Como funciona la alquimia en física y como podemos usarla

En los post anteriores hemos visto que el funcionamiento de un ordenador moderno puede ayudarnos a entender la conciencia. Estudios recientes indican que la misma analogía también puede ayudarnos a comprender y desmitificar la relación entre el cerebro y la mente. En su obra innovadora, Consciousness Explained, Daniel Dennett, codirector del Centro para los Estudios Cognitivos de la Universidad Tufts, dice que podemos considerar que el cerebro es “una especie de ordenador”, y que eso nos ofrece una poderosa metáfora para entender como usamos la información. Las comparaciones de Dennett nos ofrecen exactamente lo que necesitamos para atravesar lo que él denomina la “terra incognita”, o tierra desconocida, entre lo que la ciencia nos dice del cerebro y lo que experimentamos a través de él.

El hombre habitualmente considerado el “padre” de la informática moderna, John von Neumann, calculó en una ocasión que el cerebro humano puede almacenar hasta 280 quintillones de bits de memoria (es decir, 280 con 18 ceros detrás). El cerebro no sólo puede almacenar esa asombrosa cantidad de datos, sino que es capaz de procesarlos más rápidamente que los ordenadores más potentes de nuestros días. Esto es importante, porque nuestra manera de reunir, procesar y almacenar la información de la vida determina nuestras creencias y de dónde proceden.

Estudios realizados en la década de los 70 revelaron que no acumulamos los recuerdos de nuestras experiencias en un lugar específico de nuestro cerebro. El trabajo revolucionario del neurocientífico Karl Pribram ha demostrado que las funciones cerebrales son más globales de lo que pensábamos. Antes de las investigaciones de Pribram se creía que había una correspondencia biunívoca entre ciertos tipos de recuerdos, conscientes e inconscientes y los lugares donde se almacenaban.

El problema surgió cuando las pruebas de laboratorio falsearon la teoría. Los experimentos demostraron que los animales conservaban sus recuerdos y continuaban con sus vidas aunque se les extirparan las partes de sus cerebros que se consideraban responsables de esas funciones. En otras palabras, no había un vínculo directo entre los recuerdos y un lugar físico del recuerdo. Era evidente que la visión mecánica de este órgano y de la memoria no era la respuesta. Estaba ocurriendo otra cosa, algo que acabó resultando misterioso y maravilloso.

Durante su investigación, Pribram percibió similitudes entre el modo el que el cerebro almacena los recuerdos y otra clase de almacenamiento de información que se desarrolló a mediados del siglo XX y recibe el nombre de holograma. Si pidieras a alguien que explicara que es un holograma, probablemente lo describiría como una fotografía especial: cuando la imagen superficial se expone a una luz directa, de repente se torna tridimensional. En el proceso de crear estas imágenes, la luz laser distribuye la imagen por toda la superficie de la fotografía. Es esta propiedad de “distribuirse igualmente” lo que hace que la fotografía holográfica sea diferente de la foto de la típica cámara.

Así, cada parte de la superficie contiene la totalidad de la imagen tal como era originalmente, solo que a una escala menor. Y esta es la definición de holograma. Es un proceso que permite que cada parte de “algo” contenga la totalidad de ese “algo”. La naturaleza es holográfica y usa este principio para compartir información y realizar rápidamente cambios significativos, como mutaciones curativas del ADN.

De modo que tanto si dividimos el universo en galaxias, los seres humanos en átomos o los recuerdos en fragmentos, el principio involucrado sigue siendo el mismo. Cada parte refleja la totalidad, solo que a una escala menor. Esta es la belleza y el poder del holograma: su información está por todas partes y puede ser medida en cualquier punto.

En 1.940, el científico Dennis Gabor empleó complejas ecuaciones, conocidas como las transformaciones de Fourier, para crear los primeros hologramas, y este trabajo le llevó a conseguir el premio nobel en 1.971. Pribram pensó qué si el cerebro funcionaba como un holograma y distribuye la información por sus circuitos, también debería procesar la información tal y como lo hacen las ecuaciones de Fourier. Sabiendo que las células cerebrales crean ondas eléctricas, Pribram fue capaz de examinar las pautas producidas por los circuitos cerebrales empleando las ecuaciones de Fourier. Y su teoría demostró ser correcta. Los experimentos probaron que el cerebro procesa la información de manera equivalente al holograma.

Pribram clarificó su modelo del cerebro usando una simple metafóra de hologramas funcionando dentro de otros hologramas. En una entrevista, explicó: “Los hologramas dentro del sistema visual son hologramas parche”. Se trata de pociones pequeñas de una imagen mayor. “La totalidad de la imagen está compuesta de manera muy parecida al ojo de un insecto, que tiene cientos de pequeñas lentes en lugar de un gran lente… Cuando llegas a experimentarla, obtienes la pauta total completamente ensamblada, como una pieza unificada”. Esta manera radicalmente nueva de vernos a nosotros mismo y al universo nos permite acceder directamente a todas las posibiliades que podríamos haber deseado soñado o imaginado.

Todo comienza en nuestras creencias y los pensamientos en que se basan. Mientras que las creencias mismas se forman en el corazón, los pensamientos de los que proceden se originan en uno de los reinos misteriosos del cerebro: La mente consciente o la subconsciente.

Gregg Braden, La curación espontanea de las creencias.

Isis sin velo Tomo I

Pero lo que especialmente distingue a la Fraternidad, es su maravilloso conocimiento de los recursos del arte médico. Operan por medio de simples y no por hechizos. – (Manuscrito. Informe sobre el origen y atributos de los verdaderos rosacruces)

Pocas verdades tan profundas han dicho los científicos como la expuesta por Cooke en su obra Nueva Química, al decir: “La historia de la ciencia nos demuestra que para arraigar y desarrollarse una verdad científica, es preciso que la época esté debidamente dispuesta a recibirla, pues muchas ideas no dieron fruto por haber caído en suelo estéril; pero tan luego como el tiempo puso el abono, la simiente echó raíces y más tarde frutos… ”Todo estudiante se sorprende al ver el escaso número de verdades que aun los más preclaros talentos añadieron al acopio científico”. La transformación operada recientemente en la química es muy a propósito para llamar la atención de los químicos sobre el particular, que no causaría extrañeza si alterativamente se hubiesen estudiado con imparcial criterio las enseñanzas alquímicas. El puente que salva el abismo abierto entre la nueva química y la vieja alquimia es pequeño en comparación del tendido más audazmente al pasar de la teoría dualística, a la unitaria.

Así como Ampère fué fiador de Avogadro entre los químicos modernos, así también se verá algún día que la hipótesis del od, sustentada por Reichenbach, abre camino para estimar la valía de Paracelso. Hace tan sólo cincuenta años, se consideraba la molécula como el tipo unitario de las combinaciones químicas, y acaso no transcurra tanto tiempo sin que se reconozca el eminente mérito del místico suizo, quien dice en una de sus obras: “Conviene tener en cuenta que el imán es aquel espíritu de vida en el hombre sano, a quien el enfermo busca, y ambos están unidos al caos externo. De esta suerte, el enfermo inficiona al sano por atracción magnética”.

Las obras de Paracelso describen las causas de las enfermedades que afligen a la humanidad, las ocultas relaciones entre la fisiología y la psicología, que en vano se esfuerza en descubrir especulativamente la ciencia moderna, y los específicos y remedios de cada una de las dolencias corporales. También conoció Paracelso el electro–magnetismo tres siglos antes de que (Ersted presumiera haberlo descubierto, según puede inferirse del examen crítico de su peculiar terapéutica. En cuanto a sus descubrimientos químicos, no hay necesidad de enumerarlos, puesto que muchos autores imparciales le tienen por uno de los más insignes químicos de su época. Brierre de Boismont le llama genio, y de acuerdo con Deleuze dice que abrió una nueva era en la historia de la medicina. El secreto de sus felices y mágicas curaciones (como las llamaron entonces), consistía en el soberano menosprecio con que miraba a las tituladas autoridades científicas de su tiempo. A este propósito, dice: “Al investigar la verdad, me he preguntado que de no haber en este mundo maestros de medicina, ¿cómo me las hubiera yo arreglado para aprender este arte? Pues en ningún otro libro que en el siempre abierto de la naturaleza, escrito por el dedo de Dios… Me acusan de no haber entrado en el templo del arte por la puerta principal; pero ¿quién tiene razón? ¿Galeno, Avicena, Mesue, Rhasis o la honrada naturaleza? Yo creo que la naturaleza, y por sus puertas entré guiado por la luz de la naturaleza sin necesidad de candiles de boticario”.

Fundó Paracelso la escuela del magnetismo animal, y descubrió las propiedades del imán. Sus contemporáneos menoscabaron su reputación tachándole de hechicero, en vista de las maravillosas curas que obtenía, como tres siglos después se vió también acusado el barón Du Potet, de brujería y demonolatría, por la Iglesia romana, y de charlatanería por los académicos de Europa. Según dijeron los filósofos del fuego, no hay químico capaz de considerar el “fuego viviente” distintamente de sus colegas, y a este propósito dice Fludd: “Olvidaste lo que tus padres te enseñaron sobre ello, o mejor dicho, nunca lo supiste porque es demasiado elevado para ti”.

El célebre saludador norteamericano Newton ha efectuado más curas instantáneas que enfermos tendrán en toda su vida los más famosos médicos neoyorkinos, y el mismo éxito ha tenido en Francia el zuavo Jacobo. ¿Será posible entonces tachar de alucinaciones o de confabulación de charlatanes y lunáticos los testimonios acopiados durante los últimos cuarenta años? Quien tal hiciera se confesaría mentecato.

Volviendo ahora a Paracelso, diremos que sus obras escritas en estilo enigmático, aunque vigoroso, han de leerse como los rollos de Ezequiel, por dentro y por fuera. Había en aquellos tiempos mucho riesgo en exponer doctrinas heterodoxas, pues la Iglesia estaba en toda su pujanza y menudeaban los autos de fe. Por esta razón vemos que Paracelso, Agrippa y Filaletes fueron tan notables por la piedad de sus declaraciones públicas, como famosos por sus hazañas alquímicas y mágicas. La opinión de Paracelso sobre las propiedades ocultas del imán se halla expuesta en sus obras: Archidaxarum, De Ente Dei y De Ente Astrorum, en la primera de las cuales describe la maravillosa tintura medicinal extraída del imán y denominada magisterium magnetis. Sin embargo, la exposición está en lenguaje no entendido de los profanos y a este propósito dice: “Cualquier campesino echa de ver que el imán atrae al hierro; pero el sabio debe preguntarse por qué… Yo he descubierto que además de esta notoria propiedad de atraer al hierro, tiene el imán otra propiedad oculta”.

Más adelante demuestra Paracelso que en el hombre late una “fuerza sidérea” emanada de los astros, que constituye su forma astral. Esta fuerza sidérea, que pudiéramos llamar espíritu de la materia cometaria, permanece directamente relacionada con los astros de que procede y así quedan los hombres en mutua atracción magnética. Considera también Paracelso, que el cuerpo humano tiene la misma composición química que la tierra y los demás astros, y dice así: “El cuerpo procede de los elementos y el alma de los astros… De los elementos saca el hombre en comida y bebida lo necesario para sustentar su carne y sangre; pero de las estrellas le viene el sustento de la mente y pensamientos de su alma”. Vemos corroboradas hoy estas afirmaciones de Paracelso, por cuanto el espectroscopio demuestra la identidad química, entre el cuerpo humano y el sistema planetario, y los físicos enseñan desde la cátedra la magnética atracción del sol y de los planetas.

Entre los elementos constitutivos del cuerpo humano, se han descubierto ya en el sol, el hidrógeno, sodio, calcio, magnesio y hierro; y en los centenares de estrellas observadas se ha encontrado el hidrógeno, excepto en dos. Por lo tanto, si el espectroscopio ha confirmado al menos una de las afirmaciones de Paracelso, es de esperar que con el tiempo queden corroboradas las demás, no obstante, el menosprecio en que le han tenido astrónomos y químicos por sus teorías sobre la idéntica composición química del hombre y los astros, y por sus ideas acerca de las afinidades y atracciones entre unos y otros.

Pero ocurre preguntar: ¿cómo pudo Paracelso presumir la constitución de los astros, cuando hasta el descubrimiento del espectroscopio nada supieron las academias de química sidérea? Aún hoy día, a pesar de los novísimos procedimientos de observación, sólo se ha logrado indicar la presencia en el sol de unos cuantos elementos y de una cromoesfera hipotética, pues todo lo demás continúa en el misterio. ¿Hubiese podido Paracelso estar tan seguro de la constitución natural de los astros, si no dispusiera de medios como la filosofía hermética y la alquimia, no sólo desconocidos, sino menospreciados por la ciencia?

Además, conviene tener en cuenta que Paracelso descubrió el hidrógeno y conocía perfectamente su naturaleza y propiedades, mucho tiempo antes de que los científicos ortodoxos sospecharan su existencia; que había estudiado astrología y astronomía, como todos los filósofos del fuego, y no se equivocaba al asegurar la directa afinidad del hombre con los astros.

También expuso Paracelso, y a los fisiólogos toca comprobarlo, que el cuerpo no sólo se alimenta por medio del estómago, “sino también, aunque imperceptiblemente, de la natural fuerza magnética de que cada individuo extrae su nutrición específica… ; pues de los elementos en equilibrio atrae el hombre la salud y de los perturbados la enfermedad”. La ciencia admite que los organismos vivientes están sujetos a leyes de afinidad química, y la propiedad más notable de los tejidos orgánicos, según los fisiólogos, es la absorción. Por lo tanto, nada de extraño tiene la afirmación de Paracelso de que el cuerpo humano, a causa de su naturaleza química y magnética, absorbe las influencias siderales. ¿Qué puede objetar la ciencia a la afirmación de que los astros nos atraen y a nuestra vez los atraemos? Así lo prueba el descubrimiento del barón de Reichenbach, de que las emanaciones ódicas del hombre son idénticas a las de los minerales y vegetales.

Paracelso afirmó la unidad constitutiva del universo, al decir, que “el cuerpo humano contiene materia cósmica”, pues el espectroscopio no sólo ha demostrado la existencia en el sol y demás estrellas, fijas de los mismos elementos químicos dé la tierra, sino también que cada estrella es un sol de constitución similar al nuestro. Según Mayer, las condiciones magnéticas de la tierra dependen de las variaciones que sufre la superficie solar a cuyas emanaciones está sujeta, por lo que si las estrellas son soles, también han de influir proporcionalmente en la tierra.

Sigue diciendo Paracelso: “Durante el sueño nos parecemos a las plantas que también tienen cuerpo elementario y vital, pero no espíritu. Entonces el cuerpo astral queda libre y gracias a su elástica índole puede vagar en torno del vehículo dormido o lanzarse al espacio y conversar con sus padres astrales y con sus hermanos, desde lejanas distancias. Los sueños proféticos, la presciencia y los presentimientos son facultades del cuerpo astral negadas al grosero cuerpo físico, que al morir se restituye a los elementos de la tierra, mientras que los distintos espíritus vuelven a los astros. También los animales tienen presentimientos, porque asimismo poseen cuerpo astral.”

Van Helmont, discípulo de Paracelso, repite en gran parte los conceptos de su maestro, aunque expone más acabadamente las teorías del magnetismo y atribuye el magnale magnum o propiedad de mutuo afecto entre dos personas a la simpatía universal entre todas las cosas de la naturaleza. La causa produce el efecto, el efecto reacciona sobre la causa y ambos se influyen recíprocamente. A este propósito dice: “El magnetismo es una fuerza desconocida, de naturaleza celeste, sumamente semejante a la de los astros, que no está impedida por límite alguno de espacio o tiempo… Toda criatura tiene su peculiar potencia celeste y está íntimamente relacionada con el cielo. Esta mágica potencia del hombre permanece latente en el interior hasta que se actualiza en el exterior. Esta sabiduría y poder mágicos están dormidos, pero la sugestión los pone en actividad y se acrecientan a medida que se reprimen las tenebrosas pasiones de la carne… Esto lo consigue el arte cabalístico, que devuelve al alma aquella mágica y sin embargo natural energía y la despierta del sueño en que se hallaba sumida”

Paracelso y Van Helmont reconocen el gran poder de la voluntad durante los éxtasis y dicen que “el espíritu es el medio del magnetismo y está difundido por todas partes”, por lo que la pura y primieval magia no ha de consistir en prácticas supersticiosas ni ceremonias vanas, sino en la imperiosa voluntad del hombre; pues “el alma y el espíritu que en él se ocultan, como el fuego en el pedernal, y no los espíritus celestes ni infernales, dominan la naturaleza física.”

Todos los filósofos medioevales profesaron la teoría de la influencia sidérea en el hombre. A este propósito, dice Cornelio Agrippa: “Las estrellas constan de los mismos elementos que los cuerpos terrestres y por esta razón se atraen recíprocamente las ideas… Las influencias se ejercen tan sólo con auxilio del espíritu difundido por todo el universo en armonía con los espíritus humanos. El que anhele adquirir facultades sobrenaturales debe tener fe, esperanza y amor… En todas las cosas hay un oculto y secreto poder de que dependen las maravillosas facultades mágicas.”

Las modernas teorías del general Pleasanton coinciden con las opiniones de los filósofos del fuego; sobre todo la referente a las electricidades positiva y negativa del hombre y de la mujer y a la atracción y repulsión mutuas de todas las cosas de la naturaleza, que parece tomada de Roberto Fludd, gran maestre de los rosacruces ingleses, quien dice a este propósito: “Cuando dos hombres se acercan uno a otro, su magnetismo es pasivo–negativo o activo–positivo. Si las emanaciones de ambos chocan y se repelen, nace la antipatía; pero cuando se interpenetran sin chocar, el magnetismo es positivo, porque los rayos proceden del centro de la circunferencia, y en este caso, no sólo influyen en las enfermedades, sino también en los sentimientos. Este magnetismo simpático se establece, además de entre los animales, entre éstos y las plantas”. Veamos ahora cómo acogieron los físicos el gran descubrimiento psicológico y fisiológico del magnetismo orgánico, cuando Mesmer llevó a Francia su sistema de cubeta, fundado totalmente en las doctrinas paracélsicas. Esto demostrará cuanta ignorancia, superficialidad y prejuicios puede haber en una corporación científica apegada a sus tradicionales teorías. Conviene insistir en el asunto porque a la negligencia de los académicos franceses de 1784, se debe la actual orientación materialista de las gentes y también los lunares que, según confiesan sus más fervorosos maestros, existen en la teoría atómica. La junta académica encargada en 1784 de examinar los fenómenos mesméricos estaba constituida por eminencias tales como Borie, Sallin, D’Arcet, Guillotin, Franklin, Leroi, Bailly, De Borg y Lavoisier. Por muerte de Borie le sucedió Magault. No cabe duda de que la Junta estaba dominada de hondos prejuicios al comenzar sus tareas por apremiantes órdenes de Luis XVI, y que se colocó en actitud mezquina y parcial para el examen. En su informe, redactado por Bailly, se trataba de dar el golpe de gracia a la nueva teoría, y al efecto se repartió profusamente por los establecimientos de enseñanza y entre el público en general, logrando concitar contra Mesmer la animosidad de gran parte de la nobleza y de ricos comerciantes que antes le patrocinaban por haber presenciado sus admirables curaciones. El distinguido académico Jussieu, que con el ilustre D’Eslon, médico de cámara, había observado cuidadosamente los fenómenos, publicó un minucioso contrainforme en que abogaba por la conveniencia de que la Facultad de Medicina estudiara los efectos terapéuticos del flúido magnético y publicase su parecer sobre el asunto. Esta moción determinó la salida de numerosas memorias, folletos, tratados didácticos y obras polemísticas en que se exponían nuevos hechos, y entre todas aquellas publicaciones sobresalió la muy erudita obra de Thouret titulada: Dudas é investigaciones sobre el magnetismo animal, cuya lectura fué estímulo para la rebusca de antecedentes en la historia de todos los países, cuyos fenómenos magnéticos, desde la más remota antigüedad, llegaron a conocimiento del público.

Las teorías de Mesmer eran sencillamente las mismas de Paracelso, Van Helmont, Santanelli y Maxwell, hasta el punto de que no faltó quien acusara al famoso médico de haber plagiado trozos enteros de una obra de Bertrand. El profesor Stewart dice330 que el universo está compuesto de átomos conectados entre sí como los órganos de una máquina accionada por las leyes de la energía, y aunque el profesor Youmans califique de “moderno” este concepto, lo vemos expuesto ya un siglo antes por Mesmer en sus Cartas a un médico extranjero, que entre otras proposiciones contienen las que siguen:

1.ª Hay recíproca influencia entre los astros, la tierra y los seres vivientes.

2.ª El medio transmisor de esta influencia es un fluido universal y unitónicamente difundido por todas partes, de modo que no consiente vacío alguno, cuya sutilidad excede a toda ponderación y que por su naturaleza es capaz de recibir, propagar y transmitir todas las vibraciones de movimiento.

3.ª Esta influencia recíproca está sujeta a leyes dinámicas desconocidas por ahora. Resulta, en consecuencia, que Stewart no dijo nada nuevo al decir que el universo era semejante a una enorme máquina.

El profesor Mayer corrobora la opinión de Gilbert acerca de que la tierra es un gigantesco imán, y supone que su potencial depende de las emanaciones del sol, pues varía misteriosamente en función de los movimientos terrestres de rotación y traslación y en simpatía con las inmensas oleadas ígneas que agitan la superficie del astro solar, añadiendo que entre el sol y la tierra hay un sucesivo flujo y reflujo de influencias.

Pero la obra citada nos da los mismos conceptos en las siguientes proposiciones de Mesmer:

4.ª De esta acción dimanan alternados efectos que pueden considerarse como flujo y reflujo. 6.ª Por este medio operante, el más universal de cuantos la naturaleza nos presenta, se establecen las relaciones de actividad entre los astros, la tierra y sus partes constituyentes.

7.ª De esta operación dependen las propiedades de la materia así inorgánica como organizada.

8.ª El cuerpo animal experimenta los alternados efectos de este agente por conducto de la substancia nerviosa que transmite su acción.

Newton, antorcha de la ciencia, que creía en el magnetismo según lo enseñaron Paracelso, Van Helmont y demás filósofos del fuego. Nadie negará que la teoría newtoniana de la gravitación universal tiene su raíz en el magnetismo, pues él mismo nos dice que fundaba todas sus especulaciones científicas en el “alma del mundo”, en el universal y magnético agente a que denominó divinum sensorium. A este propósito añade: “Hay un espíritu sutilísimo que penetra todas las cosas, aun los cuerpos más duros, y está oculto en su substancia. Por virtud de la actividad y energía de este espíritu, se atraen recíprocamente los cuerpos y se adhieren al ponerse en contacto. Por él los cuerpos eléctricos se atraen y repelen desde lejanas distancias, y la luz se difunde, refleja, refracta y colora los cuerpos. Por él se mueven los animales y se excitan los sentidos. Pero esto no puede explicarse en pocas palabras, porque nos falta la necesaria experiencia para determinar las leyes que rigen la actividad operante de este agente.

Dos linajes hay de magnetización: la simplemente animal y la trascendente. Esta última depende, por una parte, de la voluntad y aptitud del magnetizador, y por otra, de las cualidades espirituales del sujeto y de su receptibilidad a las vibraciones de la luz astral. Pero no se tardará en reconocer que la clarividencia requiere mucha mayor voluntad en el magnetizador que receptividad en el sujeto, ya que éste, por positivo que sea, habrá de rendirse al poder de un adepto.

Si el magnetizador, mago o entidad espiritual dirige hábilmente la vista del sujeto, la luz astral iluminará sus más hondos arcanos, pues si bien es libro cerrado para quienes miran y no ven, está en cambio siempre abierto para los que quieran leer en él. Allí está anotado cuanto fué, es y será, y aun los más insignificantes actos de nuestra vida y nuestros más escondidos pensamientos quedan fotografiados en sus páginas eternas. Es el libro abierto por mano del ángel del Apocalipsis, el “libro de la vida” que sirve para juzgar a los muertos según sus obras. Es la memoria de Dios.

lámina de 1700, me llama la atención las copas, bastos, oros y espadas que se ve en el círculo.

Dice Zoroastro, que en el éter están figuradas las cosas sin figura y aparecen impresos los pensamientos y caracteres de los hombres, con otras visiones divinas. – Oráculos Caldeos.

Vemos, por lo tanto, que así la antigua como la moderna sabiduría, los vaticinios y la ciencia corroboran unánimemente las enseñanzas cabalísticas. En las indelebles páginas de la luz astral se estampan nuestros pensamientos y acciones y aparecen delineados con pictórica vividez, a los ojos del profeta y del vidente, los acontecimientos futuros y los efectos de causas echadas hace tiempo en olvido. La memoria, cuya naturaleza funcional es desesperación del materialista, enigma para el psicólogo y esfinge para el científico, es para el estudiante de filosofía antigua la potencia compartida con muchos animales inferiores, mediante la cual, inconscientemente, ve en su interior iluminadas por la luz astral las imágenes de pasados pensamientos, actos y sensaciones. El estudiante de ocultismo no ve en los ganglios cerebrales “micrógrafos de lo vivo y de lo muerto, de lugares en que hemos estado y de sucesos en que hemos intervenido”, sino que acude al vasto receptáculo donde por toda la eternidad se almacenan las vibraciones del cosmos y los anales de las vidas humanas.

La ráfaga de memoria que según tradición representa a los náufragos las escenas de su vida pasada, como el fulgor del relámpago descubre momentáneamente el paisaje a los ojos del viajero, no es más que la súbita ojeada que el alma, en lucha con el peligro, da a las silenciosas galerías en que está pintada su historia con impalidecibles colores.

Por la misma causa suelen sernos familiares ciertos parajes y comarcas en que hasta entonces no habíamos estado y recordar conversaciones que por vez primera oímos o escenas acabadas de ocurrir, según de ello hay noventa por ciento de testimonios. Los que creen en la reencarnación aducen estos hechos como otras tantas pruebas de anteriores existencias, cuya memoria se aviva repentinamente en semejantes circunstancias. Sin embargo, los filósofos de la antigüedad y de la Edad Media opinaban que si bien este fenómeno psicológico es uno de los más valiosos argumentos en favor de la inmortalidad y preexistencia del alma, no lo es en pro de la reencarnación, por cuanto la memoria anímica es distinta de la cerebral. Como elegantemente dice Eliphas Levi: “la naturaleza cierra las puertas después de pasar una cosa é impele la vida hacia delante”, en más perfeccionadas formas. La crisálida se metamorfosea en mariposa, pero jamás vuelve a ser oruga. En el silencio de la noche, cuando el sueño embarga los corporales sentidos y reposa nuestro cuerpo físico, queda libre el astral, según dice Paracelso, y deslizándose de su terrena cárcel, se encamina hacia sus progenitores y platica con las estrellas”. Los sueños, presentimientos, pronósticos, presagios y vaticinios son las impresiones del cuerpo astral en el cerebro físico, que las recibe más o menos profundamente, según la intensidad del riego sanguíneo durante el sueño. Cuanto más débil esté el cuerpo físico, más vívida será la memoria anímica y de mayor libertad gozará el espíritu. Cuando después de profundo y reposado sueño sin ensueños se restituye el hombre al estado de vigilia, no conserva recuerdo alguno de su existencia nocturna y, sin embargo, en su cerebro están grabadas, aunque latentes bajo la presión de la materia, las escenas y paisajes que vió durante su peregrinación en el cuerpo astral. Estas latentes imágenes pueden revelarse por los relámpagos de anímica memoria que establecen momentáneos intercambios de energía entre el universo visible y el invisible, es decir, entre los ganglios micrográficos cerebrales y las películas escenográficas de la luz astral. Por lo tanto, un hombre que nunca haya estado personalmente en un paraje ni visto a determinada persona, puede asegurar que ha estado y la ha visto, porque adquirió el conocimiento mientras actuaba en “espíritu”. Los fisiólogos sólo pueden objetar a esto diciendo que en el sueño natural y profundo está la voluntad inerte y es incapaz de actuar, tanto más cuanto no creen en el cuerpo astral y el alma les parece poco menos que un mito poético. Blumenbach afirma que durante el sueño queda en suspenso toda comunicación entre cuerpo y mente; pero Richardson, de la Sociedad Real de Londres, redarguye acertadamente al fisiólogo alemán, diciéndole que se ha excedido en sus afirmaciones, pues no se conocen todavía a punto fijo las relaciones entre cuerpo y mente. Añadamos a esta opinión la del fisiólogo francés Fournié y la del eminente médico inglés Allchin, quien confiesa con entera franqueza que no hay profesión científica de tan insegura base como la medicina, y veremos que no sin justicia deben oponerse las ideas de los sabios antiguos frente a las de la ciencia moderna.

Nadie, por grosero y material que sea, deja de vivir en el universo invisible al par que en el visible. El principio vital que anima su organismo físico reside principalmente en el cuerpo astral, cuyas partículas densas quedan inertes, mientras las sutiles no reconocen límite ni obstáculo. Bien sabemos que tanto los sabios como los ignorantes preferirán mantenerse en el prejuicio de que no es posible saber de donde dimana el agente vital, antes de conceder ni un momento de atención a lo que llaman rancias y desprestigiadas teorías. Algunos objetarán desde el punto de vista teológico que el alma de los brutos no es inmortal, pues tanto teólogos como legos confunden erróneamente el alma con el espíritu. Pero si estudiamos a Platón y otros filósofos antiguos, advertiremos que mientras el cuerpo astral no pasa de tener una existencia más o menos larga después de la muerte física, el espíritu divino (impropiamente llamado alma por los teólogos) es esencialmente inmortal. Si el principio vital fuese algo independiente del cuerpo astral, no estaría de seguro la clarividencia en tan directa relación con la debilidad física del sujeto. Cuanto más profundo sea el sueño hipnótico y menos signos de vida se noten en el cuerpo físico, tanto más clara será la percepción espiritual, y tanto más penetrante la vista del alma que desprendida de los sentidos corporales actúa con incomparablemente mayor potencia que cuando le sirve de vehículo un cuerpo sano y vigoroso. Brierre de Boismont nos da repetidos ejemplos de ello en demostración de que los cinco sentidos son mucho más agudos en estado hipnótico que en el de vigilia. Estos fenómenos prueban incontrovertiblemente la continuidad de la vida siquiera por algún tiempo después de muerto el cuerpo físico.

Aunque durante nuestra breve estancia en la tierra pueda compararse el alma a una luz puesta debajo del celemín, no deja de brillar por ello y de recibir la influencia de espíritus afines, de modo que todo pensamiento bueno o malo atrae vibraciones de su misma naturaleza, tan irresistiblemente. como el imán atrae las limaduras de hierro, en proporción a la intensidad de las vibraciones etéreas del pensamiento; y así se explica que un hombre se sobreponga imperiosamente a su tiempo y que su influencia se transmita de una a otra época por medio de las recíprocas corrientes de energía entre los mundos visible e invisible, hasta afectar a gran parte del género humano. Difícil sería determinar las lindes que en este punto han puesto a su pensamiento los autores de la famosa obra El Universo invisible, pero del siguiente pasaje podemos inferir que no dijeron todo cuanto pensaban. Dice así:

“Sea como quiera, no cabe duda de que las propiedades del éter son en el campo de la naturaleza muy superiores a las de la materia tangible. Y como la índole de ésta, salvo en algunos pormenores de poca importancia, se halla mucho más allá de la penetración de las lumbreras científicas, no llevaremos adelante nuestras disertaciones. Basta a nuestro propósito conocer los efectos del éter cuya potencialidad supera a cuanto nadie ha osado decir”.

Uno de los más notables descubrimientos de los tiempos modernos, es la facultad que algunas personas receptivas poseen de describir el carácter y aspecto de una persona o los sucesos ocurridos, con tal de retener en la mano y pasárselo por la frente un objeto cualquiera relacionado con la persona o el suceso, por mucho que sea el tiempo transcurrido. Así, una piedra ruinosa le representará la historia del edificio a que perteneciera, con las escenas ocurridas en su interior y alrededores; un pedazo de mineral despertará en su alma la visión retrospectiva de la época de su formación. Esta facultad fué descubierta por el profesor Buchanan de Louisville (Kentucky), quien le dió el nombre de psicometría. A este sabio debe el mundo tan importante complemento de las ciencias psicológicas, y de seguro que merecerá ser honrado en estatua cuando la frecuencia de los experimentos psicométricos acaben de una vez con el escepticismo. Al publicar su descubrimiento se contrajo Buchanan a la utilidad de la psicometría para bosquejar el carácter de las personas, y dice a este propósito: “Parece que es indeleble la influencia mental y fisiológica que recibe un manuscrito, pues los más antiguos ejemplares de que me valí en las experiencias revelaban precisa y vigorosamente sus impresiones, apenas debilitadas por el tiempo. Por virtud de la psicometría fué posible leer, sin dificultad alguna, manuscritos antiguos cuya ordinaria interpretación hubiese requerido el auxilio de los paleólogos. Pero no únicamente los manuscritos retienen las impresiones mentales, sino que también los dibujos, pinturas y cualquier otro objeto que haya recibido el contacto mental y volitivo de una persona, le pueden servir a otra de medio de descripción psicométrica… Este descubrimiento tendrá incalculables consecuencias en su aplicación a las artes y a la historia”.

Añade Denton en la misma obra: “No se mueve una hoja ni se levanta una onda ni se arrastra un insecto; sin que registren sus movimientos mil fieles escribanos en infalibles é indelebles escrituras. Así ocurre con lo sucedido en pasados tiempos. Continuamente ha estado la naturaleza fotografiándolo todo, desde que brilló la luz sobre la tierra, cuando sobre la cuna del recién nacido planeta flotaban vaporosas cortinas, hasta el momento actual. ¡Y qué fotografías!”

Nos parece el colmo de la imposibilidad que en la materia atómica hayan quedado grabados los hechos ocurridos en la antigua Tebas o en algún templo prehistórico. Sin embargo, las imágenes de estos hechos están saturadas de aquel agente universal que todo lo penetra y todo lo retiene, llamado por los filósofos “alma del mundo” y por el geólogo Denton el “alma de las cosas”. Al aplicarse el psicómetra a la frente un objeto determinado, relaciona su yo interno con el alma del objeto y se pone en contacto con la corriente de luz astral que, relacionada con dicho objeto, retiene las descripciones de los sucesos concernientes a su historia los cuales, según Denton, pasan ante la vista del psicómetra con la velocidad del rayo, en vertiginosa sucesión de escenas que tan sólo con mucha fuerza de voluntad es posible detenerlas en el campo visual para describirlas.

El psicómetra es clarividente, pues ve con la vista interna; pero su visión de personas, lugares y sucesos resultará confusa, a menos que con potente fuerza de voluntad haya educado la percepción visual. Sin embargo, en los casos de hipnotismo, la clarividencia del sujeto depende de la voluntad del hipnotizador, quien, por lo tanto, puede detener la atención de aquél en determinada imagen todo el tiempo necesario para describirlo en sus más prolijos pormenores. Por otra parte, el sujeto sometido a la influencia de un hábil hipnotizador aventaja al psicómetra espontáneo en la clara y distinta predicción del porvenir.

(Está ya admitido que el éter interpenetra toda clase de materia, aun la más densa, y ya empieza a admitirse que retiene las imágenes de cuanto ha sucedido.)

Si alguien objeta diciendo que no es posible ver lo que “todavía no existe”, le responderemos que tan posible es ver lo futuro como se ve lo pasado, que ya no existe. Según las enseñanzas cabalísticas, lo futuro está en embrión en la luz astral, como también lo presente estaba en embrión antes de serlo. El hombre es libre de obrar a su albedrío, pero desde el origen de los tiempos está previsto el uso que hará de este albedrío, sin que tal previsión suponga fatalismo ni hado, sino que resulta de la inmutable armonía del universo, así como de antemano se conocen las vibraciones peculiares de cada nota que se haya de pulsar. Además, la eternidad del tiempo no tiene pasado ni futuro, sino tan sólo presente, de la propia manera que la inmensidad del espacio no tiene en rigor puntos cercanos ni lejanos. En el mezquino campo de nuestras experiencias, nos esforzamos en concebir, si no el fin, por lo menos el principio del tiempo y del espacio, que en realidad no tienen principio ni fin, pues de tenerlo, ni el tiempo sería eterno ni ilimitado el espacio. Como hemos dicho, no hay pasado ni futuro; pero nuestra memoria refleja las imágenes grabadas en la luz astral, como el psicómetra las emanaciones astrales de los objetos palpados. Al tratar de la influencia de la luz en los cuerpos y de la formación de imágenes fotográficas, dice el profesor Hitchcock: “Parece como si esta influencia interpenetrara la naturaleza toda sin detenerse en puntos definidos. No sabemos si la luz puede retratar en los objetos circundantes nuestras facciones demudadas por la emoción y dejar de esta suerte fotografiadas en la naturaleza nuestras acciones… Posible es también que haya procedimientos superiores a los del más hábil fotógrafo, por cuyo medio revele y fije la naturaleza estas fotografías de modo que, con sentidos más agudos que los nuestros, se vean como en un inmenso lienzo extendido sobre el universo material. Quizás no se borren nunca estas fotografías del lienzo, sino que perduren en el vasto museo pictórico de la eternidad”.

La duda manifestada en el quizás de Hitchcock se ha trocado en triunfadora certeza por valimiento de la psicometría. Sin embargo, cuantos hayan observado la cualidad psíquica de clarividencia advertirán que Hitchcock no debiera haber supuesto la necesidad de más agudos sentidos para ver las imágenes, sino decir que habían de superar en penetración a los corporales, porque para el espíritu humano, dimanante del inmortal y divino Espíritu, no hay pasado ni futuro, sino que todo lo tiene presente.

(Las fotografías a que se refiere Hitchcock en el pasaje citado tienen por placa la luz astral donde se registra todo cuanto ha sido, es y será, según afirman las enseñanzas herméticas ya corroboradas en parte por la ciencia).

De algún tiempo a esta parte han comenzado los científicos a estudiar este asunto hasta hoy difamado con nota de superstición. Discurrieron primero acerca de los hipotéticos mundos invisibles y a todos se adelantaron los autores de la obra: El Universo invisible, a quienes siguió el profesor Fiske con la suya: El mundo invisible. Esto prueba que el terreno del materialismo se hunde bajo los pies de los científicos, quienes se disponen a capitular honrosamente en caso de derrota. Jevons corrobora las opiniones de Babbage y ambos afirman que los pensamientos ponen en vibración las partículas del cerebro y las difunden por el universo, de suerte que “cada partícula material es una placa registradora de cuanto ha sucedido”344. Por otra parte el doctor Young, en sus conferencias sobre filosofía natural, apunta “la posibilidad de que haya mundos invisibles y desconocidos en aislada independencia unos, en recíproca interpretación otros, y algunos cuya existencia no requiera por modalidad el espacio”.

Si los científicos discurren de esta suerte, partiendo del principio de continuidad según el cual la energía se transmite al universo invisible, no se les ha de negar el mismo discurso a los ocultistas y espiritualistas. La ciencia admite hoy que las imágenes especulares quedan impresas indefinidamente sobre una superficie pulimentada, y a este propósito dice Draper: “La sombra proyectada sobre una pared deja allí una huella que puede revelarse mediante manipulaciones convenientes… Los retratos de nuestros amigos o las imágenes de la campiña quedan ocultos bajo la superficie sensible de nuestros ojos, hasta que las revelamos por adecuados medios. Una imagen espectral está encubierta bajo una superficie de plata bruñida o de cristal pulido, hasta que la nigromancia la revela al mundo visible. En las paredes de nuestros más retirados aposentos, al abrigo de indiscretas miradas, en la soledad de nuestro apartamiento inaccesible a los extraños, están las huellas de nuestros actos y las siluetas de cuanto hicimos”.

Si tan indelebles impresiones puede recibir la materia inorgánica y nada se aniquila en el universo, no cabe rechazar la hipótesis de que “el pensamiento actúe en la materia de otro universo al par que en la del nuestro y prever de esta suerte lo futuro”.

A nuestro entender, si la psicometría es valiosa prueba de la indestructibilidad de la materia, que retiene eternamente las impresiones recibidas, también es la clarividencia psicométrica no menos valiosa prueba de la inmortalidad del espíritu humano. Puesto que la facultad psicométrica es capaz de describir sucesos ocurridos hace centenares de miles de años, ¿por qué no aplicar la misma facultad al conocimiento de un porvenir sumido en la eternidad, que no tiene pasado ni futuro, sino tan sólo el presente sin límites?

Algunos reflexionaron sobre la índole de este proteico agente que no podían pesar ni medir con sus aparatos, y dijeron que era “un medio hipotético sumamente elástico y sutil que se supone ocupa los espacios intersiderales é interatómicos y sirve de medio transmisor del calor y de la luz”. Otros, a quienes llamaríamos los fuegos fatuos o hijos espurios de la ciencia, se tomaron la molestia de observar el éter con lentes de mucho alcance, según nos dicen; pero al no ver espíritus ni espectros, ni descubrir entre sus aleves ondulaciones nada de más científica índole, viraron en redondo para tachar con lastimero acento de “mentecatos y lunáticos visionarios”, no sólo a los espiritistas en particular, sino a cuantos creen en la inmortalidad. Dicen sobre este particular los autores de El Universo invisible: “Han estudiado en el universo objetivo ese misterio que llamamos vida. El error consiste en creer que todo cuanto desaparece de la observación, desaparece también del universo. Sin embargo, no hay tal, porque únicamente desaparece del pequeño círculo de luz a que podemos llamar universo de observación científica. Es un trínico misterio en la materia, en la vida y en Dios; pero los tres misterios son uno solo”. En otro pasaje añaden: “El universo visible debe seguramente tener un límite de energía transformable y probablemente el mismo límite en su materia; pero como el principio de continuidad repugna toda limitación, ha de haber sin duda algo más allá de lo visible, de modo que el mundo visible no es el universo total sino tan sólo una pequeña parte de él”. Además, atendiendo los autores al concepto del origen y fin del universo visible, dicen que si fuese todo cuanto existe, habría ruptura de continuidad tanto en la súbita manifestación primaria de él como en su ruina final…. Ahora bien; ¿no es lógico suponer que el universo invisible, en cuya existencia razonablemente creemos, esté en condiciones de recibir la energía del visible?.. Cabe, por lo tanto, considerar el éter o medio transmisor como un puente entre ambos universos, que de esta manera quedan conglomerados en uno solo. En fin, lo que generalmente se llama éter puede ser, además de un medio transmisor, el orden de cosas invisibles, de modo que los movimientos del universo visible se comunican al éter y éste los transmite como por un puente al invisible, que los recibe, transforma y almacena. Podemos decir, por lo tanto, que cuando la energía se transmite de la materia al éter, pasa del mundo visible al invisible y cuando del éter va a la materia se transfiere del mundo invisible al visible”.

Precisamente es así. Cuando la ciencia adelante algunos pasos más en este camino y estudie detenidamente el “hipotético medio transmisor” podrá salvar sin peligro el abismo que Tyndall ve abierto entre el cerebro físico y la conciencia.

Algunos años antes, en 1856, el por entonces famoso doctor Jobard de París expuso acerca del éter el mismo concepto sustentado después por los autores de El Universo invisible. Con asombro del mundo científico, dijo el doctor Jobard a este propósito: “Acabo de hacer un descubrimiento que me asusta. Hay dos modalidades de electricidad: una ciega y ruda, dimanante del contacto de los metales con los ácidos (purga grosera), y otra racional y clarividente. La electricidad se ha bifurcado en manos de Galvani, Nobili y Matteuci. La corriente ruda tomó la dirección señalada por Jacobi, Bonelli y Moncal, mientras que la corriente lúcida quedó en manos de Bois–Robert, Thilorier y Duplanty. La esfera eléctrica o electricidad globular entraña un pensamiento que desobedece a Newton y a Mariotte para moverse a su antojo… En los anales de la Academia hay mil pruebas de la inteligencia del rayo eléctrico… Pero noto que voy siendo en demasía indiscreto. A poco más doy la clave que ha de llevarnos al descubrimiento del espíritu universal”.

Todas las citas iluminan con nueva luz la sabiduría de los antiguos. Ya vimos que los Oráculos caldeos exponen en parecido lenguaje el mismo concepto del éter que los autores de El Universo invisible, pues dicen que “del éter proceden todas las cosas y a él han de volver y que en él están indeleblemente grabadas las imágenes de todas las cosas, porque es almacén de ideas y troj de los gérmenes y de los residuos de las formas visibles”. Esto corrobora nuestra afirmación de que todo descubrimiento moderno tuvo su parigual hace miles de años entre nuestros cándidos antepasados. Vista, en el punto en que estamos, la actitud de los escépticos respecto de los fenómenos psíquicos, cabe asegurar que aunque la clave referida por Jobard estuviera en el borde del “abismo”, no habría ningún Tyndall capaz de agacharse a recogerla.

¡Cuán limitadas han de parecerles a algunos cabalistas estas tentativas para escrutar el hondo misterio del éter universal! Porque por muy superiores que respecto a las de la ciencia contemporánea sean las ideas de los autores de El Universo invisible, resultan por demás familiares para los maestros de la filosofía hermética, quienes no sólo consideraban el éter como el puente tendido entre el universo visible y el invisible, sino que osadamente recorrían todos sus tramos hasta llegar a las misteriosas puertas que los científicos no quieren o tal vez no pueden abrir.

Cuanto más ahondan los investigadores modernos en sus observaciones, tanto más frecuentemente les dan en rostro los descubrimientos antiguos. Expone el geólogo francés Beaumont una teoría sobre los movimientos internos del globo en relación con la corteza terrestre, y echa de ver que se le habían adelantado los antiguos en la exposición. Preguntamos cuál es la más novísima hipótesis acerca de la formación de los yacimientos minerales, y nos dice Hunt que el agua es el disolvente universal, según ya afirmó Tales de Mileto veinticuatro siglos atrás al enseñar que el agua es el originario elemento de todas las cosas.

Pero comparemos sus anteriores opiniones con las de Paracelso y Van Helmont, según las traducciones inglesas de sus obras. Dicen que el alkahest determina los efectos siguientes:

1.º “Nunca extingue las propiedades virtuales de los cuerpos disueltos en él. Por ejemplo, si el oro se trata por el alkahest se forma una sal de oro; si el antimonio, una sal de antimonio, etc. 2.º El cuerpo manipulado se descompone en tres principios: sal, azufre y mercurio; pero después queda únicamente la sal volátil, que por último se convierte en agua clara.

3.º Todo cuanto el alkahes disuelve se puede convertir en volátil mediante el baño de arena, y si luego de volatilizado el disolvente se destila la substancia soluble, se convierte en agua pura e insípida, pero siempre en cantidad equivalente al original”.

Por su parte dice Van Helmont que el alkahest disuelve los cuerpos más rebeldes en substancias de las mismas propiedades virtuales de peso idéntico al cuerpo disuelto… Destilada repetidas veces esta sal (á que Paracelso llama sal circulatum), pierde toda su fijeza y acaba por convertirse en un agua insípida en cantidad equivalente a la sal de que procede”

Las alegaciones de Cooke en pro de la ciencia moderna con respecto a la fraseología hermética, podrían aplicarse también a la escritura hierática de Egipto que encubre todo cuanto convenía encubrir. Si Cooke trata de aprovecharse de la labor del pasado, ha de recurrir a la criptografía y no a la sátira. Paracelso, como los demás alquimistas, exprimía su ingenio en la transposición literal y abreviatura de palabras y frases; y así, por ejemplo, escribe sufratur en vez de tártaro, mutrin por nitro, etcétera. Son innumerables las interpretaciones supuestas de la palabra alkahest. Unos creen que era una doble sal de tártaro; otros le daban la misma significación que a la voz alemana antigua algeist, equivalente a espirituoso. Paracelso llama a la sal “centro de agua donde han de morir los metales”; de lo que algunos, como por ejemplo, Glauber, infieren que el alkahest era espíritu de sal. Se necesita mucha osadía para decir que Paracelso y sus colegas ignoraban la distinción entre los cuerpos simples y sus combinaciones, pues aunque no les diesen los mismos nombres que hoy les dan los químicos, obtenían resultados imposibles de lograr sin conocer la índole de las substancias manipuladas. Nada importa el nombre que Paracelso dio al gas resultante de la reacción del hierro y el ácido sulfúrico, si las autoridades en química reconocen que descubrió el hidrógeno.

Su mérito es el mismo. Y nada tampoco importa que Van Helmont encubriera bajo la denominación de “virtudes seminales” las propiedades inherentes a los elementos químicos que, al combinarse, las modifican temporáneamente sin perderlas en modo alguno, pues no por su enigmático lenguaje dejó de ser el químico más ilustre de su época en parigualdad de mérito con los del día. Afirmaba Van Helmont, que el aurum potábile podía obtenerse por medio del alkahest, salificando el oro de suerte que sin perder sus “virtudes seminales” se disolviera en el agua. Cuando los químicos sepan, no lo que Van Helmont decía que entendía, ni lo que se supone entendía, sino lo que en realidad entendía por aurum potabile, alkahest, sal y virtudes seminales, podrán definir su actitud respecto a los filósofos del fuego y a los antiguos maestros cuyas místicas enseñanzas respetuosamente siguieron. De todos modos, este lenguaje de Van Helmont, aun tomado en sentido exotérico, demuestra que conocía la solubilidad de las combinaciones metálicas en el agua, en lo que basa Hunt su hipótesis acerca de los yacimientos metalíferos. A este propósito dice en una de sus conferencias: “Los alquimistas buscaron en vano el disolvente universal; pero nosotros sabemos hoy que el agua, a favor de la presión y la temperatura, y en presencia de ciertos cuerpos muy abundantes en la naturaleza, tales como el ácido carbónico y los carbonatos y sulfatos alcalinos, disuelve las substancias al parecer más insolubles y obra como el alkahest o menstruo universal durante tanto tiempo buscado”.

“Podrá darnos alguna luz sobre esto la observación de que, para Van Helmont y Paracelso, el agua era el instrumento universal de la química y la filosofía natural, y diputaban el fuego por causa eficiente de todas las cosas. Creían, además, que la tierra entrañaba virtudes seminales, y que el agua, al disolver y fermentar las substancias térreas, como sucede con el fuego, produce todas las cosas y origina los reinos mineral, vegetal y animal”.

Los alquimistas conocían por completo la universal potencia disolvente del agua, y en las obras de Paracelso, Van Helmont, Filaleteo, Pantatem, Taquenio y Boyle, se establece explícitamente la propiedad por excelencia del alkahest, esta es, la de “disolver y transmutar todos los cuerpos sublunares excepto el agua.” No cabe suponer, por lo tanto, que hombre de tan irreprensible conducta y de tan vasto saber como Van Helmont, asegurara formalmente poseer el secreto si únicamente hubiese sido mera presunción de poseerlo.

“Puesto que el organismo corporal está animado interiormente por una fuerza supeditada o no al espíritu, alma, mente o lo que quiera que constituya el ser individual llamado hombre, es lógico inferir que todo movimiento externo al cuerpo tiene por causa la misma fuerza que produce el movimiento en el interior del cuerpo. Y así como esta fuerza externa suele estar dirigida por la inteligencia, también esta inteligencia dirige la fuerza interna”.

Para mejor comprender el pensamiento de Sergeant Cox en esta hipótesis, la dividiremos en cuatro proposiciones:

1º La fuerza productora de los fenómenos psíquicos procede del médium y por consiguiente dimana de él.

2º La inteligencia que dirige la fuerza productora del fenómeno podría ser distinta de la inteligencia del médium; pero como no hay prueba suficiente de ello, es muy probable que la inteligencia directora sea la del médium.

3º La fuerza que mueve la mesa es idéntica a la que mueve el cuerpo del médium.

4º Los espíritus de los difuntos para nada intervienen en la producción de los fenómenos psíquicos.

Todo movimiento, sea de un cuerpo vivo o de un cuerpo inorgánico, requiere tres condiciones: voluntad, fuerza y materia, que pueden transmutarse de conformidad con el principio de la conservación de la energía dirigida, o mejor dicho, cobijada por la Mente divina de que tan insidiosamente se empeñan los escépticos en prescindir, pero sin cuya presidencia no se moverían los gusanillos en la tierra ni al beso de la brisa las hojas del árbol. Los científicos llaman leyes cósmicas a las modalidades de energía y de materia y las consideran inmutables é invariables en su acción; pero más allá de estas leyes hemos de inquirir la causa inteligente que al establecer el régimen infundió en ellas su conciencia. No es posible concebir una causa primera, una voluntad universal, Dios en suma, si no le atribuimos inteligencia.

Vuestra en la Santa Ciencia Ana Suero Sanz.

– Artículo*: Filosofía Oculta –

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*No suscribimos necesariamente las opiniones o artículos aquí enlazados

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Como funciona la alquimia en física y como podemos usarla

En los post anteriores hemos visto que el funcionamiento de un ordenador moderno puede ayudarnos a entender la conciencia. Estudios recientes indican que la misma analogía también puede ayudarnos a comprender y desmitificar la relación entre el cerebro y la mente. En su obra innovadora, Consciousness Explained, Daniel Dennett, codirector del Centro para los Estudios Cognitivos de la Universidad Tufts, dice que podemos considerar que el cerebro es “una especie de ordenador”, y que eso nos ofrece una poderosa metáfora para entender como usamos la información. Las comparaciones de Dennett nos ofrecen exactamente lo que necesitamos para atravesar lo que él denomina la “terra incognita”, o tierra desconocida, entre lo que la ciencia nos dice del cerebro y lo que experimentamos a través de él.

El hombre habitualmente considerado el “padre” de la informática moderna, John von Neumann, calculó en una ocasión que el cerebro humano puede almacenar hasta 280 quintillones de bits de memoria (es decir, 280 con 18 ceros detrás). El cerebro no sólo puede almacenar esa asombrosa cantidad de datos, sino que es capaz de procesarlos más rápidamente que los ordenadores más potentes de nuestros días. Esto es importante, porque nuestra manera de reunir, procesar y almacenar la información de la vida determina nuestras creencias y de dónde proceden.

Estudios realizados en la década de los 70 revelaron que no acumulamos los recuerdos de nuestras experiencias en un lugar específico de nuestro cerebro. El trabajo revolucionario del neurocientífico Karl Pribram ha demostrado que las funciones cerebrales son más globales de lo que pensábamos. Antes de las investigaciones de Pribram se creía que había una correspondencia biunívoca entre ciertos tipos de recuerdos, conscientes e inconscientes y los lugares donde se almacenaban.

El problema surgió cuando las pruebas de laboratorio falsearon la teoría. Los experimentos demostraron que los animales conservaban sus recuerdos y continuaban con sus vidas aunque se les extirparan las partes de sus cerebros que se consideraban responsables de esas funciones. En otras palabras, no había un vínculo directo entre los recuerdos y un lugar físico del recuerdo. Era evidente que la visión mecánica de este órgano y de la memoria no era la respuesta. Estaba ocurriendo otra cosa, algo que acabó resultando misterioso y maravilloso.

Durante su investigación, Pribram percibió similitudes entre el modo el que el cerebro almacena los recuerdos y otra clase de almacenamiento de información que se desarrolló a mediados del siglo XX y recibe el nombre de holograma. Si pidieras a alguien que explicara que es un holograma, probablemente lo describiría como una fotografía especial: cuando la imagen superficial se expone a una luz directa, de repente se torna tridimensional. En el proceso de crear estas imágenes, la luz laser distribuye la imagen por toda la superficie de la fotografía. Es esta propiedad de “distribuirse igualmente” lo que hace que la fotografía holográfica sea diferente de la foto de la típica cámara.

Así, cada parte de la superficie contiene la totalidad de la imagen tal como era originalmente, solo que a una escala menor. Y esta es la definición de holograma. Es un proceso que permite que cada parte de “algo” contenga la totalidad de ese “algo”. La naturaleza es holográfica y usa este principio para compartir información y realizar rápidamente cambios significativos, como mutaciones curativas del ADN.

De modo que tanto si dividimos el universo en galaxias, los seres humanos en átomos o los recuerdos en fragmentos, el principio involucrado sigue siendo el mismo. Cada parte refleja la totalidad, solo que a una escala menor. Esta es la belleza y el poder del holograma: su información está por todas partes y puede ser medida en cualquier punto.

En 1.940, el científico Dennis Gabor empleó complejas ecuaciones, conocidas como las transformaciones de Fourier, para crear los primeros hologramas, y este trabajo le llevó a conseguir el premio nobel en 1.971. Pribram pensó qué si el cerebro funcionaba como un holograma y distribuye la información por sus circuitos, también debería procesar la información tal y como lo hacen las ecuaciones de Fourier. Sabiendo que las células cerebrales crean ondas eléctricas, Pribram fue capaz de examinar las pautas producidas por los circuitos cerebrales empleando las ecuaciones de Fourier. Y su teoría demostró ser correcta. Los experimentos probaron que el cerebro procesa la información de manera equivalente al holograma.

Pribram clarificó su modelo del cerebro usando una simple metafóra de hologramas funcionando dentro de otros hologramas. En una entrevista, explicó: “Los hologramas dentro del sistema visual son hologramas parche”. Se trata de pociones pequeñas de una imagen mayor. “La totalidad de la imagen está compuesta de manera muy parecida al ojo de un insecto, que tiene cientos de pequeñas lentes en lugar de un gran lente… Cuando llegas a experimentarla, obtienes la pauta total completamente ensamblada, como una pieza unificada”. Esta manera radicalmente nueva de vernos a nosotros mismo y al universo nos permite acceder directamente a todas las posibiliades que podríamos haber deseado soñado o imaginado.

Todo comienza en nuestras creencias y los pensamientos en que se basan. Mientras que las creencias mismas se forman en el corazón, los pensamientos de los que proceden se originan en uno de los reinos misteriosos del cerebro: La mente consciente o la subconsciente.

Gregg Braden, La curación espontanea de las creencias.

Isis sin velo Tomo I

Pero lo que especialmente distingue a la Fraternidad, es su maravilloso conocimiento de los recursos del arte médico. Operan por medio de simples y no por hechizos. – (Manuscrito. Informe sobre el origen y atributos de los verdaderos rosacruces)

Pocas verdades tan profundas han dicho los científicos como la expuesta por Cooke en su obra Nueva Química, al decir: “La historia de la ciencia nos demuestra que para arraigar y desarrollarse una verdad científica, es preciso que la época esté debidamente dispuesta a recibirla, pues muchas ideas no dieron fruto por haber caído en suelo estéril; pero tan luego como el tiempo puso el abono, la simiente echó raíces y más tarde frutos… ”Todo estudiante se sorprende al ver el escaso número de verdades que aun los más preclaros talentos añadieron al acopio científico”. La transformación operada recientemente en la química es muy a propósito para llamar la atención de los químicos sobre el particular, que no causaría extrañeza si alterativamente se hubiesen estudiado con imparcial criterio las enseñanzas alquímicas. El puente que salva el abismo abierto entre la nueva química y la vieja alquimia es pequeño en comparación del tendido más audazmente al pasar de la teoría dualística, a la unitaria.

Así como Ampère fué fiador de Avogadro entre los químicos modernos, así también se verá algún día que la hipótesis del od, sustentada por Reichenbach, abre camino para estimar la valía de Paracelso. Hace tan sólo cincuenta años, se consideraba la molécula como el tipo unitario de las combinaciones químicas, y acaso no transcurra tanto tiempo sin que se reconozca el eminente mérito del místico suizo, quien dice en una de sus obras: “Conviene tener en cuenta que el imán es aquel espíritu de vida en el hombre sano, a quien el enfermo busca, y ambos están unidos al caos externo. De esta suerte, el enfermo inficiona al sano por atracción magnética”.

Las obras de Paracelso describen las causas de las enfermedades que afligen a la humanidad, las ocultas relaciones entre la fisiología y la psicología, que en vano se esfuerza en descubrir especulativamente la ciencia moderna, y los específicos y remedios de cada una de las dolencias corporales. También conoció Paracelso el electro–magnetismo tres siglos antes de que (Ersted presumiera haberlo descubierto, según puede inferirse del examen crítico de su peculiar terapéutica. En cuanto a sus descubrimientos químicos, no hay necesidad de enumerarlos, puesto que muchos autores imparciales le tienen por uno de los más insignes químicos de su época. Brierre de Boismont le llama genio, y de acuerdo con Deleuze dice que abrió una nueva era en la historia de la medicina. El secreto de sus felices y mágicas curaciones (como las llamaron entonces), consistía en el soberano menosprecio con que miraba a las tituladas autoridades científicas de su tiempo. A este propósito, dice: “Al investigar la verdad, me he preguntado que de no haber en este mundo maestros de medicina, ¿cómo me las hubiera yo arreglado para aprender este arte? Pues en ningún otro libro que en el siempre abierto de la naturaleza, escrito por el dedo de Dios… Me acusan de no haber entrado en el templo del arte por la puerta principal; pero ¿quién tiene razón? ¿Galeno, Avicena, Mesue, Rhasis o la honrada naturaleza? Yo creo que la naturaleza, y por sus puertas entré guiado por la luz de la naturaleza sin necesidad de candiles de boticario”.

Fundó Paracelso la escuela del magnetismo animal, y descubrió las propiedades del imán. Sus contemporáneos menoscabaron su reputación tachándole de hechicero, en vista de las maravillosas curas que obtenía, como tres siglos después se vió también acusado el barón Du Potet, de brujería y demonolatría, por la Iglesia romana, y de charlatanería por los académicos de Europa. Según dijeron los filósofos del fuego, no hay químico capaz de considerar el “fuego viviente” distintamente de sus colegas, y a este propósito dice Fludd: “Olvidaste lo que tus padres te enseñaron sobre ello, o mejor dicho, nunca lo supiste porque es demasiado elevado para ti”.

El célebre saludador norteamericano Newton ha efectuado más curas instantáneas que enfermos tendrán en toda su vida los más famosos médicos neoyorkinos, y el mismo éxito ha tenido en Francia el zuavo Jacobo. ¿Será posible entonces tachar de alucinaciones o de confabulación de charlatanes y lunáticos los testimonios acopiados durante los últimos cuarenta años? Quien tal hiciera se confesaría mentecato.

Volviendo ahora a Paracelso, diremos que sus obras escritas en estilo enigmático, aunque vigoroso, han de leerse como los rollos de Ezequiel, por dentro y por fuera. Había en aquellos tiempos mucho riesgo en exponer doctrinas heterodoxas, pues la Iglesia estaba en toda su pujanza y menudeaban los autos de fe. Por esta razón vemos que Paracelso, Agrippa y Filaletes fueron tan notables por la piedad de sus declaraciones públicas, como famosos por sus hazañas alquímicas y mágicas. La opinión de Paracelso sobre las propiedades ocultas del imán se halla expuesta en sus obras: Archidaxarum, De Ente Dei y De Ente Astrorum, en la primera de las cuales describe la maravillosa tintura medicinal extraída del imán y denominada magisterium magnetis. Sin embargo, la exposición está en lenguaje no entendido de los profanos y a este propósito dice: “Cualquier campesino echa de ver que el imán atrae al hierro; pero el sabio debe preguntarse por qué… Yo he descubierto que además de esta notoria propiedad de atraer al hierro, tiene el imán otra propiedad oculta”.

Más adelante demuestra Paracelso que en el hombre late una “fuerza sidérea” emanada de los astros, que constituye su forma astral. Esta fuerza sidérea, que pudiéramos llamar espíritu de la materia cometaria, permanece directamente relacionada con los astros de que procede y así quedan los hombres en mutua atracción magnética. Considera también Paracelso, que el cuerpo humano tiene la misma composición química que la tierra y los demás astros, y dice así: “El cuerpo procede de los elementos y el alma de los astros… De los elementos saca el hombre en comida y bebida lo necesario para sustentar su carne y sangre; pero de las estrellas le viene el sustento de la mente y pensamientos de su alma”. Vemos corroboradas hoy estas afirmaciones de Paracelso, por cuanto el espectroscopio demuestra la identidad química, entre el cuerpo humano y el sistema planetario, y los físicos enseñan desde la cátedra la magnética atracción del sol y de los planetas.

Entre los elementos constitutivos del cuerpo humano, se han descubierto ya en el sol, el hidrógeno, sodio, calcio, magnesio y hierro; y en los centenares de estrellas observadas se ha encontrado el hidrógeno, excepto en dos. Por lo tanto, si el espectroscopio ha confirmado al menos una de las afirmaciones de Paracelso, es de esperar que con el tiempo queden corroboradas las demás, no obstante, el menosprecio en que le han tenido astrónomos y químicos por sus teorías sobre la idéntica composición química del hombre y los astros, y por sus ideas acerca de las afinidades y atracciones entre unos y otros.

Pero ocurre preguntar: ¿cómo pudo Paracelso presumir la constitución de los astros, cuando hasta el descubrimiento del espectroscopio nada supieron las academias de química sidérea? Aún hoy día, a pesar de los novísimos procedimientos de observación, sólo se ha logrado indicar la presencia en el sol de unos cuantos elementos y de una cromoesfera hipotética, pues todo lo demás continúa en el misterio. ¿Hubiese podido Paracelso estar tan seguro de la constitución natural de los astros, si no dispusiera de medios como la filosofía hermética y la alquimia, no sólo desconocidos, sino menospreciados por la ciencia?

Además, conviene tener en cuenta que Paracelso descubrió el hidrógeno y conocía perfectamente su naturaleza y propiedades, mucho tiempo antes de que los científicos ortodoxos sospecharan su existencia; que había estudiado astrología y astronomía, como todos los filósofos del fuego, y no se equivocaba al asegurar la directa afinidad del hombre con los astros.

También expuso Paracelso, y a los fisiólogos toca comprobarlo, que el cuerpo no sólo se alimenta por medio del estómago, “sino también, aunque imperceptiblemente, de la natural fuerza magnética de que cada individuo extrae su nutrición específica… ; pues de los elementos en equilibrio atrae el hombre la salud y de los perturbados la enfermedad”. La ciencia admite que los organismos vivientes están sujetos a leyes de afinidad química, y la propiedad más notable de los tejidos orgánicos, según los fisiólogos, es la absorción. Por lo tanto, nada de extraño tiene la afirmación de Paracelso de que el cuerpo humano, a causa de su naturaleza química y magnética, absorbe las influencias siderales. ¿Qué puede objetar la ciencia a la afirmación de que los astros nos atraen y a nuestra vez los atraemos? Así lo prueba el descubrimiento del barón de Reichenbach, de que las emanaciones ódicas del hombre son idénticas a las de los minerales y vegetales.

Paracelso afirmó la unidad constitutiva del universo, al decir, que “el cuerpo humano contiene materia cósmica”, pues el espectroscopio no sólo ha demostrado la existencia en el sol y demás estrellas, fijas de los mismos elementos químicos dé la tierra, sino también que cada estrella es un sol de constitución similar al nuestro. Según Mayer, las condiciones magnéticas de la tierra dependen de las variaciones que sufre la superficie solar a cuyas emanaciones está sujeta, por lo que si las estrellas son soles, también han de influir proporcionalmente en la tierra.

Sigue diciendo Paracelso: “Durante el sueño nos parecemos a las plantas que también tienen cuerpo elementario y vital, pero no espíritu. Entonces el cuerpo astral queda libre y gracias a su elástica índole puede vagar en torno del vehículo dormido o lanzarse al espacio y conversar con sus padres astrales y con sus hermanos, desde lejanas distancias. Los sueños proféticos, la presciencia y los presentimientos son facultades del cuerpo astral negadas al grosero cuerpo físico, que al morir se restituye a los elementos de la tierra, mientras que los distintos espíritus vuelven a los astros. También los animales tienen presentimientos, porque asimismo poseen cuerpo astral.”

Van Helmont, discípulo de Paracelso, repite en gran parte los conceptos de su maestro, aunque expone más acabadamente las teorías del magnetismo y atribuye el magnale magnum o propiedad de mutuo afecto entre dos personas a la simpatía universal entre todas las cosas de la naturaleza. La causa produce el efecto, el efecto reacciona sobre la causa y ambos se influyen recíprocamente. A este propósito dice: “El magnetismo es una fuerza desconocida, de naturaleza celeste, sumamente semejante a la de los astros, que no está impedida por límite alguno de espacio o tiempo… Toda criatura tiene su peculiar potencia celeste y está íntimamente relacionada con el cielo. Esta mágica potencia del hombre permanece latente en el interior hasta que se actualiza en el exterior. Esta sabiduría y poder mágicos están dormidos, pero la sugestión los pone en actividad y se acrecientan a medida que se reprimen las tenebrosas pasiones de la carne… Esto lo consigue el arte cabalístico, que devuelve al alma aquella mágica y sin embargo natural energía y la despierta del sueño en que se hallaba sumida”

Paracelso y Van Helmont reconocen el gran poder de la voluntad durante los éxtasis y dicen que “el espíritu es el medio del magnetismo y está difundido por todas partes”, por lo que la pura y primieval magia no ha de consistir en prácticas supersticiosas ni ceremonias vanas, sino en la imperiosa voluntad del hombre; pues “el alma y el espíritu que en él se ocultan, como el fuego en el pedernal, y no los espíritus celestes ni infernales, dominan la naturaleza física.”

Todos los filósofos medioevales profesaron la teoría de la influencia sidérea en el hombre. A este propósito, dice Cornelio Agrippa: “Las estrellas constan de los mismos elementos que los cuerpos terrestres y por esta razón se atraen recíprocamente las ideas… Las influencias se ejercen tan sólo con auxilio del espíritu difundido por todo el universo en armonía con los espíritus humanos. El que anhele adquirir facultades sobrenaturales debe tener fe, esperanza y amor… En todas las cosas hay un oculto y secreto poder de que dependen las maravillosas facultades mágicas.”

Las modernas teorías del general Pleasanton coinciden con las opiniones de los filósofos del fuego; sobre todo la referente a las electricidades positiva y negativa del hombre y de la mujer y a la atracción y repulsión mutuas de todas las cosas de la naturaleza, que parece tomada de Roberto Fludd, gran maestre de los rosacruces ingleses, quien dice a este propósito: “Cuando dos hombres se acercan uno a otro, su magnetismo es pasivo–negativo o activo–positivo. Si las emanaciones de ambos chocan y se repelen, nace la antipatía; pero cuando se interpenetran sin chocar, el magnetismo es positivo, porque los rayos proceden del centro de la circunferencia, y en este caso, no sólo influyen en las enfermedades, sino también en los sentimientos. Este magnetismo simpático se establece, además de entre los animales, entre éstos y las plantas”. Veamos ahora cómo acogieron los físicos el gran descubrimiento psicológico y fisiológico del magnetismo orgánico, cuando Mesmer llevó a Francia su sistema de cubeta, fundado totalmente en las doctrinas paracélsicas. Esto demostrará cuanta ignorancia, superficialidad y prejuicios puede haber en una corporación científica apegada a sus tradicionales teorías. Conviene insistir en el asunto porque a la negligencia de los académicos franceses de 1784, se debe la actual orientación materialista de las gentes y también los lunares que, según confiesan sus más fervorosos maestros, existen en la teoría atómica. La junta académica encargada en 1784 de examinar los fenómenos mesméricos estaba constituida por eminencias tales como Borie, Sallin, D’Arcet, Guillotin, Franklin, Leroi, Bailly, De Borg y Lavoisier. Por muerte de Borie le sucedió Magault. No cabe duda de que la Junta estaba dominada de hondos prejuicios al comenzar sus tareas por apremiantes órdenes de Luis XVI, y que se colocó en actitud mezquina y parcial para el examen. En su informe, redactado por Bailly, se trataba de dar el golpe de gracia a la nueva teoría, y al efecto se repartió profusamente por los establecimientos de enseñanza y entre el público en general, logrando concitar contra Mesmer la animosidad de gran parte de la nobleza y de ricos comerciantes que antes le patrocinaban por haber presenciado sus admirables curaciones. El distinguido académico Jussieu, que con el ilustre D’Eslon, médico de cámara, había observado cuidadosamente los fenómenos, publicó un minucioso contrainforme en que abogaba por la conveniencia de que la Facultad de Medicina estudiara los efectos terapéuticos del flúido magnético y publicase su parecer sobre el asunto. Esta moción determinó la salida de numerosas memorias, folletos, tratados didácticos y obras polemísticas en que se exponían nuevos hechos, y entre todas aquellas publicaciones sobresalió la muy erudita obra de Thouret titulada: Dudas é investigaciones sobre el magnetismo animal, cuya lectura fué estímulo para la rebusca de antecedentes en la historia de todos los países, cuyos fenómenos magnéticos, desde la más remota antigüedad, llegaron a conocimiento del público.

Las teorías de Mesmer eran sencillamente las mismas de Paracelso, Van Helmont, Santanelli y Maxwell, hasta el punto de que no faltó quien acusara al famoso médico de haber plagiado trozos enteros de una obra de Bertrand. El profesor Stewart dice330 que el universo está compuesto de átomos conectados entre sí como los órganos de una máquina accionada por las leyes de la energía, y aunque el profesor Youmans califique de “moderno” este concepto, lo vemos expuesto ya un siglo antes por Mesmer en sus Cartas a un médico extranjero, que entre otras proposiciones contienen las que siguen:

1.ª Hay recíproca influencia entre los astros, la tierra y los seres vivientes.

2.ª El medio transmisor de esta influencia es un fluido universal y unitónicamente difundido por todas partes, de modo que no consiente vacío alguno, cuya sutilidad excede a toda ponderación y que por su naturaleza es capaz de recibir, propagar y transmitir todas las vibraciones de movimiento.

3.ª Esta influencia recíproca está sujeta a leyes dinámicas desconocidas por ahora. Resulta, en consecuencia, que Stewart no dijo nada nuevo al decir que el universo era semejante a una enorme máquina.

El profesor Mayer corrobora la opinión de Gilbert acerca de que la tierra es un gigantesco imán, y supone que su potencial depende de las emanaciones del sol, pues varía misteriosamente en función de los movimientos terrestres de rotación y traslación y en simpatía con las inmensas oleadas ígneas que agitan la superficie del astro solar, añadiendo que entre el sol y la tierra hay un sucesivo flujo y reflujo de influencias.

Pero la obra citada nos da los mismos conceptos en las siguientes proposiciones de Mesmer:

4.ª De esta acción dimanan alternados efectos que pueden considerarse como flujo y reflujo. 6.ª Por este medio operante, el más universal de cuantos la naturaleza nos presenta, se establecen las relaciones de actividad entre los astros, la tierra y sus partes constituyentes.

7.ª De esta operación dependen las propiedades de la materia así inorgánica como organizada.

8.ª El cuerpo animal experimenta los alternados efectos de este agente por conducto de la substancia nerviosa que transmite su acción.

Newton, antorcha de la ciencia, que creía en el magnetismo según lo enseñaron Paracelso, Van Helmont y demás filósofos del fuego. Nadie negará que la teoría newtoniana de la gravitación universal tiene su raíz en el magnetismo, pues él mismo nos dice que fundaba todas sus especulaciones científicas en el “alma del mundo”, en el universal y magnético agente a que denominó divinum sensorium. A este propósito añade: “Hay un espíritu sutilísimo que penetra todas las cosas, aun los cuerpos más duros, y está oculto en su substancia. Por virtud de la actividad y energía de este espíritu, se atraen recíprocamente los cuerpos y se adhieren al ponerse en contacto. Por él los cuerpos eléctricos se atraen y repelen desde lejanas distancias, y la luz se difunde, refleja, refracta y colora los cuerpos. Por él se mueven los animales y se excitan los sentidos. Pero esto no puede explicarse en pocas palabras, porque nos falta la necesaria experiencia para determinar las leyes que rigen la actividad operante de este agente.

Dos linajes hay de magnetización: la simplemente animal y la trascendente. Esta última depende, por una parte, de la voluntad y aptitud del magnetizador, y por otra, de las cualidades espirituales del sujeto y de su receptibilidad a las vibraciones de la luz astral. Pero no se tardará en reconocer que la clarividencia requiere mucha mayor voluntad en el magnetizador que receptividad en el sujeto, ya que éste, por positivo que sea, habrá de rendirse al poder de un adepto.

Si el magnetizador, mago o entidad espiritual dirige hábilmente la vista del sujeto, la luz astral iluminará sus más hondos arcanos, pues si bien es libro cerrado para quienes miran y no ven, está en cambio siempre abierto para los que quieran leer en él. Allí está anotado cuanto fué, es y será, y aun los más insignificantes actos de nuestra vida y nuestros más escondidos pensamientos quedan fotografiados en sus páginas eternas. Es el libro abierto por mano del ángel del Apocalipsis, el “libro de la vida” que sirve para juzgar a los muertos según sus obras. Es la memoria de Dios.

lámina de 1700, me llama la atención las copas, bastos, oros y espadas que se ve en el círculo.

Dice Zoroastro, que en el éter están figuradas las cosas sin figura y aparecen impresos los pensamientos y caracteres de los hombres, con otras visiones divinas. – Oráculos Caldeos.

Vemos, por lo tanto, que así la antigua como la moderna sabiduría, los vaticinios y la ciencia corroboran unánimemente las enseñanzas cabalísticas. En las indelebles páginas de la luz astral se estampan nuestros pensamientos y acciones y aparecen delineados con pictórica vividez, a los ojos del profeta y del vidente, los acontecimientos futuros y los efectos de causas echadas hace tiempo en olvido. La memoria, cuya naturaleza funcional es desesperación del materialista, enigma para el psicólogo y esfinge para el científico, es para el estudiante de filosofía antigua la potencia compartida con muchos animales inferiores, mediante la cual, inconscientemente, ve en su interior iluminadas por la luz astral las imágenes de pasados pensamientos, actos y sensaciones. El estudiante de ocultismo no ve en los ganglios cerebrales “micrógrafos de lo vivo y de lo muerto, de lugares en que hemos estado y de sucesos en que hemos intervenido”, sino que acude al vasto receptáculo donde por toda la eternidad se almacenan las vibraciones del cosmos y los anales de las vidas humanas.

La ráfaga de memoria que según tradición representa a los náufragos las escenas de su vida pasada, como el fulgor del relámpago descubre momentáneamente el paisaje a los ojos del viajero, no es más que la súbita ojeada que el alma, en lucha con el peligro, da a las silenciosas galerías en que está pintada su historia con impalidecibles colores.

Por la misma causa suelen sernos familiares ciertos parajes y comarcas en que hasta entonces no habíamos estado y recordar conversaciones que por vez primera oímos o escenas acabadas de ocurrir, según de ello hay noventa por ciento de testimonios. Los que creen en la reencarnación aducen estos hechos como otras tantas pruebas de anteriores existencias, cuya memoria se aviva repentinamente en semejantes circunstancias. Sin embargo, los filósofos de la antigüedad y de la Edad Media opinaban que si bien este fenómeno psicológico es uno de los más valiosos argumentos en favor de la inmortalidad y preexistencia del alma, no lo es en pro de la reencarnación, por cuanto la memoria anímica es distinta de la cerebral. Como elegantemente dice Eliphas Levi: “la naturaleza cierra las puertas después de pasar una cosa é impele la vida hacia delante”, en más perfeccionadas formas. La crisálida se metamorfosea en mariposa, pero jamás vuelve a ser oruga. En el silencio de la noche, cuando el sueño embarga los corporales sentidos y reposa nuestro cuerpo físico, queda libre el astral, según dice Paracelso, y deslizándose de su terrena cárcel, se encamina hacia sus progenitores y platica con las estrellas”. Los sueños, presentimientos, pronósticos, presagios y vaticinios son las impresiones del cuerpo astral en el cerebro físico, que las recibe más o menos profundamente, según la intensidad del riego sanguíneo durante el sueño. Cuanto más débil esté el cuerpo físico, más vívida será la memoria anímica y de mayor libertad gozará el espíritu. Cuando después de profundo y reposado sueño sin ensueños se restituye el hombre al estado de vigilia, no conserva recuerdo alguno de su existencia nocturna y, sin embargo, en su cerebro están grabadas, aunque latentes bajo la presión de la materia, las escenas y paisajes que vió durante su peregrinación en el cuerpo astral. Estas latentes imágenes pueden revelarse por los relámpagos de anímica memoria que establecen momentáneos intercambios de energía entre el universo visible y el invisible, es decir, entre los ganglios micrográficos cerebrales y las películas escenográficas de la luz astral. Por lo tanto, un hombre que nunca haya estado personalmente en un paraje ni visto a determinada persona, puede asegurar que ha estado y la ha visto, porque adquirió el conocimiento mientras actuaba en “espíritu”. Los fisiólogos sólo pueden objetar a esto diciendo que en el sueño natural y profundo está la voluntad inerte y es incapaz de actuar, tanto más cuanto no creen en el cuerpo astral y el alma les parece poco menos que un mito poético. Blumenbach afirma que durante el sueño queda en suspenso toda comunicación entre cuerpo y mente; pero Richardson, de la Sociedad Real de Londres, redarguye acertadamente al fisiólogo alemán, diciéndole que se ha excedido en sus afirmaciones, pues no se conocen todavía a punto fijo las relaciones entre cuerpo y mente. Añadamos a esta opinión la del fisiólogo francés Fournié y la del eminente médico inglés Allchin, quien confiesa con entera franqueza que no hay profesión científica de tan insegura base como la medicina, y veremos que no sin justicia deben oponerse las ideas de los sabios antiguos frente a las de la ciencia moderna.

Nadie, por grosero y material que sea, deja de vivir en el universo invisible al par que en el visible. El principio vital que anima su organismo físico reside principalmente en el cuerpo astral, cuyas partículas densas quedan inertes, mientras las sutiles no reconocen límite ni obstáculo. Bien sabemos que tanto los sabios como los ignorantes preferirán mantenerse en el prejuicio de que no es posible saber de donde dimana el agente vital, antes de conceder ni un momento de atención a lo que llaman rancias y desprestigiadas teorías. Algunos objetarán desde el punto de vista teológico que el alma de los brutos no es inmortal, pues tanto teólogos como legos confunden erróneamente el alma con el espíritu. Pero si estudiamos a Platón y otros filósofos antiguos, advertiremos que mientras el cuerpo astral no pasa de tener una existencia más o menos larga después de la muerte física, el espíritu divino (impropiamente llamado alma por los teólogos) es esencialmente inmortal. Si el principio vital fuese algo independiente del cuerpo astral, no estaría de seguro la clarividencia en tan directa relación con la debilidad física del sujeto. Cuanto más profundo sea el sueño hipnótico y menos signos de vida se noten en el cuerpo físico, tanto más clara será la percepción espiritual, y tanto más penetrante la vista del alma que desprendida de los sentidos corporales actúa con incomparablemente mayor potencia que cuando le sirve de vehículo un cuerpo sano y vigoroso. Brierre de Boismont nos da repetidos ejemplos de ello en demostración de que los cinco sentidos son mucho más agudos en estado hipnótico que en el de vigilia. Estos fenómenos prueban incontrovertiblemente la continuidad de la vida siquiera por algún tiempo después de muerto el cuerpo físico.

Aunque durante nuestra breve estancia en la tierra pueda compararse el alma a una luz puesta debajo del celemín, no deja de brillar por ello y de recibir la influencia de espíritus afines, de modo que todo pensamiento bueno o malo atrae vibraciones de su misma naturaleza, tan irresistiblemente. como el imán atrae las limaduras de hierro, en proporción a la intensidad de las vibraciones etéreas del pensamiento; y así se explica que un hombre se sobreponga imperiosamente a su tiempo y que su influencia se transmita de una a otra época por medio de las recíprocas corrientes de energía entre los mundos visible e invisible, hasta afectar a gran parte del género humano. Difícil sería determinar las lindes que en este punto han puesto a su pensamiento los autores de la famosa obra El Universo invisible, pero del siguiente pasaje podemos inferir que no dijeron todo cuanto pensaban. Dice así:

“Sea como quiera, no cabe duda de que las propiedades del éter son en el campo de la naturaleza muy superiores a las de la materia tangible. Y como la índole de ésta, salvo en algunos pormenores de poca importancia, se halla mucho más allá de la penetración de las lumbreras científicas, no llevaremos adelante nuestras disertaciones. Basta a nuestro propósito conocer los efectos del éter cuya potencialidad supera a cuanto nadie ha osado decir”.

Uno de los más notables descubrimientos de los tiempos modernos, es la facultad que algunas personas receptivas poseen de describir el carácter y aspecto de una persona o los sucesos ocurridos, con tal de retener en la mano y pasárselo por la frente un objeto cualquiera relacionado con la persona o el suceso, por mucho que sea el tiempo transcurrido. Así, una piedra ruinosa le representará la historia del edificio a que perteneciera, con las escenas ocurridas en su interior y alrededores; un pedazo de mineral despertará en su alma la visión retrospectiva de la época de su formación. Esta facultad fué descubierta por el profesor Buchanan de Louisville (Kentucky), quien le dió el nombre de psicometría. A este sabio debe el mundo tan importante complemento de las ciencias psicológicas, y de seguro que merecerá ser honrado en estatua cuando la frecuencia de los experimentos psicométricos acaben de una vez con el escepticismo. Al publicar su descubrimiento se contrajo Buchanan a la utilidad de la psicometría para bosquejar el carácter de las personas, y dice a este propósito: “Parece que es indeleble la influencia mental y fisiológica que recibe un manuscrito, pues los más antiguos ejemplares de que me valí en las experiencias revelaban precisa y vigorosamente sus impresiones, apenas debilitadas por el tiempo. Por virtud de la psicometría fué posible leer, sin dificultad alguna, manuscritos antiguos cuya ordinaria interpretación hubiese requerido el auxilio de los paleólogos. Pero no únicamente los manuscritos retienen las impresiones mentales, sino que también los dibujos, pinturas y cualquier otro objeto que haya recibido el contacto mental y volitivo de una persona, le pueden servir a otra de medio de descripción psicométrica… Este descubrimiento tendrá incalculables consecuencias en su aplicación a las artes y a la historia”.

Añade Denton en la misma obra: “No se mueve una hoja ni se levanta una onda ni se arrastra un insecto; sin que registren sus movimientos mil fieles escribanos en infalibles é indelebles escrituras. Así ocurre con lo sucedido en pasados tiempos. Continuamente ha estado la naturaleza fotografiándolo todo, desde que brilló la luz sobre la tierra, cuando sobre la cuna del recién nacido planeta flotaban vaporosas cortinas, hasta el momento actual. ¡Y qué fotografías!”

Nos parece el colmo de la imposibilidad que en la materia atómica hayan quedado grabados los hechos ocurridos en la antigua Tebas o en algún templo prehistórico. Sin embargo, las imágenes de estos hechos están saturadas de aquel agente universal que todo lo penetra y todo lo retiene, llamado por los filósofos “alma del mundo” y por el geólogo Denton el “alma de las cosas”. Al aplicarse el psicómetra a la frente un objeto determinado, relaciona su yo interno con el alma del objeto y se pone en contacto con la corriente de luz astral que, relacionada con dicho objeto, retiene las descripciones de los sucesos concernientes a su historia los cuales, según Denton, pasan ante la vista del psicómetra con la velocidad del rayo, en vertiginosa sucesión de escenas que tan sólo con mucha fuerza de voluntad es posible detenerlas en el campo visual para describirlas.

El psicómetra es clarividente, pues ve con la vista interna; pero su visión de personas, lugares y sucesos resultará confusa, a menos que con potente fuerza de voluntad haya educado la percepción visual. Sin embargo, en los casos de hipnotismo, la clarividencia del sujeto depende de la voluntad del hipnotizador, quien, por lo tanto, puede detener la atención de aquél en determinada imagen todo el tiempo necesario para describirlo en sus más prolijos pormenores. Por otra parte, el sujeto sometido a la influencia de un hábil hipnotizador aventaja al psicómetra espontáneo en la clara y distinta predicción del porvenir.

(Está ya admitido que el éter interpenetra toda clase de materia, aun la más densa, y ya empieza a admitirse que retiene las imágenes de cuanto ha sucedido.)

Si alguien objeta diciendo que no es posible ver lo que “todavía no existe”, le responderemos que tan posible es ver lo futuro como se ve lo pasado, que ya no existe. Según las enseñanzas cabalísticas, lo futuro está en embrión en la luz astral, como también lo presente estaba en embrión antes de serlo. El hombre es libre de obrar a su albedrío, pero desde el origen de los tiempos está previsto el uso que hará de este albedrío, sin que tal previsión suponga fatalismo ni hado, sino que resulta de la inmutable armonía del universo, así como de antemano se conocen las vibraciones peculiares de cada nota que se haya de pulsar. Además, la eternidad del tiempo no tiene pasado ni futuro, sino tan sólo presente, de la propia manera que la inmensidad del espacio no tiene en rigor puntos cercanos ni lejanos. En el mezquino campo de nuestras experiencias, nos esforzamos en concebir, si no el fin, por lo menos el principio del tiempo y del espacio, que en realidad no tienen principio ni fin, pues de tenerlo, ni el tiempo sería eterno ni ilimitado el espacio. Como hemos dicho, no hay pasado ni futuro; pero nuestra memoria refleja las imágenes grabadas en la luz astral, como el psicómetra las emanaciones astrales de los objetos palpados. Al tratar de la influencia de la luz en los cuerpos y de la formación de imágenes fotográficas, dice el profesor Hitchcock: “Parece como si esta influencia interpenetrara la naturaleza toda sin detenerse en puntos definidos. No sabemos si la luz puede retratar en los objetos circundantes nuestras facciones demudadas por la emoción y dejar de esta suerte fotografiadas en la naturaleza nuestras acciones… Posible es también que haya procedimientos superiores a los del más hábil fotógrafo, por cuyo medio revele y fije la naturaleza estas fotografías de modo que, con sentidos más agudos que los nuestros, se vean como en un inmenso lienzo extendido sobre el universo material. Quizás no se borren nunca estas fotografías del lienzo, sino que perduren en el vasto museo pictórico de la eternidad”.

La duda manifestada en el quizás de Hitchcock se ha trocado en triunfadora certeza por valimiento de la psicometría. Sin embargo, cuantos hayan observado la cualidad psíquica de clarividencia advertirán que Hitchcock no debiera haber supuesto la necesidad de más agudos sentidos para ver las imágenes, sino decir que habían de superar en penetración a los corporales, porque para el espíritu humano, dimanante del inmortal y divino Espíritu, no hay pasado ni futuro, sino que todo lo tiene presente.

(Las fotografías a que se refiere Hitchcock en el pasaje citado tienen por placa la luz astral donde se registra todo cuanto ha sido, es y será, según afirman las enseñanzas herméticas ya corroboradas en parte por la ciencia).

De algún tiempo a esta parte han comenzado los científicos a estudiar este asunto hasta hoy difamado con nota de superstición. Discurrieron primero acerca de los hipotéticos mundos invisibles y a todos se adelantaron los autores de la obra: El Universo invisible, a quienes siguió el profesor Fiske con la suya: El mundo invisible. Esto prueba que el terreno del materialismo se hunde bajo los pies de los científicos, quienes se disponen a capitular honrosamente en caso de derrota. Jevons corrobora las opiniones de Babbage y ambos afirman que los pensamientos ponen en vibración las partículas del cerebro y las difunden por el universo, de suerte que “cada partícula material es una placa registradora de cuanto ha sucedido”344. Por otra parte el doctor Young, en sus conferencias sobre filosofía natural, apunta “la posibilidad de que haya mundos invisibles y desconocidos en aislada independencia unos, en recíproca interpretación otros, y algunos cuya existencia no requiera por modalidad el espacio”.

Si los científicos discurren de esta suerte, partiendo del principio de continuidad según el cual la energía se transmite al universo invisible, no se les ha de negar el mismo discurso a los ocultistas y espiritualistas. La ciencia admite hoy que las imágenes especulares quedan impresas indefinidamente sobre una superficie pulimentada, y a este propósito dice Draper: “La sombra proyectada sobre una pared deja allí una huella que puede revelarse mediante manipulaciones convenientes… Los retratos de nuestros amigos o las imágenes de la campiña quedan ocultos bajo la superficie sensible de nuestros ojos, hasta que las revelamos por adecuados medios. Una imagen espectral está encubierta bajo una superficie de plata bruñida o de cristal pulido, hasta que la nigromancia la revela al mundo visible. En las paredes de nuestros más retirados aposentos, al abrigo de indiscretas miradas, en la soledad de nuestro apartamiento inaccesible a los extraños, están las huellas de nuestros actos y las siluetas de cuanto hicimos”.

Si tan indelebles impresiones puede recibir la materia inorgánica y nada se aniquila en el universo, no cabe rechazar la hipótesis de que “el pensamiento actúe en la materia de otro universo al par que en la del nuestro y prever de esta suerte lo futuro”.

A nuestro entender, si la psicometría es valiosa prueba de la indestructibilidad de la materia, que retiene eternamente las impresiones recibidas, también es la clarividencia psicométrica no menos valiosa prueba de la inmortalidad del espíritu humano. Puesto que la facultad psicométrica es capaz de describir sucesos ocurridos hace centenares de miles de años, ¿por qué no aplicar la misma facultad al conocimiento de un porvenir sumido en la eternidad, que no tiene pasado ni futuro, sino tan sólo el presente sin límites?

Algunos reflexionaron sobre la índole de este proteico agente que no podían pesar ni medir con sus aparatos, y dijeron que era “un medio hipotético sumamente elástico y sutil que se supone ocupa los espacios intersiderales é interatómicos y sirve de medio transmisor del calor y de la luz”. Otros, a quienes llamaríamos los fuegos fatuos o hijos espurios de la ciencia, se tomaron la molestia de observar el éter con lentes de mucho alcance, según nos dicen; pero al no ver espíritus ni espectros, ni descubrir entre sus aleves ondulaciones nada de más científica índole, viraron en redondo para tachar con lastimero acento de “mentecatos y lunáticos visionarios”, no sólo a los espiritistas en particular, sino a cuantos creen en la inmortalidad. Dicen sobre este particular los autores de El Universo invisible: “Han estudiado en el universo objetivo ese misterio que llamamos vida. El error consiste en creer que todo cuanto desaparece de la observación, desaparece también del universo. Sin embargo, no hay tal, porque únicamente desaparece del pequeño círculo de luz a que podemos llamar universo de observación científica. Es un trínico misterio en la materia, en la vida y en Dios; pero los tres misterios son uno solo”. En otro pasaje añaden: “El universo visible debe seguramente tener un límite de energía transformable y probablemente el mismo límite en su materia; pero como el principio de continuidad repugna toda limitación, ha de haber sin duda algo más allá de lo visible, de modo que el mundo visible no es el universo total sino tan sólo una pequeña parte de él”. Además, atendiendo los autores al concepto del origen y fin del universo visible, dicen que si fuese todo cuanto existe, habría ruptura de continuidad tanto en la súbita manifestación primaria de él como en su ruina final…. Ahora bien; ¿no es lógico suponer que el universo invisible, en cuya existencia razonablemente creemos, esté en condiciones de recibir la energía del visible?.. Cabe, por lo tanto, considerar el éter o medio transmisor como un puente entre ambos universos, que de esta manera quedan conglomerados en uno solo. En fin, lo que generalmente se llama éter puede ser, además de un medio transmisor, el orden de cosas invisibles, de modo que los movimientos del universo visible se comunican al éter y éste los transmite como por un puente al invisible, que los recibe, transforma y almacena. Podemos decir, por lo tanto, que cuando la energía se transmite de la materia al éter, pasa del mundo visible al invisible y cuando del éter va a la materia se transfiere del mundo invisible al visible”.

Precisamente es así. Cuando la ciencia adelante algunos pasos más en este camino y estudie detenidamente el “hipotético medio transmisor” podrá salvar sin peligro el abismo que Tyndall ve abierto entre el cerebro físico y la conciencia.

Algunos años antes, en 1856, el por entonces famoso doctor Jobard de París expuso acerca del éter el mismo concepto sustentado después por los autores de El Universo invisible. Con asombro del mundo científico, dijo el doctor Jobard a este propósito: “Acabo de hacer un descubrimiento que me asusta. Hay dos modalidades de electricidad: una ciega y ruda, dimanante del contacto de los metales con los ácidos (purga grosera), y otra racional y clarividente. La electricidad se ha bifurcado en manos de Galvani, Nobili y Matteuci. La corriente ruda tomó la dirección señalada por Jacobi, Bonelli y Moncal, mientras que la corriente lúcida quedó en manos de Bois–Robert, Thilorier y Duplanty. La esfera eléctrica o electricidad globular entraña un pensamiento que desobedece a Newton y a Mariotte para moverse a su antojo… En los anales de la Academia hay mil pruebas de la inteligencia del rayo eléctrico… Pero noto que voy siendo en demasía indiscreto. A poco más doy la clave que ha de llevarnos al descubrimiento del espíritu universal”.

Todas las citas iluminan con nueva luz la sabiduría de los antiguos. Ya vimos que los Oráculos caldeos exponen en parecido lenguaje el mismo concepto del éter que los autores de El Universo invisible, pues dicen que “del éter proceden todas las cosas y a él han de volver y que en él están indeleblemente grabadas las imágenes de todas las cosas, porque es almacén de ideas y troj de los gérmenes y de los residuos de las formas visibles”. Esto corrobora nuestra afirmación de que todo descubrimiento moderno tuvo su parigual hace miles de años entre nuestros cándidos antepasados. Vista, en el punto en que estamos, la actitud de los escépticos respecto de los fenómenos psíquicos, cabe asegurar que aunque la clave referida por Jobard estuviera en el borde del “abismo”, no habría ningún Tyndall capaz de agacharse a recogerla.

¡Cuán limitadas han de parecerles a algunos cabalistas estas tentativas para escrutar el hondo misterio del éter universal! Porque por muy superiores que respecto a las de la ciencia contemporánea sean las ideas de los autores de El Universo invisible, resultan por demás familiares para los maestros de la filosofía hermética, quienes no sólo consideraban el éter como el puente tendido entre el universo visible y el invisible, sino que osadamente recorrían todos sus tramos hasta llegar a las misteriosas puertas que los científicos no quieren o tal vez no pueden abrir.

Cuanto más ahondan los investigadores modernos en sus observaciones, tanto más frecuentemente les dan en rostro los descubrimientos antiguos. Expone el geólogo francés Beaumont una teoría sobre los movimientos internos del globo en relación con la corteza terrestre, y echa de ver que se le habían adelantado los antiguos en la exposición. Preguntamos cuál es la más novísima hipótesis acerca de la formación de los yacimientos minerales, y nos dice Hunt que el agua es el disolvente universal, según ya afirmó Tales de Mileto veinticuatro siglos atrás al enseñar que el agua es el originario elemento de todas las cosas.

Pero comparemos sus anteriores opiniones con las de Paracelso y Van Helmont, según las traducciones inglesas de sus obras. Dicen que el alkahest determina los efectos siguientes:

1.º “Nunca extingue las propiedades virtuales de los cuerpos disueltos en él. Por ejemplo, si el oro se trata por el alkahest se forma una sal de oro; si el antimonio, una sal de antimonio, etc. 2.º El cuerpo manipulado se descompone en tres principios: sal, azufre y mercurio; pero después queda únicamente la sal volátil, que por último se convierte en agua clara.

3.º Todo cuanto el alkahes disuelve se puede convertir en volátil mediante el baño de arena, y si luego de volatilizado el disolvente se destila la substancia soluble, se convierte en agua pura e insípida, pero siempre en cantidad equivalente al original”.

Por su parte dice Van Helmont que el alkahest disuelve los cuerpos más rebeldes en substancias de las mismas propiedades virtuales de peso idéntico al cuerpo disuelto… Destilada repetidas veces esta sal (á que Paracelso llama sal circulatum), pierde toda su fijeza y acaba por convertirse en un agua insípida en cantidad equivalente a la sal de que procede”

Las alegaciones de Cooke en pro de la ciencia moderna con respecto a la fraseología hermética, podrían aplicarse también a la escritura hierática de Egipto que encubre todo cuanto convenía encubrir. Si Cooke trata de aprovecharse de la labor del pasado, ha de recurrir a la criptografía y no a la sátira. Paracelso, como los demás alquimistas, exprimía su ingenio en la transposición literal y abreviatura de palabras y frases; y así, por ejemplo, escribe sufratur en vez de tártaro, mutrin por nitro, etcétera. Son innumerables las interpretaciones supuestas de la palabra alkahest. Unos creen que era una doble sal de tártaro; otros le daban la misma significación que a la voz alemana antigua algeist, equivalente a espirituoso. Paracelso llama a la sal “centro de agua donde han de morir los metales”; de lo que algunos, como por ejemplo, Glauber, infieren que el alkahest era espíritu de sal. Se necesita mucha osadía para decir que Paracelso y sus colegas ignoraban la distinción entre los cuerpos simples y sus combinaciones, pues aunque no les diesen los mismos nombres que hoy les dan los químicos, obtenían resultados imposibles de lograr sin conocer la índole de las substancias manipuladas. Nada importa el nombre que Paracelso dio al gas resultante de la reacción del hierro y el ácido sulfúrico, si las autoridades en química reconocen que descubrió el hidrógeno.

Su mérito es el mismo. Y nada tampoco importa que Van Helmont encubriera bajo la denominación de “virtudes seminales” las propiedades inherentes a los elementos químicos que, al combinarse, las modifican temporáneamente sin perderlas en modo alguno, pues no por su enigmático lenguaje dejó de ser el químico más ilustre de su época en parigualdad de mérito con los del día. Afirmaba Van Helmont, que el aurum potábile podía obtenerse por medio del alkahest, salificando el oro de suerte que sin perder sus “virtudes seminales” se disolviera en el agua. Cuando los químicos sepan, no lo que Van Helmont decía que entendía, ni lo que se supone entendía, sino lo que en realidad entendía por aurum potabile, alkahest, sal y virtudes seminales, podrán definir su actitud respecto a los filósofos del fuego y a los antiguos maestros cuyas místicas enseñanzas respetuosamente siguieron. De todos modos, este lenguaje de Van Helmont, aun tomado en sentido exotérico, demuestra que conocía la solubilidad de las combinaciones metálicas en el agua, en lo que basa Hunt su hipótesis acerca de los yacimientos metalíferos. A este propósito dice en una de sus conferencias: “Los alquimistas buscaron en vano el disolvente universal; pero nosotros sabemos hoy que el agua, a favor de la presión y la temperatura, y en presencia de ciertos cuerpos muy abundantes en la naturaleza, tales como el ácido carbónico y los carbonatos y sulfatos alcalinos, disuelve las substancias al parecer más insolubles y obra como el alkahest o menstruo universal durante tanto tiempo buscado”.

“Podrá darnos alguna luz sobre esto la observación de que, para Van Helmont y Paracelso, el agua era el instrumento universal de la química y la filosofía natural, y diputaban el fuego por causa eficiente de todas las cosas. Creían, además, que la tierra entrañaba virtudes seminales, y que el agua, al disolver y fermentar las substancias térreas, como sucede con el fuego, produce todas las cosas y origina los reinos mineral, vegetal y animal”.

Los alquimistas conocían por completo la universal potencia disolvente del agua, y en las obras de Paracelso, Van Helmont, Filaleteo, Pantatem, Taquenio y Boyle, se establece explícitamente la propiedad por excelencia del alkahest, esta es, la de “disolver y transmutar todos los cuerpos sublunares excepto el agua.” No cabe suponer, por lo tanto, que hombre de tan irreprensible conducta y de tan vasto saber como Van Helmont, asegurara formalmente poseer el secreto si únicamente hubiese sido mera presunción de poseerlo.

“Puesto que el organismo corporal está animado interiormente por una fuerza supeditada o no al espíritu, alma, mente o lo que quiera que constituya el ser individual llamado hombre, es lógico inferir que todo movimiento externo al cuerpo tiene por causa la misma fuerza que produce el movimiento en el interior del cuerpo. Y así como esta fuerza externa suele estar dirigida por la inteligencia, también esta inteligencia dirige la fuerza interna”.

Para mejor comprender el pensamiento de Sergeant Cox en esta hipótesis, la dividiremos en cuatro proposiciones:

1º La fuerza productora de los fenómenos psíquicos procede del médium y por consiguiente dimana de él.

2º La inteligencia que dirige la fuerza productora del fenómeno podría ser distinta de la inteligencia del médium; pero como no hay prueba suficiente de ello, es muy probable que la inteligencia directora sea la del médium.

3º La fuerza que mueve la mesa es idéntica a la que mueve el cuerpo del médium.

4º Los espíritus de los difuntos para nada intervienen en la producción de los fenómenos psíquicos.

Todo movimiento, sea de un cuerpo vivo o de un cuerpo inorgánico, requiere tres condiciones: voluntad, fuerza y materia, que pueden transmutarse de conformidad con el principio de la conservación de la energía dirigida, o mejor dicho, cobijada por la Mente divina de que tan insidiosamente se empeñan los escépticos en prescindir, pero sin cuya presidencia no se moverían los gusanillos en la tierra ni al beso de la brisa las hojas del árbol. Los científicos llaman leyes cósmicas a las modalidades de energía y de materia y las consideran inmutables é invariables en su acción; pero más allá de estas leyes hemos de inquirir la causa inteligente que al establecer el régimen infundió en ellas su conciencia. No es posible concebir una causa primera, una voluntad universal, Dios en suma, si no le atribuimos inteligencia.

Vuestra en la Santa Ciencia Ana Suero Sanz.

– Artículo*: Filosofía Oculta –

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*No suscribimos necesariamente las opiniones o artículos aquí enlazados

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Como funciona la alquimia en física y como podemos usarla

En los post anteriores hemos visto que el funcionamiento de un ordenador moderno puede ayudarnos a entender la conciencia. Estudios recientes indican que la misma analogía también puede ayudarnos a comprender y desmitificar la relación entre el cerebro y la mente. En su obra innovadora, Consciousness Explained, Daniel Dennett, codirector del Centro para los Estudios Cognitivos de la Universidad Tufts, dice que podemos considerar que el cerebro es “una especie de ordenador”, y que eso nos ofrece una poderosa metáfora para entender como usamos la información. Las comparaciones de Dennett nos ofrecen exactamente lo que necesitamos para atravesar lo que él denomina la “terra incognita”, o tierra desconocida, entre lo que la ciencia nos dice del cerebro y lo que experimentamos a través de él.

El hombre habitualmente considerado el “padre” de la informática moderna, John von Neumann, calculó en una ocasión que el cerebro humano puede almacenar hasta 280 quintillones de bits de memoria (es decir, 280 con 18 ceros detrás). El cerebro no sólo puede almacenar esa asombrosa cantidad de datos, sino que es capaz de procesarlos más rápidamente que los ordenadores más potentes de nuestros días. Esto es importante, porque nuestra manera de reunir, procesar y almacenar la información de la vida determina nuestras creencias y de dónde proceden.

Estudios realizados en la década de los 70 revelaron que no acumulamos los recuerdos de nuestras experiencias en un lugar específico de nuestro cerebro. El trabajo revolucionario del neurocientífico Karl Pribram ha demostrado que las funciones cerebrales son más globales de lo que pensábamos. Antes de las investigaciones de Pribram se creía que había una correspondencia biunívoca entre ciertos tipos de recuerdos, conscientes e inconscientes y los lugares donde se almacenaban.

El problema surgió cuando las pruebas de laboratorio falsearon la teoría. Los experimentos demostraron que los animales conservaban sus recuerdos y continuaban con sus vidas aunque se les extirparan las partes de sus cerebros que se consideraban responsables de esas funciones. En otras palabras, no había un vínculo directo entre los recuerdos y un lugar físico del recuerdo. Era evidente que la visión mecánica de este órgano y de la memoria no era la respuesta. Estaba ocurriendo otra cosa, algo que acabó resultando misterioso y maravilloso.

Durante su investigación, Pribram percibió similitudes entre el modo el que el cerebro almacena los recuerdos y otra clase de almacenamiento de información que se desarrolló a mediados del siglo XX y recibe el nombre de holograma. Si pidieras a alguien que explicara que es un holograma, probablemente lo describiría como una fotografía especial: cuando la imagen superficial se expone a una luz directa, de repente se torna tridimensional. En el proceso de crear estas imágenes, la luz laser distribuye la imagen por toda la superficie de la fotografía. Es esta propiedad de “distribuirse igualmente” lo que hace que la fotografía holográfica sea diferente de la foto de la típica cámara.

Así, cada parte de la superficie contiene la totalidad de la imagen tal como era originalmente, solo que a una escala menor. Y esta es la definición de holograma. Es un proceso que permite que cada parte de “algo” contenga la totalidad de ese “algo”. La naturaleza es holográfica y usa este principio para compartir información y realizar rápidamente cambios significativos, como mutaciones curativas del ADN.

De modo que tanto si dividimos el universo en galaxias, los seres humanos en átomos o los recuerdos en fragmentos, el principio involucrado sigue siendo el mismo. Cada parte refleja la totalidad, solo que a una escala menor. Esta es la belleza y el poder del holograma: su información está por todas partes y puede ser medida en cualquier punto.

En 1.940, el científico Dennis Gabor empleó complejas ecuaciones, conocidas como las transformaciones de Fourier, para crear los primeros hologramas, y este trabajo le llevó a conseguir el premio nobel en 1.971. Pribram pensó qué si el cerebro funcionaba como un holograma y distribuye la información por sus circuitos, también debería procesar la información tal y como lo hacen las ecuaciones de Fourier. Sabiendo que las células cerebrales crean ondas eléctricas, Pribram fue capaz de examinar las pautas producidas por los circuitos cerebrales empleando las ecuaciones de Fourier. Y su teoría demostró ser correcta. Los experimentos probaron que el cerebro procesa la información de manera equivalente al holograma.

Pribram clarificó su modelo del cerebro usando una simple metafóra de hologramas funcionando dentro de otros hologramas. En una entrevista, explicó: “Los hologramas dentro del sistema visual son hologramas parche”. Se trata de pociones pequeñas de una imagen mayor. “La totalidad de la imagen está compuesta de manera muy parecida al ojo de un insecto, que tiene cientos de pequeñas lentes en lugar de un gran lente… Cuando llegas a experimentarla, obtienes la pauta total completamente ensamblada, como una pieza unificada”. Esta manera radicalmente nueva de vernos a nosotros mismo y al universo nos permite acceder directamente a todas las posibiliades que podríamos haber deseado soñado o imaginado.

Todo comienza en nuestras creencias y los pensamientos en que se basan. Mientras que las creencias mismas se forman en el corazón, los pensamientos de los que proceden se originan en uno de los reinos misteriosos del cerebro: La mente consciente o la subconsciente.

Gregg Braden, La curación espontanea de las creencias.

Isis sin velo Tomo I

Pero lo que especialmente distingue a la Fraternidad, es su maravilloso conocimiento de los recursos del arte médico. Operan por medio de simples y no por hechizos. – (Manuscrito. Informe sobre el origen y atributos de los verdaderos rosacruces)

Pocas verdades tan profundas han dicho los científicos como la expuesta por Cooke en su obra Nueva Química, al decir: “La historia de la ciencia nos demuestra que para arraigar y desarrollarse una verdad científica, es preciso que la época esté debidamente dispuesta a recibirla, pues muchas ideas no dieron fruto por haber caído en suelo estéril; pero tan luego como el tiempo puso el abono, la simiente echó raíces y más tarde frutos… ”Todo estudiante se sorprende al ver el escaso número de verdades que aun los más preclaros talentos añadieron al acopio científico”. La transformación operada recientemente en la química es muy a propósito para llamar la atención de los químicos sobre el particular, que no causaría extrañeza si alterativamente se hubiesen estudiado con imparcial criterio las enseñanzas alquímicas. El puente que salva el abismo abierto entre la nueva química y la vieja alquimia es pequeño en comparación del tendido más audazmente al pasar de la teoría dualística, a la unitaria.

Así como Ampère fué fiador de Avogadro entre los químicos modernos, así también se verá algún día que la hipótesis del od, sustentada por Reichenbach, abre camino para estimar la valía de Paracelso. Hace tan sólo cincuenta años, se consideraba la molécula como el tipo unitario de las combinaciones químicas, y acaso no transcurra tanto tiempo sin que se reconozca el eminente mérito del místico suizo, quien dice en una de sus obras: “Conviene tener en cuenta que el imán es aquel espíritu de vida en el hombre sano, a quien el enfermo busca, y ambos están unidos al caos externo. De esta suerte, el enfermo inficiona al sano por atracción magnética”.

Las obras de Paracelso describen las causas de las enfermedades que afligen a la humanidad, las ocultas relaciones entre la fisiología y la psicología, que en vano se esfuerza en descubrir especulativamente la ciencia moderna, y los específicos y remedios de cada una de las dolencias corporales. También conoció Paracelso el electro–magnetismo tres siglos antes de que (Ersted presumiera haberlo descubierto, según puede inferirse del examen crítico de su peculiar terapéutica. En cuanto a sus descubrimientos químicos, no hay necesidad de enumerarlos, puesto que muchos autores imparciales le tienen por uno de los más insignes químicos de su época. Brierre de Boismont le llama genio, y de acuerdo con Deleuze dice que abrió una nueva era en la historia de la medicina. El secreto de sus felices y mágicas curaciones (como las llamaron entonces), consistía en el soberano menosprecio con que miraba a las tituladas autoridades científicas de su tiempo. A este propósito, dice: “Al investigar la verdad, me he preguntado que de no haber en este mundo maestros de medicina, ¿cómo me las hubiera yo arreglado para aprender este arte? Pues en ningún otro libro que en el siempre abierto de la naturaleza, escrito por el dedo de Dios… Me acusan de no haber entrado en el templo del arte por la puerta principal; pero ¿quién tiene razón? ¿Galeno, Avicena, Mesue, Rhasis o la honrada naturaleza? Yo creo que la naturaleza, y por sus puertas entré guiado por la luz de la naturaleza sin necesidad de candiles de boticario”.

Fundó Paracelso la escuela del magnetismo animal, y descubrió las propiedades del imán. Sus contemporáneos menoscabaron su reputación tachándole de hechicero, en vista de las maravillosas curas que obtenía, como tres siglos después se vió también acusado el barón Du Potet, de brujería y demonolatría, por la Iglesia romana, y de charlatanería por los académicos de Europa. Según dijeron los filósofos del fuego, no hay químico capaz de considerar el “fuego viviente” distintamente de sus colegas, y a este propósito dice Fludd: “Olvidaste lo que tus padres te enseñaron sobre ello, o mejor dicho, nunca lo supiste porque es demasiado elevado para ti”.

El célebre saludador norteamericano Newton ha efectuado más curas instantáneas que enfermos tendrán en toda su vida los más famosos médicos neoyorkinos, y el mismo éxito ha tenido en Francia el zuavo Jacobo. ¿Será posible entonces tachar de alucinaciones o de confabulación de charlatanes y lunáticos los testimonios acopiados durante los últimos cuarenta años? Quien tal hiciera se confesaría mentecato.

Volviendo ahora a Paracelso, diremos que sus obras escritas en estilo enigmático, aunque vigoroso, han de leerse como los rollos de Ezequiel, por dentro y por fuera. Había en aquellos tiempos mucho riesgo en exponer doctrinas heterodoxas, pues la Iglesia estaba en toda su pujanza y menudeaban los autos de fe. Por esta razón vemos que Paracelso, Agrippa y Filaletes fueron tan notables por la piedad de sus declaraciones públicas, como famosos por sus hazañas alquímicas y mágicas. La opinión de Paracelso sobre las propiedades ocultas del imán se halla expuesta en sus obras: Archidaxarum, De Ente Dei y De Ente Astrorum, en la primera de las cuales describe la maravillosa tintura medicinal extraída del imán y denominada magisterium magnetis. Sin embargo, la exposición está en lenguaje no entendido de los profanos y a este propósito dice: “Cualquier campesino echa de ver que el imán atrae al hierro; pero el sabio debe preguntarse por qué… Yo he descubierto que además de esta notoria propiedad de atraer al hierro, tiene el imán otra propiedad oculta”.

Más adelante demuestra Paracelso que en el hombre late una “fuerza sidérea” emanada de los astros, que constituye su forma astral. Esta fuerza sidérea, que pudiéramos llamar espíritu de la materia cometaria, permanece directamente relacionada con los astros de que procede y así quedan los hombres en mutua atracción magnética. Considera también Paracelso, que el cuerpo humano tiene la misma composición química que la tierra y los demás astros, y dice así: “El cuerpo procede de los elementos y el alma de los astros… De los elementos saca el hombre en comida y bebida lo necesario para sustentar su carne y sangre; pero de las estrellas le viene el sustento de la mente y pensamientos de su alma”. Vemos corroboradas hoy estas afirmaciones de Paracelso, por cuanto el espectroscopio demuestra la identidad química, entre el cuerpo humano y el sistema planetario, y los físicos enseñan desde la cátedra la magnética atracción del sol y de los planetas.

Entre los elementos constitutivos del cuerpo humano, se han descubierto ya en el sol, el hidrógeno, sodio, calcio, magnesio y hierro; y en los centenares de estrellas observadas se ha encontrado el hidrógeno, excepto en dos. Por lo tanto, si el espectroscopio ha confirmado al menos una de las afirmaciones de Paracelso, es de esperar que con el tiempo queden corroboradas las demás, no obstante, el menosprecio en que le han tenido astrónomos y químicos por sus teorías sobre la idéntica composición química del hombre y los astros, y por sus ideas acerca de las afinidades y atracciones entre unos y otros.

Pero ocurre preguntar: ¿cómo pudo Paracelso presumir la constitución de los astros, cuando hasta el descubrimiento del espectroscopio nada supieron las academias de química sidérea? Aún hoy día, a pesar de los novísimos procedimientos de observación, sólo se ha logrado indicar la presencia en el sol de unos cuantos elementos y de una cromoesfera hipotética, pues todo lo demás continúa en el misterio. ¿Hubiese podido Paracelso estar tan seguro de la constitución natural de los astros, si no dispusiera de medios como la filosofía hermética y la alquimia, no sólo desconocidos, sino menospreciados por la ciencia?

Además, conviene tener en cuenta que Paracelso descubrió el hidrógeno y conocía perfectamente su naturaleza y propiedades, mucho tiempo antes de que los científicos ortodoxos sospecharan su existencia; que había estudiado astrología y astronomía, como todos los filósofos del fuego, y no se equivocaba al asegurar la directa afinidad del hombre con los astros.

También expuso Paracelso, y a los fisiólogos toca comprobarlo, que el cuerpo no sólo se alimenta por medio del estómago, “sino también, aunque imperceptiblemente, de la natural fuerza magnética de que cada individuo extrae su nutrición específica… ; pues de los elementos en equilibrio atrae el hombre la salud y de los perturbados la enfermedad”. La ciencia admite que los organismos vivientes están sujetos a leyes de afinidad química, y la propiedad más notable de los tejidos orgánicos, según los fisiólogos, es la absorción. Por lo tanto, nada de extraño tiene la afirmación de Paracelso de que el cuerpo humano, a causa de su naturaleza química y magnética, absorbe las influencias siderales. ¿Qué puede objetar la ciencia a la afirmación de que los astros nos atraen y a nuestra vez los atraemos? Así lo prueba el descubrimiento del barón de Reichenbach, de que las emanaciones ódicas del hombre son idénticas a las de los minerales y vegetales.

Paracelso afirmó la unidad constitutiva del universo, al decir, que “el cuerpo humano contiene materia cósmica”, pues el espectroscopio no sólo ha demostrado la existencia en el sol y demás estrellas, fijas de los mismos elementos químicos dé la tierra, sino también que cada estrella es un sol de constitución similar al nuestro. Según Mayer, las condiciones magnéticas de la tierra dependen de las variaciones que sufre la superficie solar a cuyas emanaciones está sujeta, por lo que si las estrellas son soles, también han de influir proporcionalmente en la tierra.

Sigue diciendo Paracelso: “Durante el sueño nos parecemos a las plantas que también tienen cuerpo elementario y vital, pero no espíritu. Entonces el cuerpo astral queda libre y gracias a su elástica índole puede vagar en torno del vehículo dormido o lanzarse al espacio y conversar con sus padres astrales y con sus hermanos, desde lejanas distancias. Los sueños proféticos, la presciencia y los presentimientos son facultades del cuerpo astral negadas al grosero cuerpo físico, que al morir se restituye a los elementos de la tierra, mientras que los distintos espíritus vuelven a los astros. También los animales tienen presentimientos, porque asimismo poseen cuerpo astral.”

Van Helmont, discípulo de Paracelso, repite en gran parte los conceptos de su maestro, aunque expone más acabadamente las teorías del magnetismo y atribuye el magnale magnum o propiedad de mutuo afecto entre dos personas a la simpatía universal entre todas las cosas de la naturaleza. La causa produce el efecto, el efecto reacciona sobre la causa y ambos se influyen recíprocamente. A este propósito dice: “El magnetismo es una fuerza desconocida, de naturaleza celeste, sumamente semejante a la de los astros, que no está impedida por límite alguno de espacio o tiempo… Toda criatura tiene su peculiar potencia celeste y está íntimamente relacionada con el cielo. Esta mágica potencia del hombre permanece latente en el interior hasta que se actualiza en el exterior. Esta sabiduría y poder mágicos están dormidos, pero la sugestión los pone en actividad y se acrecientan a medida que se reprimen las tenebrosas pasiones de la carne… Esto lo consigue el arte cabalístico, que devuelve al alma aquella mágica y sin embargo natural energía y la despierta del sueño en que se hallaba sumida”

Paracelso y Van Helmont reconocen el gran poder de la voluntad durante los éxtasis y dicen que “el espíritu es el medio del magnetismo y está difundido por todas partes”, por lo que la pura y primieval magia no ha de consistir en prácticas supersticiosas ni ceremonias vanas, sino en la imperiosa voluntad del hombre; pues “el alma y el espíritu que en él se ocultan, como el fuego en el pedernal, y no los espíritus celestes ni infernales, dominan la naturaleza física.”

Todos los filósofos medioevales profesaron la teoría de la influencia sidérea en el hombre. A este propósito, dice Cornelio Agrippa: “Las estrellas constan de los mismos elementos que los cuerpos terrestres y por esta razón se atraen recíprocamente las ideas… Las influencias se ejercen tan sólo con auxilio del espíritu difundido por todo el universo en armonía con los espíritus humanos. El que anhele adquirir facultades sobrenaturales debe tener fe, esperanza y amor… En todas las cosas hay un oculto y secreto poder de que dependen las maravillosas facultades mágicas.”

Las modernas teorías del general Pleasanton coinciden con las opiniones de los filósofos del fuego; sobre todo la referente a las electricidades positiva y negativa del hombre y de la mujer y a la atracción y repulsión mutuas de todas las cosas de la naturaleza, que parece tomada de Roberto Fludd, gran maestre de los rosacruces ingleses, quien dice a este propósito: “Cuando dos hombres se acercan uno a otro, su magnetismo es pasivo–negativo o activo–positivo. Si las emanaciones de ambos chocan y se repelen, nace la antipatía; pero cuando se interpenetran sin chocar, el magnetismo es positivo, porque los rayos proceden del centro de la circunferencia, y en este caso, no sólo influyen en las enfermedades, sino también en los sentimientos. Este magnetismo simpático se establece, además de entre los animales, entre éstos y las plantas”. Veamos ahora cómo acogieron los físicos el gran descubrimiento psicológico y fisiológico del magnetismo orgánico, cuando Mesmer llevó a Francia su sistema de cubeta, fundado totalmente en las doctrinas paracélsicas. Esto demostrará cuanta ignorancia, superficialidad y prejuicios puede haber en una corporación científica apegada a sus tradicionales teorías. Conviene insistir en el asunto porque a la negligencia de los académicos franceses de 1784, se debe la actual orientación materialista de las gentes y también los lunares que, según confiesan sus más fervorosos maestros, existen en la teoría atómica. La junta académica encargada en 1784 de examinar los fenómenos mesméricos estaba constituida por eminencias tales como Borie, Sallin, D’Arcet, Guillotin, Franklin, Leroi, Bailly, De Borg y Lavoisier. Por muerte de Borie le sucedió Magault. No cabe duda de que la Junta estaba dominada de hondos prejuicios al comenzar sus tareas por apremiantes órdenes de Luis XVI, y que se colocó en actitud mezquina y parcial para el examen. En su informe, redactado por Bailly, se trataba de dar el golpe de gracia a la nueva teoría, y al efecto se repartió profusamente por los establecimientos de enseñanza y entre el público en general, logrando concitar contra Mesmer la animosidad de gran parte de la nobleza y de ricos comerciantes que antes le patrocinaban por haber presenciado sus admirables curaciones. El distinguido académico Jussieu, que con el ilustre D’Eslon, médico de cámara, había observado cuidadosamente los fenómenos, publicó un minucioso contrainforme en que abogaba por la conveniencia de que la Facultad de Medicina estudiara los efectos terapéuticos del flúido magnético y publicase su parecer sobre el asunto. Esta moción determinó la salida de numerosas memorias, folletos, tratados didácticos y obras polemísticas en que se exponían nuevos hechos, y entre todas aquellas publicaciones sobresalió la muy erudita obra de Thouret titulada: Dudas é investigaciones sobre el magnetismo animal, cuya lectura fué estímulo para la rebusca de antecedentes en la historia de todos los países, cuyos fenómenos magnéticos, desde la más remota antigüedad, llegaron a conocimiento del público.

Las teorías de Mesmer eran sencillamente las mismas de Paracelso, Van Helmont, Santanelli y Maxwell, hasta el punto de que no faltó quien acusara al famoso médico de haber plagiado trozos enteros de una obra de Bertrand. El profesor Stewart dice330 que el universo está compuesto de átomos conectados entre sí como los órganos de una máquina accionada por las leyes de la energía, y aunque el profesor Youmans califique de “moderno” este concepto, lo vemos expuesto ya un siglo antes por Mesmer en sus Cartas a un médico extranjero, que entre otras proposiciones contienen las que siguen:

1.ª Hay recíproca influencia entre los astros, la tierra y los seres vivientes.

2.ª El medio transmisor de esta influencia es un fluido universal y unitónicamente difundido por todas partes, de modo que no consiente vacío alguno, cuya sutilidad excede a toda ponderación y que por su naturaleza es capaz de recibir, propagar y transmitir todas las vibraciones de movimiento.

3.ª Esta influencia recíproca está sujeta a leyes dinámicas desconocidas por ahora. Resulta, en consecuencia, que Stewart no dijo nada nuevo al decir que el universo era semejante a una enorme máquina.

El profesor Mayer corrobora la opinión de Gilbert acerca de que la tierra es un gigantesco imán, y supone que su potencial depende de las emanaciones del sol, pues varía misteriosamente en función de los movimientos terrestres de rotación y traslación y en simpatía con las inmensas oleadas ígneas que agitan la superficie del astro solar, añadiendo que entre el sol y la tierra hay un sucesivo flujo y reflujo de influencias.

Pero la obra citada nos da los mismos conceptos en las siguientes proposiciones de Mesmer:

4.ª De esta acción dimanan alternados efectos que pueden considerarse como flujo y reflujo. 6.ª Por este medio operante, el más universal de cuantos la naturaleza nos presenta, se establecen las relaciones de actividad entre los astros, la tierra y sus partes constituyentes.

7.ª De esta operación dependen las propiedades de la materia así inorgánica como organizada.

8.ª El cuerpo animal experimenta los alternados efectos de este agente por conducto de la substancia nerviosa que transmite su acción.

Newton, antorcha de la ciencia, que creía en el magnetismo según lo enseñaron Paracelso, Van Helmont y demás filósofos del fuego. Nadie negará que la teoría newtoniana de la gravitación universal tiene su raíz en el magnetismo, pues él mismo nos dice que fundaba todas sus especulaciones científicas en el “alma del mundo”, en el universal y magnético agente a que denominó divinum sensorium. A este propósito añade: “Hay un espíritu sutilísimo que penetra todas las cosas, aun los cuerpos más duros, y está oculto en su substancia. Por virtud de la actividad y energía de este espíritu, se atraen recíprocamente los cuerpos y se adhieren al ponerse en contacto. Por él los cuerpos eléctricos se atraen y repelen desde lejanas distancias, y la luz se difunde, refleja, refracta y colora los cuerpos. Por él se mueven los animales y se excitan los sentidos. Pero esto no puede explicarse en pocas palabras, porque nos falta la necesaria experiencia para determinar las leyes que rigen la actividad operante de este agente.

Dos linajes hay de magnetización: la simplemente animal y la trascendente. Esta última depende, por una parte, de la voluntad y aptitud del magnetizador, y por otra, de las cualidades espirituales del sujeto y de su receptibilidad a las vibraciones de la luz astral. Pero no se tardará en reconocer que la clarividencia requiere mucha mayor voluntad en el magnetizador que receptividad en el sujeto, ya que éste, por positivo que sea, habrá de rendirse al poder de un adepto.

Si el magnetizador, mago o entidad espiritual dirige hábilmente la vista del sujeto, la luz astral iluminará sus más hondos arcanos, pues si bien es libro cerrado para quienes miran y no ven, está en cambio siempre abierto para los que quieran leer en él. Allí está anotado cuanto fué, es y será, y aun los más insignificantes actos de nuestra vida y nuestros más escondidos pensamientos quedan fotografiados en sus páginas eternas. Es el libro abierto por mano del ángel del Apocalipsis, el “libro de la vida” que sirve para juzgar a los muertos según sus obras. Es la memoria de Dios.

lámina de 1700, me llama la atención las copas, bastos, oros y espadas que se ve en el círculo.

Dice Zoroastro, que en el éter están figuradas las cosas sin figura y aparecen impresos los pensamientos y caracteres de los hombres, con otras visiones divinas. – Oráculos Caldeos.

Vemos, por lo tanto, que así la antigua como la moderna sabiduría, los vaticinios y la ciencia corroboran unánimemente las enseñanzas cabalísticas. En las indelebles páginas de la luz astral se estampan nuestros pensamientos y acciones y aparecen delineados con pictórica vividez, a los ojos del profeta y del vidente, los acontecimientos futuros y los efectos de causas echadas hace tiempo en olvido. La memoria, cuya naturaleza funcional es desesperación del materialista, enigma para el psicólogo y esfinge para el científico, es para el estudiante de filosofía antigua la potencia compartida con muchos animales inferiores, mediante la cual, inconscientemente, ve en su interior iluminadas por la luz astral las imágenes de pasados pensamientos, actos y sensaciones. El estudiante de ocultismo no ve en los ganglios cerebrales “micrógrafos de lo vivo y de lo muerto, de lugares en que hemos estado y de sucesos en que hemos intervenido”, sino que acude al vasto receptáculo donde por toda la eternidad se almacenan las vibraciones del cosmos y los anales de las vidas humanas.

La ráfaga de memoria que según tradición representa a los náufragos las escenas de su vida pasada, como el fulgor del relámpago descubre momentáneamente el paisaje a los ojos del viajero, no es más que la súbita ojeada que el alma, en lucha con el peligro, da a las silenciosas galerías en que está pintada su historia con impalidecibles colores.

Por la misma causa suelen sernos familiares ciertos parajes y comarcas en que hasta entonces no habíamos estado y recordar conversaciones que por vez primera oímos o escenas acabadas de ocurrir, según de ello hay noventa por ciento de testimonios. Los que creen en la reencarnación aducen estos hechos como otras tantas pruebas de anteriores existencias, cuya memoria se aviva repentinamente en semejantes circunstancias. Sin embargo, los filósofos de la antigüedad y de la Edad Media opinaban que si bien este fenómeno psicológico es uno de los más valiosos argumentos en favor de la inmortalidad y preexistencia del alma, no lo es en pro de la reencarnación, por cuanto la memoria anímica es distinta de la cerebral. Como elegantemente dice Eliphas Levi: “la naturaleza cierra las puertas después de pasar una cosa é impele la vida hacia delante”, en más perfeccionadas formas. La crisálida se metamorfosea en mariposa, pero jamás vuelve a ser oruga. En el silencio de la noche, cuando el sueño embarga los corporales sentidos y reposa nuestro cuerpo físico, queda libre el astral, según dice Paracelso, y deslizándose de su terrena cárcel, se encamina hacia sus progenitores y platica con las estrellas”. Los sueños, presentimientos, pronósticos, presagios y vaticinios son las impresiones del cuerpo astral en el cerebro físico, que las recibe más o menos profundamente, según la intensidad del riego sanguíneo durante el sueño. Cuanto más débil esté el cuerpo físico, más vívida será la memoria anímica y de mayor libertad gozará el espíritu. Cuando después de profundo y reposado sueño sin ensueños se restituye el hombre al estado de vigilia, no conserva recuerdo alguno de su existencia nocturna y, sin embargo, en su cerebro están grabadas, aunque latentes bajo la presión de la materia, las escenas y paisajes que vió durante su peregrinación en el cuerpo astral. Estas latentes imágenes pueden revelarse por los relámpagos de anímica memoria que establecen momentáneos intercambios de energía entre el universo visible y el invisible, es decir, entre los ganglios micrográficos cerebrales y las películas escenográficas de la luz astral. Por lo tanto, un hombre que nunca haya estado personalmente en un paraje ni visto a determinada persona, puede asegurar que ha estado y la ha visto, porque adquirió el conocimiento mientras actuaba en “espíritu”. Los fisiólogos sólo pueden objetar a esto diciendo que en el sueño natural y profundo está la voluntad inerte y es incapaz de actuar, tanto más cuanto no creen en el cuerpo astral y el alma les parece poco menos que un mito poético. Blumenbach afirma que durante el sueño queda en suspenso toda comunicación entre cuerpo y mente; pero Richardson, de la Sociedad Real de Londres, redarguye acertadamente al fisiólogo alemán, diciéndole que se ha excedido en sus afirmaciones, pues no se conocen todavía a punto fijo las relaciones entre cuerpo y mente. Añadamos a esta opinión la del fisiólogo francés Fournié y la del eminente médico inglés Allchin, quien confiesa con entera franqueza que no hay profesión científica de tan insegura base como la medicina, y veremos que no sin justicia deben oponerse las ideas de los sabios antiguos frente a las de la ciencia moderna.

Nadie, por grosero y material que sea, deja de vivir en el universo invisible al par que en el visible. El principio vital que anima su organismo físico reside principalmente en el cuerpo astral, cuyas partículas densas quedan inertes, mientras las sutiles no reconocen límite ni obstáculo. Bien sabemos que tanto los sabios como los ignorantes preferirán mantenerse en el prejuicio de que no es posible saber de donde dimana el agente vital, antes de conceder ni un momento de atención a lo que llaman rancias y desprestigiadas teorías. Algunos objetarán desde el punto de vista teológico que el alma de los brutos no es inmortal, pues tanto teólogos como legos confunden erróneamente el alma con el espíritu. Pero si estudiamos a Platón y otros filósofos antiguos, advertiremos que mientras el cuerpo astral no pasa de tener una existencia más o menos larga después de la muerte física, el espíritu divino (impropiamente llamado alma por los teólogos) es esencialmente inmortal. Si el principio vital fuese algo independiente del cuerpo astral, no estaría de seguro la clarividencia en tan directa relación con la debilidad física del sujeto. Cuanto más profundo sea el sueño hipnótico y menos signos de vida se noten en el cuerpo físico, tanto más clara será la percepción espiritual, y tanto más penetrante la vista del alma que desprendida de los sentidos corporales actúa con incomparablemente mayor potencia que cuando le sirve de vehículo un cuerpo sano y vigoroso. Brierre de Boismont nos da repetidos ejemplos de ello en demostración de que los cinco sentidos son mucho más agudos en estado hipnótico que en el de vigilia. Estos fenómenos prueban incontrovertiblemente la continuidad de la vida siquiera por algún tiempo después de muerto el cuerpo físico.

Aunque durante nuestra breve estancia en la tierra pueda compararse el alma a una luz puesta debajo del celemín, no deja de brillar por ello y de recibir la influencia de espíritus afines, de modo que todo pensamiento bueno o malo atrae vibraciones de su misma naturaleza, tan irresistiblemente. como el imán atrae las limaduras de hierro, en proporción a la intensidad de las vibraciones etéreas del pensamiento; y así se explica que un hombre se sobreponga imperiosamente a su tiempo y que su influencia se transmita de una a otra época por medio de las recíprocas corrientes de energía entre los mundos visible e invisible, hasta afectar a gran parte del género humano. Difícil sería determinar las lindes que en este punto han puesto a su pensamiento los autores de la famosa obra El Universo invisible, pero del siguiente pasaje podemos inferir que no dijeron todo cuanto pensaban. Dice así:

“Sea como quiera, no cabe duda de que las propiedades del éter son en el campo de la naturaleza muy superiores a las de la materia tangible. Y como la índole de ésta, salvo en algunos pormenores de poca importancia, se halla mucho más allá de la penetración de las lumbreras científicas, no llevaremos adelante nuestras disertaciones. Basta a nuestro propósito conocer los efectos del éter cuya potencialidad supera a cuanto nadie ha osado decir”.

Uno de los más notables descubrimientos de los tiempos modernos, es la facultad que algunas personas receptivas poseen de describir el carácter y aspecto de una persona o los sucesos ocurridos, con tal de retener en la mano y pasárselo por la frente un objeto cualquiera relacionado con la persona o el suceso, por mucho que sea el tiempo transcurrido. Así, una piedra ruinosa le representará la historia del edificio a que perteneciera, con las escenas ocurridas en su interior y alrededores; un pedazo de mineral despertará en su alma la visión retrospectiva de la época de su formación. Esta facultad fué descubierta por el profesor Buchanan de Louisville (Kentucky), quien le dió el nombre de psicometría. A este sabio debe el mundo tan importante complemento de las ciencias psicológicas, y de seguro que merecerá ser honrado en estatua cuando la frecuencia de los experimentos psicométricos acaben de una vez con el escepticismo. Al publicar su descubrimiento se contrajo Buchanan a la utilidad de la psicometría para bosquejar el carácter de las personas, y dice a este propósito: “Parece que es indeleble la influencia mental y fisiológica que recibe un manuscrito, pues los más antiguos ejemplares de que me valí en las experiencias revelaban precisa y vigorosamente sus impresiones, apenas debilitadas por el tiempo. Por virtud de la psicometría fué posible leer, sin dificultad alguna, manuscritos antiguos cuya ordinaria interpretación hubiese requerido el auxilio de los paleólogos. Pero no únicamente los manuscritos retienen las impresiones mentales, sino que también los dibujos, pinturas y cualquier otro objeto que haya recibido el contacto mental y volitivo de una persona, le pueden servir a otra de medio de descripción psicométrica… Este descubrimiento tendrá incalculables consecuencias en su aplicación a las artes y a la historia”.

Añade Denton en la misma obra: “No se mueve una hoja ni se levanta una onda ni se arrastra un insecto; sin que registren sus movimientos mil fieles escribanos en infalibles é indelebles escrituras. Así ocurre con lo sucedido en pasados tiempos. Continuamente ha estado la naturaleza fotografiándolo todo, desde que brilló la luz sobre la tierra, cuando sobre la cuna del recién nacido planeta flotaban vaporosas cortinas, hasta el momento actual. ¡Y qué fotografías!”

Nos parece el colmo de la imposibilidad que en la materia atómica hayan quedado grabados los hechos ocurridos en la antigua Tebas o en algún templo prehistórico. Sin embargo, las imágenes de estos hechos están saturadas de aquel agente universal que todo lo penetra y todo lo retiene, llamado por los filósofos “alma del mundo” y por el geólogo Denton el “alma de las cosas”. Al aplicarse el psicómetra a la frente un objeto determinado, relaciona su yo interno con el alma del objeto y se pone en contacto con la corriente de luz astral que, relacionada con dicho objeto, retiene las descripciones de los sucesos concernientes a su historia los cuales, según Denton, pasan ante la vista del psicómetra con la velocidad del rayo, en vertiginosa sucesión de escenas que tan sólo con mucha fuerza de voluntad es posible detenerlas en el campo visual para describirlas.

El psicómetra es clarividente, pues ve con la vista interna; pero su visión de personas, lugares y sucesos resultará confusa, a menos que con potente fuerza de voluntad haya educado la percepción visual. Sin embargo, en los casos de hipnotismo, la clarividencia del sujeto depende de la voluntad del hipnotizador, quien, por lo tanto, puede detener la atención de aquél en determinada imagen todo el tiempo necesario para describirlo en sus más prolijos pormenores. Por otra parte, el sujeto sometido a la influencia de un hábil hipnotizador aventaja al psicómetra espontáneo en la clara y distinta predicción del porvenir.

(Está ya admitido que el éter interpenetra toda clase de materia, aun la más densa, y ya empieza a admitirse que retiene las imágenes de cuanto ha sucedido.)

Si alguien objeta diciendo que no es posible ver lo que “todavía no existe”, le responderemos que tan posible es ver lo futuro como se ve lo pasado, que ya no existe. Según las enseñanzas cabalísticas, lo futuro está en embrión en la luz astral, como también lo presente estaba en embrión antes de serlo. El hombre es libre de obrar a su albedrío, pero desde el origen de los tiempos está previsto el uso que hará de este albedrío, sin que tal previsión suponga fatalismo ni hado, sino que resulta de la inmutable armonía del universo, así como de antemano se conocen las vibraciones peculiares de cada nota que se haya de pulsar. Además, la eternidad del tiempo no tiene pasado ni futuro, sino tan sólo presente, de la propia manera que la inmensidad del espacio no tiene en rigor puntos cercanos ni lejanos. En el mezquino campo de nuestras experiencias, nos esforzamos en concebir, si no el fin, por lo menos el principio del tiempo y del espacio, que en realidad no tienen principio ni fin, pues de tenerlo, ni el tiempo sería eterno ni ilimitado el espacio. Como hemos dicho, no hay pasado ni futuro; pero nuestra memoria refleja las imágenes grabadas en la luz astral, como el psicómetra las emanaciones astrales de los objetos palpados. Al tratar de la influencia de la luz en los cuerpos y de la formación de imágenes fotográficas, dice el profesor Hitchcock: “Parece como si esta influencia interpenetrara la naturaleza toda sin detenerse en puntos definidos. No sabemos si la luz puede retratar en los objetos circundantes nuestras facciones demudadas por la emoción y dejar de esta suerte fotografiadas en la naturaleza nuestras acciones… Posible es también que haya procedimientos superiores a los del más hábil fotógrafo, por cuyo medio revele y fije la naturaleza estas fotografías de modo que, con sentidos más agudos que los nuestros, se vean como en un inmenso lienzo extendido sobre el universo material. Quizás no se borren nunca estas fotografías del lienzo, sino que perduren en el vasto museo pictórico de la eternidad”.

La duda manifestada en el quizás de Hitchcock se ha trocado en triunfadora certeza por valimiento de la psicometría. Sin embargo, cuantos hayan observado la cualidad psíquica de clarividencia advertirán que Hitchcock no debiera haber supuesto la necesidad de más agudos sentidos para ver las imágenes, sino decir que habían de superar en penetración a los corporales, porque para el espíritu humano, dimanante del inmortal y divino Espíritu, no hay pasado ni futuro, sino que todo lo tiene presente.

(Las fotografías a que se refiere Hitchcock en el pasaje citado tienen por placa la luz astral donde se registra todo cuanto ha sido, es y será, según afirman las enseñanzas herméticas ya corroboradas en parte por la ciencia).

De algún tiempo a esta parte han comenzado los científicos a estudiar este asunto hasta hoy difamado con nota de superstición. Discurrieron primero acerca de los hipotéticos mundos invisibles y a todos se adelantaron los autores de la obra: El Universo invisible, a quienes siguió el profesor Fiske con la suya: El mundo invisible. Esto prueba que el terreno del materialismo se hunde bajo los pies de los científicos, quienes se disponen a capitular honrosamente en caso de derrota. Jevons corrobora las opiniones de Babbage y ambos afirman que los pensamientos ponen en vibración las partículas del cerebro y las difunden por el universo, de suerte que “cada partícula material es una placa registradora de cuanto ha sucedido”344. Por otra parte el doctor Young, en sus conferencias sobre filosofía natural, apunta “la posibilidad de que haya mundos invisibles y desconocidos en aislada independencia unos, en recíproca interpretación otros, y algunos cuya existencia no requiera por modalidad el espacio”.

Si los científicos discurren de esta suerte, partiendo del principio de continuidad según el cual la energía se transmite al universo invisible, no se les ha de negar el mismo discurso a los ocultistas y espiritualistas. La ciencia admite hoy que las imágenes especulares quedan impresas indefinidamente sobre una superficie pulimentada, y a este propósito dice Draper: “La sombra proyectada sobre una pared deja allí una huella que puede revelarse mediante manipulaciones convenientes… Los retratos de nuestros amigos o las imágenes de la campiña quedan ocultos bajo la superficie sensible de nuestros ojos, hasta que las revelamos por adecuados medios. Una imagen espectral está encubierta bajo una superficie de plata bruñida o de cristal pulido, hasta que la nigromancia la revela al mundo visible. En las paredes de nuestros más retirados aposentos, al abrigo de indiscretas miradas, en la soledad de nuestro apartamiento inaccesible a los extraños, están las huellas de nuestros actos y las siluetas de cuanto hicimos”.

Si tan indelebles impresiones puede recibir la materia inorgánica y nada se aniquila en el universo, no cabe rechazar la hipótesis de que “el pensamiento actúe en la materia de otro universo al par que en la del nuestro y prever de esta suerte lo futuro”.

A nuestro entender, si la psicometría es valiosa prueba de la indestructibilidad de la materia, que retiene eternamente las impresiones recibidas, también es la clarividencia psicométrica no menos valiosa prueba de la inmortalidad del espíritu humano. Puesto que la facultad psicométrica es capaz de describir sucesos ocurridos hace centenares de miles de años, ¿por qué no aplicar la misma facultad al conocimiento de un porvenir sumido en la eternidad, que no tiene pasado ni futuro, sino tan sólo el presente sin límites?

Algunos reflexionaron sobre la índole de este proteico agente que no podían pesar ni medir con sus aparatos, y dijeron que era “un medio hipotético sumamente elástico y sutil que se supone ocupa los espacios intersiderales é interatómicos y sirve de medio transmisor del calor y de la luz”. Otros, a quienes llamaríamos los fuegos fatuos o hijos espurios de la ciencia, se tomaron la molestia de observar el éter con lentes de mucho alcance, según nos dicen; pero al no ver espíritus ni espectros, ni descubrir entre sus aleves ondulaciones nada de más científica índole, viraron en redondo para tachar con lastimero acento de “mentecatos y lunáticos visionarios”, no sólo a los espiritistas en particular, sino a cuantos creen en la inmortalidad. Dicen sobre este particular los autores de El Universo invisible: “Han estudiado en el universo objetivo ese misterio que llamamos vida. El error consiste en creer que todo cuanto desaparece de la observación, desaparece también del universo. Sin embargo, no hay tal, porque únicamente desaparece del pequeño círculo de luz a que podemos llamar universo de observación científica. Es un trínico misterio en la materia, en la vida y en Dios; pero los tres misterios son uno solo”. En otro pasaje añaden: “El universo visible debe seguramente tener un límite de energía transformable y probablemente el mismo límite en su materia; pero como el principio de continuidad repugna toda limitación, ha de haber sin duda algo más allá de lo visible, de modo que el mundo visible no es el universo total sino tan sólo una pequeña parte de él”. Además, atendiendo los autores al concepto del origen y fin del universo visible, dicen que si fuese todo cuanto existe, habría ruptura de continuidad tanto en la súbita manifestación primaria de él como en su ruina final…. Ahora bien; ¿no es lógico suponer que el universo invisible, en cuya existencia razonablemente creemos, esté en condiciones de recibir la energía del visible?.. Cabe, por lo tanto, considerar el éter o medio transmisor como un puente entre ambos universos, que de esta manera quedan conglomerados en uno solo. En fin, lo que generalmente se llama éter puede ser, además de un medio transmisor, el orden de cosas invisibles, de modo que los movimientos del universo visible se comunican al éter y éste los transmite como por un puente al invisible, que los recibe, transforma y almacena. Podemos decir, por lo tanto, que cuando la energía se transmite de la materia al éter, pasa del mundo visible al invisible y cuando del éter va a la materia se transfiere del mundo invisible al visible”.

Precisamente es así. Cuando la ciencia adelante algunos pasos más en este camino y estudie detenidamente el “hipotético medio transmisor” podrá salvar sin peligro el abismo que Tyndall ve abierto entre el cerebro físico y la conciencia.

Algunos años antes, en 1856, el por entonces famoso doctor Jobard de París expuso acerca del éter el mismo concepto sustentado después por los autores de El Universo invisible. Con asombro del mundo científico, dijo el doctor Jobard a este propósito: “Acabo de hacer un descubrimiento que me asusta. Hay dos modalidades de electricidad: una ciega y ruda, dimanante del contacto de los metales con los ácidos (purga grosera), y otra racional y clarividente. La electricidad se ha bifurcado en manos de Galvani, Nobili y Matteuci. La corriente ruda tomó la dirección señalada por Jacobi, Bonelli y Moncal, mientras que la corriente lúcida quedó en manos de Bois–Robert, Thilorier y Duplanty. La esfera eléctrica o electricidad globular entraña un pensamiento que desobedece a Newton y a Mariotte para moverse a su antojo… En los anales de la Academia hay mil pruebas de la inteligencia del rayo eléctrico… Pero noto que voy siendo en demasía indiscreto. A poco más doy la clave que ha de llevarnos al descubrimiento del espíritu universal”.

Todas las citas iluminan con nueva luz la sabiduría de los antiguos. Ya vimos que los Oráculos caldeos exponen en parecido lenguaje el mismo concepto del éter que los autores de El Universo invisible, pues dicen que “del éter proceden todas las cosas y a él han de volver y que en él están indeleblemente grabadas las imágenes de todas las cosas, porque es almacén de ideas y troj de los gérmenes y de los residuos de las formas visibles”. Esto corrobora nuestra afirmación de que todo descubrimiento moderno tuvo su parigual hace miles de años entre nuestros cándidos antepasados. Vista, en el punto en que estamos, la actitud de los escépticos respecto de los fenómenos psíquicos, cabe asegurar que aunque la clave referida por Jobard estuviera en el borde del “abismo”, no habría ningún Tyndall capaz de agacharse a recogerla.

¡Cuán limitadas han de parecerles a algunos cabalistas estas tentativas para escrutar el hondo misterio del éter universal! Porque por muy superiores que respecto a las de la ciencia contemporánea sean las ideas de los autores de El Universo invisible, resultan por demás familiares para los maestros de la filosofía hermética, quienes no sólo consideraban el éter como el puente tendido entre el universo visible y el invisible, sino que osadamente recorrían todos sus tramos hasta llegar a las misteriosas puertas que los científicos no quieren o tal vez no pueden abrir.

Cuanto más ahondan los investigadores modernos en sus observaciones, tanto más frecuentemente les dan en rostro los descubrimientos antiguos. Expone el geólogo francés Beaumont una teoría sobre los movimientos internos del globo en relación con la corteza terrestre, y echa de ver que se le habían adelantado los antiguos en la exposición. Preguntamos cuál es la más novísima hipótesis acerca de la formación de los yacimientos minerales, y nos dice Hunt que el agua es el disolvente universal, según ya afirmó Tales de Mileto veinticuatro siglos atrás al enseñar que el agua es el originario elemento de todas las cosas.

Pero comparemos sus anteriores opiniones con las de Paracelso y Van Helmont, según las traducciones inglesas de sus obras. Dicen que el alkahest determina los efectos siguientes:

1.º “Nunca extingue las propiedades virtuales de los cuerpos disueltos en él. Por ejemplo, si el oro se trata por el alkahest se forma una sal de oro; si el antimonio, una sal de antimonio, etc. 2.º El cuerpo manipulado se descompone en tres principios: sal, azufre y mercurio; pero después queda únicamente la sal volátil, que por último se convierte en agua clara.

3.º Todo cuanto el alkahes disuelve se puede convertir en volátil mediante el baño de arena, y si luego de volatilizado el disolvente se destila la substancia soluble, se convierte en agua pura e insípida, pero siempre en cantidad equivalente al original”.

Por su parte dice Van Helmont que el alkahest disuelve los cuerpos más rebeldes en substancias de las mismas propiedades virtuales de peso idéntico al cuerpo disuelto… Destilada repetidas veces esta sal (á que Paracelso llama sal circulatum), pierde toda su fijeza y acaba por convertirse en un agua insípida en cantidad equivalente a la sal de que procede”

Las alegaciones de Cooke en pro de la ciencia moderna con respecto a la fraseología hermética, podrían aplicarse también a la escritura hierática de Egipto que encubre todo cuanto convenía encubrir. Si Cooke trata de aprovecharse de la labor del pasado, ha de recurrir a la criptografía y no a la sátira. Paracelso, como los demás alquimistas, exprimía su ingenio en la transposición literal y abreviatura de palabras y frases; y así, por ejemplo, escribe sufratur en vez de tártaro, mutrin por nitro, etcétera. Son innumerables las interpretaciones supuestas de la palabra alkahest. Unos creen que era una doble sal de tártaro; otros le daban la misma significación que a la voz alemana antigua algeist, equivalente a espirituoso. Paracelso llama a la sal “centro de agua donde han de morir los metales”; de lo que algunos, como por ejemplo, Glauber, infieren que el alkahest era espíritu de sal. Se necesita mucha osadía para decir que Paracelso y sus colegas ignoraban la distinción entre los cuerpos simples y sus combinaciones, pues aunque no les diesen los mismos nombres que hoy les dan los químicos, obtenían resultados imposibles de lograr sin conocer la índole de las substancias manipuladas. Nada importa el nombre que Paracelso dio al gas resultante de la reacción del hierro y el ácido sulfúrico, si las autoridades en química reconocen que descubrió el hidrógeno.

Su mérito es el mismo. Y nada tampoco importa que Van Helmont encubriera bajo la denominación de “virtudes seminales” las propiedades inherentes a los elementos químicos que, al combinarse, las modifican temporáneamente sin perderlas en modo alguno, pues no por su enigmático lenguaje dejó de ser el químico más ilustre de su época en parigualdad de mérito con los del día. Afirmaba Van Helmont, que el aurum potábile podía obtenerse por medio del alkahest, salificando el oro de suerte que sin perder sus “virtudes seminales” se disolviera en el agua. Cuando los químicos sepan, no lo que Van Helmont decía que entendía, ni lo que se supone entendía, sino lo que en realidad entendía por aurum potabile, alkahest, sal y virtudes seminales, podrán definir su actitud respecto a los filósofos del fuego y a los antiguos maestros cuyas místicas enseñanzas respetuosamente siguieron. De todos modos, este lenguaje de Van Helmont, aun tomado en sentido exotérico, demuestra que conocía la solubilidad de las combinaciones metálicas en el agua, en lo que basa Hunt su hipótesis acerca de los yacimientos metalíferos. A este propósito dice en una de sus conferencias: “Los alquimistas buscaron en vano el disolvente universal; pero nosotros sabemos hoy que el agua, a favor de la presión y la temperatura, y en presencia de ciertos cuerpos muy abundantes en la naturaleza, tales como el ácido carbónico y los carbonatos y sulfatos alcalinos, disuelve las substancias al parecer más insolubles y obra como el alkahest o menstruo universal durante tanto tiempo buscado”.

“Podrá darnos alguna luz sobre esto la observación de que, para Van Helmont y Paracelso, el agua era el instrumento universal de la química y la filosofía natural, y diputaban el fuego por causa eficiente de todas las cosas. Creían, además, que la tierra entrañaba virtudes seminales, y que el agua, al disolver y fermentar las substancias térreas, como sucede con el fuego, produce todas las cosas y origina los reinos mineral, vegetal y animal”.

Los alquimistas conocían por completo la universal potencia disolvente del agua, y en las obras de Paracelso, Van Helmont, Filaleteo, Pantatem, Taquenio y Boyle, se establece explícitamente la propiedad por excelencia del alkahest, esta es, la de “disolver y transmutar todos los cuerpos sublunares excepto el agua.” No cabe suponer, por lo tanto, que hombre de tan irreprensible conducta y de tan vasto saber como Van Helmont, asegurara formalmente poseer el secreto si únicamente hubiese sido mera presunción de poseerlo.

“Puesto que el organismo corporal está animado interiormente por una fuerza supeditada o no al espíritu, alma, mente o lo que quiera que constituya el ser individual llamado hombre, es lógico inferir que todo movimiento externo al cuerpo tiene por causa la misma fuerza que produce el movimiento en el interior del cuerpo. Y así como esta fuerza externa suele estar dirigida por la inteligencia, también esta inteligencia dirige la fuerza interna”.

Para mejor comprender el pensamiento de Sergeant Cox en esta hipótesis, la dividiremos en cuatro proposiciones:

1º La fuerza productora de los fenómenos psíquicos procede del médium y por consiguiente dimana de él.

2º La inteligencia que dirige la fuerza productora del fenómeno podría ser distinta de la inteligencia del médium; pero como no hay prueba suficiente de ello, es muy probable que la inteligencia directora sea la del médium.

3º La fuerza que mueve la mesa es idéntica a la que mueve el cuerpo del médium.

4º Los espíritus de los difuntos para nada intervienen en la producción de los fenómenos psíquicos.

Todo movimiento, sea de un cuerpo vivo o de un cuerpo inorgánico, requiere tres condiciones: voluntad, fuerza y materia, que pueden transmutarse de conformidad con el principio de la conservación de la energía dirigida, o mejor dicho, cobijada por la Mente divina de que tan insidiosamente se empeñan los escépticos en prescindir, pero sin cuya presidencia no se moverían los gusanillos en la tierra ni al beso de la brisa las hojas del árbol. Los científicos llaman leyes cósmicas a las modalidades de energía y de materia y las consideran inmutables é invariables en su acción; pero más allá de estas leyes hemos de inquirir la causa inteligente que al establecer el régimen infundió en ellas su conciencia. No es posible concebir una causa primera, una voluntad universal, Dios en suma, si no le atribuimos inteligencia.

Vuestra en la Santa Ciencia Ana Suero Sanz.

– Artículo*: Filosofía Oculta –

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*No suscribimos necesariamente las opiniones o artículos aquí enlazados

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Como funciona la alquimia en física y como podemos usarla

En los post anteriores hemos visto que el funcionamiento de un ordenador moderno puede ayudarnos a entender la conciencia. Estudios recientes indican que la misma analogía también puede ayudarnos a comprender y desmitificar la relación entre el cerebro y la mente. En su obra innovadora, Consciousness Explained, Daniel Dennett, codirector del Centro para los Estudios Cognitivos de la Universidad Tufts, dice que podemos considerar que el cerebro es “una especie de ordenador”, y que eso nos ofrece una poderosa metáfora para entender como usamos la información. Las comparaciones de Dennett nos ofrecen exactamente lo que necesitamos para atravesar lo que él denomina la “terra incognita”, o tierra desconocida, entre lo que la ciencia nos dice del cerebro y lo que experimentamos a través de él.

El hombre habitualmente considerado el “padre” de la informática moderna, John von Neumann, calculó en una ocasión que el cerebro humano puede almacenar hasta 280 quintillones de bits de memoria (es decir, 280 con 18 ceros detrás). El cerebro no sólo puede almacenar esa asombrosa cantidad de datos, sino que es capaz de procesarlos más rápidamente que los ordenadores más potentes de nuestros días. Esto es importante, porque nuestra manera de reunir, procesar y almacenar la información de la vida determina nuestras creencias y de dónde proceden.

Estudios realizados en la década de los 70 revelaron que no acumulamos los recuerdos de nuestras experiencias en un lugar específico de nuestro cerebro. El trabajo revolucionario del neurocientífico Karl Pribram ha demostrado que las funciones cerebrales son más globales de lo que pensábamos. Antes de las investigaciones de Pribram se creía que había una correspondencia biunívoca entre ciertos tipos de recuerdos, conscientes e inconscientes y los lugares donde se almacenaban.

El problema surgió cuando las pruebas de laboratorio falsearon la teoría. Los experimentos demostraron que los animales conservaban sus recuerdos y continuaban con sus vidas aunque se les extirparan las partes de sus cerebros que se consideraban responsables de esas funciones. En otras palabras, no había un vínculo directo entre los recuerdos y un lugar físico del recuerdo. Era evidente que la visión mecánica de este órgano y de la memoria no era la respuesta. Estaba ocurriendo otra cosa, algo que acabó resultando misterioso y maravilloso.

Durante su investigación, Pribram percibió similitudes entre el modo el que el cerebro almacena los recuerdos y otra clase de almacenamiento de información que se desarrolló a mediados del siglo XX y recibe el nombre de holograma. Si pidieras a alguien que explicara que es un holograma, probablemente lo describiría como una fotografía especial: cuando la imagen superficial se expone a una luz directa, de repente se torna tridimensional. En el proceso de crear estas imágenes, la luz laser distribuye la imagen por toda la superficie de la fotografía. Es esta propiedad de “distribuirse igualmente” lo que hace que la fotografía holográfica sea diferente de la foto de la típica cámara.

Así, cada parte de la superficie contiene la totalidad de la imagen tal como era originalmente, solo que a una escala menor. Y esta es la definición de holograma. Es un proceso que permite que cada parte de “algo” contenga la totalidad de ese “algo”. La naturaleza es holográfica y usa este principio para compartir información y realizar rápidamente cambios significativos, como mutaciones curativas del ADN.

De modo que tanto si dividimos el universo en galaxias, los seres humanos en átomos o los recuerdos en fragmentos, el principio involucrado sigue siendo el mismo. Cada parte refleja la totalidad, solo que a una escala menor. Esta es la belleza y el poder del holograma: su información está por todas partes y puede ser medida en cualquier punto.

En 1.940, el científico Dennis Gabor empleó complejas ecuaciones, conocidas como las transformaciones de Fourier, para crear los primeros hologramas, y este trabajo le llevó a conseguir el premio nobel en 1.971. Pribram pensó qué si el cerebro funcionaba como un holograma y distribuye la información por sus circuitos, también debería procesar la información tal y como lo hacen las ecuaciones de Fourier. Sabiendo que las células cerebrales crean ondas eléctricas, Pribram fue capaz de examinar las pautas producidas por los circuitos cerebrales empleando las ecuaciones de Fourier. Y su teoría demostró ser correcta. Los experimentos probaron que el cerebro procesa la información de manera equivalente al holograma.

Pribram clarificó su modelo del cerebro usando una simple metafóra de hologramas funcionando dentro de otros hologramas. En una entrevista, explicó: “Los hologramas dentro del sistema visual son hologramas parche”. Se trata de pociones pequeñas de una imagen mayor. “La totalidad de la imagen está compuesta de manera muy parecida al ojo de un insecto, que tiene cientos de pequeñas lentes en lugar de un gran lente… Cuando llegas a experimentarla, obtienes la pauta total completamente ensamblada, como una pieza unificada”. Esta manera radicalmente nueva de vernos a nosotros mismo y al universo nos permite acceder directamente a todas las posibiliades que podríamos haber deseado soñado o imaginado.

Todo comienza en nuestras creencias y los pensamientos en que se basan. Mientras que las creencias mismas se forman en el corazón, los pensamientos de los que proceden se originan en uno de los reinos misteriosos del cerebro: La mente consciente o la subconsciente.

Gregg Braden, La curación espontanea de las creencias.

Isis sin velo Tomo I

Pero lo que especialmente distingue a la Fraternidad, es su maravilloso conocimiento de los recursos del arte médico. Operan por medio de simples y no por hechizos. – (Manuscrito. Informe sobre el origen y atributos de los verdaderos rosacruces)

Pocas verdades tan profundas han dicho los científicos como la expuesta por Cooke en su obra Nueva Química, al decir: “La historia de la ciencia nos demuestra que para arraigar y desarrollarse una verdad científica, es preciso que la época esté debidamente dispuesta a recibirla, pues muchas ideas no dieron fruto por haber caído en suelo estéril; pero tan luego como el tiempo puso el abono, la simiente echó raíces y más tarde frutos… ”Todo estudiante se sorprende al ver el escaso número de verdades que aun los más preclaros talentos añadieron al acopio científico”. La transformación operada recientemente en la química es muy a propósito para llamar la atención de los químicos sobre el particular, que no causaría extrañeza si alterativamente se hubiesen estudiado con imparcial criterio las enseñanzas alquímicas. El puente que salva el abismo abierto entre la nueva química y la vieja alquimia es pequeño en comparación del tendido más audazmente al pasar de la teoría dualística, a la unitaria.

Así como Ampère fué fiador de Avogadro entre los químicos modernos, así también se verá algún día que la hipótesis del od, sustentada por Reichenbach, abre camino para estimar la valía de Paracelso. Hace tan sólo cincuenta años, se consideraba la molécula como el tipo unitario de las combinaciones químicas, y acaso no transcurra tanto tiempo sin que se reconozca el eminente mérito del místico suizo, quien dice en una de sus obras: “Conviene tener en cuenta que el imán es aquel espíritu de vida en el hombre sano, a quien el enfermo busca, y ambos están unidos al caos externo. De esta suerte, el enfermo inficiona al sano por atracción magnética”.

Las obras de Paracelso describen las causas de las enfermedades que afligen a la humanidad, las ocultas relaciones entre la fisiología y la psicología, que en vano se esfuerza en descubrir especulativamente la ciencia moderna, y los específicos y remedios de cada una de las dolencias corporales. También conoció Paracelso el electro–magnetismo tres siglos antes de que (Ersted presumiera haberlo descubierto, según puede inferirse del examen crítico de su peculiar terapéutica. En cuanto a sus descubrimientos químicos, no hay necesidad de enumerarlos, puesto que muchos autores imparciales le tienen por uno de los más insignes químicos de su época. Brierre de Boismont le llama genio, y de acuerdo con Deleuze dice que abrió una nueva era en la historia de la medicina. El secreto de sus felices y mágicas curaciones (como las llamaron entonces), consistía en el soberano menosprecio con que miraba a las tituladas autoridades científicas de su tiempo. A este propósito, dice: “Al investigar la verdad, me he preguntado que de no haber en este mundo maestros de medicina, ¿cómo me las hubiera yo arreglado para aprender este arte? Pues en ningún otro libro que en el siempre abierto de la naturaleza, escrito por el dedo de Dios… Me acusan de no haber entrado en el templo del arte por la puerta principal; pero ¿quién tiene razón? ¿Galeno, Avicena, Mesue, Rhasis o la honrada naturaleza? Yo creo que la naturaleza, y por sus puertas entré guiado por la luz de la naturaleza sin necesidad de candiles de boticario”.

Fundó Paracelso la escuela del magnetismo animal, y descubrió las propiedades del imán. Sus contemporáneos menoscabaron su reputación tachándole de hechicero, en vista de las maravillosas curas que obtenía, como tres siglos después se vió también acusado el barón Du Potet, de brujería y demonolatría, por la Iglesia romana, y de charlatanería por los académicos de Europa. Según dijeron los filósofos del fuego, no hay químico capaz de considerar el “fuego viviente” distintamente de sus colegas, y a este propósito dice Fludd: “Olvidaste lo que tus padres te enseñaron sobre ello, o mejor dicho, nunca lo supiste porque es demasiado elevado para ti”.

El célebre saludador norteamericano Newton ha efectuado más curas instantáneas que enfermos tendrán en toda su vida los más famosos médicos neoyorkinos, y el mismo éxito ha tenido en Francia el zuavo Jacobo. ¿Será posible entonces tachar de alucinaciones o de confabulación de charlatanes y lunáticos los testimonios acopiados durante los últimos cuarenta años? Quien tal hiciera se confesaría mentecato.

Volviendo ahora a Paracelso, diremos que sus obras escritas en estilo enigmático, aunque vigoroso, han de leerse como los rollos de Ezequiel, por dentro y por fuera. Había en aquellos tiempos mucho riesgo en exponer doctrinas heterodoxas, pues la Iglesia estaba en toda su pujanza y menudeaban los autos de fe. Por esta razón vemos que Paracelso, Agrippa y Filaletes fueron tan notables por la piedad de sus declaraciones públicas, como famosos por sus hazañas alquímicas y mágicas. La opinión de Paracelso sobre las propiedades ocultas del imán se halla expuesta en sus obras: Archidaxarum, De Ente Dei y De Ente Astrorum, en la primera de las cuales describe la maravillosa tintura medicinal extraída del imán y denominada magisterium magnetis. Sin embargo, la exposición está en lenguaje no entendido de los profanos y a este propósito dice: “Cualquier campesino echa de ver que el imán atrae al hierro; pero el sabio debe preguntarse por qué… Yo he descubierto que además de esta notoria propiedad de atraer al hierro, tiene el imán otra propiedad oculta”.

Más adelante demuestra Paracelso que en el hombre late una “fuerza sidérea” emanada de los astros, que constituye su forma astral. Esta fuerza sidérea, que pudiéramos llamar espíritu de la materia cometaria, permanece directamente relacionada con los astros de que procede y así quedan los hombres en mutua atracción magnética. Considera también Paracelso, que el cuerpo humano tiene la misma composición química que la tierra y los demás astros, y dice así: “El cuerpo procede de los elementos y el alma de los astros… De los elementos saca el hombre en comida y bebida lo necesario para sustentar su carne y sangre; pero de las estrellas le viene el sustento de la mente y pensamientos de su alma”. Vemos corroboradas hoy estas afirmaciones de Paracelso, por cuanto el espectroscopio demuestra la identidad química, entre el cuerpo humano y el sistema planetario, y los físicos enseñan desde la cátedra la magnética atracción del sol y de los planetas.

Entre los elementos constitutivos del cuerpo humano, se han descubierto ya en el sol, el hidrógeno, sodio, calcio, magnesio y hierro; y en los centenares de estrellas observadas se ha encontrado el hidrógeno, excepto en dos. Por lo tanto, si el espectroscopio ha confirmado al menos una de las afirmaciones de Paracelso, es de esperar que con el tiempo queden corroboradas las demás, no obstante, el menosprecio en que le han tenido astrónomos y químicos por sus teorías sobre la idéntica composición química del hombre y los astros, y por sus ideas acerca de las afinidades y atracciones entre unos y otros.

Pero ocurre preguntar: ¿cómo pudo Paracelso presumir la constitución de los astros, cuando hasta el descubrimiento del espectroscopio nada supieron las academias de química sidérea? Aún hoy día, a pesar de los novísimos procedimientos de observación, sólo se ha logrado indicar la presencia en el sol de unos cuantos elementos y de una cromoesfera hipotética, pues todo lo demás continúa en el misterio. ¿Hubiese podido Paracelso estar tan seguro de la constitución natural de los astros, si no dispusiera de medios como la filosofía hermética y la alquimia, no sólo desconocidos, sino menospreciados por la ciencia?

Además, conviene tener en cuenta que Paracelso descubrió el hidrógeno y conocía perfectamente su naturaleza y propiedades, mucho tiempo antes de que los científicos ortodoxos sospecharan su existencia; que había estudiado astrología y astronomía, como todos los filósofos del fuego, y no se equivocaba al asegurar la directa afinidad del hombre con los astros.

También expuso Paracelso, y a los fisiólogos toca comprobarlo, que el cuerpo no sólo se alimenta por medio del estómago, “sino también, aunque imperceptiblemente, de la natural fuerza magnética de que cada individuo extrae su nutrición específica… ; pues de los elementos en equilibrio atrae el hombre la salud y de los perturbados la enfermedad”. La ciencia admite que los organismos vivientes están sujetos a leyes de afinidad química, y la propiedad más notable de los tejidos orgánicos, según los fisiólogos, es la absorción. Por lo tanto, nada de extraño tiene la afirmación de Paracelso de que el cuerpo humano, a causa de su naturaleza química y magnética, absorbe las influencias siderales. ¿Qué puede objetar la ciencia a la afirmación de que los astros nos atraen y a nuestra vez los atraemos? Así lo prueba el descubrimiento del barón de Reichenbach, de que las emanaciones ódicas del hombre son idénticas a las de los minerales y vegetales.

Paracelso afirmó la unidad constitutiva del universo, al decir, que “el cuerpo humano contiene materia cósmica”, pues el espectroscopio no sólo ha demostrado la existencia en el sol y demás estrellas, fijas de los mismos elementos químicos dé la tierra, sino también que cada estrella es un sol de constitución similar al nuestro. Según Mayer, las condiciones magnéticas de la tierra dependen de las variaciones que sufre la superficie solar a cuyas emanaciones está sujeta, por lo que si las estrellas son soles, también han de influir proporcionalmente en la tierra.

Sigue diciendo Paracelso: “Durante el sueño nos parecemos a las plantas que también tienen cuerpo elementario y vital, pero no espíritu. Entonces el cuerpo astral queda libre y gracias a su elástica índole puede vagar en torno del vehículo dormido o lanzarse al espacio y conversar con sus padres astrales y con sus hermanos, desde lejanas distancias. Los sueños proféticos, la presciencia y los presentimientos son facultades del cuerpo astral negadas al grosero cuerpo físico, que al morir se restituye a los elementos de la tierra, mientras que los distintos espíritus vuelven a los astros. También los animales tienen presentimientos, porque asimismo poseen cuerpo astral.”

Van Helmont, discípulo de Paracelso, repite en gran parte los conceptos de su maestro, aunque expone más acabadamente las teorías del magnetismo y atribuye el magnale magnum o propiedad de mutuo afecto entre dos personas a la simpatía universal entre todas las cosas de la naturaleza. La causa produce el efecto, el efecto reacciona sobre la causa y ambos se influyen recíprocamente. A este propósito dice: “El magnetismo es una fuerza desconocida, de naturaleza celeste, sumamente semejante a la de los astros, que no está impedida por límite alguno de espacio o tiempo… Toda criatura tiene su peculiar potencia celeste y está íntimamente relacionada con el cielo. Esta mágica potencia del hombre permanece latente en el interior hasta que se actualiza en el exterior. Esta sabiduría y poder mágicos están dormidos, pero la sugestión los pone en actividad y se acrecientan a medida que se reprimen las tenebrosas pasiones de la carne… Esto lo consigue el arte cabalístico, que devuelve al alma aquella mágica y sin embargo natural energía y la despierta del sueño en que se hallaba sumida”

Paracelso y Van Helmont reconocen el gran poder de la voluntad durante los éxtasis y dicen que “el espíritu es el medio del magnetismo y está difundido por todas partes”, por lo que la pura y primieval magia no ha de consistir en prácticas supersticiosas ni ceremonias vanas, sino en la imperiosa voluntad del hombre; pues “el alma y el espíritu que en él se ocultan, como el fuego en el pedernal, y no los espíritus celestes ni infernales, dominan la naturaleza física.”

Todos los filósofos medioevales profesaron la teoría de la influencia sidérea en el hombre. A este propósito, dice Cornelio Agrippa: “Las estrellas constan de los mismos elementos que los cuerpos terrestres y por esta razón se atraen recíprocamente las ideas… Las influencias se ejercen tan sólo con auxilio del espíritu difundido por todo el universo en armonía con los espíritus humanos. El que anhele adquirir facultades sobrenaturales debe tener fe, esperanza y amor… En todas las cosas hay un oculto y secreto poder de que dependen las maravillosas facultades mágicas.”

Las modernas teorías del general Pleasanton coinciden con las opiniones de los filósofos del fuego; sobre todo la referente a las electricidades positiva y negativa del hombre y de la mujer y a la atracción y repulsión mutuas de todas las cosas de la naturaleza, que parece tomada de Roberto Fludd, gran maestre de los rosacruces ingleses, quien dice a este propósito: “Cuando dos hombres se acercan uno a otro, su magnetismo es pasivo–negativo o activo–positivo. Si las emanaciones de ambos chocan y se repelen, nace la antipatía; pero cuando se interpenetran sin chocar, el magnetismo es positivo, porque los rayos proceden del centro de la circunferencia, y en este caso, no sólo influyen en las enfermedades, sino también en los sentimientos. Este magnetismo simpático se establece, además de entre los animales, entre éstos y las plantas”. Veamos ahora cómo acogieron los físicos el gran descubrimiento psicológico y fisiológico del magnetismo orgánico, cuando Mesmer llevó a Francia su sistema de cubeta, fundado totalmente en las doctrinas paracélsicas. Esto demostrará cuanta ignorancia, superficialidad y prejuicios puede haber en una corporación científica apegada a sus tradicionales teorías. Conviene insistir en el asunto porque a la negligencia de los académicos franceses de 1784, se debe la actual orientación materialista de las gentes y también los lunares que, según confiesan sus más fervorosos maestros, existen en la teoría atómica. La junta académica encargada en 1784 de examinar los fenómenos mesméricos estaba constituida por eminencias tales como Borie, Sallin, D’Arcet, Guillotin, Franklin, Leroi, Bailly, De Borg y Lavoisier. Por muerte de Borie le sucedió Magault. No cabe duda de que la Junta estaba dominada de hondos prejuicios al comenzar sus tareas por apremiantes órdenes de Luis XVI, y que se colocó en actitud mezquina y parcial para el examen. En su informe, redactado por Bailly, se trataba de dar el golpe de gracia a la nueva teoría, y al efecto se repartió profusamente por los establecimientos de enseñanza y entre el público en general, logrando concitar contra Mesmer la animosidad de gran parte de la nobleza y de ricos comerciantes que antes le patrocinaban por haber presenciado sus admirables curaciones. El distinguido académico Jussieu, que con el ilustre D’Eslon, médico de cámara, había observado cuidadosamente los fenómenos, publicó un minucioso contrainforme en que abogaba por la conveniencia de que la Facultad de Medicina estudiara los efectos terapéuticos del flúido magnético y publicase su parecer sobre el asunto. Esta moción determinó la salida de numerosas memorias, folletos, tratados didácticos y obras polemísticas en que se exponían nuevos hechos, y entre todas aquellas publicaciones sobresalió la muy erudita obra de Thouret titulada: Dudas é investigaciones sobre el magnetismo animal, cuya lectura fué estímulo para la rebusca de antecedentes en la historia de todos los países, cuyos fenómenos magnéticos, desde la más remota antigüedad, llegaron a conocimiento del público.

Las teorías de Mesmer eran sencillamente las mismas de Paracelso, Van Helmont, Santanelli y Maxwell, hasta el punto de que no faltó quien acusara al famoso médico de haber plagiado trozos enteros de una obra de Bertrand. El profesor Stewart dice330 que el universo está compuesto de átomos conectados entre sí como los órganos de una máquina accionada por las leyes de la energía, y aunque el profesor Youmans califique de “moderno” este concepto, lo vemos expuesto ya un siglo antes por Mesmer en sus Cartas a un médico extranjero, que entre otras proposiciones contienen las que siguen:

1.ª Hay recíproca influencia entre los astros, la tierra y los seres vivientes.

2.ª El medio transmisor de esta influencia es un fluido universal y unitónicamente difundido por todas partes, de modo que no consiente vacío alguno, cuya sutilidad excede a toda ponderación y que por su naturaleza es capaz de recibir, propagar y transmitir todas las vibraciones de movimiento.

3.ª Esta influencia recíproca está sujeta a leyes dinámicas desconocidas por ahora. Resulta, en consecuencia, que Stewart no dijo nada nuevo al decir que el universo era semejante a una enorme máquina.

El profesor Mayer corrobora la opinión de Gilbert acerca de que la tierra es un gigantesco imán, y supone que su potencial depende de las emanaciones del sol, pues varía misteriosamente en función de los movimientos terrestres de rotación y traslación y en simpatía con las inmensas oleadas ígneas que agitan la superficie del astro solar, añadiendo que entre el sol y la tierra hay un sucesivo flujo y reflujo de influencias.

Pero la obra citada nos da los mismos conceptos en las siguientes proposiciones de Mesmer:

4.ª De esta acción dimanan alternados efectos que pueden considerarse como flujo y reflujo. 6.ª Por este medio operante, el más universal de cuantos la naturaleza nos presenta, se establecen las relaciones de actividad entre los astros, la tierra y sus partes constituyentes.

7.ª De esta operación dependen las propiedades de la materia así inorgánica como organizada.

8.ª El cuerpo animal experimenta los alternados efectos de este agente por conducto de la substancia nerviosa que transmite su acción.

Newton, antorcha de la ciencia, que creía en el magnetismo según lo enseñaron Paracelso, Van Helmont y demás filósofos del fuego. Nadie negará que la teoría newtoniana de la gravitación universal tiene su raíz en el magnetismo, pues él mismo nos dice que fundaba todas sus especulaciones científicas en el “alma del mundo”, en el universal y magnético agente a que denominó divinum sensorium. A este propósito añade: “Hay un espíritu sutilísimo que penetra todas las cosas, aun los cuerpos más duros, y está oculto en su substancia. Por virtud de la actividad y energía de este espíritu, se atraen recíprocamente los cuerpos y se adhieren al ponerse en contacto. Por él los cuerpos eléctricos se atraen y repelen desde lejanas distancias, y la luz se difunde, refleja, refracta y colora los cuerpos. Por él se mueven los animales y se excitan los sentidos. Pero esto no puede explicarse en pocas palabras, porque nos falta la necesaria experiencia para determinar las leyes que rigen la actividad operante de este agente.

Dos linajes hay de magnetización: la simplemente animal y la trascendente. Esta última depende, por una parte, de la voluntad y aptitud del magnetizador, y por otra, de las cualidades espirituales del sujeto y de su receptibilidad a las vibraciones de la luz astral. Pero no se tardará en reconocer que la clarividencia requiere mucha mayor voluntad en el magnetizador que receptividad en el sujeto, ya que éste, por positivo que sea, habrá de rendirse al poder de un adepto.

Si el magnetizador, mago o entidad espiritual dirige hábilmente la vista del sujeto, la luz astral iluminará sus más hondos arcanos, pues si bien es libro cerrado para quienes miran y no ven, está en cambio siempre abierto para los que quieran leer en él. Allí está anotado cuanto fué, es y será, y aun los más insignificantes actos de nuestra vida y nuestros más escondidos pensamientos quedan fotografiados en sus páginas eternas. Es el libro abierto por mano del ángel del Apocalipsis, el “libro de la vida” que sirve para juzgar a los muertos según sus obras. Es la memoria de Dios.

lámina de 1700, me llama la atención las copas, bastos, oros y espadas que se ve en el círculo.

Dice Zoroastro, que en el éter están figuradas las cosas sin figura y aparecen impresos los pensamientos y caracteres de los hombres, con otras visiones divinas. – Oráculos Caldeos.

Vemos, por lo tanto, que así la antigua como la moderna sabiduría, los vaticinios y la ciencia corroboran unánimemente las enseñanzas cabalísticas. En las indelebles páginas de la luz astral se estampan nuestros pensamientos y acciones y aparecen delineados con pictórica vividez, a los ojos del profeta y del vidente, los acontecimientos futuros y los efectos de causas echadas hace tiempo en olvido. La memoria, cuya naturaleza funcional es desesperación del materialista, enigma para el psicólogo y esfinge para el científico, es para el estudiante de filosofía antigua la potencia compartida con muchos animales inferiores, mediante la cual, inconscientemente, ve en su interior iluminadas por la luz astral las imágenes de pasados pensamientos, actos y sensaciones. El estudiante de ocultismo no ve en los ganglios cerebrales “micrógrafos de lo vivo y de lo muerto, de lugares en que hemos estado y de sucesos en que hemos intervenido”, sino que acude al vasto receptáculo donde por toda la eternidad se almacenan las vibraciones del cosmos y los anales de las vidas humanas.

La ráfaga de memoria que según tradición representa a los náufragos las escenas de su vida pasada, como el fulgor del relámpago descubre momentáneamente el paisaje a los ojos del viajero, no es más que la súbita ojeada que el alma, en lucha con el peligro, da a las silenciosas galerías en que está pintada su historia con impalidecibles colores.

Por la misma causa suelen sernos familiares ciertos parajes y comarcas en que hasta entonces no habíamos estado y recordar conversaciones que por vez primera oímos o escenas acabadas de ocurrir, según de ello hay noventa por ciento de testimonios. Los que creen en la reencarnación aducen estos hechos como otras tantas pruebas de anteriores existencias, cuya memoria se aviva repentinamente en semejantes circunstancias. Sin embargo, los filósofos de la antigüedad y de la Edad Media opinaban que si bien este fenómeno psicológico es uno de los más valiosos argumentos en favor de la inmortalidad y preexistencia del alma, no lo es en pro de la reencarnación, por cuanto la memoria anímica es distinta de la cerebral. Como elegantemente dice Eliphas Levi: “la naturaleza cierra las puertas después de pasar una cosa é impele la vida hacia delante”, en más perfeccionadas formas. La crisálida se metamorfosea en mariposa, pero jamás vuelve a ser oruga. En el silencio de la noche, cuando el sueño embarga los corporales sentidos y reposa nuestro cuerpo físico, queda libre el astral, según dice Paracelso, y deslizándose de su terrena cárcel, se encamina hacia sus progenitores y platica con las estrellas”. Los sueños, presentimientos, pronósticos, presagios y vaticinios son las impresiones del cuerpo astral en el cerebro físico, que las recibe más o menos profundamente, según la intensidad del riego sanguíneo durante el sueño. Cuanto más débil esté el cuerpo físico, más vívida será la memoria anímica y de mayor libertad gozará el espíritu. Cuando después de profundo y reposado sueño sin ensueños se restituye el hombre al estado de vigilia, no conserva recuerdo alguno de su existencia nocturna y, sin embargo, en su cerebro están grabadas, aunque latentes bajo la presión de la materia, las escenas y paisajes que vió durante su peregrinación en el cuerpo astral. Estas latentes imágenes pueden revelarse por los relámpagos de anímica memoria que establecen momentáneos intercambios de energía entre el universo visible y el invisible, es decir, entre los ganglios micrográficos cerebrales y las películas escenográficas de la luz astral. Por lo tanto, un hombre que nunca haya estado personalmente en un paraje ni visto a determinada persona, puede asegurar que ha estado y la ha visto, porque adquirió el conocimiento mientras actuaba en “espíritu”. Los fisiólogos sólo pueden objetar a esto diciendo que en el sueño natural y profundo está la voluntad inerte y es incapaz de actuar, tanto más cuanto no creen en el cuerpo astral y el alma les parece poco menos que un mito poético. Blumenbach afirma que durante el sueño queda en suspenso toda comunicación entre cuerpo y mente; pero Richardson, de la Sociedad Real de Londres, redarguye acertadamente al fisiólogo alemán, diciéndole que se ha excedido en sus afirmaciones, pues no se conocen todavía a punto fijo las relaciones entre cuerpo y mente. Añadamos a esta opinión la del fisiólogo francés Fournié y la del eminente médico inglés Allchin, quien confiesa con entera franqueza que no hay profesión científica de tan insegura base como la medicina, y veremos que no sin justicia deben oponerse las ideas de los sabios antiguos frente a las de la ciencia moderna.

Nadie, por grosero y material que sea, deja de vivir en el universo invisible al par que en el visible. El principio vital que anima su organismo físico reside principalmente en el cuerpo astral, cuyas partículas densas quedan inertes, mientras las sutiles no reconocen límite ni obstáculo. Bien sabemos que tanto los sabios como los ignorantes preferirán mantenerse en el prejuicio de que no es posible saber de donde dimana el agente vital, antes de conceder ni un momento de atención a lo que llaman rancias y desprestigiadas teorías. Algunos objetarán desde el punto de vista teológico que el alma de los brutos no es inmortal, pues tanto teólogos como legos confunden erróneamente el alma con el espíritu. Pero si estudiamos a Platón y otros filósofos antiguos, advertiremos que mientras el cuerpo astral no pasa de tener una existencia más o menos larga después de la muerte física, el espíritu divino (impropiamente llamado alma por los teólogos) es esencialmente inmortal. Si el principio vital fuese algo independiente del cuerpo astral, no estaría de seguro la clarividencia en tan directa relación con la debilidad física del sujeto. Cuanto más profundo sea el sueño hipnótico y menos signos de vida se noten en el cuerpo físico, tanto más clara será la percepción espiritual, y tanto más penetrante la vista del alma que desprendida de los sentidos corporales actúa con incomparablemente mayor potencia que cuando le sirve de vehículo un cuerpo sano y vigoroso. Brierre de Boismont nos da repetidos ejemplos de ello en demostración de que los cinco sentidos son mucho más agudos en estado hipnótico que en el de vigilia. Estos fenómenos prueban incontrovertiblemente la continuidad de la vida siquiera por algún tiempo después de muerto el cuerpo físico.

Aunque durante nuestra breve estancia en la tierra pueda compararse el alma a una luz puesta debajo del celemín, no deja de brillar por ello y de recibir la influencia de espíritus afines, de modo que todo pensamiento bueno o malo atrae vibraciones de su misma naturaleza, tan irresistiblemente. como el imán atrae las limaduras de hierro, en proporción a la intensidad de las vibraciones etéreas del pensamiento; y así se explica que un hombre se sobreponga imperiosamente a su tiempo y que su influencia se transmita de una a otra época por medio de las recíprocas corrientes de energía entre los mundos visible e invisible, hasta afectar a gran parte del género humano. Difícil sería determinar las lindes que en este punto han puesto a su pensamiento los autores de la famosa obra El Universo invisible, pero del siguiente pasaje podemos inferir que no dijeron todo cuanto pensaban. Dice así:

“Sea como quiera, no cabe duda de que las propiedades del éter son en el campo de la naturaleza muy superiores a las de la materia tangible. Y como la índole de ésta, salvo en algunos pormenores de poca importancia, se halla mucho más allá de la penetración de las lumbreras científicas, no llevaremos adelante nuestras disertaciones. Basta a nuestro propósito conocer los efectos del éter cuya potencialidad supera a cuanto nadie ha osado decir”.

Uno de los más notables descubrimientos de los tiempos modernos, es la facultad que algunas personas receptivas poseen de describir el carácter y aspecto de una persona o los sucesos ocurridos, con tal de retener en la mano y pasárselo por la frente un objeto cualquiera relacionado con la persona o el suceso, por mucho que sea el tiempo transcurrido. Así, una piedra ruinosa le representará la historia del edificio a que perteneciera, con las escenas ocurridas en su interior y alrededores; un pedazo de mineral despertará en su alma la visión retrospectiva de la época de su formación. Esta facultad fué descubierta por el profesor Buchanan de Louisville (Kentucky), quien le dió el nombre de psicometría. A este sabio debe el mundo tan importante complemento de las ciencias psicológicas, y de seguro que merecerá ser honrado en estatua cuando la frecuencia de los experimentos psicométricos acaben de una vez con el escepticismo. Al publicar su descubrimiento se contrajo Buchanan a la utilidad de la psicometría para bosquejar el carácter de las personas, y dice a este propósito: “Parece que es indeleble la influencia mental y fisiológica que recibe un manuscrito, pues los más antiguos ejemplares de que me valí en las experiencias revelaban precisa y vigorosamente sus impresiones, apenas debilitadas por el tiempo. Por virtud de la psicometría fué posible leer, sin dificultad alguna, manuscritos antiguos cuya ordinaria interpretación hubiese requerido el auxilio de los paleólogos. Pero no únicamente los manuscritos retienen las impresiones mentales, sino que también los dibujos, pinturas y cualquier otro objeto que haya recibido el contacto mental y volitivo de una persona, le pueden servir a otra de medio de descripción psicométrica… Este descubrimiento tendrá incalculables consecuencias en su aplicación a las artes y a la historia”.

Añade Denton en la misma obra: “No se mueve una hoja ni se levanta una onda ni se arrastra un insecto; sin que registren sus movimientos mil fieles escribanos en infalibles é indelebles escrituras. Así ocurre con lo sucedido en pasados tiempos. Continuamente ha estado la naturaleza fotografiándolo todo, desde que brilló la luz sobre la tierra, cuando sobre la cuna del recién nacido planeta flotaban vaporosas cortinas, hasta el momento actual. ¡Y qué fotografías!”

Nos parece el colmo de la imposibilidad que en la materia atómica hayan quedado grabados los hechos ocurridos en la antigua Tebas o en algún templo prehistórico. Sin embargo, las imágenes de estos hechos están saturadas de aquel agente universal que todo lo penetra y todo lo retiene, llamado por los filósofos “alma del mundo” y por el geólogo Denton el “alma de las cosas”. Al aplicarse el psicómetra a la frente un objeto determinado, relaciona su yo interno con el alma del objeto y se pone en contacto con la corriente de luz astral que, relacionada con dicho objeto, retiene las descripciones de los sucesos concernientes a su historia los cuales, según Denton, pasan ante la vista del psicómetra con la velocidad del rayo, en vertiginosa sucesión de escenas que tan sólo con mucha fuerza de voluntad es posible detenerlas en el campo visual para describirlas.

El psicómetra es clarividente, pues ve con la vista interna; pero su visión de personas, lugares y sucesos resultará confusa, a menos que con potente fuerza de voluntad haya educado la percepción visual. Sin embargo, en los casos de hipnotismo, la clarividencia del sujeto depende de la voluntad del hipnotizador, quien, por lo tanto, puede detener la atención de aquél en determinada imagen todo el tiempo necesario para describirlo en sus más prolijos pormenores. Por otra parte, el sujeto sometido a la influencia de un hábil hipnotizador aventaja al psicómetra espontáneo en la clara y distinta predicción del porvenir.

(Está ya admitido que el éter interpenetra toda clase de materia, aun la más densa, y ya empieza a admitirse que retiene las imágenes de cuanto ha sucedido.)

Si alguien objeta diciendo que no es posible ver lo que “todavía no existe”, le responderemos que tan posible es ver lo futuro como se ve lo pasado, que ya no existe. Según las enseñanzas cabalísticas, lo futuro está en embrión en la luz astral, como también lo presente estaba en embrión antes de serlo. El hombre es libre de obrar a su albedrío, pero desde el origen de los tiempos está previsto el uso que hará de este albedrío, sin que tal previsión suponga fatalismo ni hado, sino que resulta de la inmutable armonía del universo, así como de antemano se conocen las vibraciones peculiares de cada nota que se haya de pulsar. Además, la eternidad del tiempo no tiene pasado ni futuro, sino tan sólo presente, de la propia manera que la inmensidad del espacio no tiene en rigor puntos cercanos ni lejanos. En el mezquino campo de nuestras experiencias, nos esforzamos en concebir, si no el fin, por lo menos el principio del tiempo y del espacio, que en realidad no tienen principio ni fin, pues de tenerlo, ni el tiempo sería eterno ni ilimitado el espacio. Como hemos dicho, no hay pasado ni futuro; pero nuestra memoria refleja las imágenes grabadas en la luz astral, como el psicómetra las emanaciones astrales de los objetos palpados. Al tratar de la influencia de la luz en los cuerpos y de la formación de imágenes fotográficas, dice el profesor Hitchcock: “Parece como si esta influencia interpenetrara la naturaleza toda sin detenerse en puntos definidos. No sabemos si la luz puede retratar en los objetos circundantes nuestras facciones demudadas por la emoción y dejar de esta suerte fotografiadas en la naturaleza nuestras acciones… Posible es también que haya procedimientos superiores a los del más hábil fotógrafo, por cuyo medio revele y fije la naturaleza estas fotografías de modo que, con sentidos más agudos que los nuestros, se vean como en un inmenso lienzo extendido sobre el universo material. Quizás no se borren nunca estas fotografías del lienzo, sino que perduren en el vasto museo pictórico de la eternidad”.

La duda manifestada en el quizás de Hitchcock se ha trocado en triunfadora certeza por valimiento de la psicometría. Sin embargo, cuantos hayan observado la cualidad psíquica de clarividencia advertirán que Hitchcock no debiera haber supuesto la necesidad de más agudos sentidos para ver las imágenes, sino decir que habían de superar en penetración a los corporales, porque para el espíritu humano, dimanante del inmortal y divino Espíritu, no hay pasado ni futuro, sino que todo lo tiene presente.

(Las fotografías a que se refiere Hitchcock en el pasaje citado tienen por placa la luz astral donde se registra todo cuanto ha sido, es y será, según afirman las enseñanzas herméticas ya corroboradas en parte por la ciencia).

De algún tiempo a esta parte han comenzado los científicos a estudiar este asunto hasta hoy difamado con nota de superstición. Discurrieron primero acerca de los hipotéticos mundos invisibles y a todos se adelantaron los autores de la obra: El Universo invisible, a quienes siguió el profesor Fiske con la suya: El mundo invisible. Esto prueba que el terreno del materialismo se hunde bajo los pies de los científicos, quienes se disponen a capitular honrosamente en caso de derrota. Jevons corrobora las opiniones de Babbage y ambos afirman que los pensamientos ponen en vibración las partículas del cerebro y las difunden por el universo, de suerte que “cada partícula material es una placa registradora de cuanto ha sucedido”344. Por otra parte el doctor Young, en sus conferencias sobre filosofía natural, apunta “la posibilidad de que haya mundos invisibles y desconocidos en aislada independencia unos, en recíproca interpretación otros, y algunos cuya existencia no requiera por modalidad el espacio”.

Si los científicos discurren de esta suerte, partiendo del principio de continuidad según el cual la energía se transmite al universo invisible, no se les ha de negar el mismo discurso a los ocultistas y espiritualistas. La ciencia admite hoy que las imágenes especulares quedan impresas indefinidamente sobre una superficie pulimentada, y a este propósito dice Draper: “La sombra proyectada sobre una pared deja allí una huella que puede revelarse mediante manipulaciones convenientes… Los retratos de nuestros amigos o las imágenes de la campiña quedan ocultos bajo la superficie sensible de nuestros ojos, hasta que las revelamos por adecuados medios. Una imagen espectral está encubierta bajo una superficie de plata bruñida o de cristal pulido, hasta que la nigromancia la revela al mundo visible. En las paredes de nuestros más retirados aposentos, al abrigo de indiscretas miradas, en la soledad de nuestro apartamiento inaccesible a los extraños, están las huellas de nuestros actos y las siluetas de cuanto hicimos”.

Si tan indelebles impresiones puede recibir la materia inorgánica y nada se aniquila en el universo, no cabe rechazar la hipótesis de que “el pensamiento actúe en la materia de otro universo al par que en la del nuestro y prever de esta suerte lo futuro”.

A nuestro entender, si la psicometría es valiosa prueba de la indestructibilidad de la materia, que retiene eternamente las impresiones recibidas, también es la clarividencia psicométrica no menos valiosa prueba de la inmortalidad del espíritu humano. Puesto que la facultad psicométrica es capaz de describir sucesos ocurridos hace centenares de miles de años, ¿por qué no aplicar la misma facultad al conocimiento de un porvenir sumido en la eternidad, que no tiene pasado ni futuro, sino tan sólo el presente sin límites?

Algunos reflexionaron sobre la índole de este proteico agente que no podían pesar ni medir con sus aparatos, y dijeron que era “un medio hipotético sumamente elástico y sutil que se supone ocupa los espacios intersiderales é interatómicos y sirve de medio transmisor del calor y de la luz”. Otros, a quienes llamaríamos los fuegos fatuos o hijos espurios de la ciencia, se tomaron la molestia de observar el éter con lentes de mucho alcance, según nos dicen; pero al no ver espíritus ni espectros, ni descubrir entre sus aleves ondulaciones nada de más científica índole, viraron en redondo para tachar con lastimero acento de “mentecatos y lunáticos visionarios”, no sólo a los espiritistas en particular, sino a cuantos creen en la inmortalidad. Dicen sobre este particular los autores de El Universo invisible: “Han estudiado en el universo objetivo ese misterio que llamamos vida. El error consiste en creer que todo cuanto desaparece de la observación, desaparece también del universo. Sin embargo, no hay tal, porque únicamente desaparece del pequeño círculo de luz a que podemos llamar universo de observación científica. Es un trínico misterio en la materia, en la vida y en Dios; pero los tres misterios son uno solo”. En otro pasaje añaden: “El universo visible debe seguramente tener un límite de energía transformable y probablemente el mismo límite en su materia; pero como el principio de continuidad repugna toda limitación, ha de haber sin duda algo más allá de lo visible, de modo que el mundo visible no es el universo total sino tan sólo una pequeña parte de él”. Además, atendiendo los autores al concepto del origen y fin del universo visible, dicen que si fuese todo cuanto existe, habría ruptura de continuidad tanto en la súbita manifestación primaria de él como en su ruina final…. Ahora bien; ¿no es lógico suponer que el universo invisible, en cuya existencia razonablemente creemos, esté en condiciones de recibir la energía del visible?.. Cabe, por lo tanto, considerar el éter o medio transmisor como un puente entre ambos universos, que de esta manera quedan conglomerados en uno solo. En fin, lo que generalmente se llama éter puede ser, además de un medio transmisor, el orden de cosas invisibles, de modo que los movimientos del universo visible se comunican al éter y éste los transmite como por un puente al invisible, que los recibe, transforma y almacena. Podemos decir, por lo tanto, que cuando la energía se transmite de la materia al éter, pasa del mundo visible al invisible y cuando del éter va a la materia se transfiere del mundo invisible al visible”.

Precisamente es así. Cuando la ciencia adelante algunos pasos más en este camino y estudie detenidamente el “hipotético medio transmisor” podrá salvar sin peligro el abismo que Tyndall ve abierto entre el cerebro físico y la conciencia.

Algunos años antes, en 1856, el por entonces famoso doctor Jobard de París expuso acerca del éter el mismo concepto sustentado después por los autores de El Universo invisible. Con asombro del mundo científico, dijo el doctor Jobard a este propósito: “Acabo de hacer un descubrimiento que me asusta. Hay dos modalidades de electricidad: una ciega y ruda, dimanante del contacto de los metales con los ácidos (purga grosera), y otra racional y clarividente. La electricidad se ha bifurcado en manos de Galvani, Nobili y Matteuci. La corriente ruda tomó la dirección señalada por Jacobi, Bonelli y Moncal, mientras que la corriente lúcida quedó en manos de Bois–Robert, Thilorier y Duplanty. La esfera eléctrica o electricidad globular entraña un pensamiento que desobedece a Newton y a Mariotte para moverse a su antojo… En los anales de la Academia hay mil pruebas de la inteligencia del rayo eléctrico… Pero noto que voy siendo en demasía indiscreto. A poco más doy la clave que ha de llevarnos al descubrimiento del espíritu universal”.

Todas las citas iluminan con nueva luz la sabiduría de los antiguos. Ya vimos que los Oráculos caldeos exponen en parecido lenguaje el mismo concepto del éter que los autores de El Universo invisible, pues dicen que “del éter proceden todas las cosas y a él han de volver y que en él están indeleblemente grabadas las imágenes de todas las cosas, porque es almacén de ideas y troj de los gérmenes y de los residuos de las formas visibles”. Esto corrobora nuestra afirmación de que todo descubrimiento moderno tuvo su parigual hace miles de años entre nuestros cándidos antepasados. Vista, en el punto en que estamos, la actitud de los escépticos respecto de los fenómenos psíquicos, cabe asegurar que aunque la clave referida por Jobard estuviera en el borde del “abismo”, no habría ningún Tyndall capaz de agacharse a recogerla.

¡Cuán limitadas han de parecerles a algunos cabalistas estas tentativas para escrutar el hondo misterio del éter universal! Porque por muy superiores que respecto a las de la ciencia contemporánea sean las ideas de los autores de El Universo invisible, resultan por demás familiares para los maestros de la filosofía hermética, quienes no sólo consideraban el éter como el puente tendido entre el universo visible y el invisible, sino que osadamente recorrían todos sus tramos hasta llegar a las misteriosas puertas que los científicos no quieren o tal vez no pueden abrir.

Cuanto más ahondan los investigadores modernos en sus observaciones, tanto más frecuentemente les dan en rostro los descubrimientos antiguos. Expone el geólogo francés Beaumont una teoría sobre los movimientos internos del globo en relación con la corteza terrestre, y echa de ver que se le habían adelantado los antiguos en la exposición. Preguntamos cuál es la más novísima hipótesis acerca de la formación de los yacimientos minerales, y nos dice Hunt que el agua es el disolvente universal, según ya afirmó Tales de Mileto veinticuatro siglos atrás al enseñar que el agua es el originario elemento de todas las cosas.

Pero comparemos sus anteriores opiniones con las de Paracelso y Van Helmont, según las traducciones inglesas de sus obras. Dicen que el alkahest determina los efectos siguientes:

1.º “Nunca extingue las propiedades virtuales de los cuerpos disueltos en él. Por ejemplo, si el oro se trata por el alkahest se forma una sal de oro; si el antimonio, una sal de antimonio, etc. 2.º El cuerpo manipulado se descompone en tres principios: sal, azufre y mercurio; pero después queda únicamente la sal volátil, que por último se convierte en agua clara.

3.º Todo cuanto el alkahes disuelve se puede convertir en volátil mediante el baño de arena, y si luego de volatilizado el disolvente se destila la substancia soluble, se convierte en agua pura e insípida, pero siempre en cantidad equivalente al original”.

Por su parte dice Van Helmont que el alkahest disuelve los cuerpos más rebeldes en substancias de las mismas propiedades virtuales de peso idéntico al cuerpo disuelto… Destilada repetidas veces esta sal (á que Paracelso llama sal circulatum), pierde toda su fijeza y acaba por convertirse en un agua insípida en cantidad equivalente a la sal de que procede”

Las alegaciones de Cooke en pro de la ciencia moderna con respecto a la fraseología hermética, podrían aplicarse también a la escritura hierática de Egipto que encubre todo cuanto convenía encubrir. Si Cooke trata de aprovecharse de la labor del pasado, ha de recurrir a la criptografía y no a la sátira. Paracelso, como los demás alquimistas, exprimía su ingenio en la transposición literal y abreviatura de palabras y frases; y así, por ejemplo, escribe sufratur en vez de tártaro, mutrin por nitro, etcétera. Son innumerables las interpretaciones supuestas de la palabra alkahest. Unos creen que era una doble sal de tártaro; otros le daban la misma significación que a la voz alemana antigua algeist, equivalente a espirituoso. Paracelso llama a la sal “centro de agua donde han de morir los metales”; de lo que algunos, como por ejemplo, Glauber, infieren que el alkahest era espíritu de sal. Se necesita mucha osadía para decir que Paracelso y sus colegas ignoraban la distinción entre los cuerpos simples y sus combinaciones, pues aunque no les diesen los mismos nombres que hoy les dan los químicos, obtenían resultados imposibles de lograr sin conocer la índole de las substancias manipuladas. Nada importa el nombre que Paracelso dio al gas resultante de la reacción del hierro y el ácido sulfúrico, si las autoridades en química reconocen que descubrió el hidrógeno.

Su mérito es el mismo. Y nada tampoco importa que Van Helmont encubriera bajo la denominación de “virtudes seminales” las propiedades inherentes a los elementos químicos que, al combinarse, las modifican temporáneamente sin perderlas en modo alguno, pues no por su enigmático lenguaje dejó de ser el químico más ilustre de su época en parigualdad de mérito con los del día. Afirmaba Van Helmont, que el aurum potábile podía obtenerse por medio del alkahest, salificando el oro de suerte que sin perder sus “virtudes seminales” se disolviera en el agua. Cuando los químicos sepan, no lo que Van Helmont decía que entendía, ni lo que se supone entendía, sino lo que en realidad entendía por aurum potabile, alkahest, sal y virtudes seminales, podrán definir su actitud respecto a los filósofos del fuego y a los antiguos maestros cuyas místicas enseñanzas respetuosamente siguieron. De todos modos, este lenguaje de Van Helmont, aun tomado en sentido exotérico, demuestra que conocía la solubilidad de las combinaciones metálicas en el agua, en lo que basa Hunt su hipótesis acerca de los yacimientos metalíferos. A este propósito dice en una de sus conferencias: “Los alquimistas buscaron en vano el disolvente universal; pero nosotros sabemos hoy que el agua, a favor de la presión y la temperatura, y en presencia de ciertos cuerpos muy abundantes en la naturaleza, tales como el ácido carbónico y los carbonatos y sulfatos alcalinos, disuelve las substancias al parecer más insolubles y obra como el alkahest o menstruo universal durante tanto tiempo buscado”.

“Podrá darnos alguna luz sobre esto la observación de que, para Van Helmont y Paracelso, el agua era el instrumento universal de la química y la filosofía natural, y diputaban el fuego por causa eficiente de todas las cosas. Creían, además, que la tierra entrañaba virtudes seminales, y que el agua, al disolver y fermentar las substancias térreas, como sucede con el fuego, produce todas las cosas y origina los reinos mineral, vegetal y animal”.

Los alquimistas conocían por completo la universal potencia disolvente del agua, y en las obras de Paracelso, Van Helmont, Filaleteo, Pantatem, Taquenio y Boyle, se establece explícitamente la propiedad por excelencia del alkahest, esta es, la de “disolver y transmutar todos los cuerpos sublunares excepto el agua.” No cabe suponer, por lo tanto, que hombre de tan irreprensible conducta y de tan vasto saber como Van Helmont, asegurara formalmente poseer el secreto si únicamente hubiese sido mera presunción de poseerlo.

“Puesto que el organismo corporal está animado interiormente por una fuerza supeditada o no al espíritu, alma, mente o lo que quiera que constituya el ser individual llamado hombre, es lógico inferir que todo movimiento externo al cuerpo tiene por causa la misma fuerza que produce el movimiento en el interior del cuerpo. Y así como esta fuerza externa suele estar dirigida por la inteligencia, también esta inteligencia dirige la fuerza interna”.

Para mejor comprender el pensamiento de Sergeant Cox en esta hipótesis, la dividiremos en cuatro proposiciones:

1º La fuerza productora de los fenómenos psíquicos procede del médium y por consiguiente dimana de él.

2º La inteligencia que dirige la fuerza productora del fenómeno podría ser distinta de la inteligencia del médium; pero como no hay prueba suficiente de ello, es muy probable que la inteligencia directora sea la del médium.

3º La fuerza que mueve la mesa es idéntica a la que mueve el cuerpo del médium.

4º Los espíritus de los difuntos para nada intervienen en la producción de los fenómenos psíquicos.

Todo movimiento, sea de un cuerpo vivo o de un cuerpo inorgánico, requiere tres condiciones: voluntad, fuerza y materia, que pueden transmutarse de conformidad con el principio de la conservación de la energía dirigida, o mejor dicho, cobijada por la Mente divina de que tan insidiosamente se empeñan los escépticos en prescindir, pero sin cuya presidencia no se moverían los gusanillos en la tierra ni al beso de la brisa las hojas del árbol. Los científicos llaman leyes cósmicas a las modalidades de energía y de materia y las consideran inmutables é invariables en su acción; pero más allá de estas leyes hemos de inquirir la causa inteligente que al establecer el régimen infundió en ellas su conciencia. No es posible concebir una causa primera, una voluntad universal, Dios en suma, si no le atribuimos inteligencia.

Vuestra en la Santa Ciencia Ana Suero Sanz.

– Artículo*: Filosofía Oculta –

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Como funciona la alquimia en física y como podemos usarla

En los post anteriores hemos visto que el funcionamiento de un ordenador moderno puede ayudarnos a entender la conciencia. Estudios recientes indican que la misma analogía también puede ayudarnos a comprender y desmitificar la relación entre el cerebro y la mente. En su obra innovadora, Consciousness Explained, Daniel Dennett, codirector del Centro para los Estudios Cognitivos de la Universidad Tufts, dice que podemos considerar que el cerebro es “una especie de ordenador”, y que eso nos ofrece una poderosa metáfora para entender como usamos la información. Las comparaciones de Dennett nos ofrecen exactamente lo que necesitamos para atravesar lo que él denomina la “terra incognita”, o tierra desconocida, entre lo que la ciencia nos dice del cerebro y lo que experimentamos a través de él.

El hombre habitualmente considerado el “padre” de la informática moderna, John von Neumann, calculó en una ocasión que el cerebro humano puede almacenar hasta 280 quintillones de bits de memoria (es decir, 280 con 18 ceros detrás). El cerebro no sólo puede almacenar esa asombrosa cantidad de datos, sino que es capaz de procesarlos más rápidamente que los ordenadores más potentes de nuestros días. Esto es importante, porque nuestra manera de reunir, procesar y almacenar la información de la vida determina nuestras creencias y de dónde proceden.

Estudios realizados en la década de los 70 revelaron que no acumulamos los recuerdos de nuestras experiencias en un lugar específico de nuestro cerebro. El trabajo revolucionario del neurocientífico Karl Pribram ha demostrado que las funciones cerebrales son más globales de lo que pensábamos. Antes de las investigaciones de Pribram se creía que había una correspondencia biunívoca entre ciertos tipos de recuerdos, conscientes e inconscientes y los lugares donde se almacenaban.

El problema surgió cuando las pruebas de laboratorio falsearon la teoría. Los experimentos demostraron que los animales conservaban sus recuerdos y continuaban con sus vidas aunque se les extirparan las partes de sus cerebros que se consideraban responsables de esas funciones. En otras palabras, no había un vínculo directo entre los recuerdos y un lugar físico del recuerdo. Era evidente que la visión mecánica de este órgano y de la memoria no era la respuesta. Estaba ocurriendo otra cosa, algo que acabó resultando misterioso y maravilloso.

Durante su investigación, Pribram percibió similitudes entre el modo el que el cerebro almacena los recuerdos y otra clase de almacenamiento de información que se desarrolló a mediados del siglo XX y recibe el nombre de holograma. Si pidieras a alguien que explicara que es un holograma, probablemente lo describiría como una fotografía especial: cuando la imagen superficial se expone a una luz directa, de repente se torna tridimensional. En el proceso de crear estas imágenes, la luz laser distribuye la imagen por toda la superficie de la fotografía. Es esta propiedad de “distribuirse igualmente” lo que hace que la fotografía holográfica sea diferente de la foto de la típica cámara.

Así, cada parte de la superficie contiene la totalidad de la imagen tal como era originalmente, solo que a una escala menor. Y esta es la definición de holograma. Es un proceso que permite que cada parte de “algo” contenga la totalidad de ese “algo”. La naturaleza es holográfica y usa este principio para compartir información y realizar rápidamente cambios significativos, como mutaciones curativas del ADN.

De modo que tanto si dividimos el universo en galaxias, los seres humanos en átomos o los recuerdos en fragmentos, el principio involucrado sigue siendo el mismo. Cada parte refleja la totalidad, solo que a una escala menor. Esta es la belleza y el poder del holograma: su información está por todas partes y puede ser medida en cualquier punto.

En 1.940, el científico Dennis Gabor empleó complejas ecuaciones, conocidas como las transformaciones de Fourier, para crear los primeros hologramas, y este trabajo le llevó a conseguir el premio nobel en 1.971. Pribram pensó qué si el cerebro funcionaba como un holograma y distribuye la información por sus circuitos, también debería procesar la información tal y como lo hacen las ecuaciones de Fourier. Sabiendo que las células cerebrales crean ondas eléctricas, Pribram fue capaz de examinar las pautas producidas por los circuitos cerebrales empleando las ecuaciones de Fourier. Y su teoría demostró ser correcta. Los experimentos probaron que el cerebro procesa la información de manera equivalente al holograma.

Pribram clarificó su modelo del cerebro usando una simple metafóra de hologramas funcionando dentro de otros hologramas. En una entrevista, explicó: “Los hologramas dentro del sistema visual son hologramas parche”. Se trata de pociones pequeñas de una imagen mayor. “La totalidad de la imagen está compuesta de manera muy parecida al ojo de un insecto, que tiene cientos de pequeñas lentes en lugar de un gran lente… Cuando llegas a experimentarla, obtienes la pauta total completamente ensamblada, como una pieza unificada”. Esta manera radicalmente nueva de vernos a nosotros mismo y al universo nos permite acceder directamente a todas las posibiliades que podríamos haber deseado soñado o imaginado.

Todo comienza en nuestras creencias y los pensamientos en que se basan. Mientras que las creencias mismas se forman en el corazón, los pensamientos de los que proceden se originan en uno de los reinos misteriosos del cerebro: La mente consciente o la subconsciente.

Gregg Braden, La curación espontanea de las creencias.

Isis sin velo Tomo I

Pero lo que especialmente distingue a la Fraternidad, es su maravilloso conocimiento de los recursos del arte médico. Operan por medio de simples y no por hechizos. – (Manuscrito. Informe sobre el origen y atributos de los verdaderos rosacruces)

Pocas verdades tan profundas han dicho los científicos como la expuesta por Cooke en su obra Nueva Química, al decir: “La historia de la ciencia nos demuestra que para arraigar y desarrollarse una verdad científica, es preciso que la época esté debidamente dispuesta a recibirla, pues muchas ideas no dieron fruto por haber caído en suelo estéril; pero tan luego como el tiempo puso el abono, la simiente echó raíces y más tarde frutos… ”Todo estudiante se sorprende al ver el escaso número de verdades que aun los más preclaros talentos añadieron al acopio científico”. La transformación operada recientemente en la química es muy a propósito para llamar la atención de los químicos sobre el particular, que no causaría extrañeza si alterativamente se hubiesen estudiado con imparcial criterio las enseñanzas alquímicas. El puente que salva el abismo abierto entre la nueva química y la vieja alquimia es pequeño en comparación del tendido más audazmente al pasar de la teoría dualística, a la unitaria.

Así como Ampère fué fiador de Avogadro entre los químicos modernos, así también se verá algún día que la hipótesis del od, sustentada por Reichenbach, abre camino para estimar la valía de Paracelso. Hace tan sólo cincuenta años, se consideraba la molécula como el tipo unitario de las combinaciones químicas, y acaso no transcurra tanto tiempo sin que se reconozca el eminente mérito del místico suizo, quien dice en una de sus obras: “Conviene tener en cuenta que el imán es aquel espíritu de vida en el hombre sano, a quien el enfermo busca, y ambos están unidos al caos externo. De esta suerte, el enfermo inficiona al sano por atracción magnética”.

Las obras de Paracelso describen las causas de las enfermedades que afligen a la humanidad, las ocultas relaciones entre la fisiología y la psicología, que en vano se esfuerza en descubrir especulativamente la ciencia moderna, y los específicos y remedios de cada una de las dolencias corporales. También conoció Paracelso el electro–magnetismo tres siglos antes de que (Ersted presumiera haberlo descubierto, según puede inferirse del examen crítico de su peculiar terapéutica. En cuanto a sus descubrimientos químicos, no hay necesidad de enumerarlos, puesto que muchos autores imparciales le tienen por uno de los más insignes químicos de su época. Brierre de Boismont le llama genio, y de acuerdo con Deleuze dice que abrió una nueva era en la historia de la medicina. El secreto de sus felices y mágicas curaciones (como las llamaron entonces), consistía en el soberano menosprecio con que miraba a las tituladas autoridades científicas de su tiempo. A este propósito, dice: “Al investigar la verdad, me he preguntado que de no haber en este mundo maestros de medicina, ¿cómo me las hubiera yo arreglado para aprender este arte? Pues en ningún otro libro que en el siempre abierto de la naturaleza, escrito por el dedo de Dios… Me acusan de no haber entrado en el templo del arte por la puerta principal; pero ¿quién tiene razón? ¿Galeno, Avicena, Mesue, Rhasis o la honrada naturaleza? Yo creo que la naturaleza, y por sus puertas entré guiado por la luz de la naturaleza sin necesidad de candiles de boticario”.

Fundó Paracelso la escuela del magnetismo animal, y descubrió las propiedades del imán. Sus contemporáneos menoscabaron su reputación tachándole de hechicero, en vista de las maravillosas curas que obtenía, como tres siglos después se vió también acusado el barón Du Potet, de brujería y demonolatría, por la Iglesia romana, y de charlatanería por los académicos de Europa. Según dijeron los filósofos del fuego, no hay químico capaz de considerar el “fuego viviente” distintamente de sus colegas, y a este propósito dice Fludd: “Olvidaste lo que tus padres te enseñaron sobre ello, o mejor dicho, nunca lo supiste porque es demasiado elevado para ti”.

El célebre saludador norteamericano Newton ha efectuado más curas instantáneas que enfermos tendrán en toda su vida los más famosos médicos neoyorkinos, y el mismo éxito ha tenido en Francia el zuavo Jacobo. ¿Será posible entonces tachar de alucinaciones o de confabulación de charlatanes y lunáticos los testimonios acopiados durante los últimos cuarenta años? Quien tal hiciera se confesaría mentecato.

Volviendo ahora a Paracelso, diremos que sus obras escritas en estilo enigmático, aunque vigoroso, han de leerse como los rollos de Ezequiel, por dentro y por fuera. Había en aquellos tiempos mucho riesgo en exponer doctrinas heterodoxas, pues la Iglesia estaba en toda su pujanza y menudeaban los autos de fe. Por esta razón vemos que Paracelso, Agrippa y Filaletes fueron tan notables por la piedad de sus declaraciones públicas, como famosos por sus hazañas alquímicas y mágicas. La opinión de Paracelso sobre las propiedades ocultas del imán se halla expuesta en sus obras: Archidaxarum, De Ente Dei y De Ente Astrorum, en la primera de las cuales describe la maravillosa tintura medicinal extraída del imán y denominada magisterium magnetis. Sin embargo, la exposición está en lenguaje no entendido de los profanos y a este propósito dice: “Cualquier campesino echa de ver que el imán atrae al hierro; pero el sabio debe preguntarse por qué… Yo he descubierto que además de esta notoria propiedad de atraer al hierro, tiene el imán otra propiedad oculta”.

Más adelante demuestra Paracelso que en el hombre late una “fuerza sidérea” emanada de los astros, que constituye su forma astral. Esta fuerza sidérea, que pudiéramos llamar espíritu de la materia cometaria, permanece directamente relacionada con los astros de que procede y así quedan los hombres en mutua atracción magnética. Considera también Paracelso, que el cuerpo humano tiene la misma composición química que la tierra y los demás astros, y dice así: “El cuerpo procede de los elementos y el alma de los astros… De los elementos saca el hombre en comida y bebida lo necesario para sustentar su carne y sangre; pero de las estrellas le viene el sustento de la mente y pensamientos de su alma”. Vemos corroboradas hoy estas afirmaciones de Paracelso, por cuanto el espectroscopio demuestra la identidad química, entre el cuerpo humano y el sistema planetario, y los físicos enseñan desde la cátedra la magnética atracción del sol y de los planetas.

Entre los elementos constitutivos del cuerpo humano, se han descubierto ya en el sol, el hidrógeno, sodio, calcio, magnesio y hierro; y en los centenares de estrellas observadas se ha encontrado el hidrógeno, excepto en dos. Por lo tanto, si el espectroscopio ha confirmado al menos una de las afirmaciones de Paracelso, es de esperar que con el tiempo queden corroboradas las demás, no obstante, el menosprecio en que le han tenido astrónomos y químicos por sus teorías sobre la idéntica composición química del hombre y los astros, y por sus ideas acerca de las afinidades y atracciones entre unos y otros.

Pero ocurre preguntar: ¿cómo pudo Paracelso presumir la constitución de los astros, cuando hasta el descubrimiento del espectroscopio nada supieron las academias de química sidérea? Aún hoy día, a pesar de los novísimos procedimientos de observación, sólo se ha logrado indicar la presencia en el sol de unos cuantos elementos y de una cromoesfera hipotética, pues todo lo demás continúa en el misterio. ¿Hubiese podido Paracelso estar tan seguro de la constitución natural de los astros, si no dispusiera de medios como la filosofía hermética y la alquimia, no sólo desconocidos, sino menospreciados por la ciencia?

Además, conviene tener en cuenta que Paracelso descubrió el hidrógeno y conocía perfectamente su naturaleza y propiedades, mucho tiempo antes de que los científicos ortodoxos sospecharan su existencia; que había estudiado astrología y astronomía, como todos los filósofos del fuego, y no se equivocaba al asegurar la directa afinidad del hombre con los astros.

También expuso Paracelso, y a los fisiólogos toca comprobarlo, que el cuerpo no sólo se alimenta por medio del estómago, “sino también, aunque imperceptiblemente, de la natural fuerza magnética de que cada individuo extrae su nutrición específica… ; pues de los elementos en equilibrio atrae el hombre la salud y de los perturbados la enfermedad”. La ciencia admite que los organismos vivientes están sujetos a leyes de afinidad química, y la propiedad más notable de los tejidos orgánicos, según los fisiólogos, es la absorción. Por lo tanto, nada de extraño tiene la afirmación de Paracelso de que el cuerpo humano, a causa de su naturaleza química y magnética, absorbe las influencias siderales. ¿Qué puede objetar la ciencia a la afirmación de que los astros nos atraen y a nuestra vez los atraemos? Así lo prueba el descubrimiento del barón de Reichenbach, de que las emanaciones ódicas del hombre son idénticas a las de los minerales y vegetales.

Paracelso afirmó la unidad constitutiva del universo, al decir, que “el cuerpo humano contiene materia cósmica”, pues el espectroscopio no sólo ha demostrado la existencia en el sol y demás estrellas, fijas de los mismos elementos químicos dé la tierra, sino también que cada estrella es un sol de constitución similar al nuestro. Según Mayer, las condiciones magnéticas de la tierra dependen de las variaciones que sufre la superficie solar a cuyas emanaciones está sujeta, por lo que si las estrellas son soles, también han de influir proporcionalmente en la tierra.

Sigue diciendo Paracelso: “Durante el sueño nos parecemos a las plantas que también tienen cuerpo elementario y vital, pero no espíritu. Entonces el cuerpo astral queda libre y gracias a su elástica índole puede vagar en torno del vehículo dormido o lanzarse al espacio y conversar con sus padres astrales y con sus hermanos, desde lejanas distancias. Los sueños proféticos, la presciencia y los presentimientos son facultades del cuerpo astral negadas al grosero cuerpo físico, que al morir se restituye a los elementos de la tierra, mientras que los distintos espíritus vuelven a los astros. También los animales tienen presentimientos, porque asimismo poseen cuerpo astral.”

Van Helmont, discípulo de Paracelso, repite en gran parte los conceptos de su maestro, aunque expone más acabadamente las teorías del magnetismo y atribuye el magnale magnum o propiedad de mutuo afecto entre dos personas a la simpatía universal entre todas las cosas de la naturaleza. La causa produce el efecto, el efecto reacciona sobre la causa y ambos se influyen recíprocamente. A este propósito dice: “El magnetismo es una fuerza desconocida, de naturaleza celeste, sumamente semejante a la de los astros, que no está impedida por límite alguno de espacio o tiempo… Toda criatura tiene su peculiar potencia celeste y está íntimamente relacionada con el cielo. Esta mágica potencia del hombre permanece latente en el interior hasta que se actualiza en el exterior. Esta sabiduría y poder mágicos están dormidos, pero la sugestión los pone en actividad y se acrecientan a medida que se reprimen las tenebrosas pasiones de la carne… Esto lo consigue el arte cabalístico, que devuelve al alma aquella mágica y sin embargo natural energía y la despierta del sueño en que se hallaba sumida”

Paracelso y Van Helmont reconocen el gran poder de la voluntad durante los éxtasis y dicen que “el espíritu es el medio del magnetismo y está difundido por todas partes”, por lo que la pura y primieval magia no ha de consistir en prácticas supersticiosas ni ceremonias vanas, sino en la imperiosa voluntad del hombre; pues “el alma y el espíritu que en él se ocultan, como el fuego en el pedernal, y no los espíritus celestes ni infernales, dominan la naturaleza física.”

Todos los filósofos medioevales profesaron la teoría de la influencia sidérea en el hombre. A este propósito, dice Cornelio Agrippa: “Las estrellas constan de los mismos elementos que los cuerpos terrestres y por esta razón se atraen recíprocamente las ideas… Las influencias se ejercen tan sólo con auxilio del espíritu difundido por todo el universo en armonía con los espíritus humanos. El que anhele adquirir facultades sobrenaturales debe tener fe, esperanza y amor… En todas las cosas hay un oculto y secreto poder de que dependen las maravillosas facultades mágicas.”

Las modernas teorías del general Pleasanton coinciden con las opiniones de los filósofos del fuego; sobre todo la referente a las electricidades positiva y negativa del hombre y de la mujer y a la atracción y repulsión mutuas de todas las cosas de la naturaleza, que parece tomada de Roberto Fludd, gran maestre de los rosacruces ingleses, quien dice a este propósito: “Cuando dos hombres se acercan uno a otro, su magnetismo es pasivo–negativo o activo–positivo. Si las emanaciones de ambos chocan y se repelen, nace la antipatía; pero cuando se interpenetran sin chocar, el magnetismo es positivo, porque los rayos proceden del centro de la circunferencia, y en este caso, no sólo influyen en las enfermedades, sino también en los sentimientos. Este magnetismo simpático se establece, además de entre los animales, entre éstos y las plantas”. Veamos ahora cómo acogieron los físicos el gran descubrimiento psicológico y fisiológico del magnetismo orgánico, cuando Mesmer llevó a Francia su sistema de cubeta, fundado totalmente en las doctrinas paracélsicas. Esto demostrará cuanta ignorancia, superficialidad y prejuicios puede haber en una corporación científica apegada a sus tradicionales teorías. Conviene insistir en el asunto porque a la negligencia de los académicos franceses de 1784, se debe la actual orientación materialista de las gentes y también los lunares que, según confiesan sus más fervorosos maestros, existen en la teoría atómica. La junta académica encargada en 1784 de examinar los fenómenos mesméricos estaba constituida por eminencias tales como Borie, Sallin, D’Arcet, Guillotin, Franklin, Leroi, Bailly, De Borg y Lavoisier. Por muerte de Borie le sucedió Magault. No cabe duda de que la Junta estaba dominada de hondos prejuicios al comenzar sus tareas por apremiantes órdenes de Luis XVI, y que se colocó en actitud mezquina y parcial para el examen. En su informe, redactado por Bailly, se trataba de dar el golpe de gracia a la nueva teoría, y al efecto se repartió profusamente por los establecimientos de enseñanza y entre el público en general, logrando concitar contra Mesmer la animosidad de gran parte de la nobleza y de ricos comerciantes que antes le patrocinaban por haber presenciado sus admirables curaciones. El distinguido académico Jussieu, que con el ilustre D’Eslon, médico de cámara, había observado cuidadosamente los fenómenos, publicó un minucioso contrainforme en que abogaba por la conveniencia de que la Facultad de Medicina estudiara los efectos terapéuticos del flúido magnético y publicase su parecer sobre el asunto. Esta moción determinó la salida de numerosas memorias, folletos, tratados didácticos y obras polemísticas en que se exponían nuevos hechos, y entre todas aquellas publicaciones sobresalió la muy erudita obra de Thouret titulada: Dudas é investigaciones sobre el magnetismo animal, cuya lectura fué estímulo para la rebusca de antecedentes en la historia de todos los países, cuyos fenómenos magnéticos, desde la más remota antigüedad, llegaron a conocimiento del público.

Las teorías de Mesmer eran sencillamente las mismas de Paracelso, Van Helmont, Santanelli y Maxwell, hasta el punto de que no faltó quien acusara al famoso médico de haber plagiado trozos enteros de una obra de Bertrand. El profesor Stewart dice330 que el universo está compuesto de átomos conectados entre sí como los órganos de una máquina accionada por las leyes de la energía, y aunque el profesor Youmans califique de “moderno” este concepto, lo vemos expuesto ya un siglo antes por Mesmer en sus Cartas a un médico extranjero, que entre otras proposiciones contienen las que siguen:

1.ª Hay recíproca influencia entre los astros, la tierra y los seres vivientes.

2.ª El medio transmisor de esta influencia es un fluido universal y unitónicamente difundido por todas partes, de modo que no consiente vacío alguno, cuya sutilidad excede a toda ponderación y que por su naturaleza es capaz de recibir, propagar y transmitir todas las vibraciones de movimiento.

3.ª Esta influencia recíproca está sujeta a leyes dinámicas desconocidas por ahora. Resulta, en consecuencia, que Stewart no dijo nada nuevo al decir que el universo era semejante a una enorme máquina.

El profesor Mayer corrobora la opinión de Gilbert acerca de que la tierra es un gigantesco imán, y supone que su potencial depende de las emanaciones del sol, pues varía misteriosamente en función de los movimientos terrestres de rotación y traslación y en simpatía con las inmensas oleadas ígneas que agitan la superficie del astro solar, añadiendo que entre el sol y la tierra hay un sucesivo flujo y reflujo de influencias.

Pero la obra citada nos da los mismos conceptos en las siguientes proposiciones de Mesmer:

4.ª De esta acción dimanan alternados efectos que pueden considerarse como flujo y reflujo. 6.ª Por este medio operante, el más universal de cuantos la naturaleza nos presenta, se establecen las relaciones de actividad entre los astros, la tierra y sus partes constituyentes.

7.ª De esta operación dependen las propiedades de la materia así inorgánica como organizada.

8.ª El cuerpo animal experimenta los alternados efectos de este agente por conducto de la substancia nerviosa que transmite su acción.

Newton, antorcha de la ciencia, que creía en el magnetismo según lo enseñaron Paracelso, Van Helmont y demás filósofos del fuego. Nadie negará que la teoría newtoniana de la gravitación universal tiene su raíz en el magnetismo, pues él mismo nos dice que fundaba todas sus especulaciones científicas en el “alma del mundo”, en el universal y magnético agente a que denominó divinum sensorium. A este propósito añade: “Hay un espíritu sutilísimo que penetra todas las cosas, aun los cuerpos más duros, y está oculto en su substancia. Por virtud de la actividad y energía de este espíritu, se atraen recíprocamente los cuerpos y se adhieren al ponerse en contacto. Por él los cuerpos eléctricos se atraen y repelen desde lejanas distancias, y la luz se difunde, refleja, refracta y colora los cuerpos. Por él se mueven los animales y se excitan los sentidos. Pero esto no puede explicarse en pocas palabras, porque nos falta la necesaria experiencia para determinar las leyes que rigen la actividad operante de este agente.

Dos linajes hay de magnetización: la simplemente animal y la trascendente. Esta última depende, por una parte, de la voluntad y aptitud del magnetizador, y por otra, de las cualidades espirituales del sujeto y de su receptibilidad a las vibraciones de la luz astral. Pero no se tardará en reconocer que la clarividencia requiere mucha mayor voluntad en el magnetizador que receptividad en el sujeto, ya que éste, por positivo que sea, habrá de rendirse al poder de un adepto.

Si el magnetizador, mago o entidad espiritual dirige hábilmente la vista del sujeto, la luz astral iluminará sus más hondos arcanos, pues si bien es libro cerrado para quienes miran y no ven, está en cambio siempre abierto para los que quieran leer en él. Allí está anotado cuanto fué, es y será, y aun los más insignificantes actos de nuestra vida y nuestros más escondidos pensamientos quedan fotografiados en sus páginas eternas. Es el libro abierto por mano del ángel del Apocalipsis, el “libro de la vida” que sirve para juzgar a los muertos según sus obras. Es la memoria de Dios.

lámina de 1700, me llama la atención las copas, bastos, oros y espadas que se ve en el círculo.

Dice Zoroastro, que en el éter están figuradas las cosas sin figura y aparecen impresos los pensamientos y caracteres de los hombres, con otras visiones divinas. – Oráculos Caldeos.

Vemos, por lo tanto, que así la antigua como la moderna sabiduría, los vaticinios y la ciencia corroboran unánimemente las enseñanzas cabalísticas. En las indelebles páginas de la luz astral se estampan nuestros pensamientos y acciones y aparecen delineados con pictórica vividez, a los ojos del profeta y del vidente, los acontecimientos futuros y los efectos de causas echadas hace tiempo en olvido. La memoria, cuya naturaleza funcional es desesperación del materialista, enigma para el psicólogo y esfinge para el científico, es para el estudiante de filosofía antigua la potencia compartida con muchos animales inferiores, mediante la cual, inconscientemente, ve en su interior iluminadas por la luz astral las imágenes de pasados pensamientos, actos y sensaciones. El estudiante de ocultismo no ve en los ganglios cerebrales “micrógrafos de lo vivo y de lo muerto, de lugares en que hemos estado y de sucesos en que hemos intervenido”, sino que acude al vasto receptáculo donde por toda la eternidad se almacenan las vibraciones del cosmos y los anales de las vidas humanas.

La ráfaga de memoria que según tradición representa a los náufragos las escenas de su vida pasada, como el fulgor del relámpago descubre momentáneamente el paisaje a los ojos del viajero, no es más que la súbita ojeada que el alma, en lucha con el peligro, da a las silenciosas galerías en que está pintada su historia con impalidecibles colores.

Por la misma causa suelen sernos familiares ciertos parajes y comarcas en que hasta entonces no habíamos estado y recordar conversaciones que por vez primera oímos o escenas acabadas de ocurrir, según de ello hay noventa por ciento de testimonios. Los que creen en la reencarnación aducen estos hechos como otras tantas pruebas de anteriores existencias, cuya memoria se aviva repentinamente en semejantes circunstancias. Sin embargo, los filósofos de la antigüedad y de la Edad Media opinaban que si bien este fenómeno psicológico es uno de los más valiosos argumentos en favor de la inmortalidad y preexistencia del alma, no lo es en pro de la reencarnación, por cuanto la memoria anímica es distinta de la cerebral. Como elegantemente dice Eliphas Levi: “la naturaleza cierra las puertas después de pasar una cosa é impele la vida hacia delante”, en más perfeccionadas formas. La crisálida se metamorfosea en mariposa, pero jamás vuelve a ser oruga. En el silencio de la noche, cuando el sueño embarga los corporales sentidos y reposa nuestro cuerpo físico, queda libre el astral, según dice Paracelso, y deslizándose de su terrena cárcel, se encamina hacia sus progenitores y platica con las estrellas”. Los sueños, presentimientos, pronósticos, presagios y vaticinios son las impresiones del cuerpo astral en el cerebro físico, que las recibe más o menos profundamente, según la intensidad del riego sanguíneo durante el sueño. Cuanto más débil esté el cuerpo físico, más vívida será la memoria anímica y de mayor libertad gozará el espíritu. Cuando después de profundo y reposado sueño sin ensueños se restituye el hombre al estado de vigilia, no conserva recuerdo alguno de su existencia nocturna y, sin embargo, en su cerebro están grabadas, aunque latentes bajo la presión de la materia, las escenas y paisajes que vió durante su peregrinación en el cuerpo astral. Estas latentes imágenes pueden revelarse por los relámpagos de anímica memoria que establecen momentáneos intercambios de energía entre el universo visible y el invisible, es decir, entre los ganglios micrográficos cerebrales y las películas escenográficas de la luz astral. Por lo tanto, un hombre que nunca haya estado personalmente en un paraje ni visto a determinada persona, puede asegurar que ha estado y la ha visto, porque adquirió el conocimiento mientras actuaba en “espíritu”. Los fisiólogos sólo pueden objetar a esto diciendo que en el sueño natural y profundo está la voluntad inerte y es incapaz de actuar, tanto más cuanto no creen en el cuerpo astral y el alma les parece poco menos que un mito poético. Blumenbach afirma que durante el sueño queda en suspenso toda comunicación entre cuerpo y mente; pero Richardson, de la Sociedad Real de Londres, redarguye acertadamente al fisiólogo alemán, diciéndole que se ha excedido en sus afirmaciones, pues no se conocen todavía a punto fijo las relaciones entre cuerpo y mente. Añadamos a esta opinión la del fisiólogo francés Fournié y la del eminente médico inglés Allchin, quien confiesa con entera franqueza que no hay profesión científica de tan insegura base como la medicina, y veremos que no sin justicia deben oponerse las ideas de los sabios antiguos frente a las de la ciencia moderna.

Nadie, por grosero y material que sea, deja de vivir en el universo invisible al par que en el visible. El principio vital que anima su organismo físico reside principalmente en el cuerpo astral, cuyas partículas densas quedan inertes, mientras las sutiles no reconocen límite ni obstáculo. Bien sabemos que tanto los sabios como los ignorantes preferirán mantenerse en el prejuicio de que no es posible saber de donde dimana el agente vital, antes de conceder ni un momento de atención a lo que llaman rancias y desprestigiadas teorías. Algunos objetarán desde el punto de vista teológico que el alma de los brutos no es inmortal, pues tanto teólogos como legos confunden erróneamente el alma con el espíritu. Pero si estudiamos a Platón y otros filósofos antiguos, advertiremos que mientras el cuerpo astral no pasa de tener una existencia más o menos larga después de la muerte física, el espíritu divino (impropiamente llamado alma por los teólogos) es esencialmente inmortal. Si el principio vital fuese algo independiente del cuerpo astral, no estaría de seguro la clarividencia en tan directa relación con la debilidad física del sujeto. Cuanto más profundo sea el sueño hipnótico y menos signos de vida se noten en el cuerpo físico, tanto más clara será la percepción espiritual, y tanto más penetrante la vista del alma que desprendida de los sentidos corporales actúa con incomparablemente mayor potencia que cuando le sirve de vehículo un cuerpo sano y vigoroso. Brierre de Boismont nos da repetidos ejemplos de ello en demostración de que los cinco sentidos son mucho más agudos en estado hipnótico que en el de vigilia. Estos fenómenos prueban incontrovertiblemente la continuidad de la vida siquiera por algún tiempo después de muerto el cuerpo físico.

Aunque durante nuestra breve estancia en la tierra pueda compararse el alma a una luz puesta debajo del celemín, no deja de brillar por ello y de recibir la influencia de espíritus afines, de modo que todo pensamiento bueno o malo atrae vibraciones de su misma naturaleza, tan irresistiblemente. como el imán atrae las limaduras de hierro, en proporción a la intensidad de las vibraciones etéreas del pensamiento; y así se explica que un hombre se sobreponga imperiosamente a su tiempo y que su influencia se transmita de una a otra época por medio de las recíprocas corrientes de energía entre los mundos visible e invisible, hasta afectar a gran parte del género humano. Difícil sería determinar las lindes que en este punto han puesto a su pensamiento los autores de la famosa obra El Universo invisible, pero del siguiente pasaje podemos inferir que no dijeron todo cuanto pensaban. Dice así:

“Sea como quiera, no cabe duda de que las propiedades del éter son en el campo de la naturaleza muy superiores a las de la materia tangible. Y como la índole de ésta, salvo en algunos pormenores de poca importancia, se halla mucho más allá de la penetración de las lumbreras científicas, no llevaremos adelante nuestras disertaciones. Basta a nuestro propósito conocer los efectos del éter cuya potencialidad supera a cuanto nadie ha osado decir”.

Uno de los más notables descubrimientos de los tiempos modernos, es la facultad que algunas personas receptivas poseen de describir el carácter y aspecto de una persona o los sucesos ocurridos, con tal de retener en la mano y pasárselo por la frente un objeto cualquiera relacionado con la persona o el suceso, por mucho que sea el tiempo transcurrido. Así, una piedra ruinosa le representará la historia del edificio a que perteneciera, con las escenas ocurridas en su interior y alrededores; un pedazo de mineral despertará en su alma la visión retrospectiva de la época de su formación. Esta facultad fué descubierta por el profesor Buchanan de Louisville (Kentucky), quien le dió el nombre de psicometría. A este sabio debe el mundo tan importante complemento de las ciencias psicológicas, y de seguro que merecerá ser honrado en estatua cuando la frecuencia de los experimentos psicométricos acaben de una vez con el escepticismo. Al publicar su descubrimiento se contrajo Buchanan a la utilidad de la psicometría para bosquejar el carácter de las personas, y dice a este propósito: “Parece que es indeleble la influencia mental y fisiológica que recibe un manuscrito, pues los más antiguos ejemplares de que me valí en las experiencias revelaban precisa y vigorosamente sus impresiones, apenas debilitadas por el tiempo. Por virtud de la psicometría fué posible leer, sin dificultad alguna, manuscritos antiguos cuya ordinaria interpretación hubiese requerido el auxilio de los paleólogos. Pero no únicamente los manuscritos retienen las impresiones mentales, sino que también los dibujos, pinturas y cualquier otro objeto que haya recibido el contacto mental y volitivo de una persona, le pueden servir a otra de medio de descripción psicométrica… Este descubrimiento tendrá incalculables consecuencias en su aplicación a las artes y a la historia”.

Añade Denton en la misma obra: “No se mueve una hoja ni se levanta una onda ni se arrastra un insecto; sin que registren sus movimientos mil fieles escribanos en infalibles é indelebles escrituras. Así ocurre con lo sucedido en pasados tiempos. Continuamente ha estado la naturaleza fotografiándolo todo, desde que brilló la luz sobre la tierra, cuando sobre la cuna del recién nacido planeta flotaban vaporosas cortinas, hasta el momento actual. ¡Y qué fotografías!”

Nos parece el colmo de la imposibilidad que en la materia atómica hayan quedado grabados los hechos ocurridos en la antigua Tebas o en algún templo prehistórico. Sin embargo, las imágenes de estos hechos están saturadas de aquel agente universal que todo lo penetra y todo lo retiene, llamado por los filósofos “alma del mundo” y por el geólogo Denton el “alma de las cosas”. Al aplicarse el psicómetra a la frente un objeto determinado, relaciona su yo interno con el alma del objeto y se pone en contacto con la corriente de luz astral que, relacionada con dicho objeto, retiene las descripciones de los sucesos concernientes a su historia los cuales, según Denton, pasan ante la vista del psicómetra con la velocidad del rayo, en vertiginosa sucesión de escenas que tan sólo con mucha fuerza de voluntad es posible detenerlas en el campo visual para describirlas.

El psicómetra es clarividente, pues ve con la vista interna; pero su visión de personas, lugares y sucesos resultará confusa, a menos que con potente fuerza de voluntad haya educado la percepción visual. Sin embargo, en los casos de hipnotismo, la clarividencia del sujeto depende de la voluntad del hipnotizador, quien, por lo tanto, puede detener la atención de aquél en determinada imagen todo el tiempo necesario para describirlo en sus más prolijos pormenores. Por otra parte, el sujeto sometido a la influencia de un hábil hipnotizador aventaja al psicómetra espontáneo en la clara y distinta predicción del porvenir.

(Está ya admitido que el éter interpenetra toda clase de materia, aun la más densa, y ya empieza a admitirse que retiene las imágenes de cuanto ha sucedido.)

Si alguien objeta diciendo que no es posible ver lo que “todavía no existe”, le responderemos que tan posible es ver lo futuro como se ve lo pasado, que ya no existe. Según las enseñanzas cabalísticas, lo futuro está en embrión en la luz astral, como también lo presente estaba en embrión antes de serlo. El hombre es libre de obrar a su albedrío, pero desde el origen de los tiempos está previsto el uso que hará de este albedrío, sin que tal previsión suponga fatalismo ni hado, sino que resulta de la inmutable armonía del universo, así como de antemano se conocen las vibraciones peculiares de cada nota que se haya de pulsar. Además, la eternidad del tiempo no tiene pasado ni futuro, sino tan sólo presente, de la propia manera que la inmensidad del espacio no tiene en rigor puntos cercanos ni lejanos. En el mezquino campo de nuestras experiencias, nos esforzamos en concebir, si no el fin, por lo menos el principio del tiempo y del espacio, que en realidad no tienen principio ni fin, pues de tenerlo, ni el tiempo sería eterno ni ilimitado el espacio. Como hemos dicho, no hay pasado ni futuro; pero nuestra memoria refleja las imágenes grabadas en la luz astral, como el psicómetra las emanaciones astrales de los objetos palpados. Al tratar de la influencia de la luz en los cuerpos y de la formación de imágenes fotográficas, dice el profesor Hitchcock: “Parece como si esta influencia interpenetrara la naturaleza toda sin detenerse en puntos definidos. No sabemos si la luz puede retratar en los objetos circundantes nuestras facciones demudadas por la emoción y dejar de esta suerte fotografiadas en la naturaleza nuestras acciones… Posible es también que haya procedimientos superiores a los del más hábil fotógrafo, por cuyo medio revele y fije la naturaleza estas fotografías de modo que, con sentidos más agudos que los nuestros, se vean como en un inmenso lienzo extendido sobre el universo material. Quizás no se borren nunca estas fotografías del lienzo, sino que perduren en el vasto museo pictórico de la eternidad”.

La duda manifestada en el quizás de Hitchcock se ha trocado en triunfadora certeza por valimiento de la psicometría. Sin embargo, cuantos hayan observado la cualidad psíquica de clarividencia advertirán que Hitchcock no debiera haber supuesto la necesidad de más agudos sentidos para ver las imágenes, sino decir que habían de superar en penetración a los corporales, porque para el espíritu humano, dimanante del inmortal y divino Espíritu, no hay pasado ni futuro, sino que todo lo tiene presente.

(Las fotografías a que se refiere Hitchcock en el pasaje citado tienen por placa la luz astral donde se registra todo cuanto ha sido, es y será, según afirman las enseñanzas herméticas ya corroboradas en parte por la ciencia).

De algún tiempo a esta parte han comenzado los científicos a estudiar este asunto hasta hoy difamado con nota de superstición. Discurrieron primero acerca de los hipotéticos mundos invisibles y a todos se adelantaron los autores de la obra: El Universo invisible, a quienes siguió el profesor Fiske con la suya: El mundo invisible. Esto prueba que el terreno del materialismo se hunde bajo los pies de los científicos, quienes se disponen a capitular honrosamente en caso de derrota. Jevons corrobora las opiniones de Babbage y ambos afirman que los pensamientos ponen en vibración las partículas del cerebro y las difunden por el universo, de suerte que “cada partícula material es una placa registradora de cuanto ha sucedido”344. Por otra parte el doctor Young, en sus conferencias sobre filosofía natural, apunta “la posibilidad de que haya mundos invisibles y desconocidos en aislada independencia unos, en recíproca interpretación otros, y algunos cuya existencia no requiera por modalidad el espacio”.

Si los científicos discurren de esta suerte, partiendo del principio de continuidad según el cual la energía se transmite al universo invisible, no se les ha de negar el mismo discurso a los ocultistas y espiritualistas. La ciencia admite hoy que las imágenes especulares quedan impresas indefinidamente sobre una superficie pulimentada, y a este propósito dice Draper: “La sombra proyectada sobre una pared deja allí una huella que puede revelarse mediante manipulaciones convenientes… Los retratos de nuestros amigos o las imágenes de la campiña quedan ocultos bajo la superficie sensible de nuestros ojos, hasta que las revelamos por adecuados medios. Una imagen espectral está encubierta bajo una superficie de plata bruñida o de cristal pulido, hasta que la nigromancia la revela al mundo visible. En las paredes de nuestros más retirados aposentos, al abrigo de indiscretas miradas, en la soledad de nuestro apartamiento inaccesible a los extraños, están las huellas de nuestros actos y las siluetas de cuanto hicimos”.

Si tan indelebles impresiones puede recibir la materia inorgánica y nada se aniquila en el universo, no cabe rechazar la hipótesis de que “el pensamiento actúe en la materia de otro universo al par que en la del nuestro y prever de esta suerte lo futuro”.

A nuestro entender, si la psicometría es valiosa prueba de la indestructibilidad de la materia, que retiene eternamente las impresiones recibidas, también es la clarividencia psicométrica no menos valiosa prueba de la inmortalidad del espíritu humano. Puesto que la facultad psicométrica es capaz de describir sucesos ocurridos hace centenares de miles de años, ¿por qué no aplicar la misma facultad al conocimiento de un porvenir sumido en la eternidad, que no tiene pasado ni futuro, sino tan sólo el presente sin límites?

Algunos reflexionaron sobre la índole de este proteico agente que no podían pesar ni medir con sus aparatos, y dijeron que era “un medio hipotético sumamente elástico y sutil que se supone ocupa los espacios intersiderales é interatómicos y sirve de medio transmisor del calor y de la luz”. Otros, a quienes llamaríamos los fuegos fatuos o hijos espurios de la ciencia, se tomaron la molestia de observar el éter con lentes de mucho alcance, según nos dicen; pero al no ver espíritus ni espectros, ni descubrir entre sus aleves ondulaciones nada de más científica índole, viraron en redondo para tachar con lastimero acento de “mentecatos y lunáticos visionarios”, no sólo a los espiritistas en particular, sino a cuantos creen en la inmortalidad. Dicen sobre este particular los autores de El Universo invisible: “Han estudiado en el universo objetivo ese misterio que llamamos vida. El error consiste en creer que todo cuanto desaparece de la observación, desaparece también del universo. Sin embargo, no hay tal, porque únicamente desaparece del pequeño círculo de luz a que podemos llamar universo de observación científica. Es un trínico misterio en la materia, en la vida y en Dios; pero los tres misterios son uno solo”. En otro pasaje añaden: “El universo visible debe seguramente tener un límite de energía transformable y probablemente el mismo límite en su materia; pero como el principio de continuidad repugna toda limitación, ha de haber sin duda algo más allá de lo visible, de modo que el mundo visible no es el universo total sino tan sólo una pequeña parte de él”. Además, atendiendo los autores al concepto del origen y fin del universo visible, dicen que si fuese todo cuanto existe, habría ruptura de continuidad tanto en la súbita manifestación primaria de él como en su ruina final…. Ahora bien; ¿no es lógico suponer que el universo invisible, en cuya existencia razonablemente creemos, esté en condiciones de recibir la energía del visible?.. Cabe, por lo tanto, considerar el éter o medio transmisor como un puente entre ambos universos, que de esta manera quedan conglomerados en uno solo. En fin, lo que generalmente se llama éter puede ser, además de un medio transmisor, el orden de cosas invisibles, de modo que los movimientos del universo visible se comunican al éter y éste los transmite como por un puente al invisible, que los recibe, transforma y almacena. Podemos decir, por lo tanto, que cuando la energía se transmite de la materia al éter, pasa del mundo visible al invisible y cuando del éter va a la materia se transfiere del mundo invisible al visible”.

Precisamente es así. Cuando la ciencia adelante algunos pasos más en este camino y estudie detenidamente el “hipotético medio transmisor” podrá salvar sin peligro el abismo que Tyndall ve abierto entre el cerebro físico y la conciencia.

Algunos años antes, en 1856, el por entonces famoso doctor Jobard de París expuso acerca del éter el mismo concepto sustentado después por los autores de El Universo invisible. Con asombro del mundo científico, dijo el doctor Jobard a este propósito: “Acabo de hacer un descubrimiento que me asusta. Hay dos modalidades de electricidad: una ciega y ruda, dimanante del contacto de los metales con los ácidos (purga grosera), y otra racional y clarividente. La electricidad se ha bifurcado en manos de Galvani, Nobili y Matteuci. La corriente ruda tomó la dirección señalada por Jacobi, Bonelli y Moncal, mientras que la corriente lúcida quedó en manos de Bois–Robert, Thilorier y Duplanty. La esfera eléctrica o electricidad globular entraña un pensamiento que desobedece a Newton y a Mariotte para moverse a su antojo… En los anales de la Academia hay mil pruebas de la inteligencia del rayo eléctrico… Pero noto que voy siendo en demasía indiscreto. A poco más doy la clave que ha de llevarnos al descubrimiento del espíritu universal”.

Todas las citas iluminan con nueva luz la sabiduría de los antiguos. Ya vimos que los Oráculos caldeos exponen en parecido lenguaje el mismo concepto del éter que los autores de El Universo invisible, pues dicen que “del éter proceden todas las cosas y a él han de volver y que en él están indeleblemente grabadas las imágenes de todas las cosas, porque es almacén de ideas y troj de los gérmenes y de los residuos de las formas visibles”. Esto corrobora nuestra afirmación de que todo descubrimiento moderno tuvo su parigual hace miles de años entre nuestros cándidos antepasados. Vista, en el punto en que estamos, la actitud de los escépticos respecto de los fenómenos psíquicos, cabe asegurar que aunque la clave referida por Jobard estuviera en el borde del “abismo”, no habría ningún Tyndall capaz de agacharse a recogerla.

¡Cuán limitadas han de parecerles a algunos cabalistas estas tentativas para escrutar el hondo misterio del éter universal! Porque por muy superiores que respecto a las de la ciencia contemporánea sean las ideas de los autores de El Universo invisible, resultan por demás familiares para los maestros de la filosofía hermética, quienes no sólo consideraban el éter como el puente tendido entre el universo visible y el invisible, sino que osadamente recorrían todos sus tramos hasta llegar a las misteriosas puertas que los científicos no quieren o tal vez no pueden abrir.

Cuanto más ahondan los investigadores modernos en sus observaciones, tanto más frecuentemente les dan en rostro los descubrimientos antiguos. Expone el geólogo francés Beaumont una teoría sobre los movimientos internos del globo en relación con la corteza terrestre, y echa de ver que se le habían adelantado los antiguos en la exposición. Preguntamos cuál es la más novísima hipótesis acerca de la formación de los yacimientos minerales, y nos dice Hunt que el agua es el disolvente universal, según ya afirmó Tales de Mileto veinticuatro siglos atrás al enseñar que el agua es el originario elemento de todas las cosas.

Pero comparemos sus anteriores opiniones con las de Paracelso y Van Helmont, según las traducciones inglesas de sus obras. Dicen que el alkahest determina los efectos siguientes:

1.º “Nunca extingue las propiedades virtuales de los cuerpos disueltos en él. Por ejemplo, si el oro se trata por el alkahest se forma una sal de oro; si el antimonio, una sal de antimonio, etc. 2.º El cuerpo manipulado se descompone en tres principios: sal, azufre y mercurio; pero después queda únicamente la sal volátil, que por último se convierte en agua clara.

3.º Todo cuanto el alkahes disuelve se puede convertir en volátil mediante el baño de arena, y si luego de volatilizado el disolvente se destila la substancia soluble, se convierte en agua pura e insípida, pero siempre en cantidad equivalente al original”.

Por su parte dice Van Helmont que el alkahest disuelve los cuerpos más rebeldes en substancias de las mismas propiedades virtuales de peso idéntico al cuerpo disuelto… Destilada repetidas veces esta sal (á que Paracelso llama sal circulatum), pierde toda su fijeza y acaba por convertirse en un agua insípida en cantidad equivalente a la sal de que procede”

Las alegaciones de Cooke en pro de la ciencia moderna con respecto a la fraseología hermética, podrían aplicarse también a la escritura hierática de Egipto que encubre todo cuanto convenía encubrir. Si Cooke trata de aprovecharse de la labor del pasado, ha de recurrir a la criptografía y no a la sátira. Paracelso, como los demás alquimistas, exprimía su ingenio en la transposición literal y abreviatura de palabras y frases; y así, por ejemplo, escribe sufratur en vez de tártaro, mutrin por nitro, etcétera. Son innumerables las interpretaciones supuestas de la palabra alkahest. Unos creen que era una doble sal de tártaro; otros le daban la misma significación que a la voz alemana antigua algeist, equivalente a espirituoso. Paracelso llama a la sal “centro de agua donde han de morir los metales”; de lo que algunos, como por ejemplo, Glauber, infieren que el alkahest era espíritu de sal. Se necesita mucha osadía para decir que Paracelso y sus colegas ignoraban la distinción entre los cuerpos simples y sus combinaciones, pues aunque no les diesen los mismos nombres que hoy les dan los químicos, obtenían resultados imposibles de lograr sin conocer la índole de las substancias manipuladas. Nada importa el nombre que Paracelso dio al gas resultante de la reacción del hierro y el ácido sulfúrico, si las autoridades en química reconocen que descubrió el hidrógeno.

Su mérito es el mismo. Y nada tampoco importa que Van Helmont encubriera bajo la denominación de “virtudes seminales” las propiedades inherentes a los elementos químicos que, al combinarse, las modifican temporáneamente sin perderlas en modo alguno, pues no por su enigmático lenguaje dejó de ser el químico más ilustre de su época en parigualdad de mérito con los del día. Afirmaba Van Helmont, que el aurum potábile podía obtenerse por medio del alkahest, salificando el oro de suerte que sin perder sus “virtudes seminales” se disolviera en el agua. Cuando los químicos sepan, no lo que Van Helmont decía que entendía, ni lo que se supone entendía, sino lo que en realidad entendía por aurum potabile, alkahest, sal y virtudes seminales, podrán definir su actitud respecto a los filósofos del fuego y a los antiguos maestros cuyas místicas enseñanzas respetuosamente siguieron. De todos modos, este lenguaje de Van Helmont, aun tomado en sentido exotérico, demuestra que conocía la solubilidad de las combinaciones metálicas en el agua, en lo que basa Hunt su hipótesis acerca de los yacimientos metalíferos. A este propósito dice en una de sus conferencias: “Los alquimistas buscaron en vano el disolvente universal; pero nosotros sabemos hoy que el agua, a favor de la presión y la temperatura, y en presencia de ciertos cuerpos muy abundantes en la naturaleza, tales como el ácido carbónico y los carbonatos y sulfatos alcalinos, disuelve las substancias al parecer más insolubles y obra como el alkahest o menstruo universal durante tanto tiempo buscado”.

“Podrá darnos alguna luz sobre esto la observación de que, para Van Helmont y Paracelso, el agua era el instrumento universal de la química y la filosofía natural, y diputaban el fuego por causa eficiente de todas las cosas. Creían, además, que la tierra entrañaba virtudes seminales, y que el agua, al disolver y fermentar las substancias térreas, como sucede con el fuego, produce todas las cosas y origina los reinos mineral, vegetal y animal”.

Los alquimistas conocían por completo la universal potencia disolvente del agua, y en las obras de Paracelso, Van Helmont, Filaleteo, Pantatem, Taquenio y Boyle, se establece explícitamente la propiedad por excelencia del alkahest, esta es, la de “disolver y transmutar todos los cuerpos sublunares excepto el agua.” No cabe suponer, por lo tanto, que hombre de tan irreprensible conducta y de tan vasto saber como Van Helmont, asegurara formalmente poseer el secreto si únicamente hubiese sido mera presunción de poseerlo.

“Puesto que el organismo corporal está animado interiormente por una fuerza supeditada o no al espíritu, alma, mente o lo que quiera que constituya el ser individual llamado hombre, es lógico inferir que todo movimiento externo al cuerpo tiene por causa la misma fuerza que produce el movimiento en el interior del cuerpo. Y así como esta fuerza externa suele estar dirigida por la inteligencia, también esta inteligencia dirige la fuerza interna”.

Para mejor comprender el pensamiento de Sergeant Cox en esta hipótesis, la dividiremos en cuatro proposiciones:

1º La fuerza productora de los fenómenos psíquicos procede del médium y por consiguiente dimana de él.

2º La inteligencia que dirige la fuerza productora del fenómeno podría ser distinta de la inteligencia del médium; pero como no hay prueba suficiente de ello, es muy probable que la inteligencia directora sea la del médium.

3º La fuerza que mueve la mesa es idéntica a la que mueve el cuerpo del médium.

4º Los espíritus de los difuntos para nada intervienen en la producción de los fenómenos psíquicos.

Todo movimiento, sea de un cuerpo vivo o de un cuerpo inorgánico, requiere tres condiciones: voluntad, fuerza y materia, que pueden transmutarse de conformidad con el principio de la conservación de la energía dirigida, o mejor dicho, cobijada por la Mente divina de que tan insidiosamente se empeñan los escépticos en prescindir, pero sin cuya presidencia no se moverían los gusanillos en la tierra ni al beso de la brisa las hojas del árbol. Los científicos llaman leyes cósmicas a las modalidades de energía y de materia y las consideran inmutables é invariables en su acción; pero más allá de estas leyes hemos de inquirir la causa inteligente que al establecer el régimen infundió en ellas su conciencia. No es posible concebir una causa primera, una voluntad universal, Dios en suma, si no le atribuimos inteligencia.

Vuestra en la Santa Ciencia Ana Suero Sanz.

– Artículo*: Filosofía Oculta –

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*No suscribimos necesariamente las opiniones o artículos aquí enlazados

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Como funciona la alquimia en física y como podemos usarla

En los post anteriores hemos visto que el funcionamiento de un ordenador moderno puede ayudarnos a entender la conciencia. Estudios recientes indican que la misma analogía también puede ayudarnos a comprender y desmitificar la relación entre el cerebro y la mente. En su obra innovadora, Consciousness Explained, Daniel Dennett, codirector del Centro para los Estudios Cognitivos de la Universidad Tufts, dice que podemos considerar que el cerebro es “una especie de ordenador”, y que eso nos ofrece una poderosa metáfora para entender como usamos la información. Las comparaciones de Dennett nos ofrecen exactamente lo que necesitamos para atravesar lo que él denomina la “terra incognita”, o tierra desconocida, entre lo que la ciencia nos dice del cerebro y lo que experimentamos a través de él.

El hombre habitualmente considerado el “padre” de la informática moderna, John von Neumann, calculó en una ocasión que el cerebro humano puede almacenar hasta 280 quintillones de bits de memoria (es decir, 280 con 18 ceros detrás). El cerebro no sólo puede almacenar esa asombrosa cantidad de datos, sino que es capaz de procesarlos más rápidamente que los ordenadores más potentes de nuestros días. Esto es importante, porque nuestra manera de reunir, procesar y almacenar la información de la vida determina nuestras creencias y de dónde proceden.

Estudios realizados en la década de los 70 revelaron que no acumulamos los recuerdos de nuestras experiencias en un lugar específico de nuestro cerebro. El trabajo revolucionario del neurocientífico Karl Pribram ha demostrado que las funciones cerebrales son más globales de lo que pensábamos. Antes de las investigaciones de Pribram se creía que había una correspondencia biunívoca entre ciertos tipos de recuerdos, conscientes e inconscientes y los lugares donde se almacenaban.

El problema surgió cuando las pruebas de laboratorio falsearon la teoría. Los experimentos demostraron que los animales conservaban sus recuerdos y continuaban con sus vidas aunque se les extirparan las partes de sus cerebros que se consideraban responsables de esas funciones. En otras palabras, no había un vínculo directo entre los recuerdos y un lugar físico del recuerdo. Era evidente que la visión mecánica de este órgano y de la memoria no era la respuesta. Estaba ocurriendo otra cosa, algo que acabó resultando misterioso y maravilloso.

Durante su investigación, Pribram percibió similitudes entre el modo el que el cerebro almacena los recuerdos y otra clase de almacenamiento de información que se desarrolló a mediados del siglo XX y recibe el nombre de holograma. Si pidieras a alguien que explicara que es un holograma, probablemente lo describiría como una fotografía especial: cuando la imagen superficial se expone a una luz directa, de repente se torna tridimensional. En el proceso de crear estas imágenes, la luz laser distribuye la imagen por toda la superficie de la fotografía. Es esta propiedad de “distribuirse igualmente” lo que hace que la fotografía holográfica sea diferente de la foto de la típica cámara.

Así, cada parte de la superficie contiene la totalidad de la imagen tal como era originalmente, solo que a una escala menor. Y esta es la definición de holograma. Es un proceso que permite que cada parte de “algo” contenga la totalidad de ese “algo”. La naturaleza es holográfica y usa este principio para compartir información y realizar rápidamente cambios significativos, como mutaciones curativas del ADN.

De modo que tanto si dividimos el universo en galaxias, los seres humanos en átomos o los recuerdos en fragmentos, el principio involucrado sigue siendo el mismo. Cada parte refleja la totalidad, solo que a una escala menor. Esta es la belleza y el poder del holograma: su información está por todas partes y puede ser medida en cualquier punto.

En 1.940, el científico Dennis Gabor empleó complejas ecuaciones, conocidas como las transformaciones de Fourier, para crear los primeros hologramas, y este trabajo le llevó a conseguir el premio nobel en 1.971. Pribram pensó qué si el cerebro funcionaba como un holograma y distribuye la información por sus circuitos, también debería procesar la información tal y como lo hacen las ecuaciones de Fourier. Sabiendo que las células cerebrales crean ondas eléctricas, Pribram fue capaz de examinar las pautas producidas por los circuitos cerebrales empleando las ecuaciones de Fourier. Y su teoría demostró ser correcta. Los experimentos probaron que el cerebro procesa la información de manera equivalente al holograma.

Pribram clarificó su modelo del cerebro usando una simple metafóra de hologramas funcionando dentro de otros hologramas. En una entrevista, explicó: “Los hologramas dentro del sistema visual son hologramas parche”. Se trata de pociones pequeñas de una imagen mayor. “La totalidad de la imagen está compuesta de manera muy parecida al ojo de un insecto, que tiene cientos de pequeñas lentes en lugar de un gran lente… Cuando llegas a experimentarla, obtienes la pauta total completamente ensamblada, como una pieza unificada”. Esta manera radicalmente nueva de vernos a nosotros mismo y al universo nos permite acceder directamente a todas las posibiliades que podríamos haber deseado soñado o imaginado.

Todo comienza en nuestras creencias y los pensamientos en que se basan. Mientras que las creencias mismas se forman en el corazón, los pensamientos de los que proceden se originan en uno de los reinos misteriosos del cerebro: La mente consciente o la subconsciente.

Gregg Braden, La curación espontanea de las creencias.

Isis sin velo Tomo I

Pero lo que especialmente distingue a la Fraternidad, es su maravilloso conocimiento de los recursos del arte médico. Operan por medio de simples y no por hechizos. – (Manuscrito. Informe sobre el origen y atributos de los verdaderos rosacruces)

Pocas verdades tan profundas han dicho los científicos como la expuesta por Cooke en su obra Nueva Química, al decir: “La historia de la ciencia nos demuestra que para arraigar y desarrollarse una verdad científica, es preciso que la época esté debidamente dispuesta a recibirla, pues muchas ideas no dieron fruto por haber caído en suelo estéril; pero tan luego como el tiempo puso el abono, la simiente echó raíces y más tarde frutos… ”Todo estudiante se sorprende al ver el escaso número de verdades que aun los más preclaros talentos añadieron al acopio científico”. La transformación operada recientemente en la química es muy a propósito para llamar la atención de los químicos sobre el particular, que no causaría extrañeza si alterativamente se hubiesen estudiado con imparcial criterio las enseñanzas alquímicas. El puente que salva el abismo abierto entre la nueva química y la vieja alquimia es pequeño en comparación del tendido más audazmente al pasar de la teoría dualística, a la unitaria.

Así como Ampère fué fiador de Avogadro entre los químicos modernos, así también se verá algún día que la hipótesis del od, sustentada por Reichenbach, abre camino para estimar la valía de Paracelso. Hace tan sólo cincuenta años, se consideraba la molécula como el tipo unitario de las combinaciones químicas, y acaso no transcurra tanto tiempo sin que se reconozca el eminente mérito del místico suizo, quien dice en una de sus obras: “Conviene tener en cuenta que el imán es aquel espíritu de vida en el hombre sano, a quien el enfermo busca, y ambos están unidos al caos externo. De esta suerte, el enfermo inficiona al sano por atracción magnética”.

Las obras de Paracelso describen las causas de las enfermedades que afligen a la humanidad, las ocultas relaciones entre la fisiología y la psicología, que en vano se esfuerza en descubrir especulativamente la ciencia moderna, y los específicos y remedios de cada una de las dolencias corporales. También conoció Paracelso el electro–magnetismo tres siglos antes de que (Ersted presumiera haberlo descubierto, según puede inferirse del examen crítico de su peculiar terapéutica. En cuanto a sus descubrimientos químicos, no hay necesidad de enumerarlos, puesto que muchos autores imparciales le tienen por uno de los más insignes químicos de su época. Brierre de Boismont le llama genio, y de acuerdo con Deleuze dice que abrió una nueva era en la historia de la medicina. El secreto de sus felices y mágicas curaciones (como las llamaron entonces), consistía en el soberano menosprecio con que miraba a las tituladas autoridades científicas de su tiempo. A este propósito, dice: “Al investigar la verdad, me he preguntado que de no haber en este mundo maestros de medicina, ¿cómo me las hubiera yo arreglado para aprender este arte? Pues en ningún otro libro que en el siempre abierto de la naturaleza, escrito por el dedo de Dios… Me acusan de no haber entrado en el templo del arte por la puerta principal; pero ¿quién tiene razón? ¿Galeno, Avicena, Mesue, Rhasis o la honrada naturaleza? Yo creo que la naturaleza, y por sus puertas entré guiado por la luz de la naturaleza sin necesidad de candiles de boticario”.

Fundó Paracelso la escuela del magnetismo animal, y descubrió las propiedades del imán. Sus contemporáneos menoscabaron su reputación tachándole de hechicero, en vista de las maravillosas curas que obtenía, como tres siglos después se vió también acusado el barón Du Potet, de brujería y demonolatría, por la Iglesia romana, y de charlatanería por los académicos de Europa. Según dijeron los filósofos del fuego, no hay químico capaz de considerar el “fuego viviente” distintamente de sus colegas, y a este propósito dice Fludd: “Olvidaste lo que tus padres te enseñaron sobre ello, o mejor dicho, nunca lo supiste porque es demasiado elevado para ti”.

El célebre saludador norteamericano Newton ha efectuado más curas instantáneas que enfermos tendrán en toda su vida los más famosos médicos neoyorkinos, y el mismo éxito ha tenido en Francia el zuavo Jacobo. ¿Será posible entonces tachar de alucinaciones o de confabulación de charlatanes y lunáticos los testimonios acopiados durante los últimos cuarenta años? Quien tal hiciera se confesaría mentecato.

Volviendo ahora a Paracelso, diremos que sus obras escritas en estilo enigmático, aunque vigoroso, han de leerse como los rollos de Ezequiel, por dentro y por fuera. Había en aquellos tiempos mucho riesgo en exponer doctrinas heterodoxas, pues la Iglesia estaba en toda su pujanza y menudeaban los autos de fe. Por esta razón vemos que Paracelso, Agrippa y Filaletes fueron tan notables por la piedad de sus declaraciones públicas, como famosos por sus hazañas alquímicas y mágicas. La opinión de Paracelso sobre las propiedades ocultas del imán se halla expuesta en sus obras: Archidaxarum, De Ente Dei y De Ente Astrorum, en la primera de las cuales describe la maravillosa tintura medicinal extraída del imán y denominada magisterium magnetis. Sin embargo, la exposición está en lenguaje no entendido de los profanos y a este propósito dice: “Cualquier campesino echa de ver que el imán atrae al hierro; pero el sabio debe preguntarse por qué… Yo he descubierto que además de esta notoria propiedad de atraer al hierro, tiene el imán otra propiedad oculta”.

Más adelante demuestra Paracelso que en el hombre late una “fuerza sidérea” emanada de los astros, que constituye su forma astral. Esta fuerza sidérea, que pudiéramos llamar espíritu de la materia cometaria, permanece directamente relacionada con los astros de que procede y así quedan los hombres en mutua atracción magnética. Considera también Paracelso, que el cuerpo humano tiene la misma composición química que la tierra y los demás astros, y dice así: “El cuerpo procede de los elementos y el alma de los astros… De los elementos saca el hombre en comida y bebida lo necesario para sustentar su carne y sangre; pero de las estrellas le viene el sustento de la mente y pensamientos de su alma”. Vemos corroboradas hoy estas afirmaciones de Paracelso, por cuanto el espectroscopio demuestra la identidad química, entre el cuerpo humano y el sistema planetario, y los físicos enseñan desde la cátedra la magnética atracción del sol y de los planetas.

Entre los elementos constitutivos del cuerpo humano, se han descubierto ya en el sol, el hidrógeno, sodio, calcio, magnesio y hierro; y en los centenares de estrellas observadas se ha encontrado el hidrógeno, excepto en dos. Por lo tanto, si el espectroscopio ha confirmado al menos una de las afirmaciones de Paracelso, es de esperar que con el tiempo queden corroboradas las demás, no obstante, el menosprecio en que le han tenido astrónomos y químicos por sus teorías sobre la idéntica composición química del hombre y los astros, y por sus ideas acerca de las afinidades y atracciones entre unos y otros.

Pero ocurre preguntar: ¿cómo pudo Paracelso presumir la constitución de los astros, cuando hasta el descubrimiento del espectroscopio nada supieron las academias de química sidérea? Aún hoy día, a pesar de los novísimos procedimientos de observación, sólo se ha logrado indicar la presencia en el sol de unos cuantos elementos y de una cromoesfera hipotética, pues todo lo demás continúa en el misterio. ¿Hubiese podido Paracelso estar tan seguro de la constitución natural de los astros, si no dispusiera de medios como la filosofía hermética y la alquimia, no sólo desconocidos, sino menospreciados por la ciencia?

Además, conviene tener en cuenta que Paracelso descubrió el hidrógeno y conocía perfectamente su naturaleza y propiedades, mucho tiempo antes de que los científicos ortodoxos sospecharan su existencia; que había estudiado astrología y astronomía, como todos los filósofos del fuego, y no se equivocaba al asegurar la directa afinidad del hombre con los astros.

También expuso Paracelso, y a los fisiólogos toca comprobarlo, que el cuerpo no sólo se alimenta por medio del estómago, “sino también, aunque imperceptiblemente, de la natural fuerza magnética de que cada individuo extrae su nutrición específica… ; pues de los elementos en equilibrio atrae el hombre la salud y de los perturbados la enfermedad”. La ciencia admite que los organismos vivientes están sujetos a leyes de afinidad química, y la propiedad más notable de los tejidos orgánicos, según los fisiólogos, es la absorción. Por lo tanto, nada de extraño tiene la afirmación de Paracelso de que el cuerpo humano, a causa de su naturaleza química y magnética, absorbe las influencias siderales. ¿Qué puede objetar la ciencia a la afirmación de que los astros nos atraen y a nuestra vez los atraemos? Así lo prueba el descubrimiento del barón de Reichenbach, de que las emanaciones ódicas del hombre son idénticas a las de los minerales y vegetales.

Paracelso afirmó la unidad constitutiva del universo, al decir, que “el cuerpo humano contiene materia cósmica”, pues el espectroscopio no sólo ha demostrado la existencia en el sol y demás estrellas, fijas de los mismos elementos químicos dé la tierra, sino también que cada estrella es un sol de constitución similar al nuestro. Según Mayer, las condiciones magnéticas de la tierra dependen de las variaciones que sufre la superficie solar a cuyas emanaciones está sujeta, por lo que si las estrellas son soles, también han de influir proporcionalmente en la tierra.

Sigue diciendo Paracelso: “Durante el sueño nos parecemos a las plantas que también tienen cuerpo elementario y vital, pero no espíritu. Entonces el cuerpo astral queda libre y gracias a su elástica índole puede vagar en torno del vehículo dormido o lanzarse al espacio y conversar con sus padres astrales y con sus hermanos, desde lejanas distancias. Los sueños proféticos, la presciencia y los presentimientos son facultades del cuerpo astral negadas al grosero cuerpo físico, que al morir se restituye a los elementos de la tierra, mientras que los distintos espíritus vuelven a los astros. También los animales tienen presentimientos, porque asimismo poseen cuerpo astral.”

Van Helmont, discípulo de Paracelso, repite en gran parte los conceptos de su maestro, aunque expone más acabadamente las teorías del magnetismo y atribuye el magnale magnum o propiedad de mutuo afecto entre dos personas a la simpatía universal entre todas las cosas de la naturaleza. La causa produce el efecto, el efecto reacciona sobre la causa y ambos se influyen recíprocamente. A este propósito dice: “El magnetismo es una fuerza desconocida, de naturaleza celeste, sumamente semejante a la de los astros, que no está impedida por límite alguno de espacio o tiempo… Toda criatura tiene su peculiar potencia celeste y está íntimamente relacionada con el cielo. Esta mágica potencia del hombre permanece latente en el interior hasta que se actualiza en el exterior. Esta sabiduría y poder mágicos están dormidos, pero la sugestión los pone en actividad y se acrecientan a medida que se reprimen las tenebrosas pasiones de la carne… Esto lo consigue el arte cabalístico, que devuelve al alma aquella mágica y sin embargo natural energía y la despierta del sueño en que se hallaba sumida”

Paracelso y Van Helmont reconocen el gran poder de la voluntad durante los éxtasis y dicen que “el espíritu es el medio del magnetismo y está difundido por todas partes”, por lo que la pura y primieval magia no ha de consistir en prácticas supersticiosas ni ceremonias vanas, sino en la imperiosa voluntad del hombre; pues “el alma y el espíritu que en él se ocultan, como el fuego en el pedernal, y no los espíritus celestes ni infernales, dominan la naturaleza física.”

Todos los filósofos medioevales profesaron la teoría de la influencia sidérea en el hombre. A este propósito, dice Cornelio Agrippa: “Las estrellas constan de los mismos elementos que los cuerpos terrestres y por esta razón se atraen recíprocamente las ideas… Las influencias se ejercen tan sólo con auxilio del espíritu difundido por todo el universo en armonía con los espíritus humanos. El que anhele adquirir facultades sobrenaturales debe tener fe, esperanza y amor… En todas las cosas hay un oculto y secreto poder de que dependen las maravillosas facultades mágicas.”

Las modernas teorías del general Pleasanton coinciden con las opiniones de los filósofos del fuego; sobre todo la referente a las electricidades positiva y negativa del hombre y de la mujer y a la atracción y repulsión mutuas de todas las cosas de la naturaleza, que parece tomada de Roberto Fludd, gran maestre de los rosacruces ingleses, quien dice a este propósito: “Cuando dos hombres se acercan uno a otro, su magnetismo es pasivo–negativo o activo–positivo. Si las emanaciones de ambos chocan y se repelen, nace la antipatía; pero cuando se interpenetran sin chocar, el magnetismo es positivo, porque los rayos proceden del centro de la circunferencia, y en este caso, no sólo influyen en las enfermedades, sino también en los sentimientos. Este magnetismo simpático se establece, además de entre los animales, entre éstos y las plantas”. Veamos ahora cómo acogieron los físicos el gran descubrimiento psicológico y fisiológico del magnetismo orgánico, cuando Mesmer llevó a Francia su sistema de cubeta, fundado totalmente en las doctrinas paracélsicas. Esto demostrará cuanta ignorancia, superficialidad y prejuicios puede haber en una corporación científica apegada a sus tradicionales teorías. Conviene insistir en el asunto porque a la negligencia de los académicos franceses de 1784, se debe la actual orientación materialista de las gentes y también los lunares que, según confiesan sus más fervorosos maestros, existen en la teoría atómica. La junta académica encargada en 1784 de examinar los fenómenos mesméricos estaba constituida por eminencias tales como Borie, Sallin, D’Arcet, Guillotin, Franklin, Leroi, Bailly, De Borg y Lavoisier. Por muerte de Borie le sucedió Magault. No cabe duda de que la Junta estaba dominada de hondos prejuicios al comenzar sus tareas por apremiantes órdenes de Luis XVI, y que se colocó en actitud mezquina y parcial para el examen. En su informe, redactado por Bailly, se trataba de dar el golpe de gracia a la nueva teoría, y al efecto se repartió profusamente por los establecimientos de enseñanza y entre el público en general, logrando concitar contra Mesmer la animosidad de gran parte de la nobleza y de ricos comerciantes que antes le patrocinaban por haber presenciado sus admirables curaciones. El distinguido académico Jussieu, que con el ilustre D’Eslon, médico de cámara, había observado cuidadosamente los fenómenos, publicó un minucioso contrainforme en que abogaba por la conveniencia de que la Facultad de Medicina estudiara los efectos terapéuticos del flúido magnético y publicase su parecer sobre el asunto. Esta moción determinó la salida de numerosas memorias, folletos, tratados didácticos y obras polemísticas en que se exponían nuevos hechos, y entre todas aquellas publicaciones sobresalió la muy erudita obra de Thouret titulada: Dudas é investigaciones sobre el magnetismo animal, cuya lectura fué estímulo para la rebusca de antecedentes en la historia de todos los países, cuyos fenómenos magnéticos, desde la más remota antigüedad, llegaron a conocimiento del público.

Las teorías de Mesmer eran sencillamente las mismas de Paracelso, Van Helmont, Santanelli y Maxwell, hasta el punto de que no faltó quien acusara al famoso médico de haber plagiado trozos enteros de una obra de Bertrand. El profesor Stewart dice330 que el universo está compuesto de átomos conectados entre sí como los órganos de una máquina accionada por las leyes de la energía, y aunque el profesor Youmans califique de “moderno” este concepto, lo vemos expuesto ya un siglo antes por Mesmer en sus Cartas a un médico extranjero, que entre otras proposiciones contienen las que siguen:

1.ª Hay recíproca influencia entre los astros, la tierra y los seres vivientes.

2.ª El medio transmisor de esta influencia es un fluido universal y unitónicamente difundido por todas partes, de modo que no consiente vacío alguno, cuya sutilidad excede a toda ponderación y que por su naturaleza es capaz de recibir, propagar y transmitir todas las vibraciones de movimiento.

3.ª Esta influencia recíproca está sujeta a leyes dinámicas desconocidas por ahora. Resulta, en consecuencia, que Stewart no dijo nada nuevo al decir que el universo era semejante a una enorme máquina.

El profesor Mayer corrobora la opinión de Gilbert acerca de que la tierra es un gigantesco imán, y supone que su potencial depende de las emanaciones del sol, pues varía misteriosamente en función de los movimientos terrestres de rotación y traslación y en simpatía con las inmensas oleadas ígneas que agitan la superficie del astro solar, añadiendo que entre el sol y la tierra hay un sucesivo flujo y reflujo de influencias.

Pero la obra citada nos da los mismos conceptos en las siguientes proposiciones de Mesmer:

4.ª De esta acción dimanan alternados efectos que pueden considerarse como flujo y reflujo. 6.ª Por este medio operante, el más universal de cuantos la naturaleza nos presenta, se establecen las relaciones de actividad entre los astros, la tierra y sus partes constituyentes.

7.ª De esta operación dependen las propiedades de la materia así inorgánica como organizada.

8.ª El cuerpo animal experimenta los alternados efectos de este agente por conducto de la substancia nerviosa que transmite su acción.

Newton, antorcha de la ciencia, que creía en el magnetismo según lo enseñaron Paracelso, Van Helmont y demás filósofos del fuego. Nadie negará que la teoría newtoniana de la gravitación universal tiene su raíz en el magnetismo, pues él mismo nos dice que fundaba todas sus especulaciones científicas en el “alma del mundo”, en el universal y magnético agente a que denominó divinum sensorium. A este propósito añade: “Hay un espíritu sutilísimo que penetra todas las cosas, aun los cuerpos más duros, y está oculto en su substancia. Por virtud de la actividad y energía de este espíritu, se atraen recíprocamente los cuerpos y se adhieren al ponerse en contacto. Por él los cuerpos eléctricos se atraen y repelen desde lejanas distancias, y la luz se difunde, refleja, refracta y colora los cuerpos. Por él se mueven los animales y se excitan los sentidos. Pero esto no puede explicarse en pocas palabras, porque nos falta la necesaria experiencia para determinar las leyes que rigen la actividad operante de este agente.

Dos linajes hay de magnetización: la simplemente animal y la trascendente. Esta última depende, por una parte, de la voluntad y aptitud del magnetizador, y por otra, de las cualidades espirituales del sujeto y de su receptibilidad a las vibraciones de la luz astral. Pero no se tardará en reconocer que la clarividencia requiere mucha mayor voluntad en el magnetizador que receptividad en el sujeto, ya que éste, por positivo que sea, habrá de rendirse al poder de un adepto.

Si el magnetizador, mago o entidad espiritual dirige hábilmente la vista del sujeto, la luz astral iluminará sus más hondos arcanos, pues si bien es libro cerrado para quienes miran y no ven, está en cambio siempre abierto para los que quieran leer en él. Allí está anotado cuanto fué, es y será, y aun los más insignificantes actos de nuestra vida y nuestros más escondidos pensamientos quedan fotografiados en sus páginas eternas. Es el libro abierto por mano del ángel del Apocalipsis, el “libro de la vida” que sirve para juzgar a los muertos según sus obras. Es la memoria de Dios.

lámina de 1700, me llama la atención las copas, bastos, oros y espadas que se ve en el círculo.

Dice Zoroastro, que en el éter están figuradas las cosas sin figura y aparecen impresos los pensamientos y caracteres de los hombres, con otras visiones divinas. – Oráculos Caldeos.

Vemos, por lo tanto, que así la antigua como la moderna sabiduría, los vaticinios y la ciencia corroboran unánimemente las enseñanzas cabalísticas. En las indelebles páginas de la luz astral se estampan nuestros pensamientos y acciones y aparecen delineados con pictórica vividez, a los ojos del profeta y del vidente, los acontecimientos futuros y los efectos de causas echadas hace tiempo en olvido. La memoria, cuya naturaleza funcional es desesperación del materialista, enigma para el psicólogo y esfinge para el científico, es para el estudiante de filosofía antigua la potencia compartida con muchos animales inferiores, mediante la cual, inconscientemente, ve en su interior iluminadas por la luz astral las imágenes de pasados pensamientos, actos y sensaciones. El estudiante de ocultismo no ve en los ganglios cerebrales “micrógrafos de lo vivo y de lo muerto, de lugares en que hemos estado y de sucesos en que hemos intervenido”, sino que acude al vasto receptáculo donde por toda la eternidad se almacenan las vibraciones del cosmos y los anales de las vidas humanas.

La ráfaga de memoria que según tradición representa a los náufragos las escenas de su vida pasada, como el fulgor del relámpago descubre momentáneamente el paisaje a los ojos del viajero, no es más que la súbita ojeada que el alma, en lucha con el peligro, da a las silenciosas galerías en que está pintada su historia con impalidecibles colores.

Por la misma causa suelen sernos familiares ciertos parajes y comarcas en que hasta entonces no habíamos estado y recordar conversaciones que por vez primera oímos o escenas acabadas de ocurrir, según de ello hay noventa por ciento de testimonios. Los que creen en la reencarnación aducen estos hechos como otras tantas pruebas de anteriores existencias, cuya memoria se aviva repentinamente en semejantes circunstancias. Sin embargo, los filósofos de la antigüedad y de la Edad Media opinaban que si bien este fenómeno psicológico es uno de los más valiosos argumentos en favor de la inmortalidad y preexistencia del alma, no lo es en pro de la reencarnación, por cuanto la memoria anímica es distinta de la cerebral. Como elegantemente dice Eliphas Levi: “la naturaleza cierra las puertas después de pasar una cosa é impele la vida hacia delante”, en más perfeccionadas formas. La crisálida se metamorfosea en mariposa, pero jamás vuelve a ser oruga. En el silencio de la noche, cuando el sueño embarga los corporales sentidos y reposa nuestro cuerpo físico, queda libre el astral, según dice Paracelso, y deslizándose de su terrena cárcel, se encamina hacia sus progenitores y platica con las estrellas”. Los sueños, presentimientos, pronósticos, presagios y vaticinios son las impresiones del cuerpo astral en el cerebro físico, que las recibe más o menos profundamente, según la intensidad del riego sanguíneo durante el sueño. Cuanto más débil esté el cuerpo físico, más vívida será la memoria anímica y de mayor libertad gozará el espíritu. Cuando después de profundo y reposado sueño sin ensueños se restituye el hombre al estado de vigilia, no conserva recuerdo alguno de su existencia nocturna y, sin embargo, en su cerebro están grabadas, aunque latentes bajo la presión de la materia, las escenas y paisajes que vió durante su peregrinación en el cuerpo astral. Estas latentes imágenes pueden revelarse por los relámpagos de anímica memoria que establecen momentáneos intercambios de energía entre el universo visible y el invisible, es decir, entre los ganglios micrográficos cerebrales y las películas escenográficas de la luz astral. Por lo tanto, un hombre que nunca haya estado personalmente en un paraje ni visto a determinada persona, puede asegurar que ha estado y la ha visto, porque adquirió el conocimiento mientras actuaba en “espíritu”. Los fisiólogos sólo pueden objetar a esto diciendo que en el sueño natural y profundo está la voluntad inerte y es incapaz de actuar, tanto más cuanto no creen en el cuerpo astral y el alma les parece poco menos que un mito poético. Blumenbach afirma que durante el sueño queda en suspenso toda comunicación entre cuerpo y mente; pero Richardson, de la Sociedad Real de Londres, redarguye acertadamente al fisiólogo alemán, diciéndole que se ha excedido en sus afirmaciones, pues no se conocen todavía a punto fijo las relaciones entre cuerpo y mente. Añadamos a esta opinión la del fisiólogo francés Fournié y la del eminente médico inglés Allchin, quien confiesa con entera franqueza que no hay profesión científica de tan insegura base como la medicina, y veremos que no sin justicia deben oponerse las ideas de los sabios antiguos frente a las de la ciencia moderna.

Nadie, por grosero y material que sea, deja de vivir en el universo invisible al par que en el visible. El principio vital que anima su organismo físico reside principalmente en el cuerpo astral, cuyas partículas densas quedan inertes, mientras las sutiles no reconocen límite ni obstáculo. Bien sabemos que tanto los sabios como los ignorantes preferirán mantenerse en el prejuicio de que no es posible saber de donde dimana el agente vital, antes de conceder ni un momento de atención a lo que llaman rancias y desprestigiadas teorías. Algunos objetarán desde el punto de vista teológico que el alma de los brutos no es inmortal, pues tanto teólogos como legos confunden erróneamente el alma con el espíritu. Pero si estudiamos a Platón y otros filósofos antiguos, advertiremos que mientras el cuerpo astral no pasa de tener una existencia más o menos larga después de la muerte física, el espíritu divino (impropiamente llamado alma por los teólogos) es esencialmente inmortal. Si el principio vital fuese algo independiente del cuerpo astral, no estaría de seguro la clarividencia en tan directa relación con la debilidad física del sujeto. Cuanto más profundo sea el sueño hipnótico y menos signos de vida se noten en el cuerpo físico, tanto más clara será la percepción espiritual, y tanto más penetrante la vista del alma que desprendida de los sentidos corporales actúa con incomparablemente mayor potencia que cuando le sirve de vehículo un cuerpo sano y vigoroso. Brierre de Boismont nos da repetidos ejemplos de ello en demostración de que los cinco sentidos son mucho más agudos en estado hipnótico que en el de vigilia. Estos fenómenos prueban incontrovertiblemente la continuidad de la vida siquiera por algún tiempo después de muerto el cuerpo físico.

Aunque durante nuestra breve estancia en la tierra pueda compararse el alma a una luz puesta debajo del celemín, no deja de brillar por ello y de recibir la influencia de espíritus afines, de modo que todo pensamiento bueno o malo atrae vibraciones de su misma naturaleza, tan irresistiblemente. como el imán atrae las limaduras de hierro, en proporción a la intensidad de las vibraciones etéreas del pensamiento; y así se explica que un hombre se sobreponga imperiosamente a su tiempo y que su influencia se transmita de una a otra época por medio de las recíprocas corrientes de energía entre los mundos visible e invisible, hasta afectar a gran parte del género humano. Difícil sería determinar las lindes que en este punto han puesto a su pensamiento los autores de la famosa obra El Universo invisible, pero del siguiente pasaje podemos inferir que no dijeron todo cuanto pensaban. Dice así:

“Sea como quiera, no cabe duda de que las propiedades del éter son en el campo de la naturaleza muy superiores a las de la materia tangible. Y como la índole de ésta, salvo en algunos pormenores de poca importancia, se halla mucho más allá de la penetración de las lumbreras científicas, no llevaremos adelante nuestras disertaciones. Basta a nuestro propósito conocer los efectos del éter cuya potencialidad supera a cuanto nadie ha osado decir”.

Uno de los más notables descubrimientos de los tiempos modernos, es la facultad que algunas personas receptivas poseen de describir el carácter y aspecto de una persona o los sucesos ocurridos, con tal de retener en la mano y pasárselo por la frente un objeto cualquiera relacionado con la persona o el suceso, por mucho que sea el tiempo transcurrido. Así, una piedra ruinosa le representará la historia del edificio a que perteneciera, con las escenas ocurridas en su interior y alrededores; un pedazo de mineral despertará en su alma la visión retrospectiva de la época de su formación. Esta facultad fué descubierta por el profesor Buchanan de Louisville (Kentucky), quien le dió el nombre de psicometría. A este sabio debe el mundo tan importante complemento de las ciencias psicológicas, y de seguro que merecerá ser honrado en estatua cuando la frecuencia de los experimentos psicométricos acaben de una vez con el escepticismo. Al publicar su descubrimiento se contrajo Buchanan a la utilidad de la psicometría para bosquejar el carácter de las personas, y dice a este propósito: “Parece que es indeleble la influencia mental y fisiológica que recibe un manuscrito, pues los más antiguos ejemplares de que me valí en las experiencias revelaban precisa y vigorosamente sus impresiones, apenas debilitadas por el tiempo. Por virtud de la psicometría fué posible leer, sin dificultad alguna, manuscritos antiguos cuya ordinaria interpretación hubiese requerido el auxilio de los paleólogos. Pero no únicamente los manuscritos retienen las impresiones mentales, sino que también los dibujos, pinturas y cualquier otro objeto que haya recibido el contacto mental y volitivo de una persona, le pueden servir a otra de medio de descripción psicométrica… Este descubrimiento tendrá incalculables consecuencias en su aplicación a las artes y a la historia”.

Añade Denton en la misma obra: “No se mueve una hoja ni se levanta una onda ni se arrastra un insecto; sin que registren sus movimientos mil fieles escribanos en infalibles é indelebles escrituras. Así ocurre con lo sucedido en pasados tiempos. Continuamente ha estado la naturaleza fotografiándolo todo, desde que brilló la luz sobre la tierra, cuando sobre la cuna del recién nacido planeta flotaban vaporosas cortinas, hasta el momento actual. ¡Y qué fotografías!”

Nos parece el colmo de la imposibilidad que en la materia atómica hayan quedado grabados los hechos ocurridos en la antigua Tebas o en algún templo prehistórico. Sin embargo, las imágenes de estos hechos están saturadas de aquel agente universal que todo lo penetra y todo lo retiene, llamado por los filósofos “alma del mundo” y por el geólogo Denton el “alma de las cosas”. Al aplicarse el psicómetra a la frente un objeto determinado, relaciona su yo interno con el alma del objeto y se pone en contacto con la corriente de luz astral que, relacionada con dicho objeto, retiene las descripciones de los sucesos concernientes a su historia los cuales, según Denton, pasan ante la vista del psicómetra con la velocidad del rayo, en vertiginosa sucesión de escenas que tan sólo con mucha fuerza de voluntad es posible detenerlas en el campo visual para describirlas.

El psicómetra es clarividente, pues ve con la vista interna; pero su visión de personas, lugares y sucesos resultará confusa, a menos que con potente fuerza de voluntad haya educado la percepción visual. Sin embargo, en los casos de hipnotismo, la clarividencia del sujeto depende de la voluntad del hipnotizador, quien, por lo tanto, puede detener la atención de aquél en determinada imagen todo el tiempo necesario para describirlo en sus más prolijos pormenores. Por otra parte, el sujeto sometido a la influencia de un hábil hipnotizador aventaja al psicómetra espontáneo en la clara y distinta predicción del porvenir.

(Está ya admitido que el éter interpenetra toda clase de materia, aun la más densa, y ya empieza a admitirse que retiene las imágenes de cuanto ha sucedido.)

Si alguien objeta diciendo que no es posible ver lo que “todavía no existe”, le responderemos que tan posible es ver lo futuro como se ve lo pasado, que ya no existe. Según las enseñanzas cabalísticas, lo futuro está en embrión en la luz astral, como también lo presente estaba en embrión antes de serlo. El hombre es libre de obrar a su albedrío, pero desde el origen de los tiempos está previsto el uso que hará de este albedrío, sin que tal previsión suponga fatalismo ni hado, sino que resulta de la inmutable armonía del universo, así como de antemano se conocen las vibraciones peculiares de cada nota que se haya de pulsar. Además, la eternidad del tiempo no tiene pasado ni futuro, sino tan sólo presente, de la propia manera que la inmensidad del espacio no tiene en rigor puntos cercanos ni lejanos. En el mezquino campo de nuestras experiencias, nos esforzamos en concebir, si no el fin, por lo menos el principio del tiempo y del espacio, que en realidad no tienen principio ni fin, pues de tenerlo, ni el tiempo sería eterno ni ilimitado el espacio. Como hemos dicho, no hay pasado ni futuro; pero nuestra memoria refleja las imágenes grabadas en la luz astral, como el psicómetra las emanaciones astrales de los objetos palpados. Al tratar de la influencia de la luz en los cuerpos y de la formación de imágenes fotográficas, dice el profesor Hitchcock: “Parece como si esta influencia interpenetrara la naturaleza toda sin detenerse en puntos definidos. No sabemos si la luz puede retratar en los objetos circundantes nuestras facciones demudadas por la emoción y dejar de esta suerte fotografiadas en la naturaleza nuestras acciones… Posible es también que haya procedimientos superiores a los del más hábil fotógrafo, por cuyo medio revele y fije la naturaleza estas fotografías de modo que, con sentidos más agudos que los nuestros, se vean como en un inmenso lienzo extendido sobre el universo material. Quizás no se borren nunca estas fotografías del lienzo, sino que perduren en el vasto museo pictórico de la eternidad”.

La duda manifestada en el quizás de Hitchcock se ha trocado en triunfadora certeza por valimiento de la psicometría. Sin embargo, cuantos hayan observado la cualidad psíquica de clarividencia advertirán que Hitchcock no debiera haber supuesto la necesidad de más agudos sentidos para ver las imágenes, sino decir que habían de superar en penetración a los corporales, porque para el espíritu humano, dimanante del inmortal y divino Espíritu, no hay pasado ni futuro, sino que todo lo tiene presente.

(Las fotografías a que se refiere Hitchcock en el pasaje citado tienen por placa la luz astral donde se registra todo cuanto ha sido, es y será, según afirman las enseñanzas herméticas ya corroboradas en parte por la ciencia).

De algún tiempo a esta parte han comenzado los científicos a estudiar este asunto hasta hoy difamado con nota de superstición. Discurrieron primero acerca de los hipotéticos mundos invisibles y a todos se adelantaron los autores de la obra: El Universo invisible, a quienes siguió el profesor Fiske con la suya: El mundo invisible. Esto prueba que el terreno del materialismo se hunde bajo los pies de los científicos, quienes se disponen a capitular honrosamente en caso de derrota. Jevons corrobora las opiniones de Babbage y ambos afirman que los pensamientos ponen en vibración las partículas del cerebro y las difunden por el universo, de suerte que “cada partícula material es una placa registradora de cuanto ha sucedido”344. Por otra parte el doctor Young, en sus conferencias sobre filosofía natural, apunta “la posibilidad de que haya mundos invisibles y desconocidos en aislada independencia unos, en recíproca interpretación otros, y algunos cuya existencia no requiera por modalidad el espacio”.

Si los científicos discurren de esta suerte, partiendo del principio de continuidad según el cual la energía se transmite al universo invisible, no se les ha de negar el mismo discurso a los ocultistas y espiritualistas. La ciencia admite hoy que las imágenes especulares quedan impresas indefinidamente sobre una superficie pulimentada, y a este propósito dice Draper: “La sombra proyectada sobre una pared deja allí una huella que puede revelarse mediante manipulaciones convenientes… Los retratos de nuestros amigos o las imágenes de la campiña quedan ocultos bajo la superficie sensible de nuestros ojos, hasta que las revelamos por adecuados medios. Una imagen espectral está encubierta bajo una superficie de plata bruñida o de cristal pulido, hasta que la nigromancia la revela al mundo visible. En las paredes de nuestros más retirados aposentos, al abrigo de indiscretas miradas, en la soledad de nuestro apartamiento inaccesible a los extraños, están las huellas de nuestros actos y las siluetas de cuanto hicimos”.

Si tan indelebles impresiones puede recibir la materia inorgánica y nada se aniquila en el universo, no cabe rechazar la hipótesis de que “el pensamiento actúe en la materia de otro universo al par que en la del nuestro y prever de esta suerte lo futuro”.

A nuestro entender, si la psicometría es valiosa prueba de la indestructibilidad de la materia, que retiene eternamente las impresiones recibidas, también es la clarividencia psicométrica no menos valiosa prueba de la inmortalidad del espíritu humano. Puesto que la facultad psicométrica es capaz de describir sucesos ocurridos hace centenares de miles de años, ¿por qué no aplicar la misma facultad al conocimiento de un porvenir sumido en la eternidad, que no tiene pasado ni futuro, sino tan sólo el presente sin límites?

Algunos reflexionaron sobre la índole de este proteico agente que no podían pesar ni medir con sus aparatos, y dijeron que era “un medio hipotético sumamente elástico y sutil que se supone ocupa los espacios intersiderales é interatómicos y sirve de medio transmisor del calor y de la luz”. Otros, a quienes llamaríamos los fuegos fatuos o hijos espurios de la ciencia, se tomaron la molestia de observar el éter con lentes de mucho alcance, según nos dicen; pero al no ver espíritus ni espectros, ni descubrir entre sus aleves ondulaciones nada de más científica índole, viraron en redondo para tachar con lastimero acento de “mentecatos y lunáticos visionarios”, no sólo a los espiritistas en particular, sino a cuantos creen en la inmortalidad. Dicen sobre este particular los autores de El Universo invisible: “Han estudiado en el universo objetivo ese misterio que llamamos vida. El error consiste en creer que todo cuanto desaparece de la observación, desaparece también del universo. Sin embargo, no hay tal, porque únicamente desaparece del pequeño círculo de luz a que podemos llamar universo de observación científica. Es un trínico misterio en la materia, en la vida y en Dios; pero los tres misterios son uno solo”. En otro pasaje añaden: “El universo visible debe seguramente tener un límite de energía transformable y probablemente el mismo límite en su materia; pero como el principio de continuidad repugna toda limitación, ha de haber sin duda algo más allá de lo visible, de modo que el mundo visible no es el universo total sino tan sólo una pequeña parte de él”. Además, atendiendo los autores al concepto del origen y fin del universo visible, dicen que si fuese todo cuanto existe, habría ruptura de continuidad tanto en la súbita manifestación primaria de él como en su ruina final…. Ahora bien; ¿no es lógico suponer que el universo invisible, en cuya existencia razonablemente creemos, esté en condiciones de recibir la energía del visible?.. Cabe, por lo tanto, considerar el éter o medio transmisor como un puente entre ambos universos, que de esta manera quedan conglomerados en uno solo. En fin, lo que generalmente se llama éter puede ser, además de un medio transmisor, el orden de cosas invisibles, de modo que los movimientos del universo visible se comunican al éter y éste los transmite como por un puente al invisible, que los recibe, transforma y almacena. Podemos decir, por lo tanto, que cuando la energía se transmite de la materia al éter, pasa del mundo visible al invisible y cuando del éter va a la materia se transfiere del mundo invisible al visible”.

Precisamente es así. Cuando la ciencia adelante algunos pasos más en este camino y estudie detenidamente el “hipotético medio transmisor” podrá salvar sin peligro el abismo que Tyndall ve abierto entre el cerebro físico y la conciencia.

Algunos años antes, en 1856, el por entonces famoso doctor Jobard de París expuso acerca del éter el mismo concepto sustentado después por los autores de El Universo invisible. Con asombro del mundo científico, dijo el doctor Jobard a este propósito: “Acabo de hacer un descubrimiento que me asusta. Hay dos modalidades de electricidad: una ciega y ruda, dimanante del contacto de los metales con los ácidos (purga grosera), y otra racional y clarividente. La electricidad se ha bifurcado en manos de Galvani, Nobili y Matteuci. La corriente ruda tomó la dirección señalada por Jacobi, Bonelli y Moncal, mientras que la corriente lúcida quedó en manos de Bois–Robert, Thilorier y Duplanty. La esfera eléctrica o electricidad globular entraña un pensamiento que desobedece a Newton y a Mariotte para moverse a su antojo… En los anales de la Academia hay mil pruebas de la inteligencia del rayo eléctrico… Pero noto que voy siendo en demasía indiscreto. A poco más doy la clave que ha de llevarnos al descubrimiento del espíritu universal”.

Todas las citas iluminan con nueva luz la sabiduría de los antiguos. Ya vimos que los Oráculos caldeos exponen en parecido lenguaje el mismo concepto del éter que los autores de El Universo invisible, pues dicen que “del éter proceden todas las cosas y a él han de volver y que en él están indeleblemente grabadas las imágenes de todas las cosas, porque es almacén de ideas y troj de los gérmenes y de los residuos de las formas visibles”. Esto corrobora nuestra afirmación de que todo descubrimiento moderno tuvo su parigual hace miles de años entre nuestros cándidos antepasados. Vista, en el punto en que estamos, la actitud de los escépticos respecto de los fenómenos psíquicos, cabe asegurar que aunque la clave referida por Jobard estuviera en el borde del “abismo”, no habría ningún Tyndall capaz de agacharse a recogerla.

¡Cuán limitadas han de parecerles a algunos cabalistas estas tentativas para escrutar el hondo misterio del éter universal! Porque por muy superiores que respecto a las de la ciencia contemporánea sean las ideas de los autores de El Universo invisible, resultan por demás familiares para los maestros de la filosofía hermética, quienes no sólo consideraban el éter como el puente tendido entre el universo visible y el invisible, sino que osadamente recorrían todos sus tramos hasta llegar a las misteriosas puertas que los científicos no quieren o tal vez no pueden abrir.

Cuanto más ahondan los investigadores modernos en sus observaciones, tanto más frecuentemente les dan en rostro los descubrimientos antiguos. Expone el geólogo francés Beaumont una teoría sobre los movimientos internos del globo en relación con la corteza terrestre, y echa de ver que se le habían adelantado los antiguos en la exposición. Preguntamos cuál es la más novísima hipótesis acerca de la formación de los yacimientos minerales, y nos dice Hunt que el agua es el disolvente universal, según ya afirmó Tales de Mileto veinticuatro siglos atrás al enseñar que el agua es el originario elemento de todas las cosas.

Pero comparemos sus anteriores opiniones con las de Paracelso y Van Helmont, según las traducciones inglesas de sus obras. Dicen que el alkahest determina los efectos siguientes:

1.º “Nunca extingue las propiedades virtuales de los cuerpos disueltos en él. Por ejemplo, si el oro se trata por el alkahest se forma una sal de oro; si el antimonio, una sal de antimonio, etc. 2.º El cuerpo manipulado se descompone en tres principios: sal, azufre y mercurio; pero después queda únicamente la sal volátil, que por último se convierte en agua clara.

3.º Todo cuanto el alkahes disuelve se puede convertir en volátil mediante el baño de arena, y si luego de volatilizado el disolvente se destila la substancia soluble, se convierte en agua pura e insípida, pero siempre en cantidad equivalente al original”.

Por su parte dice Van Helmont que el alkahest disuelve los cuerpos más rebeldes en substancias de las mismas propiedades virtuales de peso idéntico al cuerpo disuelto… Destilada repetidas veces esta sal (á que Paracelso llama sal circulatum), pierde toda su fijeza y acaba por convertirse en un agua insípida en cantidad equivalente a la sal de que procede”

Las alegaciones de Cooke en pro de la ciencia moderna con respecto a la fraseología hermética, podrían aplicarse también a la escritura hierática de Egipto que encubre todo cuanto convenía encubrir. Si Cooke trata de aprovecharse de la labor del pasado, ha de recurrir a la criptografía y no a la sátira. Paracelso, como los demás alquimistas, exprimía su ingenio en la transposición literal y abreviatura de palabras y frases; y así, por ejemplo, escribe sufratur en vez de tártaro, mutrin por nitro, etcétera. Son innumerables las interpretaciones supuestas de la palabra alkahest. Unos creen que era una doble sal de tártaro; otros le daban la misma significación que a la voz alemana antigua algeist, equivalente a espirituoso. Paracelso llama a la sal “centro de agua donde han de morir los metales”; de lo que algunos, como por ejemplo, Glauber, infieren que el alkahest era espíritu de sal. Se necesita mucha osadía para decir que Paracelso y sus colegas ignoraban la distinción entre los cuerpos simples y sus combinaciones, pues aunque no les diesen los mismos nombres que hoy les dan los químicos, obtenían resultados imposibles de lograr sin conocer la índole de las substancias manipuladas. Nada importa el nombre que Paracelso dio al gas resultante de la reacción del hierro y el ácido sulfúrico, si las autoridades en química reconocen que descubrió el hidrógeno.

Su mérito es el mismo. Y nada tampoco importa que Van Helmont encubriera bajo la denominación de “virtudes seminales” las propiedades inherentes a los elementos químicos que, al combinarse, las modifican temporáneamente sin perderlas en modo alguno, pues no por su enigmático lenguaje dejó de ser el químico más ilustre de su época en parigualdad de mérito con los del día. Afirmaba Van Helmont, que el aurum potábile podía obtenerse por medio del alkahest, salificando el oro de suerte que sin perder sus “virtudes seminales” se disolviera en el agua. Cuando los químicos sepan, no lo que Van Helmont decía que entendía, ni lo que se supone entendía, sino lo que en realidad entendía por aurum potabile, alkahest, sal y virtudes seminales, podrán definir su actitud respecto a los filósofos del fuego y a los antiguos maestros cuyas místicas enseñanzas respetuosamente siguieron. De todos modos, este lenguaje de Van Helmont, aun tomado en sentido exotérico, demuestra que conocía la solubilidad de las combinaciones metálicas en el agua, en lo que basa Hunt su hipótesis acerca de los yacimientos metalíferos. A este propósito dice en una de sus conferencias: “Los alquimistas buscaron en vano el disolvente universal; pero nosotros sabemos hoy que el agua, a favor de la presión y la temperatura, y en presencia de ciertos cuerpos muy abundantes en la naturaleza, tales como el ácido carbónico y los carbonatos y sulfatos alcalinos, disuelve las substancias al parecer más insolubles y obra como el alkahest o menstruo universal durante tanto tiempo buscado”.

“Podrá darnos alguna luz sobre esto la observación de que, para Van Helmont y Paracelso, el agua era el instrumento universal de la química y la filosofía natural, y diputaban el fuego por causa eficiente de todas las cosas. Creían, además, que la tierra entrañaba virtudes seminales, y que el agua, al disolver y fermentar las substancias térreas, como sucede con el fuego, produce todas las cosas y origina los reinos mineral, vegetal y animal”.

Los alquimistas conocían por completo la universal potencia disolvente del agua, y en las obras de Paracelso, Van Helmont, Filaleteo, Pantatem, Taquenio y Boyle, se establece explícitamente la propiedad por excelencia del alkahest, esta es, la de “disolver y transmutar todos los cuerpos sublunares excepto el agua.” No cabe suponer, por lo tanto, que hombre de tan irreprensible conducta y de tan vasto saber como Van Helmont, asegurara formalmente poseer el secreto si únicamente hubiese sido mera presunción de poseerlo.

“Puesto que el organismo corporal está animado interiormente por una fuerza supeditada o no al espíritu, alma, mente o lo que quiera que constituya el ser individual llamado hombre, es lógico inferir que todo movimiento externo al cuerpo tiene por causa la misma fuerza que produce el movimiento en el interior del cuerpo. Y así como esta fuerza externa suele estar dirigida por la inteligencia, también esta inteligencia dirige la fuerza interna”.

Para mejor comprender el pensamiento de Sergeant Cox en esta hipótesis, la dividiremos en cuatro proposiciones:

1º La fuerza productora de los fenómenos psíquicos procede del médium y por consiguiente dimana de él.

2º La inteligencia que dirige la fuerza productora del fenómeno podría ser distinta de la inteligencia del médium; pero como no hay prueba suficiente de ello, es muy probable que la inteligencia directora sea la del médium.

3º La fuerza que mueve la mesa es idéntica a la que mueve el cuerpo del médium.

4º Los espíritus de los difuntos para nada intervienen en la producción de los fenómenos psíquicos.

Todo movimiento, sea de un cuerpo vivo o de un cuerpo inorgánico, requiere tres condiciones: voluntad, fuerza y materia, que pueden transmutarse de conformidad con el principio de la conservación de la energía dirigida, o mejor dicho, cobijada por la Mente divina de que tan insidiosamente se empeñan los escépticos en prescindir, pero sin cuya presidencia no se moverían los gusanillos en la tierra ni al beso de la brisa las hojas del árbol. Los científicos llaman leyes cósmicas a las modalidades de energía y de materia y las consideran inmutables é invariables en su acción; pero más allá de estas leyes hemos de inquirir la causa inteligente que al establecer el régimen infundió en ellas su conciencia. No es posible concebir una causa primera, una voluntad universal, Dios en suma, si no le atribuimos inteligencia.

Vuestra en la Santa Ciencia Ana Suero Sanz.

– Artículo*: Filosofía Oculta –

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ECLIPSE EN EEUU: ASTRÓLOGOS PREDICEN EL FIN DE TRUMP Y CRISTIANOS EL APOCALIPSIS

En unas semanas, el mundo va a presenciar un evento astronómico que debería ser afrontado con la más absoluta normalidad: un eclipse solar. Sin embargo, este eclipse solar ha dado pie a todo tipo de predicciones apocalípticas, que van desde el fin del mundo hasta un desastre de carácter político que acabaría con la presidencia … Continue reading ECLIPSE EN EEUU: ASTRÓLOGOS PREDICEN EL FIN DE TRUMP Y CRISTIANOS EL APOCALIPSIS

– Artículo*: El Robot Pescador –

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Sobre la utilidad de la razón

Bismillah

“La razón es como un campo de aviación. El avión acelera en el aeródromo antes de que ascienda al aire. Esto es cuando en realidad se convierte en un planeador. Aunque tiene alas, una hélice y todo el equipo necesario para volar, siempre y cuando se mueva en el aeródromo, solo va a servir como un vehículo terrestre como un coche o un autobús. Sólo después de que los neumáticos abandonen el terreno, su funcionalidad como avión comienza.

La razón es el aeródromo que es absolutamente necesario para que el avión despegue. El avión no puede volar a menos que haya un aeródromo, pero tiene que abandonar el aeródromo para poder volar. Y esto se llama “Amor”.

No puede lograrse por el propio esfuerzo; Requiere la ayuda de otro que sabe sobre ello”.

Fragmento del Sobhet de Sheikh Tuğrul Efendi

(Orden sufí Yerrahi)

– Artículo*: Sabiduria Sufi –

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New Horizons sobrevuela Plutón | Imagen astronomía diaria – Observatorio

¿Como sería volar sobre Plutón? ¿Qué veríamos?
La sonda New Horizons hizo justamente eso en julio de 2015 , cuando pasó sobre él a una velocidad de unos 80.000 kilómetros por hora. Numerosas imágenes de este espectacular viaje han sido mejoradas en color y combinadas digitalmente en este vídeo time lapse de dos minutos. Cuando comienza el viaje, se iluminan las montañas que, se supone, se componen de hielo de agua pero que toman el color del nitrógeno congelado. A continuación, a la derecha se ve un mar plano de nitrógeno sólido que se ha segmentado en extraños polígonos surgidos de un interior comparativamente cálido. Abundan los cráteres y las montañas de hielo. El vídeo termina por encima de un terreno con unas sierras de unos 500 metros de altitud separadas por espacios de unos kilómetros.
La sonda New Horizons tiene demasiado impulso para volver a Plutón; actualmente se ha dirigido al objeto 2014 MU 69 del Cinturón de Kuiper al que llegará en el 2019.

– Artículo*: Alex Dantart –

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