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Las similitudes y analogías que hemos encontrado al comparar la catedral gótica en tanto microcosmos con el Árbol sefirótico de la cábala hebrea nos invitan a realizar una exploración más detallada de las relaciones existentes entre ambos diagramas cósmicos. Nuestra exploración tomará como punto de partida la correlación gráfica de ambos diagramas y va a permitir arrojar algo de luz sobre algunos simbolismos del templo medieval que suelen pasar desapercibidos. Si superponemos el árbol sefirótico sobre el plano de una catedral comprobaremos el sorprendente grado de coincidencia existente entre los dos modelos y la extraordinaria armonía que se desprende de la fusión de ambos.

Superposición del Árbol sefirótico sobre la planta de la catedral de Chartres. Además de la coincidencia general entre ambas figuras destacan las correspondencias simbólicas existentes entre el Pilar central del Árbol y el eje central de la catedral.

La ‘séfira oculta’ D’aath coincide con el lugar donde antiguamente se encontraba el altar mayor de la catedral. La novena séfira, Yesod, se ubica exactamente sobre el laberinto. Las tres séfiras superiores que coronan el Árbol -y se encuentran fuera de la manifestación- corresponden a los tres ábsides menores de la girola.

Ahora bien, para entender la profundidad de las relaciones que aquí estamos explorando no basta con las evidentes coincidencias gráficas, del grado que sean. Mucho más decisivo que la coincidencia más o menos exacta que se observa al superponer el diagrama sefirótico sobre el plano real de algunas catedrales, resulta ser la correspondencia de significados, pues tal correspondencia se mantiene intacta para todos los casos, también para aquellos en que la coincidencia gráfica sobre el plano no sea la más perfecta. Son estos paralelismos entre los significados de los diagramas los que permiten responder la cuestión de si nos encontramos ante dos modelos análogos de representación del universo [1] entre los cuales existe algún género de equivalencia.
*

El primer paralelismo destacable entre los dos sistemas es el que se refiere a los ejes verticales -o Pilares- en que se divide habitualmente el Árbol de la cábala, conocidos como pilares del Rigor (izquierda), el Equilibrio (centro) y la Misericordia (derecha), los cuales pueden ser puestos en directa correspondencia con las dos naves laterales y la nave central propias de las catedrales medievales.

Los tres Pilares del Árbol se corresponden con las tres naves clásicas de la catedral medieval.

La construcción de una catedral medieval empezaba invariablemente por su extremo oriental -su cabecera- y terminaba por la fachada occidental. Una vez construida la cabecera de la catedral ésta se inauguraba como si se tratara de la catedral completa y desde ese mismo momento se oficiaban los ritos y se recibía a los peregrinos con total normalidad, pese a que completar el templo podía llevar todavía fácilmente más de un siglo. Hay poderosas razones para que este orden constructivo fuera seguido invariablemente en todas las catedrales medievales, ante todo debe repararse en que la secuencia seguida por los constructores de la obra es justamente la opuesta a la que sigue un peregrino que llegue a la catedral: la obra avanza de oriente a occidente, el peregrino camina de occidente hacia oriente. Ciertamente nada de esto es casual: si la catedral reproduce a su modo el cosmos, su fundación y construcción replican de alguna manera el orden mismo seguido por la creación -formando los ‘mundos’ desde el más sutil hacia el más grosero-; el peregrino sin embargo se embarca en un viaje de retorno desde el lugar más alejado de esa creación -que espiritualmente es la existencia profana-, hacia el origen de la misma, y por ello encara el ‘camino’ en sentido opuesto. Guiándonos según el sentido de la marcha propio de los peregrinos podemos interpretar la nave central de la catedral como un ‘camino’ que conduce de la tierra hacia el cielo y del mundo profano hacia los sagrados misterios. Estos misterios son aquellos que se refieren al conocimiento -gnosis- y la realización de la integralidad del ser humano y apuntan en último término a la Identificación Suprema. Tales misterios se expresan en la catedral medieval bajo la forma de la Santa Misa y cuentan con un espacio propio, separado y protegido del resto: el presbiterio. Dicho esto y para entender mejor la función simbólica del presbiterio, es importante señalar que en las catedrales medievales el altar mayor no se encontraba en el crucero de la catedral como es ahora habitual, sino dentro del presbiterio o coro antiguo de la catedral. Fue solamente después del Concilio de Trento que fue extendiéndose la costumbre -nefasta en nuestra opinión- de hacer salir la Divina Liturgia del presbiterio al crucero así como de construir un gran coro en medio de la nave central de la catedral, interrumpiendo a la vez el tránsito y la visión de conjunto del templo, tal y como se pueden encontrar multitud de ejemplos hoy en día. Esta no era ni mucho menos la intención de los constructores medievales para quienes la nave adquiría todo su valor simbólico y funcional mostrándose como un espacio completamente diáfano y libre al tránsito de los peregrinos. Recordemos además que los fieles no tenían acceso al presbiterio, ni por tanto al altar mayor, ya que la entrada a este espacio estaba guardada habitualmente por una línea de columnas y por una pequeña grada o escalinata [2]. Por tanto este espacio del templo claramente diferenciado del resto que es el presbiterio o antiguo coro, representa sin duda los mundos superiores, a los que solo tienen acceso los ‘puros’ o ‘perfectos’: es la región del conocimiento místico por excelencia, allí donde se conoce la Sabiduría divina y se escuchan ‘palabras inefables’. Hemos dicho que en los mundos superiores se ‘conoce’ la Sabiduría divina, el conocimiento directo -gnosis- de los estados superiores es representado en la cábala mediante D’aath, la ‘séfira oculta’ o ‘no-séfira’, la cual se considera hija de Hokhmah (Inteligencia) y Binah (Sabiduría). D’aath se relaciona con la lengua y el habla y se considera una puerta de comunicación o acceso a los otros ‘mundos’ o planos de manifestación. Es muy significativo que la posición de esta ‘séfira oculta’ coincida bastante exactamente con la ubicación que ocupaba originalmente el altar mayor en las catedrales medievales. Dado que cabe considerar que el altar mayor se encuentra simbólicamente sobre el Axis Mundi, quedando los mundos superiores por encima y los inferiores por debajo del mismo, puede ser descrito como un vórtice que une y comunica los ‘tres mundos’, de tal modo que en él se cumplan las palabras de san Pablo:
“Al Nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos.”(Flp 2:10)

Recientemente además algunos autores han establecido equivalencias entre esta no-séfira y el quinto chakra, Vishuddha, situado aproximadamente en la región laríngea y relacionado con las cualidades del oído y el habla. De ser correcta esta relación habría que asociar esta séfira -y el espacio que le corresponde en la catedral medieval- con el elemento éter y con la cualidad del sonido, lo cual encaja bastante bien con algunas particularidades presentes en el altar mayor, en primer lugar porque es allí donde se manifiesta la Palabra o Verbo divino. En segundo lugar porque por su ubicación el altar mayor se encontraba rodeado precisamente por el coro y es bien conocido el papel central que el canto tenía en las celebraciones litúrgicas medievales. [3]

Si el lugar del altar mayor se corresponde con la séfira D’aath, como parece probable, la linea de columnas que antaño separaba el presbiterio del crucero ha de corresponderse entonces con el ‘Abismo’ de las ‘aguas superiores’ que, como ya comentamos en el capítulo anterior, marca la frontera entre los mundos manifestados y aquellos que permanecen inmanifestados. Las séfiras más altas -Kether, Hokhmah y Binah-, que corresponden a estos estados inmanifestados están presentes en la catedral en los ábsides que ‘coronan’ toda la forma general de cruz latina. Señalemos que el significado de Kether es justamente Corona, y ello hace referencia siempre a algo sobrepuesto al cuerpo, aunque se trate como aquí del ‘cuerpo místico’.
*

Si esta correspondencia entre la séfira D’aath y el altar mayor de la catedral resulta bastante significativa no lo es menos la siguiente, que viene marcada por la posición de la séfira Yesod sobre la nave central de la catedral y la identificación de la décima séfira -Malkhut- con el mundo profano y exterior. Yesod, la novena séfira, representa ante todo el mundo psíquico e imaginal, es decir la manifestación formal sutil, y por ello se relaciona habitualmente con la esfera lunar y con las ‘aguas inferiores’, así como con los símbolos que habitualmente van asociados: la noche, el mar, etc. Su carácter lunar viene marcado en gran medida por el hecho de ser un reflejo de la sexta séfira, Tiferet, que se considera de carácter solar. La asociación del mundo sutil con lo acuático procede de la cualidad del agua de poder adoptar cualquier forma, análoga a las cambiantes asociaciones por que se rigen el mundo sutil y el inconsciente. Por último esta séfira puede ponerse en relación con el segundo chakra, Swadhisthana, regido igualmente por la luna y el elemento agua. Ya comprobamos que, una vez sobrepasado la linea donde se ubica la pila bautismal, la nave de la catedral hasta el crucero se encuentra asociada al mundo sutil y al paso de las ‘aguas inferiores’, por tanto la posición de esta séfira en esta zona resulta congruente. Pero mucho más significativo que esto resulta el hecho de que la séfira Yesod se sitúe justamente en la zona de la catedral que ocupaban los laberintos medievales. Sabemos, al menos desde los trabajos realizados por Kerenyi, que los laberintos se asocian en todas las culturas antiguas con el descenso al mundo inferior y con el viaje del alma después de la muerte. Por tanto puede entenderse el laberinto como un mapa simbólico, o un esquema simplificado, de ese mundo inferior o mundo de los muertos. Recordemos que el laberinto es una figura a menudo empleada en las culturas chamánicas para describir gráficamente los viajes de éstos al mundo inferior. Por otra parte por su forma nos recuerda las circunvoluciones del intestino, lo que lo pone en relación con la región ventral del ser humano. La región ventral según el simbolismo anatómico es aquella en que reside precisamente el alma inferior o pasional, cuyas tendencias hay que vencer para que pueda brillar la Luz del espíritu. Estas tendencias inferiores -infernales- solían aparecer en los mitos y leyendas de los pueblos tradicionales bajo la apariencia de monstruos o del clásico dragón -como en el mito de San Jorge- que guardaba un tesoro y amenazaba al héroe. En el caso del laberinto de Chartres, el más famoso de todos los laberintos medievales, se sabe que en su centro había una representación de Teseo luchando con el Minotauro, lo cual confirma lo que decimos.
Otra prueba de ello es que hay testimonios de la existencia de ritos que tenían lugar en los laberintos de las catedrales por parte de los clérigos. Tales ritos se llevaban a cabo en Pascua y su significado no era otro que representar el triunfo de Cristo sobre la muerte [4], una prueba más de que el laberinto es una representación de esos tenebrosos mundos inferiores por los que el alma vaga sin rumbo.
Por tanto podemos concluir que el laberinto de la catedral es un claro símbolo de la muerte iniciática y del combate del iniciado contra los poderes infernales, es la nigredo u ‘Obra al negro’ de los alquimistas, tal y como está magníficamente expresado en la fórmula hermética V.I.T.R.I.O.L. -Visita Interiora Terrae Rectificando Invenies Occultum Lapidem-.

Superposición del Árbol sefirótico sobre la planta de la catedral de Amiens. Encontramos las mismas coincidencias que en el caso de Chartres. La novena séfira -Yesod- coincide de forma especialmente asombrosa con la ubicación del laberinto.

*

Esto nos da pie a identificar la décima séfira -Malkhut- con el espacio de la catedral previo a la pila bautismal, es decir aquel que corresponde al mundo exterior y a la existencia profana, la existencia previa a la iniciación en los misterios que supone el bautismo. Esta última séfira debe ser puesta en relación con el Muladhara chakra, o chakra raíz. Es en este chakra donde reside la fuerza, la energía, para acometer todo el trayecto espiritual y sobreponerse a todos los obstáculos que se presenten en el mismo. No es casualidad que el hinduismo represente este chakra con la imagen de un elefante, la deidad Ganesha. Una imagen que transmite muy adecuadamente el significado de este lugar de la catedral es la tan conocida de Hércules luchando con dos leones en la base del parteluz del Pórtico de la Gloria. Aunque la identificación de la figura humana con el legendario Hércules es a todas luces errónea y en realidad la escena debe interpretarse más correctamente como una alusión a la escena bíblica de Daniel entre los leones, el significado no varía en absoluto y se refiere en su sentido esotérico al autocontrol, el control de la fuerza bruta, el dominio de la naturaleza animal y la resistencia a la adversidad. Después, el laberinto como hemos visto, vendrá a representar el dominio, mucho más sutil y costoso, sobre las pasiones del alma. Podría profundizarse mucho más acerca de los significados de esta séfira pues ella es también la Shekinah, la potencia femenina de la divinidad, equivalente a la Shakti hindú [5].
*

Un poco más complejo resulta explicar la presencia de las séfiras centrales del Árbol. Hesed y Gueburah, que significan la Misericodia de Dios y el Rigor o Juicio divino respectivamente, están presentes virtualmente en el transepto de la catedral y en sus fachadas sur y norte. Siguiendo el simbolismo anatómico cabalístico estas séfiras se encuentran en correspondencia con los brazos del Adam Kadmon de modo que en la catedral han de ponerse en relación con los brazos de la cruz latina, que es aquí imagen del cuerpo místico del Hombre Universal. Si nos fijamos en el caso concreto de la catedral de Chartres encontramos que el portal norte está dedicado a los Patriarcas y los Profetas, es decir el Antiguo Testamento -la vieja Ley- y el portal sur está dedicado a los santos y mártires cristianos, es decir el Nuevo Testamento – la nueva Ley-. Desde san Pablo y los comienzos del cristianismo la vieja Ley es asociada al Rigor divino y la nueva Ley a la Gracia. Además estas relaciones pueden ser puestas en relación con las obligaciones formales de la religión cristiana, que marcan ante todo su práctica exotérica y su dimensión moral, obligaciones consistentes en actos prescritos y actos prohibidos [6], los más básicos de los cuales son los presentes en la Tablas de la Ley transmitidas por Moisés. Quizá las cuatro séfiras centrales guarden relación con los cuatro pilares que sostienen la bóveda del crucero de la catedral. Estas cuatro séfiras simbolizan cuatro atributos propios de la divinidad: – Chesed – la Misericordia, – Gueburah o Din – el Rigor o Juicio, – Netzach – la Victoria, y – Hod – la Gloria o Majestad -a veces relacionada con el Temor de Dios-. Esta relación es más que probable dado que la sexta séfira, asociada al sol en el simbolismo cósmico y al corazón en el simbolismo anatómico, representa más concretamente que ninguna otra a Cristo. De ser así estas cuatro séfiras/atributos podrían quizá relacionarse con los cuatro evangelistas, dado que estos suelen asociarse a los cuatro pilares del crucero -como ya vimos en otra ocasión-.Creemos haber mostrado pruebas suficientes de la profunda relación entre ambos modelos simbólicos del cosmos. En todo caso un estudio pormenorizado de los programas iconográficos presentes en los portales sur y norte de las catedrales góticas, en su relación con los conceptos cabalísticos que estamos exponiendo, sin duda añadirá nuevas significaciones a estas correspondencias.

Otros ejemplos de superposición del Árbol sefirótico sobre la planta de distintas catedrales góticas de Francia -todas correspondientes al periodo del ‘primer gótico’-; de izquierda a derecha aparecen las plantas de Saint-Julien de Le Mans (comenzada en estilo románico en 1067, la reforma gótica se acometió en 1134), Notre-Dame de París (comenzada en 1163) y Notre-Dame de Reims (comenzada en 1211).

*

[1] Lo decimos una vez más a fin de que no haya posibilidad de confusión: no se trata de una representación cuantitativa del universo, que muestre su forma o alcance in extenso, de modo parecido a lo que supondría un mapa, sino de una representación cualitativa, es decir estamos ante un modelo que muestra el orden ontológico de los diversos grados de existencia posibles en la manifestación universal. [2] Aunque las gradas o escalinatas suelen conservarse en la mayoría de los templos, la linea de columnas del presbiterio se ha perdido en la inmensa mayoría de las catedrales europeas y en su lugar suele haber -cuando es que hay algo más que una simple cuerda-, algún tipo de barandilla que recibe el nombre de comulgatorio.
[3] La música era un componente central de la Divina Liturgia, tema al que nos referiremos más en detalle cuando tratemos sobre el papel de los ritos en la catedral.[4] Sobre este particular hemos tratado en otro lugar, ver aquí. [5] Remitimos al lector interesado en profundizar en estas cuestiones a la obra de Jean Hani ‘La Virgen negra y el misterio de María’. [6] Los Yamas y Niyamas del Yoga hindú.
 

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Las similitudes y analogías que hemos encontrado al comparar la catedral gótica en tanto microcosmos con el Árbol sefirótico de la cábala hebrea nos invitan a realizar una exploración más detallada de las relaciones existentes entre ambos diagramas cósmicos. Nuestra exploración tomará como punto de partida la correlación gráfica de ambos diagramas y va a permitir arrojar algo de luz sobre algunos simbolismos del templo medieval que suelen pasar desapercibidos. Si superponemos el árbol sefirótico sobre el plano de una catedral comprobaremos el sorprendente grado de coincidencia existente entre los dos modelos y la extraordinaria armonía que se desprende de la fusión de ambos.

Superposición del Árbol sefirótico sobre la planta de la catedral de Chartres. Además de la coincidencia general entre ambas figuras destacan las correspondencias simbólicas existentes entre el Pilar central del Árbol y el eje central de la catedral.

La ‘séfira oculta’ D’aath coincide con el lugar donde antiguamente se encontraba el altar mayor de la catedral. La novena séfira, Yesod, se ubica exactamente sobre el laberinto. Las tres séfiras superiores que coronan el Árbol -y se encuentran fuera de la manifestación- corresponden a los tres ábsides menores de la girola.

Ahora bien, para entender la profundidad de las relaciones que aquí estamos explorando no basta con las evidentes coincidencias gráficas, del grado que sean. Mucho más decisivo que la coincidencia más o menos exacta que se observa al superponer el diagrama sefirótico sobre el plano real de algunas catedrales, resulta ser la correspondencia de significados, pues tal correspondencia se mantiene intacta para todos los casos, también para aquellos en que la coincidencia gráfica sobre el plano no sea la más perfecta. Son estos paralelismos entre los significados de los diagramas los que permiten responder la cuestión de si nos encontramos ante dos modelos análogos de representación del universo [1] entre los cuales existe algún género de equivalencia.
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El primer paralelismo destacable entre los dos sistemas es el que se refiere a los ejes verticales -o Pilares- en que se divide habitualmente el Árbol de la cábala, conocidos como pilares del Rigor (izquierda), el Equilibrio (centro) y la Misericordia (derecha), los cuales pueden ser puestos en directa correspondencia con las dos naves laterales y la nave central propias de las catedrales medievales.

Los tres Pilares del Árbol se corresponden con las tres naves clásicas de la catedral medieval.

La construcción de una catedral medieval empezaba invariablemente por su extremo oriental -su cabecera- y terminaba por la fachada occidental. Una vez construida la cabecera de la catedral ésta se inauguraba como si se tratara de la catedral completa y desde ese mismo momento se oficiaban los ritos y se recibía a los peregrinos con total normalidad, pese a que completar el templo podía llevar todavía fácilmente más de un siglo. Hay poderosas razones para que este orden constructivo fuera seguido invariablemente en todas las catedrales medievales, ante todo debe repararse en que la secuencia seguida por los constructores de la obra es justamente la opuesta a la que sigue un peregrino que llegue a la catedral: la obra avanza de oriente a occidente, el peregrino camina de occidente hacia oriente. Ciertamente nada de esto es casual: si la catedral reproduce a su modo el cosmos, su fundación y construcción replican de alguna manera el orden mismo seguido por la creación -formando los ‘mundos’ desde el más sutil hacia el más grosero-; el peregrino sin embargo se embarca en un viaje de retorno desde el lugar más alejado de esa creación -que espiritualmente es la existencia profana-, hacia el origen de la misma, y por ello encara el ‘camino’ en sentido opuesto. Guiándonos según el sentido de la marcha propio de los peregrinos podemos interpretar la nave central de la catedral como un ‘camino’ que conduce de la tierra hacia el cielo y del mundo profano hacia los sagrados misterios. Estos misterios son aquellos que se refieren al conocimiento -gnosis- y la realización de la integralidad del ser humano y apuntan en último término a la Identificación Suprema. Tales misterios se expresan en la catedral medieval bajo la forma de la Santa Misa y cuentan con un espacio propio, separado y protegido del resto: el presbiterio. Dicho esto y para entender mejor la función simbólica del presbiterio, es importante señalar que en las catedrales medievales el altar mayor no se encontraba en el crucero de la catedral como es ahora habitual, sino dentro del presbiterio o coro antiguo de la catedral. Fue solamente después del Concilio de Trento que fue extendiéndose la costumbre -nefasta en nuestra opinión- de hacer salir la Divina Liturgia del presbiterio al crucero así como de construir un gran coro en medio de la nave central de la catedral, interrumpiendo a la vez el tránsito y la visión de conjunto del templo, tal y como se pueden encontrar multitud de ejemplos hoy en día. Esta no era ni mucho menos la intención de los constructores medievales para quienes la nave adquiría todo su valor simbólico y funcional mostrándose como un espacio completamente diáfano y libre al tránsito de los peregrinos. Recordemos además que los fieles no tenían acceso al presbiterio, ni por tanto al altar mayor, ya que la entrada a este espacio estaba guardada habitualmente por una línea de columnas y por una pequeña grada o escalinata [2]. Por tanto este espacio del templo claramente diferenciado del resto que es el presbiterio o antiguo coro, representa sin duda los mundos superiores, a los que solo tienen acceso los ‘puros’ o ‘perfectos’: es la región del conocimiento místico por excelencia, allí donde se conoce la Sabiduría divina y se escuchan ‘palabras inefables’. Hemos dicho que en los mundos superiores se ‘conoce’ la Sabiduría divina, el conocimiento directo -gnosis- de los estados superiores es representado en la cábala mediante D’aath, la ‘séfira oculta’ o ‘no-séfira’, la cual se considera hija de Hokhmah (Inteligencia) y Binah (Sabiduría). D’aath se relaciona con la lengua y el habla y se considera una puerta de comunicación o acceso a los otros ‘mundos’ o planos de manifestación. Es muy significativo que la posición de esta ‘séfira oculta’ coincida bastante exactamente con la ubicación que ocupaba originalmente el altar mayor en las catedrales medievales. Dado que cabe considerar que el altar mayor se encuentra simbólicamente sobre el Axis Mundi, quedando los mundos superiores por encima y los inferiores por debajo del mismo, puede ser descrito como un vórtice que une y comunica los ‘tres mundos’, de tal modo que en él se cumplan las palabras de san Pablo:
“Al Nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos.”(Flp 2:10)

Recientemente además algunos autores han establecido equivalencias entre esta no-séfira y el quinto chakra, Vishuddha, situado aproximadamente en la región laríngea y relacionado con las cualidades del oído y el habla. De ser correcta esta relación habría que asociar esta séfira -y el espacio que le corresponde en la catedral medieval- con el elemento éter y con la cualidad del sonido, lo cual encaja bastante bien con algunas particularidades presentes en el altar mayor, en primer lugar porque es allí donde se manifiesta la Palabra o Verbo divino. En segundo lugar porque por su ubicación el altar mayor se encontraba rodeado precisamente por el coro y es bien conocido el papel central que el canto tenía en las celebraciones litúrgicas medievales. [3]

Si el lugar del altar mayor se corresponde con la séfira D’aath, como parece probable, la linea de columnas que antaño separaba el presbiterio del crucero ha de corresponderse entonces con el ‘Abismo’ de las ‘aguas superiores’ que, como ya comentamos en el capítulo anterior, marca la frontera entre los mundos manifestados y aquellos que permanecen inmanifestados. Las séfiras más altas -Kether, Hokhmah y Binah-, que corresponden a estos estados inmanifestados están presentes en la catedral en los ábsides que ‘coronan’ toda la forma general de cruz latina. Señalemos que el significado de Kether es justamente Corona, y ello hace referencia siempre a algo sobrepuesto al cuerpo, aunque se trate como aquí del ‘cuerpo místico’.
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Si esta correspondencia entre la séfira D’aath y el altar mayor de la catedral resulta bastante significativa no lo es menos la siguiente, que viene marcada por la posición de la séfira Yesod sobre la nave central de la catedral y la identificación de la décima séfira -Malkhut- con el mundo profano y exterior. Yesod, la novena séfira, representa ante todo el mundo psíquico e imaginal, es decir la manifestación formal sutil, y por ello se relaciona habitualmente con la esfera lunar y con las ‘aguas inferiores’, así como con los símbolos que habitualmente van asociados: la noche, el mar, etc. Su carácter lunar viene marcado en gran medida por el hecho de ser un reflejo de la sexta séfira, Tiferet, que se considera de carácter solar. La asociación del mundo sutil con lo acuático procede de la cualidad del agua de poder adoptar cualquier forma, análoga a las cambiantes asociaciones por que se rigen el mundo sutil y el inconsciente. Por último esta séfira puede ponerse en relación con el segundo chakra, Swadhisthana, regido igualmente por la luna y el elemento agua. Ya comprobamos que, una vez sobrepasado la linea donde se ubica la pila bautismal, la nave de la catedral hasta el crucero se encuentra asociada al mundo sutil y al paso de las ‘aguas inferiores’, por tanto la posición de esta séfira en esta zona resulta congruente. Pero mucho más significativo que esto resulta el hecho de que la séfira Yesod se sitúe justamente en la zona de la catedral que ocupaban los laberintos medievales. Sabemos, al menos desde los trabajos realizados por Kerenyi, que los laberintos se asocian en todas las culturas antiguas con el descenso al mundo inferior y con el viaje del alma después de la muerte. Por tanto puede entenderse el laberinto como un mapa simbólico, o un esquema simplificado, de ese mundo inferior o mundo de los muertos. Recordemos que el laberinto es una figura a menudo empleada en las culturas chamánicas para describir gráficamente los viajes de éstos al mundo inferior. Por otra parte por su forma nos recuerda las circunvoluciones del intestino, lo que lo pone en relación con la región ventral del ser humano. La región ventral según el simbolismo anatómico es aquella en que reside precisamente el alma inferior o pasional, cuyas tendencias hay que vencer para que pueda brillar la Luz del espíritu. Estas tendencias inferiores -infernales- solían aparecer en los mitos y leyendas de los pueblos tradicionales bajo la apariencia de monstruos o del clásico dragón -como en el mito de San Jorge- que guardaba un tesoro y amenazaba al héroe. En el caso del laberinto de Chartres, el más famoso de todos los laberintos medievales, se sabe que en su centro había una representación de Teseo luchando con el Minotauro, lo cual confirma lo que decimos.
Otra prueba de ello es que hay testimonios de la existencia de ritos que tenían lugar en los laberintos de las catedrales por parte de los clérigos. Tales ritos se llevaban a cabo en Pascua y su significado no era otro que representar el triunfo de Cristo sobre la muerte [4], una prueba más de que el laberinto es una representación de esos tenebrosos mundos inferiores por los que el alma vaga sin rumbo.
Por tanto podemos concluir que el laberinto de la catedral es un claro símbolo de la muerte iniciática y del combate del iniciado contra los poderes infernales, es la nigredo u ‘Obra al negro’ de los alquimistas, tal y como está magníficamente expresado en la fórmula hermética V.I.T.R.I.O.L. -Visita Interiora Terrae Rectificando Invenies Occultum Lapidem-.

Superposición del Árbol sefirótico sobre la planta de la catedral de Amiens. Encontramos las mismas coincidencias que en el caso de Chartres. La novena séfira -Yesod- coincide de forma especialmente asombrosa con la ubicación del laberinto.

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Esto nos da pie a identificar la décima séfira -Malkhut- con el espacio de la catedral previo a la pila bautismal, es decir aquel que corresponde al mundo exterior y a la existencia profana, la existencia previa a la iniciación en los misterios que supone el bautismo. Esta última séfira debe ser puesta en relación con el Muladhara chakra, o chakra raíz. Es en este chakra donde reside la fuerza, la energía, para acometer todo el trayecto espiritual y sobreponerse a todos los obstáculos que se presenten en el mismo. No es casualidad que el hinduismo represente este chakra con la imagen de un elefante, la deidad Ganesha. Una imagen que transmite muy adecuadamente el significado de este lugar de la catedral es la tan conocida de Hércules luchando con dos leones en la base del parteluz del Pórtico de la Gloria. Aunque la identificación de la figura humana con el legendario Hércules es a todas luces errónea y en realidad la escena debe interpretarse más correctamente como una alusión a la escena bíblica de Daniel entre los leones, el significado no varía en absoluto y se refiere en su sentido esotérico al autocontrol, el control de la fuerza bruta, el dominio de la naturaleza animal y la resistencia a la adversidad. Después, el laberinto como hemos visto, vendrá a representar el dominio, mucho más sutil y costoso, sobre las pasiones del alma. Podría profundizarse mucho más acerca de los significados de esta séfira pues ella es también la Shekinah, la potencia femenina de la divinidad, equivalente a la Shakti hindú [5].
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Un poco más complejo resulta explicar la presencia de las séfiras centrales del Árbol. Hesed y Gueburah, que significan la Misericodia de Dios y el Rigor o Juicio divino respectivamente, están presentes virtualmente en el transepto de la catedral y en sus fachadas sur y norte. Siguiendo el simbolismo anatómico cabalístico estas séfiras se encuentran en correspondencia con los brazos del Adam Kadmon de modo que en la catedral han de ponerse en relación con los brazos de la cruz latina, que es aquí imagen del cuerpo místico del Hombre Universal. Si nos fijamos en el caso concreto de la catedral de Chartres encontramos que el portal norte está dedicado a los Patriarcas y los Profetas, es decir el Antiguo Testamento -la vieja Ley- y el portal sur está dedicado a los santos y mártires cristianos, es decir el Nuevo Testamento – la nueva Ley-. Desde san Pablo y los comienzos del cristianismo la vieja Ley es asociada al Rigor divino y la nueva Ley a la Gracia. Además estas relaciones pueden ser puestas en relación con las obligaciones formales de la religión cristiana, que marcan ante todo su práctica exotérica y su dimensión moral, obligaciones consistentes en actos prescritos y actos prohibidos [6], los más básicos de los cuales son los presentes en la Tablas de la Ley transmitidas por Moisés. Quizá las cuatro séfiras centrales guarden relación con los cuatro pilares que sostienen la bóveda del crucero de la catedral. Estas cuatro séfiras simbolizan cuatro atributos propios de la divinidad: – Chesed – la Misericordia, – Gueburah o Din – el Rigor o Juicio, – Netzach – la Victoria, y – Hod – la Gloria o Majestad -a veces relacionada con el Temor de Dios-. Esta relación es más que probable dado que la sexta séfira, asociada al sol en el simbolismo cósmico y al corazón en el simbolismo anatómico, representa más concretamente que ninguna otra a Cristo. De ser así estas cuatro séfiras/atributos podrían quizá relacionarse con los cuatro evangelistas, dado que estos suelen asociarse a los cuatro pilares del crucero -como ya vimos en otra ocasión-.Creemos haber mostrado pruebas suficientes de la profunda relación entre ambos modelos simbólicos del cosmos. En todo caso un estudio pormenorizado de los programas iconográficos presentes en los portales sur y norte de las catedrales góticas, en su relación con los conceptos cabalísticos que estamos exponiendo, sin duda añadirá nuevas significaciones a estas correspondencias.

Otros ejemplos de superposición del Árbol sefirótico sobre la planta de distintas catedrales góticas de Francia -todas correspondientes al periodo del ‘primer gótico’-; de izquierda a derecha aparecen las plantas de Saint-Julien de Le Mans (comenzada en estilo románico en 1067, la reforma gótica se acometió en 1134), Notre-Dame de París (comenzada en 1163) y Notre-Dame de Reims (comenzada en 1211).

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[1] Lo decimos una vez más a fin de que no haya posibilidad de confusión: no se trata de una representación cuantitativa del universo, que muestre su forma o alcance in extenso, de modo parecido a lo que supondría un mapa, sino de una representación cualitativa, es decir estamos ante un modelo que muestra el orden ontológico de los diversos grados de existencia posibles en la manifestación universal. [2] Aunque las gradas o escalinatas suelen conservarse en la mayoría de los templos, la linea de columnas del presbiterio se ha perdido en la inmensa mayoría de las catedrales europeas y en su lugar suele haber -cuando es que hay algo más que una simple cuerda-, algún tipo de barandilla que recibe el nombre de comulgatorio.
[3] La música era un componente central de la Divina Liturgia, tema al que nos referiremos más en detalle cuando tratemos sobre el papel de los ritos en la catedral.[4] Sobre este particular hemos tratado en otro lugar, ver aquí. [5] Remitimos al lector interesado en profundizar en estas cuestiones a la obra de Jean Hani ‘La Virgen negra y el misterio de María’. [6] Los Yamas y Niyamas del Yoga hindú.
 

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