso las figuras de Euclides o las notaciones químicas. El profano tendrá por absurdo que la fórmula N2CO3 simbolice el carbonato sódico y la C2H60 el alcohol. Los alquimistas simbolizaban el Azoth o principio creador de la naturaleza (luz astral) en la figura

que abarca tres conceptos: 1º, la. hipótesis divina; 2º, la síntesis filosófica; 3º, la síntesis física; lo que tanto vale: una creencia, una idea y una fuerza. Pero si este símbolo les parece estrambótico a los científicos, en cambio tienen por muy natural que la química moderna exprese, por ejemplo, la reacción del ácido fosforoso con el nitrato argéntico, en la fórmula siguiente:

PhO3H3 + 2NO3Ag + H20 = PhO4H3 + 2NO3H + Ag2

Si al profano se le puede dispensar que se quede con la boca abierta ante este abracadabra químico, bien valdría que los científicos reprimiesen la risa hasta conocer el significado filosófico del simbolismo antiguo. Al menos habrían de evitar la ridiculez en que incurrió De Mirville al confundir el Azoth de los herméticos con el ázoe de los químicos, diciendo muy formalmente que aquellos adoraban al gas nitrógeno.

Si ponemos un trozo de acero en contacto con un imán natural quedará imanado de modo que sin alteración de peso ni mudanza de aspecto comunique la imanación a otro pedazo de acero, porque en su masa habrá penetrado una de las más sutiles fuerzas de la naturaleza. De la propia suerte un talismán, que intrínsecamente es tan sólo un trozo de metal, un pedazo de papel o un fragmento de cualquier otra materia, recibe la influencia del imán superior a todos los imanes, de la voluntad humana, con energía para el bien o para el mal de tan reales efectos como la propiedad adquirida por el acero en su contacto con el imán natural. Dejad que el sabueso olfatee una prenda de ropa perteneciente a un fugado y seguirá su rastro a través de las quebraduras del terreno hasta descubrirle en el paraje donde se oculte. Dad al psicómetra un manuscrito por antiguo que sea y os describirá el carácter del autor y aun tal vez sus rasgos fisonómicos. Entregad al clarividente un rizo de pelo o cualquier objeto de la persona de quien se deseen informes, y podrá por virtud de la simpatía establecida seguir las huellas del ausente durante toda su vida.

Las emanaciones magnéticas, inconscientemente producidas, quedan dominadas por otra de mayar intensidad y opuesto sentido; pero cuando la voluntad dirige conscientemente la fuerza magnética y la aplica a determinado punto, prevalece contra otra más intensa. El mismo efecto produce la humana voluntad en el Âkâsa, con resultados físicamente objetivos que se dilatan hasta la curación de las enfermedades por medio de objetos magnetizados puestos en contacto con el enfermo. Sin embargo, en nuestra época parece como si la erudición fuese compañera de mezquinas filosofías, y así vemos que psicólogos de la talla de Maudsley al relatar las maravillosas curas realizadas por el padre de Swedenborg (análogas a las mil que llevaron a cabo saludadores a quienes Maudsley llama fanáticos), se burla de la firmeza de su fe, sin detenerse a examinar si precisamente en la influencia de esta fe en las fuerzas ocultas estaba el secreto de su virtud saludadora.

Ciertamente no acertamos a ver que el moderno químico se diferencie en punto a facultades mágicas del teurgo antiguo sino en que, por conocer el dualismo de la naturaleza, disponía el segundo de un campo de observación doblemente vasto que el del primero. Los antiguos animaban las estatuas y los herméticos hacían visibles, en determinadas condiciones, los espíritus elementales en sus cuatro formas de gnomos, ondinas, sílfides y salamandras. De la combinación del oxígeno con el hidrógeno obtiene el químico agua cuyas diáfanas gotas sirven de ambiente a la vida orgánica y en cuyos intersticios moleculares se diluyen el calor, la electricidad y la luz lo mismo que en el cuerpo humano. Pero ¿de dónde dimana la vida atómica de la gota de agua?, ¿se han aniquilado las peculiares propiedades del oxígeno y del hidrógeno al transmutar su forma en la del agua? A esto responde la química moderna diciendo que ignora si los gases componentes del agua conservan o no su misma substancia en el compuesto, y por lo tanto, bien podrían los científicos escépticos aplicarse lo que dice Maudsley de “permanecer tranquilamente resignados en la ignorancia hasta que brote la luz”.

Los modernos investigadores tienen por patraña la aseveración de que Paracelso formó homúnculos mediante ciertas combinaciones desconocidas aún de las ciencias experimentales; pero aun suponiendo que Paracelso no los formara, se sabe que mil años atrás hubo adeptos versados en este linaje de magia que los formaron por análogos procedimientos a los que hoy emplean los químicos para producir animálculos.

Hace pocos años, el inglés Crosse llegó a obtener algunos acarias y otro experimentador afirmaba la posibilidad de fecundar los huevos inertes por medio de una corriente de electricidad negativa que pase a su través.

A pesar de las contrarias opiniones, el fruto del amor que, según la Biblia, halló Rubén en el campo y excitó la imaginación de Raquel era la mandrágora cabalística, que ofrece el aspecto de feto humano con cabeza, brazos y piernas, figuradas éstas por las raíces. Cree el vulgo que al arrancarla del suelo exhala un grito y esta superstición no carece de fundamento, pues en efecto, la substancia resinosa que cubre sus raíces produce al resquebrajarse por el arranque un sonido semejante al del grito humano. La mandrágora es la planta terrestre que parece formar el anillo de tránsito entre los reinos vegetal y animal, análogamente a lo que en la vida acuática sucede con los pólipos y zoófitos que confusamente participan de los caracteres del vegetal y del animal. A pesar de todo, tal vez haya quien no crea en la producción de homúnculos; pero ningún naturalista enterado de los progresos de las ciencias lo tendrá por imposible, pues, como dice Bain, nadie es capaz de limitar las posibilidades de la existencia.

Quedan todavía por escrutar muchos misterios de la naturaleza, y aun de aquellos que se presumen descubiertos, ni uno solo está perfectamente comprendido, pues no hay planta ni mineral cuyas propiedades todas conozcan los naturalistas. ¿Saben por ventura algo de la íntima naturaleza de los minerales y vegetales? ¿Están seguros de que además de sus descubiertas propiedades no haya otras ocultas en la constitución íntima de la planta o de la piedra, que únicamente se manifiesten en relación con otra planta o piedra de la manera que se llama “sobrenatural”? Sin embargo, los modernos escépticos desdeñan por absurdas las aseveraciones en que Plinio, Eliano y Diodoro de Sicilia, deslindando la verdad científica de la ficción supersticiosa, atribuyen a determinados vegetales y minerales virtudes desconocidas de los botánicos y mineralogistas contemporáneos.

Desde remotísimos tiempos se aplicaron los sabios a descubrir la naturaleza de la fuerza vital; pero a nuestro entender, tan sólo la doctrina secreta puede darnos la clave de este misterio. Las ciencias experimentales sólo ven cinco fuerzas en la naturaleza: una relativa a la masa y cuatro a la constitución molecular. En cambio, los cabalistas reconocen siete fuerzas y en las dos adicionales subyace el secreto de la vida. Una de estas otras dos fuerzas es el espíritu inmortal invisiblemente reflejado en toda partícula de materia, así orgánica como inorgánica. En cuanto a la séptima fuerza, sólo cabe decirle al lector que procure descubrirla.

Sobre el particular dice Le Conte:

¿Cuál es la diferencia esencial entre un organismo vivo y un organismo muerto? En el orden físico–químico no echamos de ver ninguna, pues todas las fuerzas físicas y químicas entresacadas del común depósito para accionar el organismo vivo, subsisten en el muerto hasta la desintegración. Y sin embargo, la diferencia entre ambos es incalculable. ¿Qué fórmula tiene la ciencia experimental para expresar esta inmensa diferencia? ¿Qué se marchó del organismo y adónde fue? Algo hay aquí no averiguado todavía por la ciencia; y precisamente esto que del organismo vivo se escapa en el momento de la muerte es en su más elevada significación la fuerza vital.

Por imposible que le parezca a la ciencia explicar la naturaleza de la vida orgánica ni aun exponer una hipótesis razonable sobre ella, no hay tal imposibilidad para los adeptos y clarividentes, ni siquiera para quien, sin haber llegado a las alturas desde donde se contempla el universo visible reflejado como en límpido espejo en el invisible, tiene no obstante la divina fe arraigada en su íntimo sentido que le da el infalible convencimiento que no es capaz de darle la razón fría; porque entre las contradicciones de los falaces dogmas inventados por el hombre y la mutua repulsión de los sofismas teológicos con que cada credo rebate los argumentos del contrario, surge prevaleciente y triunfante la única verdad común a todas las religiones: Dios y el espíritu inmortal.

Por otra parte, también los irracionales alcanzan a percibir algo de lo que en la especie humana está reservado a los clarividentes. A este propósito hemos realizado numerosos experimentos con gatos, perros, monos y cierta vez con un tigre domesticado, cuyas circunstancias no será ocioso referir. Un caballero indo, que residía por entonces en Dindigul y hoy en apartado lugar de las montañas del Ghaut occidental, hipnotizó intensamente un espejo mágico de figura redonda y luna relucientemente negra, y lo puso frente a la vista de un tigre que desde muy cachorro tenía domesticado y era tan sumiso y manso como un perro, hasta el punto de que los chiquillos le importunaban tirándole de las orejas sin más consecuencia que un quejumbroso gruñido. Pero al ponerle el espejo delante clavaba la vista en él como fascinado magnéticamente y daba frenéticos aullidos mientras en sus ojos se reflejaba el mismo terror que pudiera mover a un hombre, hasta dejarse caer por fin en el suelo presa de convulsivo terror, como si viese algo invisible para el ojo humano. Al apartar el espejo quedaba el tigre jadeante y caía en un estado de postración del que se recobraba pasadas dos horas. ¿Qué veía el tigre? ¿Qué fantástica visión del invisible mundo animal aterrorizaba a un bruto de índole naturalmente tan fiera? Quizás sólo pueda responder quien operó el fenómeno.

Cuando aun apuntaba la actual civilización europea, ya era antigua la filosofía oculta y los herméticos habían inferido los atributos del hombre por analogía con los del Creador. Posteriormente, algunos hombres eminentes cuyo nombre fulgura en la historia espiritual de la humanidad, dieron pruebas personales de la inconcebible alteza a que en su educción pueden llegar las divinas facultades del microcosmos.

Dice sobre esto Wilder.

Enseñaba Plotino que el amor impele al alma hacia la intimidad de su origen y centro, el eterno Bien. Los ignorantes no aciertan a descubrir la belleza que por sí misma atesora el alma, y la buscan en el mundo exterior; pero el sabio siente la belleza en lo íntimo de su ser, concentra la atención en sí mismo, y desenvolviendo la idea de belleza de dentro a fuera, se eleva hasta la divina fuente de su interno raudal. Lo infinito no puede comprenderse por la razón, sino por otra facultad superior cuyo ejercicio nos transporta a un estado en que, dejando de ser hombres finitos, participamos directamente de la esencia divina. Tal es el estado de éxtasis.

…Apolonio de Tyana veía lo pasado, presente y futuro como ante un límpido espejo, y esta facultad es la que pudiéramos llamar fotografía espiritual, pues el alma es la cámara que registra los sucesos pasados, presentes y futuros, de modo que todos por igual los abarque la mente. Más allá de nuestro limitado mundo, no hay sucesión de días, porque todo es como un solo día, y lo pasado y lo futuro coinciden con lo presente.

Estos hombres divinos ¿eran médiums como pretenden los espiritistas de escuela? No, por cierto, si se entiende por médium la persona cuyo organismo morbosamente receptivo facilita el desarrollo de condiciones subordinadas a la influencia de los espíritus elementarios y elementales.

En cambio, eran médiums si entendemos por tales a cuantos cuya magnética aura sirve de medio actuante a las entidades espirituales de las esferas superiores. En este sentido toda persona humana puede ser médium.

En cuanto a materializaciones sin evocación, hay muchos casos en el Antiguo Testamento, aunque no se efectuaban en las mismas circunstancias que hoy día en las sesiones espiritistas, pues por lo visto no era indispensable la obscuridad en aquellos tiempos para la realización del fenómeno. Los tres ángeles se le aparecieron a Abraham en plena luz del día y en igualdad de circunstancias se aparecieron en el Tabor Moisés y Elías, pues no es probable que Jesús y los apóstoles subieran al monte por la noche. También Jesús se apareció a la Magdalena en el jardín a primera hora de la mañana y lo mismo la tercera vez que se mostró a los apóstoles.

Estamos de acuerdo con el autor del artículo referido, que, en la vida de Jesús, y aun añadiríamos en el Antiguo Testamento, se echan de ver una serie de manifestaciones psíquicas, pero ninguna de ellas mediumnímica, excepto la aparición de Samuel evocado por la pitonisa de Endor.

Cuando Jesús vaticinó a sus discípulos diciéndoles: “Mayores obras que éstas haréis vosotros”, se refería indudablemente a las obras por mediación y el mismo significado tiene la profecía de Joel al decir: “Tiempo vendrá en que se difunda el espíritu divino y profeticen vuestros hijos e hijas y vuestros padres tengan ensueños y vuestros mozos vean cosas de visión”. Parece que este tiempo ha llegado, pues aparte de la mediumnidad mal empleada, tiene el espiritismo sus videntes, sus mártires, sus profetas y sus saludadores que, como Moisés, David y Jeohram, reciben directas comunicaciones gráficas de los espíritus planetarios y desencarnados sin mira alguna de lucro.

En cambio, hay muy pocos médiums parlantes que hablen por inspiración, y a la mayoría de ellos se les pueden aplicar aquellas palabras del profeta Daniel:

Y habiendo quedado yo solo, vi esta gran visión, y no quedó fuerza en mí… y oí la voz de sus palabras y oyéndola yacía postrado sobre mi rostro y mi cara estaba pegada con la tierra.

Sin embargo, también hay médiums a quienes se les puede decir cómo le dijo Samuel el Saúl:

Y vendrá sobre ti el Espíritu del Señor y profetizarás con ellos y serás mudado, en otro hombre.

Pero en ningún pasaje de las escrituras hebreo–cristianas se lee nada referente a guitarras voladoras, tamboriles redoblantes y sonoras campanas que en tenebrosos gabinetes se nos presentan como pruebas irrecusables de la inmortalidad del alma. Cuando los judíos vituperaban a Jesús diciendo: “¿No decimos bien nosotros que eres samaritano y que tienes demonio?”; les respondió Jesús: “Yo no tengo demonio; mas honro a mi Padre y vosotros me habéis deshonrado”. En otro pasaje se lee que después de lanzar Jesús un demonio del cuerpo de un mudo y de recobrar éste el habla dijeron los judíos: “En virtud de Beelzebub, príncipe de les demonios, lanza los demonios”. A lo que respondió Jesús: “Pues si yo por virtud de Beelzebub lanzo los demonios, ¿vuestros hijos por quién los lanzan?”

Hace ya cerca de tres siglos expuso Gilbert la opinión de que la tierra es un enorme imán. Hoy amplían algunos físicos esta opinión diciendo que también el hombre es un imán y que esta propiedad encubre el secreto de la mutuas atracciones y repulsiones personales. Prueba de ello tenemos entre los concurrentes a las sesiones espiritistas, y a este propósito dice Nicolás Wagner, catedrático de la universidad de San Petersburgo:

El calor o tal vez la electricidad de los concurrentes situados alrededor de la mesa debe concentrarse en el mueble y determinar el movimiento con el concurso de la fuerza psíquica, es decir, la resultante de todas las fuerzas del organismo, cuya magnitud e intensidad está en función de la índole de cada persona… Las condiciones de temperatura y humedad influyen en las manifestaciones fenoménicas cuyo poder de producción reside en el médium.

(Aquí advertirá al lector algo familiarizado con la química, cuán completamente ha venido a corroborar estas conjeturas o, mejor dicho, vaticinios científicos, la hipótesis de los electrones, desconocida todavía cuando se escribió esta obra. – N. del T.)

Esto supuesto y recordando que según los herméticos hay en la naturaleza modalidades todavía más sutiles de energía, cabe comparar al médium con el sistema de imanes de la máquina eléctrica de Wild y suponerlo, por lo tanto, capaz de engendrar una corriente astral bastante poderosa para levantar en su vórtice el peso de un cuerpo humano, aunque sin comunicarle movimiento giratorio, pues en este caso, al contrario de lo que sucede en los remolinos, la fuerza dirigida por la inteligencia impele al cuerpo rectilíneamente.

La levitación del médium es, según se ve, un fenómeno puramente mecánico, pues su inerte cuerpo queda impelido en ascenso por el vórtice que engendran las entidades elementales y a veces las elementarias, aunque también puede tener el fenómeno causas morbosas como en el caso de los sonámbulos del doctor Perty.

Pero todavía conviene examinar otro punto. Si el médium es un núcleo magnético al par que un conductor eléctrico, estará sujeto a las mismas leyes que los conductores metálicos y le atraerá el imán de donde deriva la fuerza. Por lo tanto, si las invisibles entidades que presiden las manifestaciones espiritistas concentran por encima del médium un núcleo magnético de potencia conveniente, fácil será que se vea atraído hacia dicho núcleo a pesar de la gravedad terrestre. Sabido es que cuando el médium no se da cuenta del proceso fenoménico es preciso admitir la intervención de una entidad directora que actúa según dejamos dicho. Huelgan mayores pruebas de ello que las suministradas, no sólo en nuestras personales investigaciones a que no damos autoridad alguna, sino en las que Crookes y otros científicos desapasionados llevaron a cabo en distintas épocas y países, aunque los escépticos se resistan a reconocer la autenticidad de sus resultados.

Respecto de la saturación magnética por esfuerzo de la propia voluntad, basta atender a los relatos de los sacerdotes japoneses, chinos, siameses, indos, tibetanos y egipcios, así como de los místicos y ascetas del cristianismo, para convencernos de su realidad. La dilatada persistencia en el propósito de subyugar la materia determina una condición psiquicofísica en que, no sólo se anulan las sensaciones externas, sino que puede quedar el cuerpo con apariencias de muerte. El éxtasis fortalece de tal modo la voluntad, que el extático atrae a sí con la fuerza absorbente de los vórtices las entidades moradoras en la luz astral, que acrecientan todavía más su energía psíquica.

Tan por imposible como el movimiento continuo tienen los científicos el elixir de larga vida que aseguraron los filósofos herméticos haber descubierto, aprovechándose de él para prolongar su existencia más allá de los ordinarios términos, e igualmente les parece quimera la transmutación de los metales en oro y la eficacia del disolvente universal. El movimiento continuo es para ellos una imposibilidad física; el elixir de larga vida, una extravagancia fisiológica; y el disolvente universal, un absurdo químico. A tanto llega el escepticismo de un siglo que ha coronado con la cúpula del protoplasma el edificio de la filosofía positivista.

Balfour Stewart considera “imposible el movimiento continuo mientras la ciencia no conozca acabadamente las leyes naturales de que todavía apenas sabe lo necesario para escudriñar el plan y sentir el espíritu de la naturaleza”. Si esta negación de Stewart no tiene mejor fundamento que la de su colega Babinet, fácil será rebatirla con sólo considerar que el universo es prueba convincente del movimiento continuo y no lo es menor la teoría atómica que ha venido a vigorizar las agotadas mentes de los investigadores científicos. El telescopio, al dilatar el espacio, y el microscopio, al revelar el diminuto mundo contenido en una gota de agua, han demostrado igualmente la continuidad del movimiento, y si como es arriba es también abajo, nadie se atreverá a negar la posibilidad de que cuando los científicos comprendan mejor la conservación de la energía y admitan las dos modalidades energéticas de los cabalistas, sean capaces de construir un mecanismo sin rozamientos, que por sí mismo resarza el consumo de energía.

Lo cierto es que el mecánico a quien se deba el hallazgo del movimiento continuo será capaz de comprender por analogía todos los secretos de la naturaleza, porque el progreso está en razón directa de la resistencia.

Lo mismo podemos decir del elixir de larga vida, de la vida física se entiende; pues el alma debe la inmortalidad a su divina unión con el inmortal espíritu. Pero el concepto de continuo o perpetuo no es equivalente al de infinito. Los cabalistas nunca afirmaron la posibilidad del movimiento interminable ni de la vida física sin fin. Según el axioma hermético, únicamente la Causa primera y sus directas emanaciones, nuestros espíritus son incorruptibles y eternos; pero por el conocimiento de algunas fuerzas naturales, todavía ocultas a las miradas de los materialistas, aseguran los herméticos que es posible prolongar indefinidamente el movimiento mecánico y la vida física.

La piedra filosofal tiene más de una significación relacionada con su misterioso origen. Dice sobre esto el profesor Wilder:

El estudio de la alquimia era más universal de lo que suponen algunos tratadistas y auxiliaba si acaso no se identificaba con las ocultas ciencias de magia, necromancia y astrología, tal vez porque en su origen todas eran modalidades del espiritualismo que siempre existió en la historia del género humano.

Lo más sorprendente es que los mismos que consideran el cuerpo humano como una “máquina de digerir” pongan objeciones a la idea de que esta máquina funcionaría sin rozamientos si fuera posible lubrificar sus moléculas con un equivalente de la metalina. Según el Génesis, el cuerpo del hombre fue formado de barro o polvo de la tierra; pero esta alegoría contradice a los modernos investigadores que afirman haber descubierto los constituyentes inorgánicos del cuerpo humano. Si el autor del Génesis sabía esto y Aristóteles enseñó la identidad del principio vital de plantas, animales y hombres, parece que nuestra filiación de la madre tierra se estableció hace largo tiempo.

Elie de Beaumont ha reafirmado recientemente la antigua doctrina de Hermes, según la cual tiene la tierra circulación análoga a la de la sangre en el cuerpo humano. Pues si tan antigua como el tiempo es la enseñanza de que la naturaleza absorbe continuamente del depósito universal de energía la necesaria para reparar la consumida; ¿por qué ha de ser el hijo diferente del padre?; ¿por qué no ha de poder el hombre, por el descubrimiento de la fuente y naturaleza de esta restauradora energía, extraer de la misma tierra el elixir o quintiesenciado jugo con que reparar sus fuerzas? Tal pudo haber sido el secreto de los alquimistas. Si se detiene la circulación de los flúidos terrestres resultará estancamiento, podredumbre y muerte; si se detiene la circulación de los humores en el cuerpo humano resultará la parálisis y demás dolencias propias de la edad senil seguidas de muerte. Si los alquimistas hubiesen descubierto alguna mixtura química de bastante eficacia para mantener expeditos los sistemas vasculares ¿no lograran fácilmente todo lo demás? Por otra parte, si las aguas que a flor de tierra manan de ciertas fuentes minerales tienen virtud curativa y restaurante, no será despropósito decir que si en las entrañas de la tierra pudiéramos recoger las primeras gotas destiladas en el alambique de la naturaleza, nos convenceríamos de que después de todo no era un mito la fuente de juventud. Afirma Jennings que algunos adeptos extraían el elixir de larga vida de los secretos laboratorios químicos de la naturaleza; y Roberto Boyle menciona un vino medicinal de propiedades cordiales, que el doctor Lefevre ensayó con admirable éxito en una anciana. La alquimia es tan antigua como la tradición. “El primer documento histórico que sobre el particular tenemos, dice Guillermo Godwin, es un edicto de Diocleciano (año 3oo de la era cristiana), en el que mandaba entregar a las llamas cuantos tratados del arte de hacer oro y plata se encontraran en Egipto. Este edicto demuestra la antigüedad de dicho arte, entre cuyos más conspicuos adeptos cita la fábula a Salomón, Pitágoras y Hermes”. Respecto al segundo agente alquímico, es decir el alkahest o disolvente universal, por cuya virtud se operaban las transmutaciones, ¿es idea tan absurda que no merezca la menor consideración en esta época de químicos descubrimientos? ¿Y qué valor daremos al histórico testimonio de alquimistas que fabricaron oro y lo pusieron en circulación? Prueba de ello nos dan Libavio, Gebero, Arnaldo, Tomás de Aquino, Bernardo Comes, Joannes, Penoto, el árabe Geber, patriarca de la alquimia europea, Eugenio Filaletes, Porta, Rubeo, Dornesio, Vogelio, Ireneo Filaletes y muchos otros alquimistas y herméticos medioevales. ¿Habremos de tener por locos y visionarios a tan insignes eruditos, filósofos y sabios?

Pico de la Mirándola, en su tratado: De Auro cita diez y ocho casos en que personalmente presenció la obtención artificial de oro. Tomás Vaughan fue una vez a la tienda de un orfebre para vender oro por valor de 1.200 marcos; pero como el orfebre advirtiera suspicazmente que el oro era demasiado puro para proceder de una mina, huyó despavorido sin recoger siquiera el dinero que ya tenía dispuesto para el pago.

Según Marco Polo, en unas montañas del Tíbet, a las que llama Chingintalas, hay vetas de la misma substancia constitutiva de las salamandras. Dice sobre el particular:

Porque en verdad, la salamandra no es ningún animal como se figuran las gentes, sino una substancia que se encuentra en la tierra… Un turco llamado Zurficar me dijo que durante tres años había estado en aquella comarca buscando salamandras para el gran Khan, y que para cogerlas cavaba en la montaña hasta encontrar cierta veta cuya substancia se dividía al machacarla en una especie de fibras por el estilo de las de la lana, que después de secas pueden batanearse, lavarse e hilarse para fabricar tejidos no muy blancos al principio, pero que después de echados al fuego y tenidos allí un rato aventajan a la misma nieve.

Un erudito teósofo norteamericano que ejerce la medicina y ha estudiado ciencias ocultas y alquimia durante treinta años, logró reducir los elementos a su forma originaria, obteniendo lo que llama “tierra preadámica”, porque da precipitado térreo en el agua destilada que, cuando se agita, presenta vivos y opalescentes colores.

Como si los alquimistas se divirtiesen con la ignorancia de los profanos, dicen que “el secreto de la obtención consiste en una amalgama de sal y azufre en triple combinación con el azoth después de sublimar y fijar por tres veces”.

¡Qué ridículo absurdo!, exclamarán los químicos modernos. Pero los discípulos del insigne Hermes comprenden el significado de esta fórmula tan perfectamente como un alumno de química de la Universidad de Harvard entiende al catedrático, cuando por ejemplo éste le dice:

Con un grupo hidroxílico obtendremos únicamente compuestos monoatómicos; con dos grupos hidroxílicos podremos formar en el mismo núcleo combinaciones diatómicas; con tres grupos hidroxílicos obtendremos cuerpos triatómicos, entre los cuales se cuenta una substancia muy conocida, la glicerina:

El alquimista dice por su parte:

Únete a las cuatro letras del tetragrama dispuestas de la manera siguiente: Las letras del nombre inefable están allí, aunque no las descubras a primera vista. Contienen, cabalísticamente, el incomunicable axioma. A esto llaman mágico arcano los maestros.

El arcano es la cuarta emanación del akâza, el principio de vida, que en su tercera transmutación está representado por el ardiente sol, el ojo del mundo o de Osiris, como le llamaron los egipcios, que vigila celosamente a su joven hija, esposa y hermana Isis, nuestra madre tierra, de la que dice Hermes Trismegisto que “su padre es el sol y su madre la luna”. Primero la atrae y acaricia y después la repele con proyectora fuerza. Al estudiante hermético le toca vigilar sus movimientos y adueñarse de sus corrientes sutiles para guiarlas y dirigirlas con auxilio del athanor o palanca de Arquímedes de los alquimistas. ¿Qué es este misterioso athanor? ¿Pueden decírnoslo los físicos que diariamente lo ven y examinan? En verdad lo ven; ¿pero entienden los secretos y cifrados caracteres que el divino dedo trazó en las conchas del mar, en las hojas que tiemblan al beso de la brisa, en el resplandeciente astro cuyos rayos son para ellos rayas más o menos luminosas de hidrógeno? “Dios es el gran geómetra” decía Platón. Dos mil años más tarde ha dicho Oersted que “las leyes de la naturaleza son los pensamientos de Dios”. Y el solitario estudiante de filosofía hermética sigue repitiendo: “Sus pensamientos son inmutables y, por lo tanto, hemos de buscar la verdad en la perfecta armonía y equilibrio de todas las cosas”. Partiendo de la indivisible Unidad, advierte el estudiante hermético que de ella emanan dos fuerzas contrarias que por medio de la primera actúan equilibradamente de modo que las tres se resumen en una: la eterna Mónada pitagórica. El punto primordial es un círculo que se transforma en cuaternario o cuadrado perfecto, en uno de cuyos cardinales ángulos aparece una letra del mirífico nombre, el sagrado TETRAGRAMA. Son los cuatro Buddhas que llegan y se van; la Tetractys pitagórica absorbida por el único v eterno No–Ser.

Según tradición, el iniciado Isarim encontró en Hebrón sobre el cadáver de Hermes la llamada Tabla Esmeraldina, que comprendía en pocas máximas la substancia de la sabiduría hermética. Nada de nuevo ni de extraordinario dirán estas máximas a quienes las lea tan sólo con los ojos del cuerpo, pues empiezan por decir que no tratan de ficciones, sino de cosas ciertas y verdaderas. A continuación, transcribimos algunas de dichas máximas:

Lo que está abajo es como lo que está arriba y lo que está arriba es como lo que está abajo para realizar las maravillas de una sola cosa. Así como todas las cosas han sido producidas por mediación de un solo ser, así también este ser produjo todas las cosas por adaptación.

Su padre es el sol; su madre, la luna.

Es causa de perfección en el universo mundo. Su poder es perfecto si se transmuta en tierra. Prudente y juiciosamente separa la tierra del fuego, lo sutil de lo grosero.

Sube sagazmente de la tierra al cielo y baja después del cielo a la tierra para unir el poder de las cosas superiores al de las inferiores. De este modo tendrás la luz del mundo entero y las tinieblas se alejarán de ti.

Esta cosa es más fuerte que la misma fortaleza, porque sobrepuja a las sutiles y penetra en las sólidas.

De ella fue formado el mundo.

Esta cosa a que misteriosamente aluden las máximas herméticas es el mágico agente del universo, la luz astral cuya correlación de fuerzas produce el alkahest, la piedra filosofal y el elixir de larga vida. Los filósofos herméticos daban a este mágico agente los nombres de: Azoth, Virgen Celeste, Magnes, Máximo y Anima Mundi. Las ciencias físicas lo conocen tan sólo por sus vibratorias modalidades de calor, luz, electricidad y magnetismo; pero como los científicos ignoran las propiedades espirituales y la oculta potencia que el éter entraña, niegan todo cuanto no comprenden. La ciencia explica al pormenor las cristalinas formas de los copos de nieve en variadísimos prismas exagonales de que nacen infinidad de tenuísimas agujas divergentes recíprocamente en ángulos de 60º; pero ¿es capaz la ciencia de explicar la causa de esa infinita variedad de formas delicadamente exquisitas cada una de las cuales es de por sí una perfectísima figura geométrica? Estas níveas formas que parecen flores y estrellas cuajadas tal vez son (sépalo la ciencia materialista) lluvia de mensajes que desde los mundos superiores dejan caer manos espirituales para que aquí abajo los lean los ojos del espíritu.

La cruz filosófica extiende opuestamente sus brazos en las respectivas direcciones horizontal y perpendicular; esto es: la anchura y altura divididas por el divino geómetra en el punto de intersección. Esta cruz es a un tiempo mágico y científico cuaternario que el ocultista toma por base cuando está inscrita en el cuadrado perfecto. En su mística área se halla la clave de todas las ciencias así naturales como metafísicas. Es símbolo de la existencia humana porque los puntos de la cruz inscrita en el círculo señalan el nacimiento, la vida, la muerte y la INMORTALIDAD. Todas las cosas de este mundo son una trinidad complementada por el cuaternario y todo elemento es divisible con arreglo a este principio. La fisiología podrá dividir al hombre ad infinitum, como las ciencias físicas han subdividido los cuatro elementos primordiales en varios otros, pero no jamás podrá alterar ninguno de ellos. El nacimiento, la vida y la muerte serán siempre una trinidad no completada hasta el término del cielo. Aun cuando la ciencia llegase a mudar en aniquilación la ansiada inmortalidad, subsistiría el cuaternario, porque Dios geometriza. Y algún día podrá la alquimia hablar desembarazadamente de su sal, mercurio, azufre y azoth, así como de sus símbolos y miríficos caracteres, y decir con un químico moderno que “las fórmulas no son juego de la fantasía, pues en ellas está poderosamente justificada la posición de cada letra”.

Sobre la materia de que vamos tratando, dice Peisse:

Dos palabras acerca de la alquimia. ¿Qué debemos pensar del arte hermético? ¿Cabe creer en la transmutación de los metales en oro? Los positivistas, los despreocupados del siglo xix saben muy bien que Luis Figuier, doctor en ciencias y en medicina y catedrático de análisis químico de la Escuela de Farmacia de París, vacila, duda y está indeciso en esta cuestión. Conoce a varios alquimistas (pues sin duda los hay) que, apoyados en los modernos descubrimientos de la química, y sobre todo en la teoría de los equivalentes atómicos expuesta por Dumas, afirman que los metales no son cuerpos simples o elementos en el riguroso sentido de la palabra y que en consecuencia pueden obtenerse por descomposiciones químicas… Esto me mueve a dar un paso adelante y a confesar ingenuamente que no me sorprendería que alguien hiciese oro. Una sola pero suficiente razón daré de ello, y es que el oro no ha existido siempre, pues sin duda debió su formación a algún proceso químico o de otra índole en el seno de la materia ígnea del globo y quizás hay actualmente oro en vías de formación. Los supuestos elementos químicos son, con toda probabilidad, productos secundarios en la formación de la masa terrestre. Así se ha demostrado respecto del agua que para los antiguos era uno de los más importantes elementos. Hoy día podemos hacer agua. ¿Por qué no podríamos hacer oro? El eminente experimentador Desprez ha logrado fabricar el diamante, y aunque este diamante sea un diamante científico, un diamante filosófico sin valor comercial acaso, no por ello flaquea mi posición dialéctica. Por otra parte, no se trata de simples conjeturas, pues todavía vive el adepto alquimista Teodoro Tiffereau, ex preparador de química en la Escuela Profesional Superior de Nantes, quien el año 1853 envió a las corporaciones científicas una comunicación en que subrayando las palabras decía: “He descubierto el procedimiento para obtener oro artificial. He obtenido oro”.

El cardenal de Rohán, la famosa víctima de la conspiración llamada del collar de diamantes, aseguró que había visto cómo el conde de Cagliostro fabricaba oro y diamantes. Suponemos que los partidarios de la hipótesis de Hunt no aceptarán la de Peisse, pues opinan que los yacimientos metalíferos son efecto de la vida orgánica. En consecuencia, nos atendremos a las enseñanzas de los filósofos antiguos dejando que unos y otros disputen hasta conciliar sus divergencias de modo que nos revelen la verdadera naturaleza del oro, diciéndonos si es producto de la interna alquimia volcánica o filtrada secreción de la superficie terrestre.

El profesor Balfour Stewart, a quien nadie se atreverá a calificar de retrógrado pues más fácil y frecuentemente que sus colegas admite los errores de la ciencia moderna, se muestra tan indeciso como otros en esta cuestión, diciendo que “la luz perpetua es tan sólo un nombre más del movimiento continuo y tan quimérica como éste, pues no disponemos de medio alguno para restaurar el consumo de combustible”. Añade Stewart que una luz perpetua ha de ser obra de mágico poder y, por lo tanto, no de esta tierra, en donde las modalidades de energía son transitorias; y al argumentar de esta suerte parece como si supusiera que los filósofos herméticos hubiesen afirmado que la luz perpetua fuese una de tantas luces terrestres producidas por la combustión de materias lucíferas. En este punto se han interpretado siempre torcidamente las ideas de los antiguos filósofos.

Muchos hombres de talento, que en un principio se aferraron a la incredulidad, advirtieron su error y mudaron de opinión después de estudiar la doctrina secreta. Pero resulta evidente la contradicción en que incurre Balfour Stewart cuando al comentar las máximas filosóficas de Bacón, a quien llama patriarca de las ciencias experimentales, dice que “es preciso ir con cautela antes de menospreciar por inútil ninguna rama de conocimientos o modalidades de pensar”, para salir después desechando por absolutamente imposibles las afirmaciones de los alquimistas. Según Stewart, opinaba Aristóteles que la luz no es corpórea ni emanación de cuerpo alguno, sino energía actual; y aunque reconoce la poderosa mentalidad de los antiguos y su notorio genio, dice que flaqueaban en el conocimiento de las ciencias físicas y, por consiguiente, no fueron prolíficas sus ideas. Pero Stewart olvida que Demócrito estableció la teoría atómica muchos siglos antes de que la expusiera Dalton y que los antiquísimos Oráculos caldeos y posteriormente Pitágoras enseñaron que el éter es el agente universal.

Toda esta nuestra obra es una protesta contra el inicuo modo de juzgar a los antiguos cuyas ideas es preciso tener examinadas muy a fondo antes de criticarlas y convencerse por personal juicio de si se “acomodaban a los hechos”.

Por lo tanto, ¿quién de cuantos menosprecian la doctrina secreta por contraria a la filosofía e indigna de análisis científico, se atreverá a decir que ha estudiado a los antiguos y está al corriente de cuanto sabían? ¿Quién será capaz de afirmar con fundamento que sabe más que los antiguos porque los antiguos sabían muy poco si acaso sabían algo? La doctrina secreta abarca el alpha y el omega de la ciencia universal y en ella está la piedra angular y la clave de todos los conocimientos antiguos y modernos. Tan sólo esta doctrina, tildada de antifilosófica, encubre lo absoluto en la filosofía de los misteriosos problemas de la vida y de la muerte.

Dice Paley que únicamente por sus efectos conocemos las fuerzas de la naturaleza. Parafraseando este enunciado, diremos que únicamente por sus efectos conoce la posteridad los capitales descubrimientos de los antiguos. Si un profano lee en un tratado de alquimia las especulaciones de los rosacruces relativas al oro y a la luz, le causarán sorpresa, por no entender poco ni mucho pasajes tan en apariencia confusos como el siguiente:

El oro hermético es el producto de los rayos del sol o de luz invisible, mágicamente difundida por el cuerpo del mundo. La luz es oro sublimado y mágicamente extraído, por la imperceptible atracción estelar, de las profundidades de la materia. El oro es el depósito de la luz que de él mismo brota. La luz del mundo celeste es sutil, vaporosa, oro mágicamente sublimado o el espíritu de la llama. El oro atrae las naturalezas inferiores de los metales y con él las identifica por intensificación y multiplicación.

Dice el mismo Roscoe que hallándose en compañía de Kirchhoff y Bunsen, cuando estos dos insignes físicos investigaban la naturaleza de las rayas de Fraunhoffer, les pasó a los tres como un relámpago la idea de que hay hierro en el sol. Esta es una prueba más que añadir a las muchas en pro de que la mayor parte de los descubrimientos no son hijos del raciocinio, sino de la intuición. El porvenir nos reserva no pocos relámpagos de esta índole. Advirtamos que uno de los últimos descubrimientos de la ciencia moderna, el magnífico espectro verde de la plata, no tiene nada de nuevo, pues no obstante “la escasez e inferioridad de sus instrumentos ópticos” ya lo conocían los antiguos químicos y físicos. Desde la época de Hermes estuvieron siempre asociados el metal plata y el color verde. La luna o Astarté (plata hermética) es uno de los símbolos capitales de los rosacruces. Dice un axioma hermético que “las afinidades de la naturaleza son causa eficiente del esplendor y variedad de los colores que están misteriosamente relacionados con los sonidos”. Los cabalistas colocan la “naturaleza media” en directa conexión con la luna; y precisamente la raya verde de la plata ocupa en el espectro el punto medio entre las demás. Los sacerdotes egipcios cantaban en honor de Serapis un himno compuesto de las siete vocales, y al son de la séptima vocal y al séptimo rayo del sol naciente respondía la estatua de Memnon. Con esto coincide el naciente descubrimiento de las maravillosas propiedades del rayo violado, el séptimo del espectro prismático, que a todos supera en potencia química y corresponde a la séptima nota de la escala musical. La teoría de los rosacruces, que compara el universo con un instrumento musical, es análoga a la enseñanza pitagórica de la música de las esferas. Sonidos y colores son números espirituales; y así como los siete rayos prismáticos proceden de un punto de los cielos, así también las siete potestades de la naturaleza son cada una un número y las siete radiaciones de la Unidad o SOL céntrico y espiritual.

¡Feliz quien comprende los números espirituales y advierte su influencia!, exclama Platón. Y feliz, añadiríamos nosotros, quien en medio del laberinto de fuerzas correlacionadas descubre su origen en, el invisible sol. Los experimentadores futuros lograrán la honra de demostrar que los sonidos musicales influyen maravillosamente en la lozanía de la vegetación. Y terminando el capítulo con esta quimera científica, pasaremos a recordarle al paciente lector algo que los antiguos sabían y que los modernos presumen saber.

¿Dejará el teólogo de vislumbrar la luz que de los jeroglíficos egipcios brota para evidenciar la inmortalidad del alma? ¿Echará de ver el historiador que las artes y ciencias florecieron en Egipto mil años antes de que los pelasgos tachonasen de templos y fortalezas las islas y cabos del Archipiélago?

GLIDDON.

H.P. Blavatsky, Isis sin velo tomo II.

Vuestra en la Santa Ciencia Ana Suero Sanz

– Artículo*: Filosofía Oculta –

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